Estamos encantados.

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M. trabaja seis días a la semana, entre ocho y diez horas, si no más. Cada vez que alguien se pone malo le llaman a él y ahí se planta M en seguida, a veces con una sonrisa y otras… En fin.

Lleva un año y medio trabajando para la empresa de hostelería en cuestión y sigue cobrando el mínimo legal en Reino Unido: seis libras con diecinueve peniques. Cuando ha habido ascensos en la plantilla, como elegir nuevos supervisores, jamás han contado con él. Dice que como tiene una carrera universitaria, los managers saben que tarde o temprano se irá de la empresa. Y esto él te lo cuenta como si fuera la cosa más normal del mundo, como si estuviera leyendo la Constitución en voz alta, como si fuera lo que corresponde, lo justo. Como si no hubiera ni que dudarlo.

Me dice que casi no sale, que no tiene vida social. Claro, me dice, librando sólo los domingos está tan cansado que no tiene ganas de nada. Me lo cuenta en nuestro descanso para comer, de sólo media hora. Llevamos cuatro horas trabajando y aún nos quedan otras cuatro, o seis. Intento que me hable de su vida, de otras cosas. Es imposible, en seguida se desvía del tema y me empieza a hablar de dónde tengo que recoger los sándwiches por la mañana y a dónde llevarlos y los diferentes ingredientes de los que están hechos.

M. estudió una carrera universitaria en España y su sueño es poder trabajar en algo relacionado con su carrera aquí, en Londres. Después de  más de un año viviendo aquí se quiere examinar del First. El First… Trabaja rodeado de españoles, vive con españoles. El único inglés que habla cada día es para decir “Hi” y “Anything else?”

Ha llegado a trabajar diecinueve días seguidos sin un sólo día libre. Y dice que no le importa porque se quiere pedir una semana de vacaciones en octubre y dos en diciembre. Le digo que es su derecho, que no le está haciendo un favor a nadie. “Ya pero tú sabes, si voy a pedir, hay que dar algo a cambio también”. Ahora recuerdo que en nuestro contrato las vacaciones, si nos corresponden, pueden ser rechazadas si a la empresa no le viene bien.

C., después de dos años trabajando ininterrumpidamente para la misma empresa de hostelería, por fin ha conseguido un aumento de treinta peniques en el sueldo y que le dejen todos los fines de semana libres. Me dice que ha llegado a trabajar varias semanas seguidas doce horas cada día. “Por gente que se ponía mala, por falta de personal, por h o por b…” Me lo dice también con una tranquilidad que me asombra y que, reconozco, me asusta.

Después de dos años él, al menos, ha conseguido que le suban el sueldo simbólicamente. Lo que no ha conseguido tampoco es que le asciendan de puesto. También le han dicho lo de la carrera universitaria. El general manager -que aparece en contadas ocasiones, inglés, con pinta sospechosa y desordenada, con pinta de usuario de páginas web de entretenimiento nocturno- es a él, a C., a quien da las órdenes y echa las broncas sin tan siquiera dar los buenos días.

Y por eso dicen que aquí aprecian mucho la forma de trabajar de los españoles. No en vano lo somos toda la plantilla menos dos. Que somos los más trabajadores, dicen con entusiasmo y con sonrisa psicótica. Y a nadie le extraña, nadie se pregunta siquiera por qué.

Estamos encantados de vivir en Londres como si estuviéramos en España. Trabajando diez horas con sólo media hora de descanso. Encantados. Teniendo que aguantar groserías y malas formas que ni siquiera entendemos. Encantados. Nuestras tareas sobrepasan el límite de las estipuladas en nuestro contrato, cuando lo hay. Aunque en realidad ni siquiera nuestras tareas están escritas en nuestro contrato. Encantados. Pasa el tiempo y pasan los años. Estamos encantados.

*

Estoy orgullosa de formar parte del enorme número de jóvenes españoles que se matan a trabajar en Londres por las razones que sean, que como yo digo, siempre van más allá de lo económico o del aprendizaje del inglés. Pensamos en España desde la distancia, pensamos en volver y entonces nos damos cuenta de que lo que nos espera allí tampoco es un paisaje mucho más esperanzador que el que tenemos aquí. Mi único deseo sería que hablásemos más alto y lucháramos más por nuestros derechos aunque para ello nos tuviéramos que preparar un speech el día anterior, diccionario en mano.

PD: esta entrada no está basada en ninguna persona ni historia en particular sino en todos los españoles y sus circunstancias que he ido encontrando a lo largo de mi estancia aquí. Las iniciales son ficticias y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

 

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