Soñadores del abrigo

Como vivo en un país -España- en el que soñar, o tan sólo desear, sale tan caro, las personas que transmiten ilusión ya no se encuentran fácilmente. No se encuentran profesionales que transmitan, siquiera, ganas de “hacer cosas”, de intentar. Y ya si me ciño al mundo de la psicología, esa clase de personas son casi inexistentes. Me doy cuenta ahora que estoy buscando trabajo de la única forma que (creía) puede surgir hoy en día: acudiendo a los sitios para ofrecerme, para ofrecer ideas, proyectos. Sí, el camino más difícil.

He escuchado de todo estos días, y eso que tampoco empecé hace mucho. Y lo que me queda, supongo: a los soñadores siempre nos queda. Sin contar con la cantidad de llamadas que hice a asociaciones o a consultas en las que me dijeron que mandase mi CV a una dirección de correo que en el mejor de los casos existía, y quedaba cómodamente almacenado junto a los demás CVs. “Sí, pero ya sabe usted lo poco que el CV dice de una persona”-digo yo-“Además no busco un puesto vacante, yo le quiero ofrecer una propuesta de…” “Sí, pero mándelo al correo electrónico, es lo único que le puedo decir”, me dice una telefonista ávida por que lleguen las cinco y pueda irse a su casa.

Cuando me cansé de mandar CVs a sitios que sabía que nadie leería, comencé a presentarme allí directamente. “Sólo con la voluntad no vas a conseguir nada”, fue la gran frase que me dijo uno de los trabajadores de una Asociación de mujeres maltratadas de la que no diré el nombre. No sé cuál era su cargo, ni su profesión, porque no me la dijo. Seguro que es psicólogo, sí. Y seguro también que tiene un máster, con muchas horas de práctica. A lo mejor es el director, quién sabe. Es irónico, al menos para una psicóloga, que alguien que trabaja en un servicio de estas características emita una afirmación así.

Algunos pensarán que yo no sé “vender mi producto, que soy yo misma”. No lo sé. Ni siquiera me preocupo por lo que llevo puesto cuando voy en busca de algo porque ni siquiera me hacen quitarme el abrigo, ni me invitan a sentarme. No hay presentaciones ni apretones de manos ni intercambios de tarjetas. Esto no es un trato comercial al uso. Mucho menos en el ámbito de lo social, donde si no estás dispuesto a trabajar gratis no mereces nada.

Hace un par de días conseguí hablar con la psicóloga de una residencia de ancianos, para hacerle mi propuesta, y si no le gustaba mi propuesta ¡para lo que sea! Hablamos en la recepción del sitio, mismamente. “Si quieres aplicar algo novedoso, la tercera edad no es tu población. Ellos son rutina, A,B,C, siempre lo mismo”. Y hasta más ver. Y eso que la chica, además, era Coach…

Pero no sé de qué me sorprendo. No me extraña que todo el mundo en este país haya perdido la ilusión. Y no sólo eso, sino que desprecien a la gente con ilusión, que intenten “quitarnos ideas de la cabeza”.

Vamos con nuestras pequeñas carpetas llenas de sueños e ilusiones. Vamos siempre con el abrigo puesto y nunca nos lo quitamos. Somos muy reconocibles: en cuanto entramos a un sitio se nos lee un gran cartel en la frente: “soñador”. Con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, las sacamos para colocarnos la bufanda al salir. A lo mejor caen dos lágrimas dependiendo del día. No pasa nada, mañana más.

Lo que pasa es que ya una se pregunta si un país así merece la pena, si se merece a los pocos soñadores del abrigo, con un montón de ideas y ningún máster, ninguna experiencia más que las de la vida. Porque conseguiremos nuestro sueño: crear algo, desarrollarlo, ser una fábrica. Y tal vez no sea aquí, donde tanta falta hace. Un país así sólo se merece al Pequeño Nicolás.

Cuando consiga mi sueño y construya lo que quiero, en el caso de que yo misma esté ocupada, habrá una trabajadora -una mujer embarazada, seguramente- cuya tarea sea especialmente hacer pasar a esas personas con un abrigo y una carpeta muy fina, con las manos en los bolsillos. Fuera hace frío pero él o ella está sonriendo (eso sí lo sabe: el poder de una sonrisa).

“Hola, qué tal. Pasa, quítate el abrigo. Puedes sentarte. Me llamo… ¿en qué puedo ayudarte?” Y le escuchará con atención. Al menos, le escuchará con atención.

 

 

 

 

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