Categoría: Escenas de paso

¿Existió?

La encontré en el albergue sólo-para-mujeres en el que decidí pasar las noches de mis cuatro días en Roma. Estaba sentada en la cama, aún era de día, acababa de llegar, me dijo. Una sonrisa de oreja a oreja, y empezó a hacerme preguntas. Al principio preguntas triviales: que si sabía si las maletas se dejaban en el armario bajo llave, que si la habitación quedaba cerrada con llave cuando salíamos, etc. Yo tenía prisa por irme, estaba en Roma. Lo que menos me apetecía era quedarme charlando con una mujer de más de sesenta años acerca de la seguridad del albergue. Entonces me dijo que se había cogido un “early retirement” y que ahora se dedicaba a viajar por el mundo, aunque había establecido su base de operaciones en una ciudad de Marruecos, de la que me deleitó con alabanzas acerca de lo segura que era para ser Marruecos. Entonces empecé a prestarla un poco más de atención.
Para entonces yo llevaba ya dos días en Roma. Roma es una ciudad para estar contento. Porque es una ciudad alegre, que te inspira, un museo gratis (en su mayoría) al aire libre. El arte que más me emociona no siempre está entre cuatro paredes, y en Roma mi nivel de activación estaba al máximo cada minuto. Puedo decir que fui auténticamente una mujer antena los cuatro días que estuve allí.
Cuando llegué a Fiumicino, uno de los aeropuertos de Roma, me las arreglé (aún no sé bien cómo) para llegar al albergue. Sé que me aproveché de las raíces comunes de nuestras lenguas y preguntaba medio en inglés medio en español, cosa que a los italianos no les gusta. Un señor muy simpático me dijo la parada del tranvía donde me tenía que bajar: Trastevere Belli, y desde allí bordear el río caminando durante diez minutos hasta llegar a mi albergue. Llovía un poco, estaba nublado, pero todo era bello. Mantuve mi sonrisa en la cara hasta cometiendo la temeridad de intentar cruzar la calle en Roma.
Todo quedaba por delante. Lo que más me gusta de viajar es ese primer día en el que sabes que todo está por delante. De momento me reuniría con una de mis mejores amigas, y sólo tenía una indicación, que por otra parte era más que suficiente: nos encontraríamos frente al monumento de Vittorio Emmanuele, en Piazza Venezia. Sin móviles, sin wifi, sólo una hora y un lugar. Fue como entrar en la máquina del tiempo y experimentar cómo quedaba la gente en el siglo dieciocho. Para cuando crucé el puente y me dirigía a Piazza Venezia llovía tanto que sabía que encontrarnos iba a ser imposible, aunque una parte de mí esperaba ver a Jeny bajo la lluvia no-matter-what, esperando. Estamos locas y nos gusta vivir la vida como una película de Woody Allen. Después de casi una hora dando vueltas, resguardándome de la lluvia en los soportales, decidí meterme en cualquier cafetería y sucumbir a la globalización y al siglo veintiuno: intentar coger wifi. Tuve que consumir un espresso por el cual me cobraron la respetable cantidad de tres euros con cincuenta, y además a los diez minutos me quitaron la conexión wifi. Afortunadamente me había sobrado para quedar con Jeny allí mismo.
Una tarde llegué a la habitación, muy cansada después de recorrerme Piazza di Spagna, Piazza Navona y Piazza dei Popolo para luego bordear el río y volver a Trastevere, donde estaba mi albergue, mi casa, como yo lo llamaba. Sólo quería tumbarme una hora, antes de volver a salir por la noche. Y allí estaba mi compañera de habitación, sentada en la semi-oscuridad, en una silla junto a su cama. Me preguntó que si aquel bulto junto a la puerta era una maleta, yo le dije que no, que era una papelera. Ella creía, dijo, que era una maleta porque acababa de llegar una chica española a la habitación, que ya se había ido, y que tal vez había dejado su equipaje sin vigilancia. Me dijo yo soy de un pueblo de Ohio, en Estados Unidos. Me he dedicado toda la vida a trabajar en la hostelería y cuando era joven gastaba el dinero en salir y en ropa. Por eso ahora aprovecho este tiempo para viajar. Le pregunté qué había hecho aquel día, si había visitado algo. Sí, he caminado un poco y he comido en un típico restaurante y he hablado con los camareros y los demás clientes y ha sido muy divertido, me dijo. La habitación seguía a oscuras, yo apenas la veía bien, y cada vez se hacía más oscura.
Trastevere son las bambalinas del gran teatro que es Roma. Y como todo el mundo sabe, entre bambalinas ocurre lo más interesante de una obra. Recorriendo sus calles empedradas, observando a la gente, calles jóvenes y turísticas sin haber abandonado la esencia italiana, la suya, la que le dé la gana. Y quién soy yo para definir Trastevere. A quien le interese saber lo que es que vaya a Roma y camine sus calles y observe a la gente. No hay otra forma de conocer un lugar más que adentrándose en las bambalinas de ese lugar, torciendo a la derecha y luego a la izquierda y olvidando los recorridos de la Lonely Planet, aunque sea sólo una tarde.
Y si se tiene la suerte de conocer gente que vive allí, mejor. Que te puedan llevar a un recital del Requiem de Mozart en San Paolo Fuori le Mura, o darte un paseo en moto por el centro de Roma cuando ya es de noche y el Coliseo está iluminado.
La vi acostarse a las siete y media, y me sentí mal porque me dio un poco de pena. Me dio un poco de pena ver que una señora americana de más de sesenta años se acostaba a las siete y media de la tarde, en un albergue en Trastevere. En Trastevere. Se dio la vuelta y se tapó cuando yo llegué de ducharme después de un largo día de caminatas, y me disponía a salir por la noche. Y pensé que a lo mejor no la había dado suficiente conversación. Ella, con una sonrisa en la cara y demasiadas ganas de hablar sobre todo. Demasiadas ganas de hablar sobre todo. Pensé que la edad es como aquello que se ve tras la cerradura de una puerta en el Aventino.
La mañana de mi marcha de Roma yo estaba triste. La señora ya se había levantado y estaba sentada de nuevo en su cama. Yo me preguntaba si tal vez estaba esperando a que su móvil terminase de cargar, pero no vi ningún móvil cerca de ella. Me contó a qué hora salía su vuelo y cómo iba a hacer el viaje de vuelta. Me iré al aeropuerto pronto, porque me gusta observar a la gente en los aeropuertos, me dijo. Tú eres muy inteligente, porque entiendes lo importante que es viajar, y hacerlo a tu edad. Ojalá yo hubiera sido tan inteligente como tú y hubiera sabido lo importante que es viajar, habría empezado mucho antes. Ahora quiero recuperar todo ese tiempo que he perdido. Viaja, viaja todo lo que puedas. Me deseó buen viaje, have a safe trip, con su indomable sonrisa que reconocía (y no le importaba) que nosotras éramos jóvenes y ella ya no.
Cuando volví de lavarme los dientes, ella ya no estaba en la habitación. A mí se me quedó una sensación de pena y de extrañeza: ¿existió?

Anuncios

Paris, Texas

Mi paso fugaz por La Isla está indefectiblemente ligado a Leila Guerriero, o más específicamente a su libro “Zona de Obras”, casi una biblia para mí desde que lo leí. Y sin el casi, se ha convertido en una de mis biblias. O en mi Biblia.

Ella recoge unas declaraciones de Paul Auster (uno de mis primeros maestros de iniciación a la lectura “adulta” y al deseo de escribir algo), acerca del proceso creativo: “Alguien se convierte en artista, particularmente en escritor, porque no está del todo integrado. Algo está mal entre nosotros, sufrimos por algo, es como si el mundo no fuera suficiente, entonces sientes que tienes que crear cosas e incorporarlas al mundo. Una persona saludable estaría contenta de tomar la vida como viene y disfrutar de la belleza de estar vivo. No se tiene que preocupar de crear nada. Otros, como yo, estamos atormentados, tenemos una enfermedad, y la única manera de soportarla es haciendo arte”.

No sólo me marcó este párrafo porque me viera profundamente reflejada en las palabras de Paul Auster (y sentirte reflejada en algo que dice Paul Auster, es un reflejo casi cegador), sino porque me acordé de mis años en la Facultad de Psicología, ese templo de la Salud Mental con mayúsculas, de los disfraces de cordura, del DSM, los tests y los diagnósticos y de los dioses protectores del equilibrio psicológico que salimos de allí. De la perspectiva crítica a la Psicología que he ido adquiriendo con los años, y que ojalá hubiera cultivado precisamente mientras estudiaba, y no después, ahora. Pero claro, qué espíritu crítico iba a sacar yo en la Universidad, si venía de un sistema educativo en el que está tajantemente prohibido dudar de lo que dicen los profesores. Pocas veces levanté la mano en clase para participar, ni en el colegio ni en la Universidad. Algunos podrán estar orgullosos de ello; los que hicieron posible un ejército de dioses protectores del equilibrio mental con el DSM bajo el brazo. Bienvenidos pequeños profesionales al sistema de salud público.

Pero yo no venía a hablar de esto. Venía a hablar de mi estancia fugaz en La Isla y de que irremediablemente se encuentra unido a este libro de Leila Guerriero, cuando descubrí qué es lo que quería hacer, o más bien cómo se llama lo que llevo haciendo sólo para mí desde hace un tiempo (desde que viví en Londres): crónicas.

*

Silencio. Salvo por el entrechocar de las hojas de las palmeras removidas por el viento. Estoy frente a un volcán dormido que en cualquier momento podría despertar. Ojalá lo hiciera. Los ojos salientes de los penachos de las chimeneas blancas me miran con curiosidad de extraña. Creo que no existe más soledad física en el mundo que la que tengo yo ahora mismo. Sentada en el suelo de esta terraza nadie me puede ver, no hay nadie por encima de mí, salvo el volcán. El sol calienta demasiado para ser tan temprano, hace calor, pero el viento a veces violento engaña. El suelo de la terraza está caliente. Esta casa está en medio del desierto y lejos de todo. El pueblo más cercano está a una hora caminando por una carretera estrecha con farolas cuyos globos están rotos a pedradas. Aquí en temporada baja todo vuelve al cotidiano escenario de desolación y lujo barato. En temporada alta se arreglan cuatro cosas, se podan algunas plantas. Los turistas europeos se conforman con aire acondicionado y piscina. Incluso el mar les importa un pimiento. Nosotros obedecemos.

Ejemplo: la única guagua que pasa lo hace cada veinte minutos o cada más, nunca se sabe. Porque lo único que sabe decirte la gente de aquí (o los trabajadores temporeros de aquí, que no tienen por qué ser de aquí), es que pasan entre “y cuarto, y veinte, o más tarde”. Tampoco hay horarios ni bancos para sentarse a esperar.

La Isla es en primer lugar de turistas. Luego es de camareros, recepcionistas, animadores de hotel y otras profesiones relacionadas con el turismo. Para llegar a su lugar de trabajo más les vale tener un coche.

*

Camino por la carretera, en medio del desierto. Literalmente. No puedo evitar silbar en mi cabeza la canción de “Paris, Texas”, porque me siento totalmente en la primera escena de la famosa película de Wim Wenders, en la que el protagonista atraviesa a pie el desierto, sin rumbo. Yo llevo un rumbo, aunque no sé cuál es. Los colores son marrones, rojos y amarillos. Todo es seco, todo es viento que se te mete por los oídos y te desordena. Camino media hora completamente sola hasta llegar al primer hotel.

Por la tarde, al volver a sentarme frente al volcán, lo observo bajo otra luz: la del atardecer, y me doy cuenta de que hay que dejar pasar el tiempo y cambiar la iluminación para ver las cosas más claramente. Por ejemplo, lo que esta mañana creía que era un hombre sentado, ahora se muestra claramente como una especie de pivote o medidor. En cualquier caso ningún ser humano. Tal vez es la máquina que anuncia cuándo el volcán va a entrar en erupción.

*

De mi fugaz estancia en La Isla, el recuerdo que más vivo conservo es la mirada de una mujer no muy joven y tampoco muy mayor que repartía flyers de un restaurante italiano y barato cuyos propietarios eran de origen árabe. Ella tenía el pelo largo, negro, y recogido sin gracia ninguna en una coleta baja, con una goma gorda y negra. Llevaba casi todos los días unos leggins negros dados de sí y una camiseta blanca (otros días era negra). Unas chanclas también, de dedo, simplemente. Todo en ella era simple excepto su mirada ojerosa, oscura e inocente. Repartía los flyers tímidamente, nada que ver con la profusión de entusiasmo de los relaciones públicas “profesionales” y extremadamente pesados, al uso. Ella era delicada, tanto que no podías rechazar el papelito con los precios del falso restaurante de comida italiana de gerencia árabe. Una tenía la extraña sensación de estar haciendo un favor aceptando ese trozo de papel. Y allí estaba, tarde tras tarde, puntual, de cinco a doce de la noche. Una mirada inamovible e impertérrita. Una sonrisa que no lo era, una sonrisa de Gioconda, tampoco forzada. Una sonrisa posible aunque inexistente.

*

Intento no arrepentirme nunca. Aunque como dice Laila Guerriero “ese es sólo mi deber. Sólo eso”.

Algo incierto.

 

Hoy he vuelto a mi antiguo barrio, el último antes de marcharme de Londres el verano pasado: Homerton, Hackney.

 

Vuelvo a mi antiguo barrio y me bajo en la parada en la que me bajé la primera vez, cuando fui a ver aquella casa de película de Almodóvar. Ya veo las bicis y los hipsters, aún gorros de lana. Alguna que otra barba. Más bicis.

 

Vuelvo a mi antiguo barrio. Y echando la vista atrás, recordando, creo que fui feliz esos tres meses. O algo parecido. Era cuando la soledad no era algo que me preocupara. Y si lo hacía, era sólo al final del día, o algunas horas en medio de la tarde.

 

Recuerdo que aún trabajaba en la tienda de ropa. Recuerdo aquellas tardes que ya presagiaban un verano posible hasta en Londres, volviendo desde el Overground hasta mi casa, unos diez minutos. Era esa brisa fresca de las diez de la noche, volviendo tras un duro –o aburrido- día en la tienda, cansada después de cerrar.

 

Me gustaba ese paseo, desde el Overground a mi casa, a veces con un cigarro, otras no. Pensando en las locuras que me diría mi landlady al llegar. A veces, también, rezando por no encontrármela. Aunque casi siempre prefería encontrármela, cruzar con ella algunas palabras locas.

 

Esa brisa en la cara, sólo con una chaqueta vaquera y mi vestido, era todo. Era mucho. Y estaba sola.

 

Victoria Park por la mañana, incluso antes de entrar a trabajar. Hackney Wick.

 

Escribir todas las tardes.

 

Volver de mis clases de arte desde la National Gallery – hasta que dejé de ir porque la profesora nos daba la espalda cuando hablaba: miraba a los cuadros en vez de mirarnos a nosotros, y yo no me enteraba de nada-. Volver de esas clases en varios autobuses me gustaba. A veces hasta cuatro. Pero siempre el último en Cambridge Heath. Y a veces, si tenía tiempo y ganas –aunque tiempo hay siempre, y a veces demasiado- no me quedaba en la misma parada de Cambridge Heath, donde pasaba mi autobús a casa, si no que me iba andando unas cuantas paradas más hacia delante, para ver a la gente.

 

Era un barrio contento, no diría feliz. La gente estaba contenta. Y una vez les critiqué por su cinismo. Por estar pagando rentas desmesuradas con tal de decir que viven en Cambridge Heath, o en Hackney, y ser hipsters de pro –no puedes definirte a ti mismo como hipster si vives en Upton Park-. Pero ahora les comprendo. Es esa brisa, es estar junto al canal, son las tiendas de chinos, de muebles, de espejos. Es estar apartado- a la vez que cerca- de Shoreditch. Es un barrio para pasear.

 

Pero yo seguía, porque no tenía ni tengo el privilegio de vivir en Cambridge Heath, y todos los hipsters abandonaban el 26 antes que yo, que me bajaba en la penúltima parada, pero aún podía decir que vivía en Hackney, en una casa con una señora mayor que decía oler a su padre -muerto- y una italiana fashion stylist. Una casa con paredes de leopardo, cuadros de vírgenes en las paredes, y un váter de purpurina.

 

Recuerdo también que esa misma brisa, y ese mismo sentimiento de contento de la gente por la calle era lo que me hacía coger el 30 a cualquier hora e irme, simplemente, al Tesco. Un Tesco enorme, lleno de hipsters por supuesto pero no sólo hipsters. Y la verdad es que me conformaba con ver las caras de la gente. Lo recuerdo todo a cámara lenta.

 

Porque en los tres meses que viví allí, todo fue despacio, no hubo prisas. Nunca llegué tarde a trabajar, nunca fui corriendo.

 

Paso hoy de nuevo por allí, como digo, en la misma parada que aquella primera vez. El mismo restaurante chino, cerrado. El mismo bar que hace esquina, “The Tiger”.

 

Paso frente a mi antiguo portal, un edificio del Council, el mismo olor a porro sale de dentro. No me atrevo a llamar a mi antigua landlady, por si acaso. No era alguien “lovely”, precisamente. Y ha pasado un año.

 

Era mi tranquilidad y mi yo. Mi soledad elegida y aceptada. Mal llevada a veces. ¿Mal llevada a veces?

 

Mis inseguridades y también mis planes. Mis despreocupaciones.

 

Me pregunto por qué no nos damos cuenta de cuándo un momento es decisivo, nada más que cuando ha pasado. En ese momento yo no era consciente de que iban a ser los momentos que ahora recuerdo con mayor cariño de mi Londres del principio, de mi primera parte. El final de la primera parte.

 

Quiero decir, no me hubiera quedado, no lo hubiera hecho de otra manera, me habría ido igualmente, no borraría nada. Pero llevo días rememorando esos paseos desde el Overground hasta mi casa, después de trabajar, a las diez de la noche, cuando el verano londinense empezaba a despertar la esperanza de algo incierto, con una chaqueta vaquera y mi vestido.

 

El diablo se viste de Primark.

El despertador suena y Ed se sorprende. De pronto tiene una sensación de irrealidad que le dura unos segundos. Como un autómata, apaga el despertador, antes incluso de ser consciente de su sitio y su persona: su cama, su habitación, él. Ed se sorprende de haberse sorprendido cuando el despertador ha sonado. ¿Por qué? Es el mismo sonitono prefigurado de su móvil, el que lleva sonando casi un año, cuando firmó un contrato de tres años con una compañía telefónica inglesa para poder hacerse con un iPhone. No sabe, no ha investigado, en las funciones del iPhone y aún no entiende muy bien la diferencia con su antiguo móvil, de rango mucho menor según algunos. No tiene tiempo para ponerse a leer el libro de instrucciones y por ahora se conforma con saber cómo utilizar la agenda y conectarse a internet.

Anoche Ed tuvo una cita. Hacía tres meses que no tenía una. Demasiado trabajo. Hace dos días volvió a conectarse en aquella website de citas a ciegas, la que viene usando desde hace tiempo. Unos dos años, para ser exactos. Se enorgullece al pensar que ha tenido ya más de cincuenta citas gracias a esa página. Los encuentros con mujeres que ha tenido fuera de ahí, en la “vida real”, como alguna gente la llama, han sido más bien escasos, molestos y propensos al olvido. Porque en esta página todos los que están registrados saben a lo que van, saben lo que quieren, saben lo que piden.

Ed se lo pasó bien anoche. Volvió a las tres de la mañana. Bebió un poco. Bueno, bebió bastante, a juzgar por el dolor de cabeza con el que se ha levantado y la pesadez de cuerpo. Por un momento teme no poder levantarse de la cama.

La chica en cuestión se hacía llamar Kasia en la página web, pero luego resultó llamarse Mary. Cuando Ed vio la foto de una mujer rubia con los ojos verdes, unos treinta años de edad y ese nombre pensó que era rusa, o al menos del este. Mary resultó ser de Walthamstow de toda la vida y “compartía piso”, como ella misma contó, con su madre y cuatro gatos.

Pero Mary resultó ser realmente interesante en contra de todas las expectativas de Ed al principio de la noche. No estaba mal de cuerpo y tenía una sonrisa agradable. Además disfrutaba realmente de todas las bromas que Ed hacía, de todos los chistes de obreros que Ed desplegó. Nunca antes había llegado a contar el del obrero escayolado –lo reservaba para cenas de amigos-, pero anoche se lo contó a Mary y ella se rio a carcajadas.

Mientras Ed se dirige a la ducha piensa que tal vez la vuelva a llamar la semana que viene. No pasaron la noche juntos, eso es verdad, pero se besaron. Si bien es cierto que Mary no besaba muy bien, también lo es que el beso tuvo lugar al final de la noche, cuando acababan de terminar la segunda botella de La Serre Merlot. El propio Ed eligió el vino, y eso pareció sorprender y encantar enormemente a Mary. Ed se reservó la información acerca de que La Serre Merlot era el único vino que conocía porque era con el que trabajaba. Ed es manager de Memphis & Brown en el British Museum. Memphis & Brown es una cadena de cafeterías horteras y con decoración henchida y cursi, ridículamente caro, y que pueblan algunos museos de la ciudad. Su dueño es Steven Memphis. Acerca de Brown nadie sabe nada.

Cuando Ed sale de la ducha ya no piensa en Mary. Piensa en que hoy llega el nuevo General Manager de Memphis & Brown al British Museum. Todo lo que sabe Ed acerca del nuevo General Manager es su nombre, y que está algo gordo, pero eso es lo de menos, por favor.

Para hacerse notar ante la inminente llegada, Ed lleva días acercándose a la cafetería a ver cómo trabajan “los chicos”, como él llama a los camareros de Memphis & Brown. Esto es algo que le aburre tremendamente, sobre todo cuando hay mucha gente. Así que se limita a hacerse ver, a saludar aquí y allá sin esperar respuesta. La mayoría de los camareros ni siquiera le conocen, pues nunca se le suele ver por allí.

Ed es un tipo que prefiere el trabajo de oficina. La supervisión del trabajo de otros no se le da muy bien porque tanto camareros como clientes le ponen nervioso. La cafetería está siempre sucia, “los chicos” nunca sonríen a los clientes y el café estimula el vómito. Pero de eso nadie parece darse cuenta. Y mucho menos los clientes, en su mayoría turistas. Pero suple su rechazo al trabajo de campo escupiendo unas cuantas órdenes que a él le parezcan contundentes. Lo primero es el tono de voz, algo que aprendió en el cursillo “Twentieth Century Managers”, un curso corto por internet ofrecido por la Escuela de Negocios de la ciudad. El tono de voz ha de ser firme y contundente. Esto había que aprendérselo de memoria. Los trabajadores necesitan saber que el manager ha llegado, que ha hecho acto de presencia. Y con un tono de voz débil y grave nadie le haría ni caso. Los trabajadores son gente que necesita un guía, instrucciones, directrices. Y el tono de voz ha de ir acorde con una personalidad segura. Ed hablaba rápido y terminaba cada palabra como si fuese aguda, marcando la sílaba final con la garganta muy abierta. Y pronunciaba las palabras como si las masticase, porque si no, decía, los chicos no se enteran de nada.

Lo segundo, decía el tutor del curso “Twentieth Century Managers”, es acercarse a los trabajadores cuando se les habla y mirarles a los ojos. Un buen manager jamás desviará la mirada de un trabajador porque eso puede ser entendido como un signo de flaqueza por parte del trabajador. Así que Ed se acercaba siempre a la cara de la persona con quien hablaba. Era ya un hábito y no lo hacía sólo en el trabajo sino también en sus relaciones personales. Es cierto que alguna que otra vez había notado que algunos de “los chicos” se retiraba disimuladamente hacia atrás cuando Ed hablaba. Pero qué le importaba a Ed aquella panda. Pobrecillos. Actualmente Ed estaba empezando la segunda parte del cursillo, “Twenty-first Century Managers”, en el que se hacía hincapié en la necesidad de una “imagen depurada”, expresión que Ed aún no entendía pero acerca de la cual estaba trabajando.

Pero tenía que darse prisa. Ed abre el armario y se dispone a ponerse el traje de chaqueta.

Ed vive en un apartamento solo, en el sur. Gana dinero, pero no lo suficiente para esta ciudad. Así que se compra los trajes de chaqueta en Primark. Esto es algo que nadie sabe, ni siquiera sus amigos más cercanos. Ed corta la etiqueta de chaquetas, camisas y pantalones. Y si alguien pregunta Ed dice que le molestan, que es una manía que tiene, la de cortar las etiquetas.

De todas formas sólo se pone traje de chaqueta para trabajar, y al fin y al cabo va a causar la misma impresión que si se lo hubiera comprado en Massimo Dutti. Ese efecto de: aquí estoy yo.

Ed se aprieta el nudo de la corbata frente al espejo, se pone la chaqueta, sonríe a su reflejo y se da dos palmadas en los mofletes. Sí, definitivamente la semana que viene volverá a llamar a Mary.

 

“De un tiempo a esta parte quiero ser extranjero siempre”

Ayer sucumbí a la tentación de tomarme una hamburguesa en el McDonalds, después de mucho tiempo. Me senté sola en una mesa en la planta baja, llena de gente. No me sorprendió que la mayoría fueran españoles.

A mi lado se sentó un vendedor de rosas callejero que preparaba sus rosas para la noche del viernes. Las separaba una a una y, cuidadosamente, arrancaba los pétalos en mal estado. Un vendedor de rosas ambulante tiene que prestar atención al detalle. Luego las envolvía por separado en un plástico decorativo y protector, supongo, de los borrachos de los bares a donde quiera que fuera a venderlas.

*

Pensaba yo en que mi nuevo barrio favorito de Londres es ahora Highgate, al norte. Porque el este – Shoreditch, Whitechapel, Hackney- estuvo bien cuando llegué a Londres por primera vez y los hipsters aún me sorprendían. Ahora han resultado cansarme y me parecen todos iguales. Tanto conciertito independiente “in a hidden venue”, tanto pantalón pitillo y pintas de indigente postizo y cejas pintadas de marrón muy gruesas. Tanta barba, sobre todo, tanta barba con gafas de pasta. Ya no se ven tantos gorros de lana con pompón, aunque aún quedan reductos melancólicos resistentes. Tanta china con café take away y uniforme de Vogue, con cara de niña de La Maldición y el pelo tapándoles la mitad de los ojos. No, eso ya me cansa, ya se pasó mi época en que admiraba asombrada a ese trending group, como a mí me da la gana llamarles.

Pero el norte… Esa zona en concreto. Está llena de tiendas de libros de segunda mano –Oxfam Books es mi favorita ahora que no tengo dinero- y gente normal. Gente normal, ahora que había olvidado lo que era la gente normal. Con sus rentas, su trabajo y sus vidas difíciles, muy lejos de la vida bohemia y de ensueño y limitada del este. Son malos tiempos para la lírica.Y no sé si tendrá alguna explicación, pero las puertas de las casas son más anchas que las de las casas del este.

Ya no paseo por Shoreditch. Hacía mucho tiempo, de hecho, que no pasaba por ahí. Pero hoy en el autobús he pasado por una de sus calles, he visto sus cafés y restaurantes con nombres españoles o vietnamitas que nadie sabe lo que significan pero que suenan bien y que hacen la misma mierda de café que hago yo pero tienen un nombre que suena bien y hay mucha barba y sombreros y se escuchan carcajadas estridentes y absurdas.

En el norte mi abrigo verde, roto y con una mancha que no me explico en el costado no es nada raro. Y por supuesto está el cementerio de Highgate, donde está enterrado Karl Marx, entre otras personalidades. Y no me hace falta haberme leído “El Capital” para querer ir a visitarlo. Ahí encuentro el silencio que tanto necesito a veces. O que tanto necesito muchas veces. Y si me apetece algo de alta burguesía me cojo un autobús desde allí mismo y voy hasta Hampsted y visito la Kenwood House, una mansión que fue todo un descubrimiento para mí y que me permite satisfacer mi apetito de voyeur. Es gratis y era la casa de una familia rica que en su tiempo vivó allí –podría contar el nombre de la familia, y su historia pero, sinceramente, lo buscaría en Google y eso puede hacerlo cualquiera-. Está llena de obras de arte de pintores bastante importantes y se pueden visitar todas las habitaciones de la casa. Me gusta imaginarme la vida que hacían, las vicisitudes de esa casa, las reuniones con gente importante, las fiestas por todo lo alto, las tramas, las traiciones.

*

Recuerdo ese absurdo experimento que hicimos en el primer año de la carrera en el que teníamos que intentar arrojar luz sobre la hipótesis de si uno es capaz de percibir cuándo le están mirando. Es decir, percibir -no ver-, cuándo le están mirando desde algún punto. Pienso en todas las flaquezas de aquel experimento empezando por la hipótesis. Pienso en la pérdida de tiempo.

*

Recuerdo esa frase que dijo Enrique Vila-Matas en una entrevista suya que vi en YouTube. “De un tiempo a esta parte quiero ser extranjero siempre”.

Momentos de una voyeur en Londres.

Se viven ciertos momentos, al menos yo los vivo aquí en Londres, en los que se desearía poder hacer una especie de “foto vital” a las escenas que se experimentan en directo. Esa “foto vital” se archivaría en un espacio físico de tal modo que fuera palpable y revisitable, para poder vivirla como la primera vez. Que a diferencia de la memoria, no dejara en el olvido ni un sólo detalle, ni una sola sensación.

1.

Restaurante chino en Chinatown. A mi lado hay una pareja, dos hombres de entre cincuenta y sesenta años, con una gran barriga y calvos por la coronilla. Miro sus manos, por supuesto. Son manos sospechosas, que me estremecen. Manos regordetas y dedos morcillosos con las uñas muy cortas y en forma de media luna, aunque impecablemente limpias y cuidadas.

Los dos resultan ser muy metódicos pinchando y cortando los rollitos de primavera y la ternera con pimienta negra, y utilizan el cuchillo mal afilado con la precisión de un cirujano en una operación de corazón. Tal vez por el exceso de concentración, apenas hablan entre ellos. Y cuando lo hacen se intercambian monosílabos en una lengua que no entiendo.

Sus caras de repente me recuerdan a esos retratos robot que difunde el FBI acerca de cualquier sospechoso de algo. Porque esos retratos intentan esclarecer un rostro pero en realidad todos ellos son bastante parecidos entre sí. Tal vez porque un rostro es algo inescrutable al fin y al cabo. Ninguno de esos retratos robot se parecen a Ramón García, por ejemplo, cuya cara es insustancial y libre de toda sospecha. Yo necesitaría más bien un retrato robot de las manos, por ejemplo. Eso me diría mucho más.

Una de las camareras chinas, la que va vestida de negro -mientras que todas las demás van vestidas de rojo- tiene los párpados muy hinchados y rojos. A mi se me antoja que ha estado toda la noche llorando. Sin embargo su mirada no desprende tristeza sino rabia, un sentimiento mucho más difícil de manejar.

Cuando, antes de cerrar, todos los camareros chinos se sientan a cenar en una mesa grande lo que parecen noodles blancos y una carne no identificada, ella se sienta sola en una mesa individual, las risas de fondo, mirando al vacío e introduciéndose mecánicamente en la boca los palillos de madera con tres o cuatro noodles, como activada por un resorte invisible.

2.

Lleva un abrigo verde oscuro, estrecho por la cintura y que le llega hasta poco más arriba de las rodillas. En su mano sujeta un ramo de flores por los tallos, de tal forma que el ramo queda boca abajo, casi rozando el suelo. Parece que ya lleva cargando con él largo rato y quiere llegar a casa y soltarlo rápido.

Tiene el pelo largo y ondulado por las puntas, de color marrón, tal vez con reflejos de peluquería. Se despide de otras dos amigas con tres besos. Deben de ser francesas. ¿No son los franceses los que se dan tres besos?

Mientras tanto fuma un cigarro de liar, ya apunto de consumirse. Aún así saca el mechero y lo enciende de nuevo para dar las últimas caladas. Y aunque el cigarro está ya muy cerca de su nariz, parece darle igual acercarse tanto el mechero, asegurándose de que los resquicios de tabaco tienen vida suficiente hasta el mismo filtro.

Ella desprende elegancia y seguridad en sí misma. Debe de tener unos treinta años. Los ojos azules y pintados, aunque no de forma exagerada, sólo un ligero toque de smoky eyes. Aunque ciertamente sus manos desentonan con su aspecto en general, ya que son manos anchas o más bien algo hinchadas, con los dedos gorditos. No son dedos gordos, pero no son dedos finos y largos, y lleva las uñas muy cortas y sin pintar, una cosa muy rara en Londres. Por eso sé que no trabaja en nada relacionado con la moda, tipo revista o estudio de un diseñador emergente en East London, aunque vaya impecablemente vestida para un domingo por la tarde. Esas son las personas verdaderamente elegantes, las que llevan la ropa sin lucirla, o al menos no conscientemente. Que no caen en pretensión alguna. La ropa les queda como un guante y punto, no hay más. Es como si dijeran “sí, esto me queda perfectamente bien, qué quieres que haga”. Aunque se trate sólo de un abrigo de paño verde, unas botas altas sin tacón y unos vaqueros.

Cruzando la calle, en la ventana del primer piso de un Youth Hostel, un viajero acaba de llegar a Londres, sin darse cuenta de que las ventanas de su habitación están abiertas de par en par y que, al ser ya de noche, su habitación mortecinamente iluminada se ve perfectamente desde la calle. Le puede ver la chica francesa del abrigo verde a la que estoy observando y por supuesto le veo yo.

Aunque sea un Youth Hostel, este viajero hace tiempo ya que dejó de ser joven. Su barriga redonda y su calvicie en forma de corona romana me dicen que ha ido a parar a ese hostal atraído por el bajo precio derivado de compartir habitación con otras tres personas, seguramente no tan bajo teniendo en cuenta que está en pleno Euston Road, frente al Hotel St. Pancrass y la British Library.

Cuando empieza a quitarse el abrigo y después el jersey, temo que realmente no se haya dado cuenta de que su habitación se ve perfectamente desde la calle abarrotada de coches y gente y vaya a desnudarse, pero no. Afortunadamente se queda en camiseta de manga corta, coge el móvil y escribe o busca algo, tal vez avisando a alguien de que ya ha llegado, o tal vez haciendo tiempo hasta que llegue el siguiente viajero, idealmente una viajera, y esta noche no se sienta tan solo.

El nudo en la garganta.

Veo un reportaje en el British Vogue acerca del cumpleaños de Alexa Chung, al parecer el nuevo icono de estilo en estos tiempos superficiales e inclinados a lo vintage. Como se puede observar, ella es muy vintage y aprendió a hacerse la raya de los ojos como Brigitte Bardot y todo lo explica en un libro titulado “It”, que le han sacado a la venta a la vista de su tirón mediático en el que además expone todas sus influencias de estilo desde que eligió su chupete, hace ya treinta años.

Como decía, el del British Vogue es un reportaje fotográfico acerca del treinta cumpleaños de esta chica, que fue la semana pasada. Y en él aparece gente de todo tipo, a los cuales no tengo el placer de conocer pero a juzgar por sus barbas y sus trajes estrechos deben ser importantes en Central London y tal vez en el Este también -aunque no más allá de Bromley by Bow-. Una fiesta llena de hipsters, flequillos y labios rojos y el cantante de One Direction, del cual nunca dejará de sorprenderme su apellido y su presencia en general.

Entre tanta foto de Instagram, la única información que puedo colegir es que el vestido de la cumpleañera es de Carven. Y sí, es precioso, por algo ella es un icono de estilo. Plisado por los lados, plateado, con cuello de barco. El vestido ideal cuando vas a celebrar tu treinta cumpleaños en la suite de un nuevo hotel londinense de lujo.

Después de ver las fotos me pregunté si esa chica, Alexa, antes de salir de su casa y montarse en el coche negro con asientos de cuero que la esperaría en la puerta, se miraría al espejo ovalado y retro, fijamente, de arriba a abajo. Ataviada con su vestido de Carven y sus zapatitos. Si pensaría que se dirigía a la suite de un hotel a celebrar su treinta cumpleaños, donde la esperaría gente que ella ni tan siquiera conocía, gente que no sabe ni cuántos años va a cumplir.

Que sí, Vogue puede haber pagado la suite y la tarta y puede hasta que haya pensado la dedicatoria escrita con crema en el pastel, más bien impersonal y sosa (“For the smallest pal, Happy Birthday Chung”).

Supongo que en ese momento miraría de nuevo su vestido y pensaría “es de Carven”, y tal vez se lo recordaría dos o tres veces. Antes de que los ojos se le humedecieran un poco más y el nudo en la garganta se hiciera un poco más grande.

No, antes de que eso ocurriera bajó las escaleras precipitadamente y se montó en el coche. Y aunque estuvo a punto de decirle al chófer que condujera sin rumbo, que pasara de largo el hotel y su fiesta, que siguiera rodando sin dirección fija, adelante, corriendo; no lo hizo. Miró con sus grandes ojos verdes y pintados con eyeliner estilo BB a las farolas de la calle y los tejados picudos y marrones y las puertas blancas de la calle, todas iguales. Pensó que esa era su vida, ese era su trabajo, y eso era lo que tenía que hacer. Y aguantaría con los tacones de Manolo Blahnik toda la noche. Aunque tuviera que hacer varias visitas al baño. El chófer esperaba sus indicaciones, con los ojos clavados en ella a través del retrovisor. Él también pudo ver que los ojos de la chica brillaban más que nunca. “Al hotel……” dijo por fin ella. Y recostó su delgada espalda en el asiento de cuero negro, más cómodo de lo que podía parecer a simple vista.

El nudo en la garganta siempre bajo control: nunca olvidar eso en Londres. Siempre bajo control.

Una ventana.

Una ventana, hace más de cinco años, un atardecer de verano en Londres mientras sólo era una turista en sus calles, fue lo que me hizo enamorarme de Londres. Fue lo que me hizo soñar con vivir ahí, con vivir así. El sol empezaba a esconderse, la luz estaba ya teñida del característico gris de Londres, sea cual sea la estación del año en la que nos encontremos. Un gris maravilloso que siempre recuerda el fondo, lo que hay cuando se pone el sol. Yo paseaba con mi familia por el barrio de Knightsbridge –para algo éramos turistas- pero podía ser cualquier barrio adinerado del centro, o del oeste.

La fachada del edificio, de ladrillo rojo, parecía una casa de muñecas a tamaño real. Las ventanas blancas, ni tan siquiera un poco ennegrecidas por la polución, pues por esos lares los coches, si los hay, son eléctricos, grandes, caros y se usan poco.

Aquella ventana de grueso marco blanco marfil dejaba intuir la grandiosidad del interior de aquel hogar. ¿Sería de una pareja joven, él bróker y ella ex estudiante de Historia del Arte frustrada por una boda precipitada? ¿O serían los herederos de Lord Huntington, recientemente fallecido, los habitantes de la casa? ¿O tal vez de algún familiar de la reina?

La ventana estaba abierta de par en par pues, aunque no hacía un calor sofocante, también en Londres es necesario abrir las ventanas de vez en cuando. Una luz anaranjada, débil y cálida se proyectaba desde algún punto del interior de la estancia. Era una fiesta. Bueno, más bien una reunión de amigos y champán caro y vestidos de cóctel y pintalabios rojo. Me acordé de Clarissa Dalloway -¿en aquel momento había leído ya el libro?-. La lámpara sería antigua, comprada en una de esas tiendas de antigüedades y decoración de Charing Cross Road, Portobello o Chelsea. Una de esas lámparas cuya tulipa está hecha de pequeños trozos de cristal grueso de varios colores. Amarillo, azul, verde, rojo, naranja. Todos ellos se reflejan en las caras de los invitados a esa fiesta. Hay un joven médico recién licenciado, hijo de un acaudalado propietario de terrenos de Londres, soltero y buscando una buena chica para casarse. También hay un banquero de unos cuarenta años que nunca se ha casado ni tiene ganas de hacerlo, sólo quiere engañar a alguna inocente chica que, empezando su carrera en el mundo de las finanzas, le gustaría que alguien más experimentado la ayudase para avanzar en su carrera… Luego está una joven diseñadora de cucharas de madera cuya tienda, cerca de Hoxton, la mantienen sus trabajadores y jubilados padres. Y también está Holly, o Courtney o Lauren, que trabaja en el departamento de publicidad de los supermercados más famosos de Londres, y que no para de mirar al banquero cuarentón meneando sus pestañas postizas una y otra vez.

Pero una pareja se apoyaba en aquella ventana. Él, sentado, llevaba traje pero se había quitado la chaqueta y subido las mangas. Sostenía su copa de champán y escrutaba con interés la cara de su compañera que, de pie frente a él, sujetaba la suya y también le miraba, con una media sonrisa. Ninguno de los dos sabía muy bien qué hacía allí pero querían aprovechar el champán gratis antes de desaparecer disimuladamente por la puerta de servicio.

Tengo que dejar de enamorarme de las ventanas de Londres, de las gafas de pasta y de las barbas recortadas por el barbero rockabilly del Soho, de los pantalones de pitillo y los zapatos estilo años veinte. Porque como siga enamorándome de todas esas cosas acabaré creyéndomelo, creyendo que todo eso es real, cuando no lo es. Que tras esa ventana duerme un bangladeshí que trabaja doce horas al día, que el dueño de esa barba recortada hace capuchinos en una cafetería de Brick Lane, y que conseguir ese sueño de glamour y paseos con café take away y fiestas con pintalabios rojo y “¡oh! ¿sabíais que apareció Kate Moss en la fiesta? Yo no la vi pero me lo han contado” es sólo, tal vez, para Holly, o Courtney, o Lauren.

 

Mulholland Drive.

Time, NOG.

– ¿Esto te sirve? -me pregunta mi padre.

Lo que me enseña es una cuartilla con dos números de teléfono y dos nombres, escrita por mí. Seguramente por estas fechas hace un año, antes de irme a Londres por primera vez. El primero es el de la amiga en cuya casa me quedé la primera noche hasta que encontré habitación y el segundo… Es el número de aquel otro “amigo” que tanto tuvo que ver en mi decisión de irme a Londres y no a otro punto del mapa. Como mi estancia allí empieza por una frase suya diciendo “no sé cómo te va a ir en Londres porque estás loca, ¡loca!”, así escrito tal cual, le digo que no, que no me hacen falta, y ahora están rotos, en la basura. De todas formas el número de mi amiga está guardado en mi agenda.

Claro que, si no fuera porque con él di mi primer paseo por Londres el primer día que salí a la calle (el tercero desde que llegué), y porque él me enseñó Londres desde la terraza de Somerset House al atardecer, lo habría roto yo misma.

Es verdad -debe serlo- que la vida no sigue un tiempo lineal (no sigue ningún tiempo que no hayamos inventado), sino que sigue un tiempo circular. Que lo que no llegó en un momento puede -y debe- llegar en otro, porque casualmente mi padre me trae también una felicitación de navidad que me mandó una amiga y que olvidó darme en su momento, es decir, las pasadas navidades.

De repente me acuerdo de esa rarísima película de Lynch que, reconozco, nunca he entendido ni aun habiendo pedido explicaciones a mi alrededor. Cuando no se sabe si se está en el presente, en el pasado o en el futuro. O si el pasado siempre vuelve, o si el futuro no existe, o si yo soy un cerebro en una bañera.

O si, simplemente, todo se repite, todo es un constante dèja vu que nos recuerda…lo que quiera que sea.

 

Over. Gintonic.

 

IMG_20130825_164414Summer is over. NOG.

Leyendo un artículo  en el periódico sobre Callahan y Weston, unos fotógrafos a los que no conocía hasta ahora, escrito por Muñoz Molina a propósito de una exposición en el Círculo de Bellas Artes sobre la obra de estos dos artistas, me acuerdo de que llevo días dándole vueltas a algo realmente interesante sobre lo que escribir, algo que no suene a sacado de la manga para subir la entrada semanal. Entonces interrumpo mi lectura debido a este pensamiento, pero también porque pienso que si yo no voy a escribir así prefiero no escribir. Es sólo un momento porque acto seguido pienso que de todas formas seguiré escribiendo. Si lo hago bien, alguien me leerá y reconocerá, si lo hago mal no me leerá nadie o, en el peor de los casos, acabaré firmando libros de autoayuda en El Corte Inglés.

Pero es que cada vez que cojo el bolígrafo y el cuaderno sólo se me ocurre una frase. Una tan manida como decir te quiero o como escribir sobre la Navidad: se ha acabado el verano. Y como se me ha pasado tan rápido y no he hecho ni la mitad de las cosas que quería hacer –encerrarme para escribir, encontrar la confianza en mí misma, hacer un currículum perfecto en inglés, buscar el trabajo de mi vida e intentar encontrarme a mí misma- he hecho en pocos días cosas sin sentido, cosas raras. Como por ejemplo, ir a misa. No tenía ninguna razón, al menos ninguna consciente, y tampoco ninguna motivación espiritual ni religiosa.

El cura, que ha resultado darme la impresión de ser un estudioso de la Biblia –lo cual es un logro para mí- ha dicho algo de “entrar por la puerta estrecha”. No sé el sentido religioso que eso tiene, de hecho no sé si tiene algún sentido, pero yo lo he interpretado como la puerta estrecha por la que atravesamos todos los que nos atrevemos a soñar. Y los que tenemos esa disposición sabemos que también la tenemos para atravesarla, ya no tanto por valentía sino por terquedad.

Hay una frase de Oscar Wilde, una de mis favoritas, escrita en un monumento dedicado a él en Londres. Es un pequeño trozo de pierda, con extraña forma de ataúd –o de puerta estrecha, ahora que lo pienso- cerca de la National Gallery. La frase dice en inglés “Todos estamos en la mierda pero algunos de nosotros estamos mirando a las estrellas” La traducción es libre y es mía. (We are all in the gutter but some of us are looking at the stars).

*

Entré en un bar de carretera, a las cuatro de la tarde, en un pueblo pequeño, polvoriento y ventoso de la provincia de Albacete. Cinco trabajadores del campo se reunían a charlar y relajarse. Tres pasaban los setenta años, otros dos no tenían más de cuarenta. Bebían sendos copazos de gintonic. Eran las cuatro de la tarde, y todos reían. Los camareros y dueños del bar se unían a ellos.