El nudo en la garganta.

Veo un reportaje en el British Vogue acerca del cumpleaños de Alexa Chung, al parecer el nuevo icono de estilo en estos tiempos superficiales e inclinados a lo vintage. Como se puede observar, ella es muy vintage y aprendió a hacerse la raya de los ojos como Brigitte Bardot y todo lo explica en un libro titulado “It”, que le han sacado a la venta a la vista de su tirón mediático en el que además expone todas sus influencias de estilo desde que eligió su chupete, hace ya treinta años.

Como decía, el del British Vogue es un reportaje fotográfico acerca del treinta cumpleaños de esta chica, que fue la semana pasada. Y en él aparece gente de todo tipo, a los cuales no tengo el placer de conocer pero a juzgar por sus barbas y sus trajes estrechos deben ser importantes en Central London y tal vez en el Este también -aunque no más allá de Bromley by Bow-. Una fiesta llena de hipsters, flequillos y labios rojos y el cantante de One Direction, del cual nunca dejará de sorprenderme su apellido y su presencia en general.

Entre tanta foto de Instagram, la única información que puedo colegir es que el vestido de la cumpleañera es de Carven. Y sí, es precioso, por algo ella es un icono de estilo. Plisado por los lados, plateado, con cuello de barco. El vestido ideal cuando vas a celebrar tu treinta cumpleaños en la suite de un nuevo hotel londinense de lujo.

Después de ver las fotos me pregunté si esa chica, Alexa, antes de salir de su casa y montarse en el coche negro con asientos de cuero que la esperaría en la puerta, se miraría al espejo ovalado y retro, fijamente, de arriba a abajo. Ataviada con su vestido de Carven y sus zapatitos. Si pensaría que se dirigía a la suite de un hotel a celebrar su treinta cumpleaños, donde la esperaría gente que ella ni tan siquiera conocía, gente que no sabe ni cuántos años va a cumplir.

Que sí, Vogue puede haber pagado la suite y la tarta y puede hasta que haya pensado la dedicatoria escrita con crema en el pastel, más bien impersonal y sosa (“For the smallest pal, Happy Birthday Chung”).

Supongo que en ese momento miraría de nuevo su vestido y pensaría “es de Carven”, y tal vez se lo recordaría dos o tres veces. Antes de que los ojos se le humedecieran un poco más y el nudo en la garganta se hiciera un poco más grande.

No, antes de que eso ocurriera bajó las escaleras precipitadamente y se montó en el coche. Y aunque estuvo a punto de decirle al chófer que condujera sin rumbo, que pasara de largo el hotel y su fiesta, que siguiera rodando sin dirección fija, adelante, corriendo; no lo hizo. Miró con sus grandes ojos verdes y pintados con eyeliner estilo BB a las farolas de la calle y los tejados picudos y marrones y las puertas blancas de la calle, todas iguales. Pensó que esa era su vida, ese era su trabajo, y eso era lo que tenía que hacer. Y aguantaría con los tacones de Manolo Blahnik toda la noche. Aunque tuviera que hacer varias visitas al baño. El chófer esperaba sus indicaciones, con los ojos clavados en ella a través del retrovisor. Él también pudo ver que los ojos de la chica brillaban más que nunca. “Al hotel……” dijo por fin ella. Y recostó su delgada espalda en el asiento de cuero negro, más cómodo de lo que podía parecer a simple vista.

El nudo en la garganta siempre bajo control: nunca olvidar eso en Londres. Siempre bajo control.

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