Apología -o no- de las primeras citas.

Invitada especial: Jeny
Todos hemos tenido esas primeras citas. Algunas fueron primeras y últimas a la vez. Otras el primer encuentro de una larga relación, otras que es mejor olvidar. Esas otras a las que se va porque no tienes otra cosa mejor que hacer un sábado por la tarde. Luego están esas otras hacia las cuales una se dirige todo el camino pensando “ojalá que me mande un mensaje y me diga que no puede ir”. Y también esas otras en las que nada más llegar una dice “esto yo sin tres cervezas no lo aguanto” –supongo que no hará falta explicarlo, pero son ese tipo de citas en las que una está conscientemente dedicada y a gusto y conforme con la situación pero la otra persona posee la capacidad de ser a la vez muy bueno (buenazo) y a la vez también un pedante, un pesado, que no se calla, que no te escucha ni te deja hablar. O todo lo contrario: que apenas abre la boca-.
Hoy mi ilustre invitada –ella siempre es ilustre cuando es invitada a mi blog-, mi gran hermana Jeny, nos habla de las primeras citas –whatever that means-.
Si hubiese que, sin duda yo sería de las personas que tendrían que llevar una L en las primeras citas. Pero primeras citas de verdad, de ésas de contacto inicial, de las de apenas información acerca del otro. Porque bueno, citarse con alguien a quién conoces mínimamente es un mero cambio de registro, pero las primeras citas de verdad son las de folio en blanco con título y escueto encabezado. Y el mío rezaba:
“N, camarero de discoteca los fines de semana.” Y el resto estaba por escribir.
Como nunca deja uno de sorprenderse a sí mismo, y por innovar, comenzó siendo el tal N un recomendado, y atentos ahora, de mi madre.
“Es muy lindo, me gusta para ti.”
Y va y me lo presenta un día y yo…
“No me gusta.” “Y para mí que es gay.”
Pero obviemos que mi radar no funciona, o no existe.
Y una semana después, nos encontramos, N y yo, y hablamos un rato. Pero había sido una noche muy larga y para cuando llegué a casa no recordaba lo más mínimo de aquella conversación. Solamente que se encendieron las luces, se iba y le dije algo, no recuerdo el qué, se dio la vuelta, me agarró y me besó. Y lo vi alejarse, con una sonrisa de esas que secan la encía.
A lo que iba, llego a casa y todo está bastante borroso pero es un difuminado positivo. Y descubro en mi agenda su número y vuelvo a sonreír.
Entonces, porque vivimos dónde y cuándo vimos, ya estamos en contacto. Que parece mucho menos romántico que construir declaraciones de amor con patatas fritas, pero es cuanto menos efectivo. Y me pide una cita y la rechazo. Total… Yo no soy de citas y además me marcho. Y hablamos un poco más y me río, y me intriga, y joder… me gusta. Y me pide una cita, otra vez y acepto. Total… Rechazar una cerveza no va conmigo, además me marcho.
Y bien. Ahí estamos, con una sensación extraña en el estómago, mi hoja en blanco y yo. Caminando bajo la lluvia hacia el lugar que él había escogido.
Con una coleta entre bien y mal hecha, con una ropa entre atractiva e informal, porque… Las primeras primerísimas citas, amigos, son el súmmum de la contradicción.
Por un lado quieres ir mona, por otro que no piense que te lo has currado tanto. Además, no queremos que nadie se enamore de nuestra versión equivocada. No nos engañemos, no soy el paradigma de la feminidad en el día a día y no me gusta mentir.
Así que tras barajar varios modelos, equilibras la balanza. Y que nadie se malacostumbre.
Íbamos pues, bajo la lluvia, entre el equilibrio estético y el desequilibrio estomacal. Y sabes que llegas pronto, porque llegar antes a una primera cita te permite acomodarte, estudiar el terreno y hacerlo tuyo. Lo tienes todo controlado hasta que se acerca, a lo lejos, una silueta que podría ser él, aunque no lo recuerdas mucho. Maldito folio en blanco…
Piensas que vas a dominar la situación. Pero entonces llega, te da dos besos y dos chicas desde la mesa contigua:
“Hola N”
Sumado a un saludo cercano con el camarero. Acaban de quemar tu bandera que ondeaba nerviosa y se declara oficialmente territorio hostil, o aliado de tu oponente, que para el caso, es lo mismo.
Primeros momentos, primeras miradas, primeras preguntas, primeras respuestas. Se va llenando tu folio de datos llenos de confianza y el suyo de una imprecisa y confusa declaración de ti misma. Pero paulatinamente, al ir y venir de las cervezas, entras en zona Z. Donde ya sabes o que no vas a volver a verlo jamás o donde la curiosidad inicial se transforma en algo más.
Y lo demás se va enredando entre lo que uno quiere contar de sí, lo que quiere conocer del otro y un tonteo, que surge naturalmente cuando la primera cita, resultó haber sido una buena idea.
Y como soy una gran amante de los colofones, tras un poco de humillación ganándole al billar, unos besos de recompensa, para ganadores y perdedores de esta guerra, que siempre es un éxito cuando se sabe luchar.
¿Segunda cita? ¿Por qué no?
Aunque ya me voy… Siempre me estoy yendo.

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