East Londoners from the bus (II): My 25 o ¿Me puede no gustar Madrid?

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Hace algunas semanas escribí acerca del Londres que se observa desde las rutas de autobús 26 y 30. Esta semana le toca a otro de mis autobuses favoritos. De hecho el que más me gusta, el primero que cogí cuando llegué aquí. Todas las ciudades tienen algún objeto o máquina u obra o producto de ingeniería o como se quiera llamar, al que se le coge cariño, que es especial y en torno al cual se han vivido tantas cosas que una se queda anclada a él y nunca se olvida. En mi caso, es el 25.

 El 25 hace una ruta tan larga que nunca he sabido dónde empieza. Aunque sí dónde acaba: Oxford Circus. Aunque el principio es el final, y viceversa. No sólo en los autobuses. Empieza (o acaba) en un lugar llamado Ilford, al que nunca he ido y sólo conozco por el letrero siempre acompañando al número 25 en la parte de arriba del autobús. Siempre me he subido en el mismo sitio: en la parada frente a la iglesia que nos separa del viejo centro comercial de Stratford, que tuvo la desgracia de empezar a ser conocido como el “Old Stratford Centre” cuando la cosa horrible y mastodóntica del Westfield fue construida para los Juegos Olímpicos de Londres hace un año. Qué metáfora de lo que esta ciudad…

Estamos en la parte más moderna de East London. Una ciudad que parece artificial, creada sólo temporalmente, con vistas a las formas extrañas, amasijo de hierros que conforman el estadio de los Juegos Olímpicos, y a su lado otra cosa roja que no sé ni lo que es y tampoco me interesa.

Al principio de nuestro recorrido se pueden observar los hoteles creados para este propósito reciente. Hoteles de todos los estilos, con aspecto más caro, o más barato. Algunos parecen prefabricados y otros intentan imitar un estilo victoriano que seguramente los que lo habitaron durante los Juegos no conocieron si no se movieron de Stratford. Así les crearon una ilusión de Londres, y los huéspedes tan contentos que volvieron, cargados de bolsas del Westfield, a sus países de origen. Después hay grandes superficies de tierra, como descampados, tal vez tierras prometidas que nunca fueron urbanizadas. Pero cómo voy a hablar yo de tierras prometidas, siendo de España…

Afortunadamente pronto nos encontramos con el canal, que recorre todo East London y llega hasta Angel, que está en el noroeste. Aún no lo he recorrido de principio a fin, sino que de vez en cuando he paseado por él, cogiéndolo y abandonándolo en cualquier punto: desde Mile End, Hackney o Dalston. En pocos segundos, si no hay tráfico, llegamos a Bow, cuya rotonda separa Stratford, lo nuevo, prefabricado y especialmente creado para los Juegos de marras, del genuino East London, con Whitechapel, donde Jack el Destripador cometió sus crímenes, y Brick Lane o también conocido como banglatown.

El cambio realmente impresiona. Ya nos encontramos con las pequeñas “mosques”, centros de oración para los musulmanes, que no son como la gran “East London Mosque”, sino que son pequeños locales utilizados como centros de estudio y oración. Estos se encuentran frente de la iglesia de Bow, una de las más antiguas de todo Londres, cuyas campanas son tan antiguas que hasta hay leyendas formadas en torno a ellas, y que son tocadas todos los domingos en una especie de ritual privado de un grupo de gente que se reúne especialmente para ello, al que tuve el privilegio de medio-asistir una vez junto a una amiga. Digo medio asistir porque vimos cómo se preparaban para tocarlas, pero luego cerraron la puerta. Eran los principios, así que ni mi amiga ni yo nos atrevimos a preguntar –qué tontas- . Por suerte un cartel en la puerta lo explicaba.

A partir de aquí ya se empieza realmente a sentir Londres: esa mezcla de lo viejo con lo nuevo, lo victoriano con lo moderno, lo abandonado, lo sucio, lo olvidado. Casas de ladrillo visto con sobrias puertas y los números dorados de cuyos tejados sobresalen alargadas chimeneas. Ventanas con cuadraditos y una mujer con burka que tiende la ropa en el jardín. Estas son casas en el pasado unifamiliares, de dos o tres pisos, en los que ahora pueden vivir varias familias. Las típicas casas en las que uno piensa cuando piensa en Londres.

Si se viaja en la primera fila del piso de arriba del autobús, durante todo el recorrido por Mile End Road hasta Aldgate se observan algunos de los rascacielos más famosos de Londres. Aquel con forma de huevo, y el otro con forma de pagoda, aún en construcción. Ambos como una promesa a lo lejos. Siempre una promesa. Entonces se baja la vista y se ve a la gente pasear o comprar en los pequeños, familiares y bangladeshíes off licence donde se puede encontrar de todo. Ya hemos llegado a la gran East London Mosque, con su entrada angosta y pequeña que pasa casi desapercibida designada para las mujeres, y las tres enormes puertas principales con esas características formas picudas y redondeadas características del arte árabe, por las que sólo pueden entrar los hombres.

Entre tanto gorrito de lana con pompón, corte de pelo rubio más-corto-por-abajo-que-por-arriba, pantalones de pitillo, botines de piel, camisas estampadas abrochadas hasta el ahogo, bicicletas vintage y sombreretes de paja que observo día a día en el Overground, que trae a toda la gente de la parte más “moderna” y “trendy” de East London, es agradable observar y recordar que Londres es algo más. Incluso ver el velo de una mujer musulmana, el shari de una india, las coloridas telas del vestido de una africana, la camiseta vieja y sucia anunciando un detergente de los años 80 y los pantalones manchados de pintura de un obrero es un alivio cuando ya creías que vivías en un mundo donde es obligatorio llevar el uniforme hipster. 

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