Los huecos siempre traicionan.

Desde aquella amplia terraza se podía observar la playa, a tan sólo unos pasos desde el portal. La playa, que aún sigue siendo la misma con el paso de los años, no es una playa abarrotada y gigante como las de otras partes de la costa mediterránea española. Es, en cambio, una playa humilde en sus medidas y a la que la gente  va exclusivamente a bañarse. No se ven, afortunadamente, cuerpos aceitosos y musculados y embutidos en silicona artificialmente hasta la extenuación. Al contrario, los bañistas suelen ser familias muy grandes con dos o tres sombrillas y una nevera llena de comida para pasar el día; señoras mayores flotando relajadamente en la orilla; niños haciendo castillos de arena… Hasta se puede leer un libro.

Desde aquella terraza se podían observar todas estas escenas y muchas más, observando a los veraneantes y a los autóctonos recorrer el paseo marítimo de arriba a abajo.

En aquella terraza había unas sillas blancas de plástico, un par de tumbonas plegables y una mesa redonda. Allí se hacía la vida: desde el desayuno -con un periódico y un café los mayores, y la leche con churros los más pequeños- hasta la cena.

Las habitaciones sólo se utilizaban para dormir, y el salón se convirtió en invisible por el uso nulo que se hacía de él: era sólo el preludio de la promesa: la terraza. En ella se soñaba, se jugaba, se inventaba, se reía…

Era, además, el punto de encuentro de familia y amigos, y el punto de partida antes de salir a ningún sitio. Es lo que pasa con los lugares que tienen alma, que hay algo en nuestro interior que siempre nos arrastra a ellos sin saber por qué, incluso a pesar de nuestra negativa a veces, cuando somos conscientes de ese efecto.

Por eso ahora, después de muchos años, siento una punzada en el estómago cuando veo que los nuevos veraneantes de esa casa se pasan el día en el salón. Ahí están, se pase a la hora que se pase: pegados al sofá, intentando encajar todos en una suerte de Tetris para poder ver bien la televisión. Las sillas, en la terraza, están vacías, muy bien colocadas: alineadas mirando a la nada, más objetos que nunca. No contentos con eso, han decidido poner una especie de muro de paja que les otorga privacidad seguramente avergonzados de pasar así el verano, conscientes de su delito.

Es lo que pasa, que hay veces que aunque uno se quiera esconder, los huecos siempre traicionan, y más en una terraza de verano abandonada.

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