La muerte ya nunca podrá sernos ajena.

Fueron de las primeras personas que conocí en Londres –al menos virtualmente- y tal vez por ello las sentía más cercanas. Por eso tal vez siento su muerte como algo mío. ¿Por qué?

 

Cuando llegué a Londres empezó a interesarme la moda. No para mí en concreto, no para seguir las últimas tendencias, sino para admirarla en los demás. No conozco otras “capitales de la moda” aparte de Madrid, y ni siquiera estoy segura de que Madrid sea una de ellas. Tal vez es porque en Madrid nunca me he fijado en cómo se visten los demás. Aquí, en cambio, sí.

Ilusa de mí, cuando hice mi primera maleta para venir a Londres, tres cuartos lo ocupaban zapatos de tacón. Me veía a mí misma siendo una camarera feliz y despreocupada, calzando taconazos las veinticuatro horas del día cual anuncio de Maybelline.

Mi armario en mi primera casa, tan pequeño, tenía más zapatos que ropa. Y por supuesto, ninguno de ellos me los puse un solo día. En mi primera visita a Madrid, los dejé todos allí, en un ataque de racionalismo y realismo.

Fue aquí, en Londres, cuando empecé a leer Vogue. Sobre todo cuando me mudé a mi segunda casa, trabajaba en una tienda de ropa y compartía piso con una fashion stylist. No cualquier Vogue, sólo la edición americana: Anna Wintour, Grace Coddington… Fascinada por el documental “The September Issue” empecé a adorar a esas mujeres fuertes de la industria más caprichosa e impredecible del mundo: la moda. Por un momento quise ser como Anna Wintour.

Lo que más me gustaba de Vogue USA eran los vídeos de las fiestas y desfiles que tenían lugar en Nueva York, Londres o París. Cuando había habido algún evento importante en Londres del que yo ni me había dado cuenta me sentía incluso estafada. Como si no viviera en Londres, como si todo estuviera pasando cerca de mí y yo no pudiera ver nada.

Recuerdo un reportaje sobre un evento que creo de hecho que tuvo lugar aquí, en Londres, aunque he olvidado dónde exactamente. Tanto vestido de telas y estampados imposibles, peinados, tacones, elegancia y falta de ella a partes iguales. No diría que Londres es una ciudad elegante. Diría más bien que es una ciudad original, en la que nadie se sorprende ya de ningún estilismo. El caso es que fue ahí donde vi por primera vez a Lwren Scott. Por aquel entonces no sabía que era la pareja de Mick Jagger. Me enteré mucho después, y creo que incluso me decepcionó. Me dio la impresión de una mujer tan fría y distante y a la vez muy segura de sí misma. Me encontré con su nombre en otras ocasiones, más adelante, sin buscarlo, pues tampoco estaba yo especialmente interesada en su trabajo. Pero se convirtió en una de esas personas de las que oí hablar en Londres por primera vez y pasaron a ser como algo mío, a pertenecer un poco a mi historia. Una pertenencia virtual, por supuesto.

Lo mismo me pasó con Peaches Geldof. Era una de esas “celebrities” que, al parecer, nunca faltaban a una fiesta. Tampoco sé muy bien por qué, pero resulta que esta chica también se cruzó varias veces en mi camino virtual, obviamente sólo su foto y su nombre, su constante presencia en los eventos de esta ciudad y de otras, en fiestas con resuene y bombo, con o sin Kate Moss en los aledaños.

Por eso, cuando sus nombres se me cruzaron, por última vez acaso, en la prensa que habla de sus muertes inesperadas, suicidios o lo que sea, no puedo evitar estremecerme un poco, aunque nunca haya sabido muy bien lo que significa exactamente el verbo “estremecerse” –es tan vago y amplio-.

Supongo que forman parte de ese grupo de gente que no se conoce pero que por este mundo basado en el show business en el que vivimos, se convierten casi en alguien cercano de tanto escuchar sus nombres y ver sus fotos. Esta idea no es nada nueva ni descubro la rueda con ella, lo sé. Sólo quería dejar constancia de que es verdad. La muerte ya nunca podrá sernos ajena.

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