Cuestiones existenciales

Cuántas veces habré tenido la misma conversación, con distintas personas, con distintas amigas. Amigas todas sin pareja que, la busquen o no, se hacen la misma pregunta. ¿Por qué no encuentro a nadie? La pregunta la podrá disfrazar cada una como quiera, edulcorarla para que no parezca tan catastrófica, o hacerla incluso más cruda con palabras y lamentos. Pero al final, siempre es lo mismo. Por qué no encontramos a nadie.
Somos todas jóvenes, encarrilando nuestras carreras, seguras de nosotras mismas en casi todos los aspectos de la vida. En casi todos, que no en todos, como corresponde a mujeres de tan sólo 25 años. Hemos estudiado una carrera, hemos vivido mucho y bien. Y hemos tenido muchas experiencias. Y también nos hemos enamorado, hace tiempo. Claro que para nosotras, ese tiempo fue cuando teníamos 19 o 20 años, cuando el amor se vive, supongo, de una manera distinta. No lo puedo comparar con el presente porque no me he enamorado de nadie recientemente.
Hemos ido como vagabundos en busca de comida, de cita en cita a cual más absurda. De encuentro en encuentro cada vez más insatisfactorio. Y los hemos olvidado sin ningún esfuerzo. Sabemos cuándo una persona ha valido o no la pena. Sabemos cuándo una cita ha ido bien o ha sido un desastre. También sabemos qué tipo de comentarios, preguntas o proposiciones tenemos que aguantar o no.
Y sin embargo pasa el tiempo y no nos hemos enamorado, ni ha aparecido el hombre que nos enloquezca. Ni siquiera uno que nos remueva momentáneamente. ¿De verdad existen, están ahí, o son como los ovnis que alguna gente dice haber visto y nosotras somos las únicas que no hemos tenido ese placer?
Voy en el metro, en el autobús, y veo a esas parejas con maletas marrones, chaquetas acolchadas de Lacoste y la melena trenzada a la altura de los hombros (ella) y náuticos y calcetines de ejecutivo (él). Y pienso “dios me libre”. O veo a parejas que se juntan los domingos por la tarde en casa de la suegra a hacer pasteles de Mickey, y entonces preferiría quedarme soltera hasta el fin de los tiempos. Porque eso sí, lo bueno de ser soltera en los tiempos que corren es que ya se puede decir con la boca bien grande. Nosotras no nos vamos a quedar “para vestir santos”. Nosotras tenemos nuestra carrera, nuestras ambiciones, y nuestras necesidades. Puede que no sepamos lo que queremos, pero sabemos lo que no queremos. Sabemos lo que no tragamos. Y sabemos sobre todo, y esto es importante, que hay hombres que merecen la pena. Ya no nos creemos ese discurso de “visto uno vistos todos”. O el de “no puedes confiar en ningún hombre más que en tu padre”. No. Encima sabemos que hay hombres que no son superficiales, con los que se puede mantener una conversación y compartir intereses. Hombres capaces de enamorarse más intensamente incluso que cualquiera de nosotras.
Pero aún nos sentamos en la cocina, o en la mesa de un bar, y empezamos a preguntarnos cuál es el problema. Y puede incluso que hablar tanto del tema, darle tantas vueltas, sea peor y lo haga más grande.
Yo creo que ha llegado el momento de cambiar la estrategia. Ya no somos estatuas tras un cristal, intocables, en un pedestal, adorables desde la distancia, reliquias remotas e inalcanzables. Somos de carne y hueso y queremos cosas y necesitamos cosas. La diferencia, para mí, estriba en que durante mucho tiempo han sido los hombres los que se han acercado a las mujeres cuando estaban interesados, o tenían algún interés. Las mujeres nos hemos limitado a mover el abanico o a jugar con la mirada o a bajarnos el escote, lo que sea. Pero, realmente, ¿cuántas mujeres, hoy en día, se atreven a acercarse y presentarse a un hombre por el cual se sienten atraídas?
Sexo en Nueva York no ha sabido transmitir el mensaje porque, al final, la que siempre se quedaba anclada al pasado y esperando que el hombre de su vida viniera a salvarla, es la que acaba felizmente casada y rescatada de los brazos de otro amante sin corazón. Y sin embargo la que hacía con su vida y su cuerpo lo que quería, la ambiciosa y la segura de sí misma hasta extremos ridículos a veces, se queda sola. Preciosa lección. Claro, que las lecturas están abiertas. Esta es tan sólo la mía.
Pero tampoco puedo sentirme identificada con la nueva “apertura pseudo-obligatoria” a la que ahora, al parecer, todas las mujeres que se quieran llamar de su época tenemos que estar ancladas. Esa mujer que pisa fuerte, segura sin dudas de sí misma, triunfadora, encantada de haberse conocido, independiente, que no necesita a nadie más que a ella misma, y que está abierta a todas las experiencias sexuales que se le aparezcan por delante. El otro día leí el perfil de una escritora joven que decía que “folla sin amor”. Y yo la aplaudo, pero a mí qué me importa. Preferiría saber sus gustos, sus intereses, por qué escribe, no sé.
Llegó un momento en el que me dije a mí misma, ¿y por qué me tengo que ceñir a eso? ¿Por qué voy a tener que hacerlo si además luego ni siquiera disfruto, yo, como mujer, como persona, de forma egoísta? ¿Por qué tengo que estar de acuerdo con la idea de ser el entretenimiento de una noche de alguien que no sabe ni cómo me llamo y que una vez terminado ni siquiera va a reparar en si sigo a su lado? ¿Tengo que pedir perdón porque para mí eso sea importante?
Hasta que encuentre la respuesta a estas preguntas, prefiero quedarme sola, y acercarme a los hombres que me gusten y porque yo quiera. Y acercarme sin miedo, sin esperar a que me llamen. Porque precisamente cuando me llamen será cuando yo no vaya.

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