Ese momento

Hay siempre un momento en el que una se da cuenta de la importancia de una conversación. O al menos se dan cuenta aquellos que saben, primero, cómo escuchar, y segundo, cómo interpretar. Son momentos en los que una se da cuenta de que hasta las personas más odiosas –esas a las que llevas un tiempo sin soportar, pequeñas personas se se cruzan en tu vida y te putean un poco, nada de grandes dimensiones- tienen una historia que contar. Y esa historia, muchas veces, explica muchas cosas.

Lo más fácil suele ser quedarse en la superficie de las personas. Y no lo digo como crítica. Es lo que hacemos todos, y yo la primera. Hay gente que es realmente tan odiosa que te da igual si tiene o no una historia que contar, si tiene algo tras de sí que explica mejor su comportamiento. A veces, simplemente, es mejor ignorarlos. Pero a veces –pocas- esas mismas personas se acercan a ti, y sin que te des cuenta, sin que se sea consciente en ese momento, resulta que sólo querían algo de acercamiento.

Porque las personas a las cuales les gusta hacer la vida complicada a los demás son las que más necesitan ese acercamiento. Pero les cuesta tanto aceptarlo que se comportan de forma completamente contraria. Por supuesto hay excepciones. Nunca he investigado sobre esto, aunque sería interesante. Tampoco sé si existen ya investigaciones sobre ello, tal vez sí. O tal vez Paulo Coelho ha escrito ya sobre este tema y nos ha hablado del monje que abandonó a su hijo o alguna parábola similar. Pero yo no soy Paulo Coelho ni pretendo serlo. Hay excepciones. Hay gente que es insoportable y punto, y que te exaspera tanto con su negatividad y malas formas que es mejor ignorarles, dado que no puede una hacer de psicóloga allá donde va.

Pero ese momento, en el que se tiene una conversación o varias, un intercambio de vivencias definitivo, en el que se descubren tantas cosas y se explican tantas otras, es inigualable. Sí, yo misma lo acabo de tener. Me ha pasado varias veces a lo largo de mi vida, de todas formas, y no como psicóloga porque nunca lo he sido y no sé si alguna vez lo seré. Me ha pasado como persona a la que le gusta escuchar. Como persona que sabe escuchar y que tiende, tal vez por deformación profesional, a interpretar. Es algo que nunca he podido evitar, esa tendencia a la interpretación. Para bien o para mal.

Al fin y al cabo, si no fuera por esa tendencia mi vida sería mucho más miserable, y seguramente me quejaría mucho más. Pero cómo me voy a quejar de las locuras de mi landlady, ahora que me ha contado su historia. Sigo pensando que no está muy bien de la cabeza, porque no lo está y eso es un hecho. Pero eso también lo admiro, y es en parte por lo cual decidí quedarme en esta casa a vivir y por lo que decidí también irme de Londres cuando vi dónde me había metido. Y esta marcha de Londres tal vez sea la decisión más definitiva, y tal vez por eso recalé aquí, pero esa es otra historia.

Esta mujer, con tanto vivido, tanto que contar, y tan poca gente a la que contárselo… Tal vez sólo mi compañera de piso y yo. O los que toquen ocupando las dos pequeñas habitaciones de su casa almodovariana, si están de humor para escucharla. Ella misma encajaría perfectamente en un personaje de Almodóvar. Esta casa es como vivir en “Mujeres al borde de un ataque de nervios”. Odio este sitio y a la vez me gusta, porque sé que siempre –o tal vez no siempre- me he acercado a lo raro, lo disfuncional, lo no-normal y me he alejado, me alejo, y me alejaré siempre, de la normalidad, que tanto me aburre y tan poco tiene que ofrecerme.

Ese momento, esa conversación, en definitiva añade un poco de luz a los tiempos difíciles y es un antídoto contra los malos pensamientos. Aunque sé que mañana me volverá a molestar esto o lo otro de ella, de mi assisstant manager –de la que alguna vez hablaré, a lo mejor- o del que toque, por una cuestión meramente estadística.

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