Maletas y aviones

Aquellos días la biblioteca de Whitechapel -mi biblioteca, como yo la llamo- era algo más que un sitio tranquilo de estudio y lectura. Era una torre de Babel y una casa de acogida donde podía uno encontrarse a gente durmiendo frente al gran televisor de pantalla plana con el sonido silenciado que se encontraba junto a la cafetería, gente descalza, leyendo el periódico o discutiendo en un idioma desconocido para mí mientras compartían un café. Era como la gran casa de alquiler de East London, con sus estancias establecidas: la cocina, el salón, los baños… Sólo le faltaban las habitaciones. Era una mezcla de olores y aromas, religiones y lenguas, costumbres y situaciones. Aquí y allá se podían encontrar grupos de lectura, bangladeshíes estudiando empresariales o una camarera con velo que no sabía hablar inglés.

Todo mi Londres se reunía día a día en la biblioteca de Whitechapel. Y aquel día pensé en lo acogedor que podía resultar un sitio lleno de libros, de cultura. Un sitio donde seguramente nunca entrará el futuro líder de la humanidad. Donde se cuecen recetas, experiencias y planes, problemas, esperanzas y sueños entre cientos de libros escritos en inglés, urdu o malayo. A nadie parecía molestarle un mal olor, una voz más alta que otra, una gran maleta en medio de ninguna parte.

Maletas y aviones, de eso está hecho Londres. Siempre que se mira al cielo aquí, se ve al menos un avión. Me gusta imaginarme las esperanzas de la gente que viene y los logros o pérdidas de la gente que se va, aunque una pérdida sea un logro a largo plazo, siempre. Esta ciudad está hecha de gente de paso, de aventureros, de gente que sin duda aprenderá algo sobre sí misma. Mi primer día en Londres, aún con mi gran maleta a cuestas, fui a ver una habitación para alquilar. La mujer que vivía allí, una señora seria pero con ojos profundos y palabras inteligentes que daba clases de arte en la universidad y hacía “trabajos espirituales”, como ella misma me explicó, me dijo: “si puedes vivir en Londres, puedes vivir en cualquier parte del mundo”. ¿Será porque Londres tiene un pequeño trocito de cada parte del mundo? Lo que es seguro es que quien ha estado en Londres viviendo la “gran experiencia londinense” de trabajar e intentar vivir, llevará siempre un poco de Londres en la sangre.

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