Categoría: Pensamientos

Cuando Grecia dijo “no”.

Siempre que pasa algo más o menos importante en el mundo me imagino lo mismo: al que fuera mi profesor de historia en el colegio contándonoslo todo. Y yo sentada en el pupitre intentando comprender. Otra yo, con dieciséis años otra vez, pero en el futuro, intentando memorizar todo el proceso que llevó al primer paso de no sabemos bien qué: cuando Grecia dijo “no”.

Esta noche tiene esa brisa de lo insondable, de la duda, la esperanza y la incertidumbre. También, cómo no, algo de miedo. O tal vez la palabra exacta sea expectación. Veo fotos prácticamente en directo de los griegos en mi querida Plaza Sintagma en la que tanto calor pasé el año pasado, cuando la visité, sonriendo mientras enseñan sus banderas.

Creo, sinceramente, que es un pueblo que se merece algo mejor de lo que tenían. Recuerdo extrañarme en mi visita el verano pasado al ver edificios medio derruidos, por ejemplo (y no me refiero al Partenón). Recuerdo haberle preguntado a una griega, en el avión, por qué los griegos no emigraban en busca de trabajo, como hacíamos tantos españoles. Y ella me contestó que suponía que ellos no querían seguir la senda de la resignación. Desde luego con el referéndum de hoy lo han demostrado.

No sé lo que pasará mañana cuando Grecia amanezca. No sé si los bancos abrirán ni si tendrán dinero. Tampoco sé si esto es el principio del fin de Europa tal y como la hemos conocido hasta ahora. Lo que está claro es que de Unión empieza a quedarle poco. Porque, ¿alguna vez ha existido algo llamado “sentimiento europeo”? Hasta que la crisis comenzó, para mí la Unión Europea fue el organismo que estudié (y no muy en profundidad) en el bachillerato.

Lo que está claro es que ellos, los griegos, han sido los primeros en decir no ya no sólo a la austeridad. Si no a decidir cómo quieren ya no sólo enriquecerse sino también cómo arruinarse, igual que cada uno de nosotros, individualmente, somos responsables de nuestros actos. Han sido los primeros, supongo, en negarse a seguir formando parte de un sistema que ha demostrado su ineficacia. Y no estoy hablando de sistema capitalista porque ¿acaso hay otra opción hoy en día? Me refiero al sistema de actuación de los políticos, como ciudadanos, como nulos servidores a la sociedad. Esta es una frase tan trillada que ya ha perdido toda su esencia, pero no me refiero sólo a la corrupción. Hay algo más. Hay algo más que nos ha hartado a muchas personas de muchos sitios. A griegos, a españoles, a ingleses… Durante todos estos años esta clase política ha demostrado actuar con la única motivación de enriquecerse: ya sea personal o colectivamente. Han llevado grabado el símbolo del dólar en el cerebro durante demasiado tiempo. Y como pasa siempre, mientras a todos nos iba bien nadie decía nada. O tal vez sí lo decían y nadie les escuchó a su debido tiempo. Pero es lo que tiene vivir obsesionado, nunca se piensa en las consecuencias, ni siquiera creo que se piense en lo que se está haciendo realmente.

Ahora los ciudadanos griegos se han hartado de ser ellos, las personas normales y corrientes, con trabajos y sueldos míseros, o sin trabajo ni paro, los que se preocupen cada mañana por su futuro. Los que se niegan a seguir sufriendo las consecuencias de la corrosión política, de la podredumbre. Ahora es el momento de que los que han creado todo esto, y los que desde la sombra mueven los hilos, empiecen a temblar un poco, a preocuparse por qué les pasará ahora a ellos, económicamente hablando. Y no me refiero a las personas que, como consecuencia de su trabajo (y de un trabajo honrado y bien hecho) han ganado dinero y pueden disfrutar de abultadas cuentas corrientes. Me refiero a los que han jugado y juegan con las cuentas corrientes del común de los mortales. Para ellos es hoy también una fecha importante. Estos jugadores lo recordarán siempre como aquel día en que Grecia dijo “no”. Y como leí una vez a Maruja Torres, una frase que me parece el mejor resumen de todo esto: “lo peor que les puede pasar es que algún día desarrollen una conciencia”.

Soñadores del abrigo

Como vivo en un país -España- en el que soñar, o tan sólo desear, sale tan caro, las personas que transmiten ilusión ya no se encuentran fácilmente. No se encuentran profesionales que transmitan, siquiera, ganas de “hacer cosas”, de intentar. Y ya si me ciño al mundo de la psicología, esa clase de personas son casi inexistentes. Me doy cuenta ahora que estoy buscando trabajo de la única forma que (creía) puede surgir hoy en día: acudiendo a los sitios para ofrecerme, para ofrecer ideas, proyectos. Sí, el camino más difícil.

He escuchado de todo estos días, y eso que tampoco empecé hace mucho. Y lo que me queda, supongo: a los soñadores siempre nos queda. Sin contar con la cantidad de llamadas que hice a asociaciones o a consultas en las que me dijeron que mandase mi CV a una dirección de correo que en el mejor de los casos existía, y quedaba cómodamente almacenado junto a los demás CVs. “Sí, pero ya sabe usted lo poco que el CV dice de una persona”-digo yo-“Además no busco un puesto vacante, yo le quiero ofrecer una propuesta de…” “Sí, pero mándelo al correo electrónico, es lo único que le puedo decir”, me dice una telefonista ávida por que lleguen las cinco y pueda irse a su casa.

Cuando me cansé de mandar CVs a sitios que sabía que nadie leería, comencé a presentarme allí directamente. “Sólo con la voluntad no vas a conseguir nada”, fue la gran frase que me dijo uno de los trabajadores de una Asociación de mujeres maltratadas de la que no diré el nombre. No sé cuál era su cargo, ni su profesión, porque no me la dijo. Seguro que es psicólogo, sí. Y seguro también que tiene un máster, con muchas horas de práctica. A lo mejor es el director, quién sabe. Es irónico, al menos para una psicóloga, que alguien que trabaja en un servicio de estas características emita una afirmación así.

Algunos pensarán que yo no sé “vender mi producto, que soy yo misma”. No lo sé. Ni siquiera me preocupo por lo que llevo puesto cuando voy en busca de algo porque ni siquiera me hacen quitarme el abrigo, ni me invitan a sentarme. No hay presentaciones ni apretones de manos ni intercambios de tarjetas. Esto no es un trato comercial al uso. Mucho menos en el ámbito de lo social, donde si no estás dispuesto a trabajar gratis no mereces nada.

Hace un par de días conseguí hablar con la psicóloga de una residencia de ancianos, para hacerle mi propuesta, y si no le gustaba mi propuesta ¡para lo que sea! Hablamos en la recepción del sitio, mismamente. “Si quieres aplicar algo novedoso, la tercera edad no es tu población. Ellos son rutina, A,B,C, siempre lo mismo”. Y hasta más ver. Y eso que la chica, además, era Coach…

Pero no sé de qué me sorprendo. No me extraña que todo el mundo en este país haya perdido la ilusión. Y no sólo eso, sino que desprecien a la gente con ilusión, que intenten “quitarnos ideas de la cabeza”.

Vamos con nuestras pequeñas carpetas llenas de sueños e ilusiones. Vamos siempre con el abrigo puesto y nunca nos lo quitamos. Somos muy reconocibles: en cuanto entramos a un sitio se nos lee un gran cartel en la frente: “soñador”. Con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, las sacamos para colocarnos la bufanda al salir. A lo mejor caen dos lágrimas dependiendo del día. No pasa nada, mañana más.

Lo que pasa es que ya una se pregunta si un país así merece la pena, si se merece a los pocos soñadores del abrigo, con un montón de ideas y ningún máster, ninguna experiencia más que las de la vida. Porque conseguiremos nuestro sueño: crear algo, desarrollarlo, ser una fábrica. Y tal vez no sea aquí, donde tanta falta hace. Un país así sólo se merece al Pequeño Nicolás.

Cuando consiga mi sueño y construya lo que quiero, en el caso de que yo misma esté ocupada, habrá una trabajadora -una mujer embarazada, seguramente- cuya tarea sea especialmente hacer pasar a esas personas con un abrigo y una carpeta muy fina, con las manos en los bolsillos. Fuera hace frío pero él o ella está sonriendo (eso sí lo sabe: el poder de una sonrisa).

“Hola, qué tal. Pasa, quítate el abrigo. Puedes sentarte. Me llamo… ¿en qué puedo ayudarte?” Y le escuchará con atención. Al menos, le escuchará con atención.

 

 

 

 

Queridas Amigas

 

No sé si mi carta será la última que leáis de la ronda que hemos decidido hacer. Tal vez así sea, porque últimamente voy dejando las cosas –incluso las importantes- para lo último. Además desde hace un tiempo hago eso que siempre he odiado tanto: vivir para trabajar. Trabajo full time en la tienda de ropa, y mis dos únicos días libres de la semana los dedico a trabajar voluntariamente en una asociación de mujeres.

El trabajo en la tienda de ropa, obviamente, lo odio. Bueno, no lo odio, pero en cambio sí siento que las horas que consumo, que consumen mi vida, en la tienda, son un tiempo perdido que nunca recuperaré. Un tiempo precioso. Mientras estoy en la tienda, simplemente, dejo de ser yo. Y lo hago como forma de defensa, porque si fuera yo, no estaría allí trabajando. Y como sabéis, Londres es una ciudad imposible en la que, a no ser que seas un rico heredero, tienes que trabajar. En lo que sea, como es mi caso. Lo que quiero decir con que dejo de ser yo es que noto, físicamente, cómo mi mente se vacía. Cómo me vuelvo eso que tampoco he querido ser nunca: una oveja, o borrego. Se cumplen órdenes, nada se discute, nada se piensa, todo es simple, no hay lugar para la improvisación ni la imaginación.

Por supuesto no me dejo de lado a mí misma, a la verdadera N –ni espero hacerlo nunca- así que cuando salgo por la puerta de la tienda de ropa, me siento liberada: vuelvo a ser yo. Así que, como dice una canción de Ella Baila Sola –ese grupo de nuestra adolescencia- que no sé si recordaréis, yo ya no soy yo, somos dos.

Los miércoles y los viernes, cuando voy a la asociación, estoy un poco más cerca de ser la persona que quiero ser. Aunque, una vez más, encuentro que no es exactamente lo que quiero hacer, aunque me siento muy orgullosa de que me dieran la oportunidad de colaborar con ellas, de que me llamaran nada más terminar la entrevista. Fue gracioso porque –ya me conocéis- yo salí de la entrevista LLORANDO, literalmente, porque estaba segura de que no me cogerían. Y lo que es peor, estaba segura de que yo nunca podría trabajar en una organización seria, de verdad, inglesa. Mientras iba de camino al metro, lamentándome, me llamó mi jefa y me ofreció el puesto. Me puse tan contenta… El puesto consiste en estar en la recepción. Por eso digo que no es exactamente lo que quiero. Obviamente lo tomé como una forma de empezar, de meter la cabeza en el mundo profesional inglés y sobre todo, en el mundo del feminismo y de las asociaciones de mujeres. Y así es, pero la emoción de recién llegada me duró cuatro días: lo que tardé en manejar más o menos la rutina de la recepción que, por otra parte, es bastante simple y aburrida, aunque por supuesto no tanto como en la tienda. Además tiene algo de resolución de problemas e improvisación –de vez en cuando-. Llevo ya casi tres meses, he colaborado con otros departamentos en cositas pequeñas y me he mostrado siempre dispuesta y disponible a hacer lo que sea, incluso aunque sea desde la recepción. Pero me he llevado alguna desilusión con ellas porque últimamente no he sentido que valoren mi esfuerzo, mis ganas y mi disposición. Supongo que esto es la vida: dar pequeños pasos, y cuando crees que has llegado no, aún no. Aún no has llegado. Aún hay que andar más. Como decía Machado en esas clases de Literatura con Carmen: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Os he querido escribir esta parte de mi carta en común porque las cuatro pertenecemos, en este mismo momento, a esa generación que ha tenido que salir de España a buscarse la vida. Y hemos decidido –o nos hemos visto obligadas- a dejar a nuestra familia, amigos, novios, etc, y la comodidad de nuestra vida en Madrid por perseguir nuestros sueños, o simplemente por sobrevivir. Cosa que últimamente en España es hasta difícil. Nosotras hemos tenido el valor de no quedarnos lamentándonos por la situación, de no esperar a enchufes, etc, como sabemos que otras personas sí hacen. Me alegro por todas ellas, pero de nosotras estoy ORGULLOSA. Porque estamos viviendo una experiencia que nunca vamos a olvidar porque nos está formando como personas. Eso que tanto querían conseguir en las Convivencias, por ejemplo -¿os acordáis?-. A mí personalmente las Convivencias sólo me sirvieron para pasar un fin de semana con los compañeros de clase y reírnos un poco –unas veces más y otras menos-. Menos mal que siempre tuvimos la capacidad de pensar independientemente de todo lo que nos dijeran, aunque seguro que algo bueno se nos ha quedado, porque aquí estamos: esforzándonos por nuestro futuro olvidándonos, muchas veces, de nuestro presente.

No sé si os acordáis de esto, pero algunas de las palabras que me han influido más en mi vida las dijo Macu, la profesora de Economía. Aunque fuera una descoordinada a veces se inspiraba en clase. Un día de esos de primavera, con un calor increíble, las ventanas abiertas de par en par y de fondo el ruido de otra clase haciendo gimnasia en el patio, nosotros, por supuesto, no parábamos de hablar. Entonces debimos de sacar de quicio a la pobre Macu –que, ahora que lo pienso, más o menos como nosotras, había estudiado cinco años de Económicas para acabar dando clase en un colegio…- y se hartó. Y Macu era muy graciosa cuando se hartaba, creo recordar. Y nos empezó a decir que a qué esperábamos. Al principio no la entendí muy bien, pero ella siguió hablando, muy tranquilamente, sin alzar la voz. Y todos nos callamos. Nos dijo que a qué esperábamos, que nadie nos iba a obligar a hacer lo que teníamos que hacer en la vida. Que sólo nosotros teníamos en poder de hacer las cosas, de cambiar las cosas. Que los trenes, cuando pasan, hay que saber cuándo montarse, y que nadie –ni ella, ni nuestros padres, ni nadie- nos iba a montar en él. “Vosotros tenéis el poder de vuestro futuro en vuestras manos, de vosotros depende hacer de ello algo bueno o algo malo. ¿A qué esperáis para daros cuenta de lo que tenéis entre las manos? ¿Cuándo os vais a dar cuenta de que tenéis que aprovechar la oportunidad que tenéis AHORA?”

Ahora, recordándolo, recordando estas palabras, me pregunto si se preguntaba esas mismas cosas a ella misma también, porque recuerdo que yo noté que se emocionó. Los ojos le brillaban. Creo que se emocionó. Y la verdad es que yo me emocioné un poco también. Porque me dio qué pensar.

Ahora recuerdo estas palabras, y las recuerdo gracias a vosotras, que me habéis hecho sentarme frente al ordenador y ponerme a hacer algo que no hago desde hace mucho tiempo: recordar cosas bonitas. Traer a la memoria buenos recuerdos. Porque cuando pienso en todo lo que hemos vivido son esas las palabras que lo identifican: buenos recuerdos, buenos momentos. Incluso esas tardes de botellón en Avenida de la Paz, que tanto escandalizarían a nuestros padres, hasta esas tardes, con o sin borrachera, son buenos recuerdos. Porque al fin y al cabo siempre fuimos unas adolescentes sanas y divertidas y responsables y con los pies en el suelo.

Seguro que nunca imaginamos que acabaríamos cada una en una parte de este continente en el que siempre hemos vivido. Yo al menos jamás me podría haber creído, si me lo hubieran contado, que estaría viviendo y trabajando en Londres. A mí, que tanto miedo me ha dado siempre hasta coger el metro sola…

Hay tantos recuerdos, y tantas cosas que hemos vivido juntas y con más gente aunque ahora no tengamos tanto contacto. Por eso quería escribiros esta carta común, porque quiero devolveros el regalo que me acabáis de hacer vosotras a mí: que cuando acabéis de leer esta carta penséis en algún buen recuerdo de nosotras, ya que ahora que estamos lejos hace tanto que no nos vemos, y aunque sea sólo ese recuerdo nos acerque un poco.

Yo, por mi parte, sigo intentando vislumbrar qué es eso que tengo entre las manos, eso que nos dijo Macu que supiéramos valorar, que no esperáramos, que nos subiéramos en el tren. Tengo la sensación de que nosotras ya lo hemos hecho, al menos el primero de los trenes. “We made it”, así que estad orgullosas de tanta clase de matemáticas, economía, geografía, de la selectividad… En realidad todo nos ha hecho lo que somos ahora: mujeres valientes que no se quedan quietas esperando y que van a buscar su futuro, que pelean con uñas y dientes para conseguir su sueño. Y lo hemos hecho.

 

Con cariño,

N

Personal Statement-Facts-Mi compañera de piso no es humana.

1. La vida son momentos.

2. Un grupo de ancianos hindúes, dos de ellos en silla de ruedas, juegan a la pelota en medio de una explanada de césped en el parque de West Ham. Cuando no alcanzan a golpear la pelota, la atraen hacia sí con un bastón. Se ríen.

3. Hoy he visto, por primera vez, una paloma pura. Lo he tomado como una señal.

4. Toda aquella semi-persona que ocupe un puesto de responsabilidad en estos trabajos de mierda de Londres no merece ninguno de mis respetos, ni tan siquiera los reservados para la gente que no respeto. Excepción hecha de dos personas, los únicos humanos que he conocido de esa estirpe.

5. Como la vida son momentos, estos son posiciones en una recta entre el bienestar y la perdición.

6. En la perdición se aprende y en el bienestar se asimila lo aprendido.

7. I declare that I do not belong to this world anymore.

8. La insolencia es el arte más gracioso a cultivar y el más útil quizás.

1.. No he leído El Quijote. Y este debería ser tal vez el primer punto.

8. El talento está sobrevalorado. La inteligencia también. Lo único que importa en esta vida es el valor.

9. Esta mañana he descubierto que mi compañera de piso no es humana.

P.D. Lista no exhaustiva.

La muerte ya nunca podrá sernos ajena.

Fueron de las primeras personas que conocí en Londres –al menos virtualmente- y tal vez por ello las sentía más cercanas. Por eso tal vez siento su muerte como algo mío. ¿Por qué?

 

Cuando llegué a Londres empezó a interesarme la moda. No para mí en concreto, no para seguir las últimas tendencias, sino para admirarla en los demás. No conozco otras “capitales de la moda” aparte de Madrid, y ni siquiera estoy segura de que Madrid sea una de ellas. Tal vez es porque en Madrid nunca me he fijado en cómo se visten los demás. Aquí, en cambio, sí.

Ilusa de mí, cuando hice mi primera maleta para venir a Londres, tres cuartos lo ocupaban zapatos de tacón. Me veía a mí misma siendo una camarera feliz y despreocupada, calzando taconazos las veinticuatro horas del día cual anuncio de Maybelline.

Mi armario en mi primera casa, tan pequeño, tenía más zapatos que ropa. Y por supuesto, ninguno de ellos me los puse un solo día. En mi primera visita a Madrid, los dejé todos allí, en un ataque de racionalismo y realismo.

Fue aquí, en Londres, cuando empecé a leer Vogue. Sobre todo cuando me mudé a mi segunda casa, trabajaba en una tienda de ropa y compartía piso con una fashion stylist. No cualquier Vogue, sólo la edición americana: Anna Wintour, Grace Coddington… Fascinada por el documental “The September Issue” empecé a adorar a esas mujeres fuertes de la industria más caprichosa e impredecible del mundo: la moda. Por un momento quise ser como Anna Wintour.

Lo que más me gustaba de Vogue USA eran los vídeos de las fiestas y desfiles que tenían lugar en Nueva York, Londres o París. Cuando había habido algún evento importante en Londres del que yo ni me había dado cuenta me sentía incluso estafada. Como si no viviera en Londres, como si todo estuviera pasando cerca de mí y yo no pudiera ver nada.

Recuerdo un reportaje sobre un evento que creo de hecho que tuvo lugar aquí, en Londres, aunque he olvidado dónde exactamente. Tanto vestido de telas y estampados imposibles, peinados, tacones, elegancia y falta de ella a partes iguales. No diría que Londres es una ciudad elegante. Diría más bien que es una ciudad original, en la que nadie se sorprende ya de ningún estilismo. El caso es que fue ahí donde vi por primera vez a Lwren Scott. Por aquel entonces no sabía que era la pareja de Mick Jagger. Me enteré mucho después, y creo que incluso me decepcionó. Me dio la impresión de una mujer tan fría y distante y a la vez muy segura de sí misma. Me encontré con su nombre en otras ocasiones, más adelante, sin buscarlo, pues tampoco estaba yo especialmente interesada en su trabajo. Pero se convirtió en una de esas personas de las que oí hablar en Londres por primera vez y pasaron a ser como algo mío, a pertenecer un poco a mi historia. Una pertenencia virtual, por supuesto.

Lo mismo me pasó con Peaches Geldof. Era una de esas “celebrities” que, al parecer, nunca faltaban a una fiesta. Tampoco sé muy bien por qué, pero resulta que esta chica también se cruzó varias veces en mi camino virtual, obviamente sólo su foto y su nombre, su constante presencia en los eventos de esta ciudad y de otras, en fiestas con resuene y bombo, con o sin Kate Moss en los aledaños.

Por eso, cuando sus nombres se me cruzaron, por última vez acaso, en la prensa que habla de sus muertes inesperadas, suicidios o lo que sea, no puedo evitar estremecerme un poco, aunque nunca haya sabido muy bien lo que significa exactamente el verbo “estremecerse” –es tan vago y amplio-.

Supongo que forman parte de ese grupo de gente que no se conoce pero que por este mundo basado en el show business en el que vivimos, se convierten casi en alguien cercano de tanto escuchar sus nombres y ver sus fotos. Esta idea no es nada nueva ni descubro la rueda con ella, lo sé. Sólo quería dejar constancia de que es verdad. La muerte ya nunca podrá sernos ajena.

Algo incierto.

 

Hoy he vuelto a mi antiguo barrio, el último antes de marcharme de Londres el verano pasado: Homerton, Hackney.

 

Vuelvo a mi antiguo barrio y me bajo en la parada en la que me bajé la primera vez, cuando fui a ver aquella casa de película de Almodóvar. Ya veo las bicis y los hipsters, aún gorros de lana. Alguna que otra barba. Más bicis.

 

Vuelvo a mi antiguo barrio. Y echando la vista atrás, recordando, creo que fui feliz esos tres meses. O algo parecido. Era cuando la soledad no era algo que me preocupara. Y si lo hacía, era sólo al final del día, o algunas horas en medio de la tarde.

 

Recuerdo que aún trabajaba en la tienda de ropa. Recuerdo aquellas tardes que ya presagiaban un verano posible hasta en Londres, volviendo desde el Overground hasta mi casa, unos diez minutos. Era esa brisa fresca de las diez de la noche, volviendo tras un duro –o aburrido- día en la tienda, cansada después de cerrar.

 

Me gustaba ese paseo, desde el Overground a mi casa, a veces con un cigarro, otras no. Pensando en las locuras que me diría mi landlady al llegar. A veces, también, rezando por no encontrármela. Aunque casi siempre prefería encontrármela, cruzar con ella algunas palabras locas.

 

Esa brisa en la cara, sólo con una chaqueta vaquera y mi vestido, era todo. Era mucho. Y estaba sola.

 

Victoria Park por la mañana, incluso antes de entrar a trabajar. Hackney Wick.

 

Escribir todas las tardes.

 

Volver de mis clases de arte desde la National Gallery – hasta que dejé de ir porque la profesora nos daba la espalda cuando hablaba: miraba a los cuadros en vez de mirarnos a nosotros, y yo no me enteraba de nada-. Volver de esas clases en varios autobuses me gustaba. A veces hasta cuatro. Pero siempre el último en Cambridge Heath. Y a veces, si tenía tiempo y ganas –aunque tiempo hay siempre, y a veces demasiado- no me quedaba en la misma parada de Cambridge Heath, donde pasaba mi autobús a casa, si no que me iba andando unas cuantas paradas más hacia delante, para ver a la gente.

 

Era un barrio contento, no diría feliz. La gente estaba contenta. Y una vez les critiqué por su cinismo. Por estar pagando rentas desmesuradas con tal de decir que viven en Cambridge Heath, o en Hackney, y ser hipsters de pro –no puedes definirte a ti mismo como hipster si vives en Upton Park-. Pero ahora les comprendo. Es esa brisa, es estar junto al canal, son las tiendas de chinos, de muebles, de espejos. Es estar apartado- a la vez que cerca- de Shoreditch. Es un barrio para pasear.

 

Pero yo seguía, porque no tenía ni tengo el privilegio de vivir en Cambridge Heath, y todos los hipsters abandonaban el 26 antes que yo, que me bajaba en la penúltima parada, pero aún podía decir que vivía en Hackney, en una casa con una señora mayor que decía oler a su padre -muerto- y una italiana fashion stylist. Una casa con paredes de leopardo, cuadros de vírgenes en las paredes, y un váter de purpurina.

 

Recuerdo también que esa misma brisa, y ese mismo sentimiento de contento de la gente por la calle era lo que me hacía coger el 30 a cualquier hora e irme, simplemente, al Tesco. Un Tesco enorme, lleno de hipsters por supuesto pero no sólo hipsters. Y la verdad es que me conformaba con ver las caras de la gente. Lo recuerdo todo a cámara lenta.

 

Porque en los tres meses que viví allí, todo fue despacio, no hubo prisas. Nunca llegué tarde a trabajar, nunca fui corriendo.

 

Paso hoy de nuevo por allí, como digo, en la misma parada que aquella primera vez. El mismo restaurante chino, cerrado. El mismo bar que hace esquina, “The Tiger”.

 

Paso frente a mi antiguo portal, un edificio del Council, el mismo olor a porro sale de dentro. No me atrevo a llamar a mi antigua landlady, por si acaso. No era alguien “lovely”, precisamente. Y ha pasado un año.

 

Era mi tranquilidad y mi yo. Mi soledad elegida y aceptada. Mal llevada a veces. ¿Mal llevada a veces?

 

Mis inseguridades y también mis planes. Mis despreocupaciones.

 

Me pregunto por qué no nos damos cuenta de cuándo un momento es decisivo, nada más que cuando ha pasado. En ese momento yo no era consciente de que iban a ser los momentos que ahora recuerdo con mayor cariño de mi Londres del principio, de mi primera parte. El final de la primera parte.

 

Quiero decir, no me hubiera quedado, no lo hubiera hecho de otra manera, me habría ido igualmente, no borraría nada. Pero llevo días rememorando esos paseos desde el Overground hasta mi casa, después de trabajar, a las diez de la noche, cuando el verano londinense empezaba a despertar la esperanza de algo incierto, con una chaqueta vaquera y mi vestido.

 

“Esa gente sólo quería pollo y tal vez por eso los odiaba, o por cualquier otra cosa”

Hoy empiezo oficialmente a estar inmersa de nuevo en ese exasperante proceso que es buscar un trabajo en Londres (me refiero, por supuesto, a un trabajo precario). Al menos exasperante para mí. Claro que yo soy una persona bastante propensa a la exasperación. Pero hoy no es día de self- deprecation ni consideraciones filosóficas acerca de mi debilidad mental. Lo tengo que aparcar mientras consigo un nuevo trabajo precario. Cuando lo consiga volveré a sacarlo.

Llevo poco tiempo, sólo dos horas y sólo aplicando por internet, pero ya he completado el interminable proceso en Café Nero y en Pret a Manger. Procesos más o menos normales, preguntas típicas que en los dos sitios han sido prácticamente las mismas, pero que consumen un tiempo increíblemente largo. Si por lo menos pudiera copiar y pegar mis respuestas… Pero claro, una vez se envía la aplicación las respuestas desaparecen en el mar de la desesperación de las aplicaciones europeas, en la base de datos del recruiting team para siempre (o mejor dicho, por un período de seis meses).

Todas hablan del “entusiasmo por trabajar de cara al público”, de provide excellent customer service, de la importancia del trabajo en equipo, de ser self motivated. Mientras, yo hago lo propio y  miento diciendo que me encanta trabajar de cara al público, que tengo verdadera pasión por los clientes, que me encanta regalarles una sonrisa aunque sean unos maleducados porque posiblemente esa sonrisa sea la única que vean en todo el día y  mierdas de ese estilo. Creo el perfil de la camarera perfecta porque claro, si no eres capaz de ser la mejor camarera del mundo ¿cómo vas a ser la mejor profesional en cualquier otro campo cualificado y profesional? En mi perfil, en las respuestas que mando, yo misma me contrataría en cualquier sitio. Sí señores, este trabajo me encanta y ganando 6`31 libras la hora soy más, mucho más que feliz. Al menos permite soñar mucho y salir poco.

Cuando he terminado esas dos aplicaciones he ido a por la última: EAT, el hermano pequeño de los gigantes de comida rápida pseudo-natural-fresca-sana. Estaba completando de nuevo todos los huecos, los mismos de siempre, sí, sí, me encantan los clientes, son la alegría de mi vida. Hasta que llego a la última pregunta del cuestionario. La última. Y es la siguiente: Would you be able to make the Buzz?  Había que ver un vídeo para contestar a la pregunta. Esta aplicación me está llevando más tiempo del que esperaba. Total, todo para hacer cafés y limpiar mierda. Pero bueno, veo el vídeo de marras. En él aparecen trabajadores con su uniforme negro al lado de lo que parecen sus managers o supervisores , vestidos de calle (claro). Se ponen de acuerdo y cuentan hasta tres para soltar un grito que no entiendo (tal vez por la mezcla de acentos).

A continuación aparece un tipo en traje y con ricitos negros engominados con una pizarrita de fondo en lo que parece un curso de formación, él en primer plano. Muy convencido de su empresa y blablablá. Él sí es inglés, lo sé por el acento. Después sale una chica rubia con acento y aspecto del este, y a grito pelado suelta Hot soup! y también Hot pies! frente a una cola interminable, ante las caras entre anonadadas e incrédulas de los clientes, que sólo quieren comer o pensar, que sólo tienen media hora para descansar. Y en el mismo vídeo, a continuación, aparece el genio inventor del tal llamado Buzz, un tipo joven con pinta de estar empezando en “el campo”.  Justifica su brillante idea con una sonrisa de oreja a oreja y unos dientes, además, perfectos y relucientes, inglesito de Oxford. Y él habla y yo le escucho a medias. Porque lo que me estoy imaginando es a él en su casa, solo en su mesa de trabajo, por la noche a la luz de un flexo de Bang and Oluffsen, rompiéndose la cabeza intentando pensar en algo novedoso y genial porque el director de EAT, el señor trajeado y engominado que también aparece en el vídeo, le dijo ayer en su despacho que iban a la cola de los establecimientos de comida rápida en Londres y que como no haga algo para remediarlo se va a la calle. “Para eso te pago inútil, eres el director de márketing, de ventas y de publicidad. Haz algo.” Y él rememora esa reunión en el despacho de su jefe. La rememora esa noche en la soledad de su estudio. Y no ha formado aún una familia pero tiene este estudio en Hoxton, o en Haggerston o en Dalston y es lo único que tiene y lo tiene que mantener, for god´s sake. Entonces piensa que se la suda, que mañana tiene que llevar algo, sea lo que sea y que sea lo que dios quiera. Va a proponer lo primero que se le ocurra, lo más absurdo. Entonces se le ocurre el grito o Buzz. Los trabajadores de EAT ganan el mínimo, necesitan dinero, viven para trabajar. Si nadie se ha quejado por las horas o el trato o el trabajo mal pagado no se van a quejar ahora por tener que hacer el Buzz, ¿verdad?, ¿verdad?

No llego a ver el vídeo entero. Le doy a la equis, lo cual borra toda mi aplicación. Me acuerdo de lo que me dijo Jeny el otro día. “Esa gente sólo quería pollo y tal vez por eso les odiaba, o por cualquier otra cosa”.

Esta gente sólo quiere pollo, o sopa, o un flat White (sea lo que sea eso). Es lo único que quieren. Señores, que me cuelguen en una plaza pública si quieren por negarme a hacer una gilipollez soberana como es el Buzz. Menos mal que Londres es grande. Y está plagado de otros trabajos precarios que sí estoy dispuesta a hacer.

Tragándonoslo todo hasta el fondo.

¿Qué nos pasa?

¿Qué nos está pasando?

¿Por qué cada día que pasa tengo más la sensación de que los tiempos en los que se avanzaba, y que se tenía además la impresión de que se estaba avanzando, quedaron estancados hace ya mucho tiempo y ahora estamos involucionando y parece que vivimos en la Edad Media, sólo que con iPad y Twitter?

¿O tal vez hemos vivido siempre en esto, siempre así, y lo único que ha evolucionado ha sido la tecnología y nuestro conocimiento de Marte? Todo como una gran mentira para calmar nuestras conciencias. Y aquí tengo que parar, ya que temo estar delirando.

Todo empezó esta mañana, cuando en El País veo un reportaje gráfico acerca de un niño de once años, en China, encadenado por su familia. Uno de los pies de foto cuenta que el niño se golpeó la cabeza de pequeño, lo que le produjo una deficiencia mental y empezó a atacar a los vecinos. http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/11/28/album/1385658615_835883.html#1385658615_835883_1385659032

Y lo peor, pienso mientras miro las fotos, es que ahora esta noticia se puede saber porque hay un fotógrafo de Reuters que lo ha retratado, que El País y otros periódicos españoles se han hecho eco y lo han mostrado, y que yo lo he leído y tengo la libertad de mi blog para hablar de lo que me de la gana, por ahora. Pero ¿cuántas historias similares existirán, escondidas en la sombra de la ignorancia y los territorios recónditos del mapamundi?

Vuelvo a ver las fotos de nuevo, esta vez con más detenimiento en los detalles, en el paisaje. Me gustaría ver al niño y me gustaría saber aún más de la historia así que hago lo más fácil: busco la noticia en Google. He de confesar que desgraciadamente no me fío ya mucho del tratamiento de las noticias en los medios españoles y que cojo cada noticia con alfileres. Al menos no hay interpretación alguna en este reportaje. Son sólo una serie de fotos con una pequeña descripción a pie de foto. Pero hay un detalle que me llama la atención primero y me chirría después y me hace volver a ver las fotos una tercera y una cuarta vez. Las manos del que según informan es el abuelo del niño. Unas uñas perfectamente cortadas, pulcras y cuidadas. Unas manos de abogado occidental. Ni un rasguño, pocas arrugas. Unas manos que contrastan con los pies del niño, pies endurecidos y negros de caminar descalzo toda su corta vida, hechos ya al suelo lleno de astillas, basura y piedras.

Busco entonces la misma noticia en The Guardian y The Atlantic, dos medios de habla inglesa, uno británico y otro americano. No la encuentro. Hago el paso más fácil, una vez más: voy a Google UK y escribo el titular de la noticia en inglés. Nada. Escribo entonces ciertas palabras clave con la esperanza de que algún medio en inglés (porque es el único idioma que no sea el español en el que puedo escribir) haya recogido esta noticia. China, child, chained. Entonces aparecen tres o cuatro noticias relacionadas con el tema, pero ninguna resulta ser la historia de este niño.

La más reciente tiene fecha de 2012 y es del Mail Online. Cuenta la historia de dos niños encadenados en su casa porque sus padres no tienen con quién dejarles mientras ellos trabajan, explotados, en un pueblo del sur de China. Les encadenan para que nadie se los robe, según afirma la noticia.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-2219682/Desperate-plight-Chinese-children-living-chains-working-parents-afford-childcare-medical-fees.html

La otra noticia aparece también en el Mail Online y data del 2010. Habla acerca de la situación de los niños pequeños, casi bebés, a los que sus padres tienen que llevar consigo a trabajar en una fábrica al sudeste de China en la que están explotados más de diez horas. Los niños son atados a las ventanas para limitar sus movimientos y que no hagan lo propio de un bebé: gatear, moverse, corretear, hacer que sus padres vayan tras ellos constantemente.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-1267794/Tethered-safe-Chinese-workers-forced-tie-youngsters-work-afford-child-care.HTML

Intentando podar todo el sensacionalismo impregnado en el artículo, e intentando que no se me impregne nada a mí, sigo buscando. La tercera noticia también aparece en el Mail Online y también es del 2010. Muestra a un niño de dos años al que sus padres, también por motivos de la extrema precariedad laboral en la que están inmersos, han de encadenar al bebé a un poste de la luz para que no se lo roben, como ya hicieron con su hermana.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-1248252/Chinese-boy-chained-lamp-post-dad.HTML

Por último, busco el nombre del fotógrafo y la agencia para la que hizo las fotos y sólo aparece una foto realizada por él a unos niños chinos haciendo “gimnasia”, ilustrando un artículo de opinión del International New York Times. Este a su vez remite a otro artículo publicado acerca del duro entrenamiento, por decirlo de alguna forma, de niños gimnastas en un gimnasio chino, también publicado, una vez más, en el Mail Online.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-2182127/How-China-trains-children-win-gold–standing-girls-legs-young-boys-hang-bars.HTML

De repente me siento… Cómo decirlo. ¿Desconcertada? Tal vez me quede corta. Estoy, como todos, tan acostumbrada a pasar de una noticia a otra fácilmente que me pregunto por qué llevo pensando toda la mañana en esta situación en concreto. Encima todo se me mezcla con otra noticia que nada tiene que ver, la del cierre en Valencia del Canal 9 y todo lo que hay y ha habido alrededor y que para enterarme de verdad de la noticia y lo que ha pasado la he leído en Jot Down (http://www.jotdown.es/2013/11/rtvv-8815-dias-de-decadencia-49-votos-de-historia/).

Al final tengo muchas dudas, escándalos y decepciones en mi cabeza, pero ni un atisbo de respuesta, clave o solución. Vivo en un permanente estado de “manos a la cabeza” y gesto de sorpresa e indignación allá donde voy. Y ya me pregunto, no sé, si soy yo la ingenua, la inocente, la gilipollas y la tonta del culo que no se entera de “la verdad del mundo”, si estoy empezando a tener delirios o si, simplemente, desconfío de este mundo y su mecanismo más de lo que debería.

Y una vez más, en mi estado de manos a la cabeza, pienso en mi vida, nuestra vida, en Londres. Esta vida que tan lejos está de la de esas fotos de China. Esta vida en Londres de la que tan poco debería de quejarme, tal vez. En lo que es vivir aquí ganando seis con treinta y un libras la hora por hacer cafés. Y pienso en los que dicen “es lo que hay, si no te gusta te vas”. Y sé que me iré, y que llegaré a trabajar en algo que me guste y me haga feliz pero que otros vendrán detrás de mí y tendrán lo mismo. Y les dirán lo mismo. Y tal vez se lo crean. Seguro que se lo creerán, y así seguirá el mundo rodando y rodando. Y pienso en esos ilusos que esperan profesionalidad de alguien que gana un sueldo ya no digo siquiera digno, sino ni siquiera ajustado a las exigencias de la vida en Londres.

Y pienso en esa pasada de página del periódico, o de ese click en la siguiente noticia. Continuo pasar de página, continuo conformismo y silencio y creyéndonos el mundo en que vivimos y la objetividad y la ausencia de opinión. Tragándonoslo todo hasta el fondo.

Momentos de una voyeur en Londres.

Se viven ciertos momentos, al menos yo los vivo aquí en Londres, en los que se desearía poder hacer una especie de “foto vital” a las escenas que se experimentan en directo. Esa “foto vital” se archivaría en un espacio físico de tal modo que fuera palpable y revisitable, para poder vivirla como la primera vez. Que a diferencia de la memoria, no dejara en el olvido ni un sólo detalle, ni una sola sensación.

1.

Restaurante chino en Chinatown. A mi lado hay una pareja, dos hombres de entre cincuenta y sesenta años, con una gran barriga y calvos por la coronilla. Miro sus manos, por supuesto. Son manos sospechosas, que me estremecen. Manos regordetas y dedos morcillosos con las uñas muy cortas y en forma de media luna, aunque impecablemente limpias y cuidadas.

Los dos resultan ser muy metódicos pinchando y cortando los rollitos de primavera y la ternera con pimienta negra, y utilizan el cuchillo mal afilado con la precisión de un cirujano en una operación de corazón. Tal vez por el exceso de concentración, apenas hablan entre ellos. Y cuando lo hacen se intercambian monosílabos en una lengua que no entiendo.

Sus caras de repente me recuerdan a esos retratos robot que difunde el FBI acerca de cualquier sospechoso de algo. Porque esos retratos intentan esclarecer un rostro pero en realidad todos ellos son bastante parecidos entre sí. Tal vez porque un rostro es algo inescrutable al fin y al cabo. Ninguno de esos retratos robot se parecen a Ramón García, por ejemplo, cuya cara es insustancial y libre de toda sospecha. Yo necesitaría más bien un retrato robot de las manos, por ejemplo. Eso me diría mucho más.

Una de las camareras chinas, la que va vestida de negro -mientras que todas las demás van vestidas de rojo- tiene los párpados muy hinchados y rojos. A mi se me antoja que ha estado toda la noche llorando. Sin embargo su mirada no desprende tristeza sino rabia, un sentimiento mucho más difícil de manejar.

Cuando, antes de cerrar, todos los camareros chinos se sientan a cenar en una mesa grande lo que parecen noodles blancos y una carne no identificada, ella se sienta sola en una mesa individual, las risas de fondo, mirando al vacío e introduciéndose mecánicamente en la boca los palillos de madera con tres o cuatro noodles, como activada por un resorte invisible.

2.

Lleva un abrigo verde oscuro, estrecho por la cintura y que le llega hasta poco más arriba de las rodillas. En su mano sujeta un ramo de flores por los tallos, de tal forma que el ramo queda boca abajo, casi rozando el suelo. Parece que ya lleva cargando con él largo rato y quiere llegar a casa y soltarlo rápido.

Tiene el pelo largo y ondulado por las puntas, de color marrón, tal vez con reflejos de peluquería. Se despide de otras dos amigas con tres besos. Deben de ser francesas. ¿No son los franceses los que se dan tres besos?

Mientras tanto fuma un cigarro de liar, ya apunto de consumirse. Aún así saca el mechero y lo enciende de nuevo para dar las últimas caladas. Y aunque el cigarro está ya muy cerca de su nariz, parece darle igual acercarse tanto el mechero, asegurándose de que los resquicios de tabaco tienen vida suficiente hasta el mismo filtro.

Ella desprende elegancia y seguridad en sí misma. Debe de tener unos treinta años. Los ojos azules y pintados, aunque no de forma exagerada, sólo un ligero toque de smoky eyes. Aunque ciertamente sus manos desentonan con su aspecto en general, ya que son manos anchas o más bien algo hinchadas, con los dedos gorditos. No son dedos gordos, pero no son dedos finos y largos, y lleva las uñas muy cortas y sin pintar, una cosa muy rara en Londres. Por eso sé que no trabaja en nada relacionado con la moda, tipo revista o estudio de un diseñador emergente en East London, aunque vaya impecablemente vestida para un domingo por la tarde. Esas son las personas verdaderamente elegantes, las que llevan la ropa sin lucirla, o al menos no conscientemente. Que no caen en pretensión alguna. La ropa les queda como un guante y punto, no hay más. Es como si dijeran “sí, esto me queda perfectamente bien, qué quieres que haga”. Aunque se trate sólo de un abrigo de paño verde, unas botas altas sin tacón y unos vaqueros.

Cruzando la calle, en la ventana del primer piso de un Youth Hostel, un viajero acaba de llegar a Londres, sin darse cuenta de que las ventanas de su habitación están abiertas de par en par y que, al ser ya de noche, su habitación mortecinamente iluminada se ve perfectamente desde la calle. Le puede ver la chica francesa del abrigo verde a la que estoy observando y por supuesto le veo yo.

Aunque sea un Youth Hostel, este viajero hace tiempo ya que dejó de ser joven. Su barriga redonda y su calvicie en forma de corona romana me dicen que ha ido a parar a ese hostal atraído por el bajo precio derivado de compartir habitación con otras tres personas, seguramente no tan bajo teniendo en cuenta que está en pleno Euston Road, frente al Hotel St. Pancrass y la British Library.

Cuando empieza a quitarse el abrigo y después el jersey, temo que realmente no se haya dado cuenta de que su habitación se ve perfectamente desde la calle abarrotada de coches y gente y vaya a desnudarse, pero no. Afortunadamente se queda en camiseta de manga corta, coge el móvil y escribe o busca algo, tal vez avisando a alguien de que ya ha llegado, o tal vez haciendo tiempo hasta que llegue el siguiente viajero, idealmente una viajera, y esta noche no se sienta tan solo.

Punto y coma.

Cae la lluvia, y a veces no me deja ver, ni tan siquiera recordar, los días en los que la luz era tan clara que una tenía que cerrar los ojos y simplemente rendirse al placer del calor de los rayos del sol acariciando la cara.

Y tal vez ese día soleado no ha sido hace mucho, pongamos que tuvo lugar hace tres días. Pero es una pena, una verdadera pena, que hoy llueva y hiele y le haga a una creer que todo este tiempo ha llovido y helado cuando en el fondo, en un lugar muy recóndito del corazón, se sabe que no ha sido siempre así. Que ha habido también sol, que se han vivido instantes tan felices que se hubieran guardado en una caja muy pequeña para poder abrirla de vez en cuando y aspirarla, de nuevo, un poco. Sólo un poco.

Al final seremos sólo… Qué se yo lo que somos o seremos. Tiempo. Ojalá no existiera el tiempo. Me gustaría crear un artilugio que permitiera ver el futuro y poder tomar decisiones con antelación. Algo así como un parte meteorológico del corazón.

Porque estos asuntos habitualmente son como el uso correcto y adecuado de los puntos, las comas y el punto y coma.