Escenas de paso (I): Notting Hill

El chico entró en una cafetería de Notting Hill, una de esas en las que nada más entrar te preguntan “Take away or eat in?” –lo sé porque he trabajado en una de ellas- de sobra conocidas en Londres.  Me fijé en él porque, de lejos, parecía atractivo. Luego se acercó un poco más a donde yo estaba sentada y ya pude observarle bien. Definitivamente no me gustó, así que volví a enfrascarme en mi libro y en mi café.

Entonces, por el rabillo del ojo vi que se acercaba a la esquina donde yo me encontraba. El chico caminaba ya acelerado, como esas personas que se tienen que hacer notar allá a donde van y, o bien dan portazos al entrar o salir de un sitio, o bien galopan cual Rocinante para que las gentes del lugar les echen alguna mirada que otra.

Se posicionó frente a mí con una seguridad en sí mismo que sólo emanan las personas muy inseguras y me espetó algo en lo que supongo que era inglés, tan rápido que no entendí nada, pero que intuí que quería decir si se podía sentar conmigo. Porque este tipo de cafeterías suelen ser muy cinéfilas y ponen sofás comunes, lo cual siempre me recuerda a alguna película de la Meg Ryan pre-operaciones faciales –uno de mis gustos inconfesables.

Entonces el chico soltó su mochila en el sofá a pocos centímetros de mí. La soltó como si se estuviera intentando deshacer de un pulpo, con esa violencia. Le miré a la cara, esperando encontrar una expresión de cabreo, la que se tiene cuando llevas un mal día. Ni siquiera parecía ligeramente “dissapointed”. Su cara expresaba tranquilidad, de hecho. Me recordaba a un duendecillo regordete, porque además  tenía mofletes regordetes y  enrojecidos, y pensé que un chico con mofletes regordetes y enrojecidos nunca puede estar cabreado.

Cuando hubo dejado su mochila tirada en el sofá, se dirigió al mostrador a recoger lo que había pedido: un sándwich y un croissant.  Se sentó a la mesa, frente a mí. Yo ya no podía evitar mirarle, movida por la curiosidad como si estuviera viendo al duendecillo gruñón de Blancanieves frente a mí. Por supuesto yo hice como que seguía leyendo mi libro. Entonces vino la guinda del pastel. Cuando dio el primer bocado al sándwich, inmediatamente se llevó la mano a la boca y lo escupió. Y como si se tratase de una coreografía preparada y aprendida, con un movimiento tras otro, sin un cambio en su expresión, se levantó a su galope habitual, asegurándose de que el camarero le observaba escupir el trozo de sándwich cual niño pequeño, y le espetó algo al pobre camarero, que le miraba con ojos de cordero degollado.  Cuando hubo acabado su pequeño discurso se dio la vuelta y volvió a su sitio, es decir, a mi lado. Me recordó a esa escena de Mulholland Drive cuando, en la reunión del joven director de cine con los adinerados y excéntricos productores de su próxima película, uno de ellos le da un sorbo a su café para escupirlo a continuación y sin pausa en una servilleta de papel, como vomitándolo.

Como si nada hubiera pasado, con una expresión de total calma en sus ojos, mirando por encima del hombro a los pocos clientes que habían presenciado la escena, levantó el croissant y le dio un mordisco, masticándolo tranquilamente, con esa expresión de satisfacción que se te queda cuando acabas de desahogarte, de quedarte bien a gusto.

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