El valor de la gente buena.

Como los trabajos de supervivencia en Londres son todos iguales –que cada uno ponga el adjetivo calificativo que crea más conveniente- el único valor que tienen son las personas que trabajan en ellos.

A lo largo de mi estancia en Londres ha habido ocasiones en las que la gente se ha sorprendido, o ha señalado mi inocencia ante el hecho de que me cueste tanto abandonar un trabajo de este tipo aun sabiendo que era una mierda. “Pero si son todos iguales” me dicen. “Tú tienes que buscar tu propio beneficio”, “En todos va a ser la misma mierda”. Y sí, es verdad hasta cierto punto, puedo reconocer. Por eso con más razón, dado que el trabajo va a ser asqueroso de todas formas, estar rodeada de gente buena, en vez de estarlo de esas especies o especímenes llenos de mala leche que Londres ha creado a lo largo de los años lentos y sucios, tiene para mí mucho valor.

Tal vez sea Londres el mejor sitio para valorar realmente la gente buena que se tiene alrededor, gente con la que se trabaja día a día, y creo que esa es una de las enseñanzas principales de esta ciudad: el valor humano cuando todo lo demás no importa nada.

Pasamos más horas trabajando que en nuestra casa. Para muchos, de hecho, las horas de trabajo son las únicas que tienen para socializarse. Y así el trabajo en Londres cumple una doble función, que resultan ser las esenciales en la vida de un ser humano y que aquí se dan mientras se friega o se doblan camisetas: la de supervivencia y la de socialización.

Aun así he podido comprobar que no todo el mundo sabe apreciar aquí el valor de tener unos buenos compañeros trabajando mano a mano, acostumbrados, pienso, a ver pasar a veinte personas en un mes de las que jamás llegaron a saber ni el nombre. Tal vez han aprendido ya entre esas oleadas de gente sin nombre que va y viene, que todos somos reemplazables y que todo el mundo es prescindible sin importar cuánto tiempo lleve trabajando o lo bien o mal que haga este tipo de trabajo. Total, cualquiera puede fregar o barrer o servir copas o doblar pantalones.

Supongo que todo forma parte de este carrusel que es Londres, donde todo va girando muy deprisa y hay que ser muy avispado o tener mucha suerte para subir y bajar en el momento adecuado. Yo, mientras tanto, prefiero observarlo todo desde un rincón y recordar, como recuerdo, todas y cada una de las personas, compañeros, que he conocido trabajando desde que llegué a Londres. A unos –los menos- hubiera sido mejor no haberles conocido nunca y otros –la mayoría- me han enseñado a apreciar el valor de la gente buena, la que aún no se ha deformado –y espero que nunca lo haga- por el paso del tiempo y las vueltas de este carrusel. Eso sí, Londres siempre será una buena fuente de personajes.

Por eso siempre me costará decir adiós y citaré a Holden Caulfield cuando, al final de su pequeña historia concluye: “Don´t ever tell anybody anything. If you do, you start missing everybody”.

 

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