East Londoners from the bus (I): 26 y 30

 

Son las 10 am en cualquier calle de Hackney, puede ser Dalston, Shoreditch, Hoxton… Sentada en la planta de arriba del autobús es como mejor se observa Londres, si se sabe cómo observar. Y los autobuses 26 o 30 son los mejores para espiar esta parte de East London. Mientras que con el 25 una se tele transporta no sólo a otra parte completamente diferente sin salir de East London, si no que se encuentra de repente en una calle de Marrakech, o Pakistán, o Bangladesh, o incluso de Guinea Ecuatorial.

Lo mejor es que tú ves a todo el mundo, pero nadie te ve a ti, nadie sabe que está siendo visto. Es lo más cercano a espiar. Las ventanas del bus se convierten en ventanas indiscretas desde las cuales se pueden ver las cosas más insospechadas, a veces. Lo mejor de la planta de arriba de los buses es que te permiten una vista incluso del interior de algunas casas a través de sus ventanas, si no es un piso muy alto. Es lo que más me gusta. Me siento una privilegiada. Y como aquí nadie tiene persianas, ni cierran las cortinas de día para que entre la poca luz, el poco sol que entra de vez en cuando, puedo ver hasta la cocina.

Los autobuses 26 o 30 te enseñan Dalston, Shoreditch, Hoxton… Los edificios son tan viejos como los que se ven en el 25, pero los que se ven cuando viajas en el 26 o 30 pertenecen –mejor dicho, están habitados- por treintañeros, normalmente que ejercen una profesión creativa, y que han encontrado en estos antiguos edificios con las tuberías por fuera, oxidadas, con malas hierbas saliendo de las grietas de la fachada grasienta y sucia de combustible, un espacio decadente e inspirador. Por dentro las habitaciones podrán ser pequeñas, podrá crujir el suelo o tener ratones, pero la sola vista, o el pensamiento, de la localización y de la fachada y de la historia del edificio, hacen que merezca la pena, aunque estén pagando setecientas libras por una habitación alquilada. Qué más da si luego pueden abrir la mitad de la ventana, sentarse frente a ella con su Apple gris y ponerse a mirar al vacío, como si posasen para una foto. Tienen treinta años y saben que no podrán quedarse ahí toda la vida, que tendrán que casarse y tener hijos y que su sueño decadente sólo habrá durado unos años, los que pudieron vivir con el dinero suficiente para pagar setecientas libras por una habitación en Shoreditch y unas cervezas en los pubs de alrededor. Pero qué más da todo eso cuando puedes decir que vives en Shoreditch y que trabajas en la industria creativa y llevas gafas de pasta vintage y tienes una bici vintage y dices que tu escritor favorito es Bukowski, aunque por dentro desees que no te pregunten cuál es tu libro favorito.

A través de las ventanas puedo ver sillas de madera de cuyo respaldo cuelgan, como abandonados, jerséis gordos llenos de bolas. De marca. También pelos sintéticos, tintes de todos los colores posibles o imposibles para una cabellera. Pelos que sólo están bien vistos en esta parte de Londres. O tíos, posiblemente modelos, con media melena, y con el típico gorrito de lana con pompón que todos hemos llevado alguna vez de pequeños. Estamos a veinte grados, el sol incluso pica, cosa poco habitual aquí en Londres, pero qué más da. Los gorritos de lana con pompón han estado de moda todo el invierno. Y ves las gotas de sudor resbalando por su frente, pero parecen tan felices mientras caminan con su café take away en la mano…

Muchos no son de Londres. Han venido desde otras ciudades o pueblos de Reino Unido a trabajar en la industria creativa, un nombre genérico que abarca, supongo, tantas cosas, que nunca se sabe si a lo que se refieren es que son profesores de dibujo en una escuela o curadores de arte. Saben que Londres no es para siempre, como lo sabemos todos. O al menos saben que East London no es para siempre. Shoreditch, Dalston… No son para siempre, como la juventud, la ausencia de problemas y de demasiada responsabilidad. O tal vez sólo unos pocos afortunados, los que de verdad trabajen en la industria creativa, o mejor dicho los que la dirijan, sólo para ellos East London es para siempre. Se han acostumbrado a dibujar un cuadro, o escribir un relato, su vida, que presentan de la forma más deseable posible.

Aunque al fin y al cabo, sería imposible vivir en Londres sin ese cuadro, sin ese relato, sin esa presentación de nosotros mismos. Esa presentación es lo único que tienen, que tenemos. De creerla o no depende nuestro bienestar psicológico, y sin esa presentación bien hecha, planificada y cuidada no se puede vivir en Londres.

 

 

 

 

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