¿Existió?

La encontré en el albergue sólo-para-mujeres en el que decidí pasar las noches de mis cuatro días en Roma. Estaba sentada en la cama, aún era de día, acababa de llegar, me dijo. Una sonrisa de oreja a oreja, y empezó a hacerme preguntas. Al principio preguntas triviales: que si sabía si las maletas se dejaban en el armario bajo llave, que si la habitación quedaba cerrada con llave cuando salíamos, etc. Yo tenía prisa por irme, estaba en Roma. Lo que menos me apetecía era quedarme charlando con una mujer de más de sesenta años acerca de la seguridad del albergue. Entonces me dijo que se había cogido un “early retirement” y que ahora se dedicaba a viajar por el mundo, aunque había establecido su base de operaciones en una ciudad de Marruecos, de la que me deleitó con alabanzas acerca de lo segura que era para ser Marruecos. Entonces empecé a prestarla un poco más de atención.
Para entonces yo llevaba ya dos días en Roma. Roma es una ciudad para estar contento. Porque es una ciudad alegre, que te inspira, un museo gratis (en su mayoría) al aire libre. El arte que más me emociona no siempre está entre cuatro paredes, y en Roma mi nivel de activación estaba al máximo cada minuto. Puedo decir que fui auténticamente una mujer antena los cuatro días que estuve allí.
Cuando llegué a Fiumicino, uno de los aeropuertos de Roma, me las arreglé (aún no sé bien cómo) para llegar al albergue. Sé que me aproveché de las raíces comunes de nuestras lenguas y preguntaba medio en inglés medio en español, cosa que a los italianos no les gusta. Un señor muy simpático me dijo la parada del tranvía donde me tenía que bajar: Trastevere Belli, y desde allí bordear el río caminando durante diez minutos hasta llegar a mi albergue. Llovía un poco, estaba nublado, pero todo era bello. Mantuve mi sonrisa en la cara hasta cometiendo la temeridad de intentar cruzar la calle en Roma.
Todo quedaba por delante. Lo que más me gusta de viajar es ese primer día en el que sabes que todo está por delante. De momento me reuniría con una de mis mejores amigas, y sólo tenía una indicación, que por otra parte era más que suficiente: nos encontraríamos frente al monumento de Vittorio Emmanuele, en Piazza Venezia. Sin móviles, sin wifi, sólo una hora y un lugar. Fue como entrar en la máquina del tiempo y experimentar cómo quedaba la gente en el siglo dieciocho. Para cuando crucé el puente y me dirigía a Piazza Venezia llovía tanto que sabía que encontrarnos iba a ser imposible, aunque una parte de mí esperaba ver a Jeny bajo la lluvia no-matter-what, esperando. Estamos locas y nos gusta vivir la vida como una película de Woody Allen. Después de casi una hora dando vueltas, resguardándome de la lluvia en los soportales, decidí meterme en cualquier cafetería y sucumbir a la globalización y al siglo veintiuno: intentar coger wifi. Tuve que consumir un espresso por el cual me cobraron la respetable cantidad de tres euros con cincuenta, y además a los diez minutos me quitaron la conexión wifi. Afortunadamente me había sobrado para quedar con Jeny allí mismo.
Una tarde llegué a la habitación, muy cansada después de recorrerme Piazza di Spagna, Piazza Navona y Piazza dei Popolo para luego bordear el río y volver a Trastevere, donde estaba mi albergue, mi casa, como yo lo llamaba. Sólo quería tumbarme una hora, antes de volver a salir por la noche. Y allí estaba mi compañera de habitación, sentada en la semi-oscuridad, en una silla junto a su cama. Me preguntó que si aquel bulto junto a la puerta era una maleta, yo le dije que no, que era una papelera. Ella creía, dijo, que era una maleta porque acababa de llegar una chica española a la habitación, que ya se había ido, y que tal vez había dejado su equipaje sin vigilancia. Me dijo yo soy de un pueblo de Ohio, en Estados Unidos. Me he dedicado toda la vida a trabajar en la hostelería y cuando era joven gastaba el dinero en salir y en ropa. Por eso ahora aprovecho este tiempo para viajar. Le pregunté qué había hecho aquel día, si había visitado algo. Sí, he caminado un poco y he comido en un típico restaurante y he hablado con los camareros y los demás clientes y ha sido muy divertido, me dijo. La habitación seguía a oscuras, yo apenas la veía bien, y cada vez se hacía más oscura.
Trastevere son las bambalinas del gran teatro que es Roma. Y como todo el mundo sabe, entre bambalinas ocurre lo más interesante de una obra. Recorriendo sus calles empedradas, observando a la gente, calles jóvenes y turísticas sin haber abandonado la esencia italiana, la suya, la que le dé la gana. Y quién soy yo para definir Trastevere. A quien le interese saber lo que es que vaya a Roma y camine sus calles y observe a la gente. No hay otra forma de conocer un lugar más que adentrándose en las bambalinas de ese lugar, torciendo a la derecha y luego a la izquierda y olvidando los recorridos de la Lonely Planet, aunque sea sólo una tarde.
Y si se tiene la suerte de conocer gente que vive allí, mejor. Que te puedan llevar a un recital del Requiem de Mozart en San Paolo Fuori le Mura, o darte un paseo en moto por el centro de Roma cuando ya es de noche y el Coliseo está iluminado.
La vi acostarse a las siete y media, y me sentí mal porque me dio un poco de pena. Me dio un poco de pena ver que una señora americana de más de sesenta años se acostaba a las siete y media de la tarde, en un albergue en Trastevere. En Trastevere. Se dio la vuelta y se tapó cuando yo llegué de ducharme después de un largo día de caminatas, y me disponía a salir por la noche. Y pensé que a lo mejor no la había dado suficiente conversación. Ella, con una sonrisa en la cara y demasiadas ganas de hablar sobre todo. Demasiadas ganas de hablar sobre todo. Pensé que la edad es como aquello que se ve tras la cerradura de una puerta en el Aventino.
La mañana de mi marcha de Roma yo estaba triste. La señora ya se había levantado y estaba sentada de nuevo en su cama. Yo me preguntaba si tal vez estaba esperando a que su móvil terminase de cargar, pero no vi ningún móvil cerca de ella. Me contó a qué hora salía su vuelo y cómo iba a hacer el viaje de vuelta. Me iré al aeropuerto pronto, porque me gusta observar a la gente en los aeropuertos, me dijo. Tú eres muy inteligente, porque entiendes lo importante que es viajar, y hacerlo a tu edad. Ojalá yo hubiera sido tan inteligente como tú y hubiera sabido lo importante que es viajar, habría empezado mucho antes. Ahora quiero recuperar todo ese tiempo que he perdido. Viaja, viaja todo lo que puedas. Me deseó buen viaje, have a safe trip, con su indomable sonrisa que reconocía (y no le importaba) que nosotras éramos jóvenes y ella ya no.
Cuando volví de lavarme los dientes, ella ya no estaba en la habitación. A mí se me quedó una sensación de pena y de extrañeza: ¿existió?

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Tiempo.

Esa es la última palabra. Hubo un tiempo en que Londres fue una cosa. Pasó el tiempo y se fue convirtiendo en una droga. No fue por mi culpa, conocí a alguien y ahora Londres es una ciudad y es ese alguien y es esa droga. Cada calle impregnada de pasos, risas y hasta abandonos. Puentes. Y la luna llena.

También un instinto asesino y animal que crea un apego a lo que nos hace daño, que convierte en adicción lo que nos hace daño. “Crave”, lo aprendí en la carrera. Lo aprendí estudiando la drogodependencia. Y ahora me doy cuenta de que esto también es así. Ahora.

Get all applications in to me before the deadline. Mientras camino. Y a veces recuerdo esa vuelta en metro, más veces de las que me gustaría recordar. ¿Por qué me pondría música justo en aquel momento? ¿Por qué dejé que Morrisey me cantara “and if you have five seconds to spare I will tell you the story of my life: sixteen, clumsy and shy; I went to London and I booked myself in at the YMCA; I said I like it here can I stay? Do you have a vacancy for a back-scruber?”

Pero me lo cantó y desde entonces ese momento, el peor, está unido a esta canción. Y, ¿cómo va a pasar el tiempo?, ya ha llegado el momento en que varias canciones están vetadas, varios grupos, varios sitios (más de los que me gustaría), varias personas. Y ciudades.

“The city will follow you (…) This is the city you`ll always reach. Of places elsewhere -don`t hold out hope-.”

Pero tiene que pasar el tiempo.

Cuando Grecia dijo “no”.

Siempre que pasa algo más o menos importante en el mundo me imagino lo mismo: al que fuera mi profesor de historia en el colegio contándonoslo todo. Y yo sentada en el pupitre intentando comprender. Otra yo, con dieciséis años otra vez, pero en el futuro, intentando memorizar todo el proceso que llevó al primer paso de no sabemos bien qué: cuando Grecia dijo “no”.

Esta noche tiene esa brisa de lo insondable, de la duda, la esperanza y la incertidumbre. También, cómo no, algo de miedo. O tal vez la palabra exacta sea expectación. Veo fotos prácticamente en directo de los griegos en mi querida Plaza Sintagma en la que tanto calor pasé el año pasado, cuando la visité, sonriendo mientras enseñan sus banderas.

Creo, sinceramente, que es un pueblo que se merece algo mejor de lo que tenían. Recuerdo extrañarme en mi visita el verano pasado al ver edificios medio derruidos, por ejemplo (y no me refiero al Partenón). Recuerdo haberle preguntado a una griega, en el avión, por qué los griegos no emigraban en busca de trabajo, como hacíamos tantos españoles. Y ella me contestó que suponía que ellos no querían seguir la senda de la resignación. Desde luego con el referéndum de hoy lo han demostrado.

No sé lo que pasará mañana cuando Grecia amanezca. No sé si los bancos abrirán ni si tendrán dinero. Tampoco sé si esto es el principio del fin de Europa tal y como la hemos conocido hasta ahora. Lo que está claro es que de Unión empieza a quedarle poco. Porque, ¿alguna vez ha existido algo llamado “sentimiento europeo”? Hasta que la crisis comenzó, para mí la Unión Europea fue el organismo que estudié (y no muy en profundidad) en el bachillerato.

Lo que está claro es que ellos, los griegos, han sido los primeros en decir no ya no sólo a la austeridad. Si no a decidir cómo quieren ya no sólo enriquecerse sino también cómo arruinarse, igual que cada uno de nosotros, individualmente, somos responsables de nuestros actos. Han sido los primeros, supongo, en negarse a seguir formando parte de un sistema que ha demostrado su ineficacia. Y no estoy hablando de sistema capitalista porque ¿acaso hay otra opción hoy en día? Me refiero al sistema de actuación de los políticos, como ciudadanos, como nulos servidores a la sociedad. Esta es una frase tan trillada que ya ha perdido toda su esencia, pero no me refiero sólo a la corrupción. Hay algo más. Hay algo más que nos ha hartado a muchas personas de muchos sitios. A griegos, a españoles, a ingleses… Durante todos estos años esta clase política ha demostrado actuar con la única motivación de enriquecerse: ya sea personal o colectivamente. Han llevado grabado el símbolo del dólar en el cerebro durante demasiado tiempo. Y como pasa siempre, mientras a todos nos iba bien nadie decía nada. O tal vez sí lo decían y nadie les escuchó a su debido tiempo. Pero es lo que tiene vivir obsesionado, nunca se piensa en las consecuencias, ni siquiera creo que se piense en lo que se está haciendo realmente.

Ahora los ciudadanos griegos se han hartado de ser ellos, las personas normales y corrientes, con trabajos y sueldos míseros, o sin trabajo ni paro, los que se preocupen cada mañana por su futuro. Los que se niegan a seguir sufriendo las consecuencias de la corrosión política, de la podredumbre. Ahora es el momento de que los que han creado todo esto, y los que desde la sombra mueven los hilos, empiecen a temblar un poco, a preocuparse por qué les pasará ahora a ellos, económicamente hablando. Y no me refiero a las personas que, como consecuencia de su trabajo (y de un trabajo honrado y bien hecho) han ganado dinero y pueden disfrutar de abultadas cuentas corrientes. Me refiero a los que han jugado y juegan con las cuentas corrientes del común de los mortales. Para ellos es hoy también una fecha importante. Estos jugadores lo recordarán siempre como aquel día en que Grecia dijo “no”. Y como leí una vez a Maruja Torres, una frase que me parece el mejor resumen de todo esto: “lo peor que les puede pasar es que algún día desarrollen una conciencia”.

Paris, Texas

Mi paso fugaz por La Isla está indefectiblemente ligado a Leila Guerriero, o más específicamente a su libro “Zona de Obras”, casi una biblia para mí desde que lo leí. Y sin el casi, se ha convertido en una de mis biblias. O en mi Biblia.

Ella recoge unas declaraciones de Paul Auster (uno de mis primeros maestros de iniciación a la lectura “adulta” y al deseo de escribir algo), acerca del proceso creativo: “Alguien se convierte en artista, particularmente en escritor, porque no está del todo integrado. Algo está mal entre nosotros, sufrimos por algo, es como si el mundo no fuera suficiente, entonces sientes que tienes que crear cosas e incorporarlas al mundo. Una persona saludable estaría contenta de tomar la vida como viene y disfrutar de la belleza de estar vivo. No se tiene que preocupar de crear nada. Otros, como yo, estamos atormentados, tenemos una enfermedad, y la única manera de soportarla es haciendo arte”.

No sólo me marcó este párrafo porque me viera profundamente reflejada en las palabras de Paul Auster (y sentirte reflejada en algo que dice Paul Auster, es un reflejo casi cegador), sino porque me acordé de mis años en la Facultad de Psicología, ese templo de la Salud Mental con mayúsculas, de los disfraces de cordura, del DSM, los tests y los diagnósticos y de los dioses protectores del equilibrio psicológico que salimos de allí. De la perspectiva crítica a la Psicología que he ido adquiriendo con los años, y que ojalá hubiera cultivado precisamente mientras estudiaba, y no después, ahora. Pero claro, qué espíritu crítico iba a sacar yo en la Universidad, si venía de un sistema educativo en el que está tajantemente prohibido dudar de lo que dicen los profesores. Pocas veces levanté la mano en clase para participar, ni en el colegio ni en la Universidad. Algunos podrán estar orgullosos de ello; los que hicieron posible un ejército de dioses protectores del equilibrio mental con el DSM bajo el brazo. Bienvenidos pequeños profesionales al sistema de salud público.

Pero yo no venía a hablar de esto. Venía a hablar de mi estancia fugaz en La Isla y de que irremediablemente se encuentra unido a este libro de Leila Guerriero, cuando descubrí qué es lo que quería hacer, o más bien cómo se llama lo que llevo haciendo sólo para mí desde hace un tiempo (desde que viví en Londres): crónicas.

*

Silencio. Salvo por el entrechocar de las hojas de las palmeras removidas por el viento. Estoy frente a un volcán dormido que en cualquier momento podría despertar. Ojalá lo hiciera. Los ojos salientes de los penachos de las chimeneas blancas me miran con curiosidad de extraña. Creo que no existe más soledad física en el mundo que la que tengo yo ahora mismo. Sentada en el suelo de esta terraza nadie me puede ver, no hay nadie por encima de mí, salvo el volcán. El sol calienta demasiado para ser tan temprano, hace calor, pero el viento a veces violento engaña. El suelo de la terraza está caliente. Esta casa está en medio del desierto y lejos de todo. El pueblo más cercano está a una hora caminando por una carretera estrecha con farolas cuyos globos están rotos a pedradas. Aquí en temporada baja todo vuelve al cotidiano escenario de desolación y lujo barato. En temporada alta se arreglan cuatro cosas, se podan algunas plantas. Los turistas europeos se conforman con aire acondicionado y piscina. Incluso el mar les importa un pimiento. Nosotros obedecemos.

Ejemplo: la única guagua que pasa lo hace cada veinte minutos o cada más, nunca se sabe. Porque lo único que sabe decirte la gente de aquí (o los trabajadores temporeros de aquí, que no tienen por qué ser de aquí), es que pasan entre “y cuarto, y veinte, o más tarde”. Tampoco hay horarios ni bancos para sentarse a esperar.

La Isla es en primer lugar de turistas. Luego es de camareros, recepcionistas, animadores de hotel y otras profesiones relacionadas con el turismo. Para llegar a su lugar de trabajo más les vale tener un coche.

*

Camino por la carretera, en medio del desierto. Literalmente. No puedo evitar silbar en mi cabeza la canción de “Paris, Texas”, porque me siento totalmente en la primera escena de la famosa película de Wim Wenders, en la que el protagonista atraviesa a pie el desierto, sin rumbo. Yo llevo un rumbo, aunque no sé cuál es. Los colores son marrones, rojos y amarillos. Todo es seco, todo es viento que se te mete por los oídos y te desordena. Camino media hora completamente sola hasta llegar al primer hotel.

Por la tarde, al volver a sentarme frente al volcán, lo observo bajo otra luz: la del atardecer, y me doy cuenta de que hay que dejar pasar el tiempo y cambiar la iluminación para ver las cosas más claramente. Por ejemplo, lo que esta mañana creía que era un hombre sentado, ahora se muestra claramente como una especie de pivote o medidor. En cualquier caso ningún ser humano. Tal vez es la máquina que anuncia cuándo el volcán va a entrar en erupción.

*

De mi fugaz estancia en La Isla, el recuerdo que más vivo conservo es la mirada de una mujer no muy joven y tampoco muy mayor que repartía flyers de un restaurante italiano y barato cuyos propietarios eran de origen árabe. Ella tenía el pelo largo, negro, y recogido sin gracia ninguna en una coleta baja, con una goma gorda y negra. Llevaba casi todos los días unos leggins negros dados de sí y una camiseta blanca (otros días era negra). Unas chanclas también, de dedo, simplemente. Todo en ella era simple excepto su mirada ojerosa, oscura e inocente. Repartía los flyers tímidamente, nada que ver con la profusión de entusiasmo de los relaciones públicas “profesionales” y extremadamente pesados, al uso. Ella era delicada, tanto que no podías rechazar el papelito con los precios del falso restaurante de comida italiana de gerencia árabe. Una tenía la extraña sensación de estar haciendo un favor aceptando ese trozo de papel. Y allí estaba, tarde tras tarde, puntual, de cinco a doce de la noche. Una mirada inamovible e impertérrita. Una sonrisa que no lo era, una sonrisa de Gioconda, tampoco forzada. Una sonrisa posible aunque inexistente.

*

Intento no arrepentirme nunca. Aunque como dice Laila Guerriero “ese es sólo mi deber. Sólo eso”.

Vida de esta chica.

vida de esta chica

Ella “había sido retirada” del mundanal ruido tras su divorcio con Joe DiMaggio y para “descansar” de la presión de trabajo, de su contrato de hierro con la Twenty Century Fox lleno de películas mediocres que se reservaban especialmente para ella. Una vez más arrastrada, esta vez al retiro, disfrazado de decisión propia, de necesidad de reflexión, de recapitulación. Marilyn se muda a Nueva York, a una habitación vacía del hotel Ambassador. No hay nada más deprimente que una estantería de mimbre vacía y una cartulina con el logo del hotel: listado de bebidas, horario de desayunos, teléfono de la recepción.

En Nueva York le esperaban nuevas órdenes y además un fotógrafo que la seguiría a todas partes llamado Ed Feingersh que resultó ser el único que consiguió retratar a la verdadera Marilyn, o mejor dicho, a Norma Jane. En su lujosa habitación vivió y convivió con su representante, con el fotógrafo, con Milton Greene, y con todo aquel que se creía con derecho a opinar sobre las costumbres de esta inestable chica: había que vigilarla.

Le esperaban también más estrenos, más escotes, más Chanel número 5 y más espectáculos. El más bochornoso: ella vestida de pin-up sobre un enorme elefante rosa en el Madison Square Garden. Rodeada de locos fotógrafos de la prensa y de caza-autógrafos. La seguridad de entonces no era la de ahora: comparad con alguna pseudo-estrella de hoy en día y sus hordas de guardaespaldas. Cualquiera que alargase la mano podría trepar por sus piernas, aunque a Marilyn no parece preocuparle mucho.

Días antes de este espectáculo Marilyn acudía a estrenos, nunca le faltaba su amplia sonrisa de portada de revista. Luego llega a su habitación y el fotógrafo contratado para ser su sombra retrata las dudas y las miradas perdidas. “For once in my life let me get what I want, lord knows it will be the first time”, parece que piensa ella.

Un retiro forzado, disfrazado de voluntad en el marco de “pobre Marilyn, mirad lo que la habéis hecho”. Y la certeza de que jamás tuvo al lado a un verdadero amigo que la escondiera de todo, que la protegiera de nadie, de ella misma. Todos querían más dinero, seguir estirándola, apretando el corsé alrededor de su cintura hasta la extenuación. Pechos arriba y bien firmes.

Mientras se prueba el vestuario que llevará cuando se monte en ese pobre elefante teñido de rosa, un grupo de mirones -sus propios asesores- se arremolinan en torno a ella con la buena excusa de supervisar. Todos miran al mismo punto de su anatomía, o tal vez a dos. Ninguno a sus ojos. Afortunadamente el fotógrafo que es su sombra está ahí para captarlo. En las bambalinas por fin está sola, o casi. El fotógrafo que es su sombra está con ella. Marilyn sólo ve una cámara, no ve al hombre que hay detrás. Y ella se comunica con la cámara, con la única que puede hacerlo. Con ella se desnuda. Con ella habla, nos está diciendo algo a todos y no le importan las consecuencias. Nos está diciendo algo muy claro y que penetra más que las palabras. Lo está diciendo de la única forma que sabe, de la única forma que puede: frente a una cámara.

Foto: Ed Feingersh.

Soñadores del abrigo

Como vivo en un país -España- en el que soñar, o tan sólo desear, sale tan caro, las personas que transmiten ilusión ya no se encuentran fácilmente. No se encuentran profesionales que transmitan, siquiera, ganas de “hacer cosas”, de intentar. Y ya si me ciño al mundo de la psicología, esa clase de personas son casi inexistentes. Me doy cuenta ahora que estoy buscando trabajo de la única forma que (creía) puede surgir hoy en día: acudiendo a los sitios para ofrecerme, para ofrecer ideas, proyectos. Sí, el camino más difícil.

He escuchado de todo estos días, y eso que tampoco empecé hace mucho. Y lo que me queda, supongo: a los soñadores siempre nos queda. Sin contar con la cantidad de llamadas que hice a asociaciones o a consultas en las que me dijeron que mandase mi CV a una dirección de correo que en el mejor de los casos existía, y quedaba cómodamente almacenado junto a los demás CVs. “Sí, pero ya sabe usted lo poco que el CV dice de una persona”-digo yo-“Además no busco un puesto vacante, yo le quiero ofrecer una propuesta de…” “Sí, pero mándelo al correo electrónico, es lo único que le puedo decir”, me dice una telefonista ávida por que lleguen las cinco y pueda irse a su casa.

Cuando me cansé de mandar CVs a sitios que sabía que nadie leería, comencé a presentarme allí directamente. “Sólo con la voluntad no vas a conseguir nada”, fue la gran frase que me dijo uno de los trabajadores de una Asociación de mujeres maltratadas de la que no diré el nombre. No sé cuál era su cargo, ni su profesión, porque no me la dijo. Seguro que es psicólogo, sí. Y seguro también que tiene un máster, con muchas horas de práctica. A lo mejor es el director, quién sabe. Es irónico, al menos para una psicóloga, que alguien que trabaja en un servicio de estas características emita una afirmación así.

Algunos pensarán que yo no sé “vender mi producto, que soy yo misma”. No lo sé. Ni siquiera me preocupo por lo que llevo puesto cuando voy en busca de algo porque ni siquiera me hacen quitarme el abrigo, ni me invitan a sentarme. No hay presentaciones ni apretones de manos ni intercambios de tarjetas. Esto no es un trato comercial al uso. Mucho menos en el ámbito de lo social, donde si no estás dispuesto a trabajar gratis no mereces nada.

Hace un par de días conseguí hablar con la psicóloga de una residencia de ancianos, para hacerle mi propuesta, y si no le gustaba mi propuesta ¡para lo que sea! Hablamos en la recepción del sitio, mismamente. “Si quieres aplicar algo novedoso, la tercera edad no es tu población. Ellos son rutina, A,B,C, siempre lo mismo”. Y hasta más ver. Y eso que la chica, además, era Coach…

Pero no sé de qué me sorprendo. No me extraña que todo el mundo en este país haya perdido la ilusión. Y no sólo eso, sino que desprecien a la gente con ilusión, que intenten “quitarnos ideas de la cabeza”.

Vamos con nuestras pequeñas carpetas llenas de sueños e ilusiones. Vamos siempre con el abrigo puesto y nunca nos lo quitamos. Somos muy reconocibles: en cuanto entramos a un sitio se nos lee un gran cartel en la frente: “soñador”. Con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, las sacamos para colocarnos la bufanda al salir. A lo mejor caen dos lágrimas dependiendo del día. No pasa nada, mañana más.

Lo que pasa es que ya una se pregunta si un país así merece la pena, si se merece a los pocos soñadores del abrigo, con un montón de ideas y ningún máster, ninguna experiencia más que las de la vida. Porque conseguiremos nuestro sueño: crear algo, desarrollarlo, ser una fábrica. Y tal vez no sea aquí, donde tanta falta hace. Un país así sólo se merece al Pequeño Nicolás.

Cuando consiga mi sueño y construya lo que quiero, en el caso de que yo misma esté ocupada, habrá una trabajadora -una mujer embarazada, seguramente- cuya tarea sea especialmente hacer pasar a esas personas con un abrigo y una carpeta muy fina, con las manos en los bolsillos. Fuera hace frío pero él o ella está sonriendo (eso sí lo sabe: el poder de una sonrisa).

“Hola, qué tal. Pasa, quítate el abrigo. Puedes sentarte. Me llamo… ¿en qué puedo ayudarte?” Y le escuchará con atención. Al menos, le escuchará con atención.

 

 

 

 

Queridas Amigas

 

No sé si mi carta será la última que leáis de la ronda que hemos decidido hacer. Tal vez así sea, porque últimamente voy dejando las cosas –incluso las importantes- para lo último. Además desde hace un tiempo hago eso que siempre he odiado tanto: vivir para trabajar. Trabajo full time en la tienda de ropa, y mis dos únicos días libres de la semana los dedico a trabajar voluntariamente en una asociación de mujeres.

El trabajo en la tienda de ropa, obviamente, lo odio. Bueno, no lo odio, pero en cambio sí siento que las horas que consumo, que consumen mi vida, en la tienda, son un tiempo perdido que nunca recuperaré. Un tiempo precioso. Mientras estoy en la tienda, simplemente, dejo de ser yo. Y lo hago como forma de defensa, porque si fuera yo, no estaría allí trabajando. Y como sabéis, Londres es una ciudad imposible en la que, a no ser que seas un rico heredero, tienes que trabajar. En lo que sea, como es mi caso. Lo que quiero decir con que dejo de ser yo es que noto, físicamente, cómo mi mente se vacía. Cómo me vuelvo eso que tampoco he querido ser nunca: una oveja, o borrego. Se cumplen órdenes, nada se discute, nada se piensa, todo es simple, no hay lugar para la improvisación ni la imaginación.

Por supuesto no me dejo de lado a mí misma, a la verdadera N –ni espero hacerlo nunca- así que cuando salgo por la puerta de la tienda de ropa, me siento liberada: vuelvo a ser yo. Así que, como dice una canción de Ella Baila Sola –ese grupo de nuestra adolescencia- que no sé si recordaréis, yo ya no soy yo, somos dos.

Los miércoles y los viernes, cuando voy a la asociación, estoy un poco más cerca de ser la persona que quiero ser. Aunque, una vez más, encuentro que no es exactamente lo que quiero hacer, aunque me siento muy orgullosa de que me dieran la oportunidad de colaborar con ellas, de que me llamaran nada más terminar la entrevista. Fue gracioso porque –ya me conocéis- yo salí de la entrevista LLORANDO, literalmente, porque estaba segura de que no me cogerían. Y lo que es peor, estaba segura de que yo nunca podría trabajar en una organización seria, de verdad, inglesa. Mientras iba de camino al metro, lamentándome, me llamó mi jefa y me ofreció el puesto. Me puse tan contenta… El puesto consiste en estar en la recepción. Por eso digo que no es exactamente lo que quiero. Obviamente lo tomé como una forma de empezar, de meter la cabeza en el mundo profesional inglés y sobre todo, en el mundo del feminismo y de las asociaciones de mujeres. Y así es, pero la emoción de recién llegada me duró cuatro días: lo que tardé en manejar más o menos la rutina de la recepción que, por otra parte, es bastante simple y aburrida, aunque por supuesto no tanto como en la tienda. Además tiene algo de resolución de problemas e improvisación –de vez en cuando-. Llevo ya casi tres meses, he colaborado con otros departamentos en cositas pequeñas y me he mostrado siempre dispuesta y disponible a hacer lo que sea, incluso aunque sea desde la recepción. Pero me he llevado alguna desilusión con ellas porque últimamente no he sentido que valoren mi esfuerzo, mis ganas y mi disposición. Supongo que esto es la vida: dar pequeños pasos, y cuando crees que has llegado no, aún no. Aún no has llegado. Aún hay que andar más. Como decía Machado en esas clases de Literatura con Carmen: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Os he querido escribir esta parte de mi carta en común porque las cuatro pertenecemos, en este mismo momento, a esa generación que ha tenido que salir de España a buscarse la vida. Y hemos decidido –o nos hemos visto obligadas- a dejar a nuestra familia, amigos, novios, etc, y la comodidad de nuestra vida en Madrid por perseguir nuestros sueños, o simplemente por sobrevivir. Cosa que últimamente en España es hasta difícil. Nosotras hemos tenido el valor de no quedarnos lamentándonos por la situación, de no esperar a enchufes, etc, como sabemos que otras personas sí hacen. Me alegro por todas ellas, pero de nosotras estoy ORGULLOSA. Porque estamos viviendo una experiencia que nunca vamos a olvidar porque nos está formando como personas. Eso que tanto querían conseguir en las Convivencias, por ejemplo -¿os acordáis?-. A mí personalmente las Convivencias sólo me sirvieron para pasar un fin de semana con los compañeros de clase y reírnos un poco –unas veces más y otras menos-. Menos mal que siempre tuvimos la capacidad de pensar independientemente de todo lo que nos dijeran, aunque seguro que algo bueno se nos ha quedado, porque aquí estamos: esforzándonos por nuestro futuro olvidándonos, muchas veces, de nuestro presente.

No sé si os acordáis de esto, pero algunas de las palabras que me han influido más en mi vida las dijo Macu, la profesora de Economía. Aunque fuera una descoordinada a veces se inspiraba en clase. Un día de esos de primavera, con un calor increíble, las ventanas abiertas de par en par y de fondo el ruido de otra clase haciendo gimnasia en el patio, nosotros, por supuesto, no parábamos de hablar. Entonces debimos de sacar de quicio a la pobre Macu –que, ahora que lo pienso, más o menos como nosotras, había estudiado cinco años de Económicas para acabar dando clase en un colegio…- y se hartó. Y Macu era muy graciosa cuando se hartaba, creo recordar. Y nos empezó a decir que a qué esperábamos. Al principio no la entendí muy bien, pero ella siguió hablando, muy tranquilamente, sin alzar la voz. Y todos nos callamos. Nos dijo que a qué esperábamos, que nadie nos iba a obligar a hacer lo que teníamos que hacer en la vida. Que sólo nosotros teníamos en poder de hacer las cosas, de cambiar las cosas. Que los trenes, cuando pasan, hay que saber cuándo montarse, y que nadie –ni ella, ni nuestros padres, ni nadie- nos iba a montar en él. “Vosotros tenéis el poder de vuestro futuro en vuestras manos, de vosotros depende hacer de ello algo bueno o algo malo. ¿A qué esperáis para daros cuenta de lo que tenéis entre las manos? ¿Cuándo os vais a dar cuenta de que tenéis que aprovechar la oportunidad que tenéis AHORA?”

Ahora, recordándolo, recordando estas palabras, me pregunto si se preguntaba esas mismas cosas a ella misma también, porque recuerdo que yo noté que se emocionó. Los ojos le brillaban. Creo que se emocionó. Y la verdad es que yo me emocioné un poco también. Porque me dio qué pensar.

Ahora recuerdo estas palabras, y las recuerdo gracias a vosotras, que me habéis hecho sentarme frente al ordenador y ponerme a hacer algo que no hago desde hace mucho tiempo: recordar cosas bonitas. Traer a la memoria buenos recuerdos. Porque cuando pienso en todo lo que hemos vivido son esas las palabras que lo identifican: buenos recuerdos, buenos momentos. Incluso esas tardes de botellón en Avenida de la Paz, que tanto escandalizarían a nuestros padres, hasta esas tardes, con o sin borrachera, son buenos recuerdos. Porque al fin y al cabo siempre fuimos unas adolescentes sanas y divertidas y responsables y con los pies en el suelo.

Seguro que nunca imaginamos que acabaríamos cada una en una parte de este continente en el que siempre hemos vivido. Yo al menos jamás me podría haber creído, si me lo hubieran contado, que estaría viviendo y trabajando en Londres. A mí, que tanto miedo me ha dado siempre hasta coger el metro sola…

Hay tantos recuerdos, y tantas cosas que hemos vivido juntas y con más gente aunque ahora no tengamos tanto contacto. Por eso quería escribiros esta carta común, porque quiero devolveros el regalo que me acabáis de hacer vosotras a mí: que cuando acabéis de leer esta carta penséis en algún buen recuerdo de nosotras, ya que ahora que estamos lejos hace tanto que no nos vemos, y aunque sea sólo ese recuerdo nos acerque un poco.

Yo, por mi parte, sigo intentando vislumbrar qué es eso que tengo entre las manos, eso que nos dijo Macu que supiéramos valorar, que no esperáramos, que nos subiéramos en el tren. Tengo la sensación de que nosotras ya lo hemos hecho, al menos el primero de los trenes. “We made it”, así que estad orgullosas de tanta clase de matemáticas, economía, geografía, de la selectividad… En realidad todo nos ha hecho lo que somos ahora: mujeres valientes que no se quedan quietas esperando y que van a buscar su futuro, que pelean con uñas y dientes para conseguir su sueño. Y lo hemos hecho.

 

Con cariño,

N

Personal Statement-Facts-Mi compañera de piso no es humana.

1. La vida son momentos.

2. Un grupo de ancianos hindúes, dos de ellos en silla de ruedas, juegan a la pelota en medio de una explanada de césped en el parque de West Ham. Cuando no alcanzan a golpear la pelota, la atraen hacia sí con un bastón. Se ríen.

3. Hoy he visto, por primera vez, una paloma pura. Lo he tomado como una señal.

4. Toda aquella semi-persona que ocupe un puesto de responsabilidad en estos trabajos de mierda de Londres no merece ninguno de mis respetos, ni tan siquiera los reservados para la gente que no respeto. Excepción hecha de dos personas, los únicos humanos que he conocido de esa estirpe.

5. Como la vida son momentos, estos son posiciones en una recta entre el bienestar y la perdición.

6. En la perdición se aprende y en el bienestar se asimila lo aprendido.

7. I declare that I do not belong to this world anymore.

8. La insolencia es el arte más gracioso a cultivar y el más útil quizás.

1.. No he leído El Quijote. Y este debería ser tal vez el primer punto.

8. El talento está sobrevalorado. La inteligencia también. Lo único que importa en esta vida es el valor.

9. Esta mañana he descubierto que mi compañera de piso no es humana.

P.D. Lista no exhaustiva.

Apología -o no- de las primeras citas.

Invitada especial: Jeny
Todos hemos tenido esas primeras citas. Algunas fueron primeras y últimas a la vez. Otras el primer encuentro de una larga relación, otras que es mejor olvidar. Esas otras a las que se va porque no tienes otra cosa mejor que hacer un sábado por la tarde. Luego están esas otras hacia las cuales una se dirige todo el camino pensando “ojalá que me mande un mensaje y me diga que no puede ir”. Y también esas otras en las que nada más llegar una dice “esto yo sin tres cervezas no lo aguanto” –supongo que no hará falta explicarlo, pero son ese tipo de citas en las que una está conscientemente dedicada y a gusto y conforme con la situación pero la otra persona posee la capacidad de ser a la vez muy bueno (buenazo) y a la vez también un pedante, un pesado, que no se calla, que no te escucha ni te deja hablar. O todo lo contrario: que apenas abre la boca-.
Hoy mi ilustre invitada –ella siempre es ilustre cuando es invitada a mi blog-, mi gran hermana Jeny, nos habla de las primeras citas –whatever that means-.
Si hubiese que, sin duda yo sería de las personas que tendrían que llevar una L en las primeras citas. Pero primeras citas de verdad, de ésas de contacto inicial, de las de apenas información acerca del otro. Porque bueno, citarse con alguien a quién conoces mínimamente es un mero cambio de registro, pero las primeras citas de verdad son las de folio en blanco con título y escueto encabezado. Y el mío rezaba:
“N, camarero de discoteca los fines de semana.” Y el resto estaba por escribir.
Como nunca deja uno de sorprenderse a sí mismo, y por innovar, comenzó siendo el tal N un recomendado, y atentos ahora, de mi madre.
“Es muy lindo, me gusta para ti.”
Y va y me lo presenta un día y yo…
“No me gusta.” “Y para mí que es gay.”
Pero obviemos que mi radar no funciona, o no existe.
Y una semana después, nos encontramos, N y yo, y hablamos un rato. Pero había sido una noche muy larga y para cuando llegué a casa no recordaba lo más mínimo de aquella conversación. Solamente que se encendieron las luces, se iba y le dije algo, no recuerdo el qué, se dio la vuelta, me agarró y me besó. Y lo vi alejarse, con una sonrisa de esas que secan la encía.
A lo que iba, llego a casa y todo está bastante borroso pero es un difuminado positivo. Y descubro en mi agenda su número y vuelvo a sonreír.
Entonces, porque vivimos dónde y cuándo vimos, ya estamos en contacto. Que parece mucho menos romántico que construir declaraciones de amor con patatas fritas, pero es cuanto menos efectivo. Y me pide una cita y la rechazo. Total… Yo no soy de citas y además me marcho. Y hablamos un poco más y me río, y me intriga, y joder… me gusta. Y me pide una cita, otra vez y acepto. Total… Rechazar una cerveza no va conmigo, además me marcho.
Y bien. Ahí estamos, con una sensación extraña en el estómago, mi hoja en blanco y yo. Caminando bajo la lluvia hacia el lugar que él había escogido.
Con una coleta entre bien y mal hecha, con una ropa entre atractiva e informal, porque… Las primeras primerísimas citas, amigos, son el súmmum de la contradicción.
Por un lado quieres ir mona, por otro que no piense que te lo has currado tanto. Además, no queremos que nadie se enamore de nuestra versión equivocada. No nos engañemos, no soy el paradigma de la feminidad en el día a día y no me gusta mentir.
Así que tras barajar varios modelos, equilibras la balanza. Y que nadie se malacostumbre.
Íbamos pues, bajo la lluvia, entre el equilibrio estético y el desequilibrio estomacal. Y sabes que llegas pronto, porque llegar antes a una primera cita te permite acomodarte, estudiar el terreno y hacerlo tuyo. Lo tienes todo controlado hasta que se acerca, a lo lejos, una silueta que podría ser él, aunque no lo recuerdas mucho. Maldito folio en blanco…
Piensas que vas a dominar la situación. Pero entonces llega, te da dos besos y dos chicas desde la mesa contigua:
“Hola N”
Sumado a un saludo cercano con el camarero. Acaban de quemar tu bandera que ondeaba nerviosa y se declara oficialmente territorio hostil, o aliado de tu oponente, que para el caso, es lo mismo.
Primeros momentos, primeras miradas, primeras preguntas, primeras respuestas. Se va llenando tu folio de datos llenos de confianza y el suyo de una imprecisa y confusa declaración de ti misma. Pero paulatinamente, al ir y venir de las cervezas, entras en zona Z. Donde ya sabes o que no vas a volver a verlo jamás o donde la curiosidad inicial se transforma en algo más.
Y lo demás se va enredando entre lo que uno quiere contar de sí, lo que quiere conocer del otro y un tonteo, que surge naturalmente cuando la primera cita, resultó haber sido una buena idea.
Y como soy una gran amante de los colofones, tras un poco de humillación ganándole al billar, unos besos de recompensa, para ganadores y perdedores de esta guerra, que siempre es un éxito cuando se sabe luchar.
¿Segunda cita? ¿Por qué no?
Aunque ya me voy… Siempre me estoy yendo.

La muerte ya nunca podrá sernos ajena.

Fueron de las primeras personas que conocí en Londres –al menos virtualmente- y tal vez por ello las sentía más cercanas. Por eso tal vez siento su muerte como algo mío. ¿Por qué?

 

Cuando llegué a Londres empezó a interesarme la moda. No para mí en concreto, no para seguir las últimas tendencias, sino para admirarla en los demás. No conozco otras “capitales de la moda” aparte de Madrid, y ni siquiera estoy segura de que Madrid sea una de ellas. Tal vez es porque en Madrid nunca me he fijado en cómo se visten los demás. Aquí, en cambio, sí.

Ilusa de mí, cuando hice mi primera maleta para venir a Londres, tres cuartos lo ocupaban zapatos de tacón. Me veía a mí misma siendo una camarera feliz y despreocupada, calzando taconazos las veinticuatro horas del día cual anuncio de Maybelline.

Mi armario en mi primera casa, tan pequeño, tenía más zapatos que ropa. Y por supuesto, ninguno de ellos me los puse un solo día. En mi primera visita a Madrid, los dejé todos allí, en un ataque de racionalismo y realismo.

Fue aquí, en Londres, cuando empecé a leer Vogue. Sobre todo cuando me mudé a mi segunda casa, trabajaba en una tienda de ropa y compartía piso con una fashion stylist. No cualquier Vogue, sólo la edición americana: Anna Wintour, Grace Coddington… Fascinada por el documental “The September Issue” empecé a adorar a esas mujeres fuertes de la industria más caprichosa e impredecible del mundo: la moda. Por un momento quise ser como Anna Wintour.

Lo que más me gustaba de Vogue USA eran los vídeos de las fiestas y desfiles que tenían lugar en Nueva York, Londres o París. Cuando había habido algún evento importante en Londres del que yo ni me había dado cuenta me sentía incluso estafada. Como si no viviera en Londres, como si todo estuviera pasando cerca de mí y yo no pudiera ver nada.

Recuerdo un reportaje sobre un evento que creo de hecho que tuvo lugar aquí, en Londres, aunque he olvidado dónde exactamente. Tanto vestido de telas y estampados imposibles, peinados, tacones, elegancia y falta de ella a partes iguales. No diría que Londres es una ciudad elegante. Diría más bien que es una ciudad original, en la que nadie se sorprende ya de ningún estilismo. El caso es que fue ahí donde vi por primera vez a Lwren Scott. Por aquel entonces no sabía que era la pareja de Mick Jagger. Me enteré mucho después, y creo que incluso me decepcionó. Me dio la impresión de una mujer tan fría y distante y a la vez muy segura de sí misma. Me encontré con su nombre en otras ocasiones, más adelante, sin buscarlo, pues tampoco estaba yo especialmente interesada en su trabajo. Pero se convirtió en una de esas personas de las que oí hablar en Londres por primera vez y pasaron a ser como algo mío, a pertenecer un poco a mi historia. Una pertenencia virtual, por supuesto.

Lo mismo me pasó con Peaches Geldof. Era una de esas “celebrities” que, al parecer, nunca faltaban a una fiesta. Tampoco sé muy bien por qué, pero resulta que esta chica también se cruzó varias veces en mi camino virtual, obviamente sólo su foto y su nombre, su constante presencia en los eventos de esta ciudad y de otras, en fiestas con resuene y bombo, con o sin Kate Moss en los aledaños.

Por eso, cuando sus nombres se me cruzaron, por última vez acaso, en la prensa que habla de sus muertes inesperadas, suicidios o lo que sea, no puedo evitar estremecerme un poco, aunque nunca haya sabido muy bien lo que significa exactamente el verbo “estremecerse” –es tan vago y amplio-.

Supongo que forman parte de ese grupo de gente que no se conoce pero que por este mundo basado en el show business en el que vivimos, se convierten casi en alguien cercano de tanto escuchar sus nombres y ver sus fotos. Esta idea no es nada nueva ni descubro la rueda con ella, lo sé. Sólo quería dejar constancia de que es verdad. La muerte ya nunca podrá sernos ajena.