Categoría: Precious objects

Una ventana.

Una ventana, hace más de cinco años, un atardecer de verano en Londres mientras sólo era una turista en sus calles, fue lo que me hizo enamorarme de Londres. Fue lo que me hizo soñar con vivir ahí, con vivir así. El sol empezaba a esconderse, la luz estaba ya teñida del característico gris de Londres, sea cual sea la estación del año en la que nos encontremos. Un gris maravilloso que siempre recuerda el fondo, lo que hay cuando se pone el sol. Yo paseaba con mi familia por el barrio de Knightsbridge –para algo éramos turistas- pero podía ser cualquier barrio adinerado del centro, o del oeste.

La fachada del edificio, de ladrillo rojo, parecía una casa de muñecas a tamaño real. Las ventanas blancas, ni tan siquiera un poco ennegrecidas por la polución, pues por esos lares los coches, si los hay, son eléctricos, grandes, caros y se usan poco.

Aquella ventana de grueso marco blanco marfil dejaba intuir la grandiosidad del interior de aquel hogar. ¿Sería de una pareja joven, él bróker y ella ex estudiante de Historia del Arte frustrada por una boda precipitada? ¿O serían los herederos de Lord Huntington, recientemente fallecido, los habitantes de la casa? ¿O tal vez de algún familiar de la reina?

La ventana estaba abierta de par en par pues, aunque no hacía un calor sofocante, también en Londres es necesario abrir las ventanas de vez en cuando. Una luz anaranjada, débil y cálida se proyectaba desde algún punto del interior de la estancia. Era una fiesta. Bueno, más bien una reunión de amigos y champán caro y vestidos de cóctel y pintalabios rojo. Me acordé de Clarissa Dalloway -¿en aquel momento había leído ya el libro?-. La lámpara sería antigua, comprada en una de esas tiendas de antigüedades y decoración de Charing Cross Road, Portobello o Chelsea. Una de esas lámparas cuya tulipa está hecha de pequeños trozos de cristal grueso de varios colores. Amarillo, azul, verde, rojo, naranja. Todos ellos se reflejan en las caras de los invitados a esa fiesta. Hay un joven médico recién licenciado, hijo de un acaudalado propietario de terrenos de Londres, soltero y buscando una buena chica para casarse. También hay un banquero de unos cuarenta años que nunca se ha casado ni tiene ganas de hacerlo, sólo quiere engañar a alguna inocente chica que, empezando su carrera en el mundo de las finanzas, le gustaría que alguien más experimentado la ayudase para avanzar en su carrera… Luego está una joven diseñadora de cucharas de madera cuya tienda, cerca de Hoxton, la mantienen sus trabajadores y jubilados padres. Y también está Holly, o Courtney o Lauren, que trabaja en el departamento de publicidad de los supermercados más famosos de Londres, y que no para de mirar al banquero cuarentón meneando sus pestañas postizas una y otra vez.

Pero una pareja se apoyaba en aquella ventana. Él, sentado, llevaba traje pero se había quitado la chaqueta y subido las mangas. Sostenía su copa de champán y escrutaba con interés la cara de su compañera que, de pie frente a él, sujetaba la suya y también le miraba, con una media sonrisa. Ninguno de los dos sabía muy bien qué hacía allí pero querían aprovechar el champán gratis antes de desaparecer disimuladamente por la puerta de servicio.

Tengo que dejar de enamorarme de las ventanas de Londres, de las gafas de pasta y de las barbas recortadas por el barbero rockabilly del Soho, de los pantalones de pitillo y los zapatos estilo años veinte. Porque como siga enamorándome de todas esas cosas acabaré creyéndomelo, creyendo que todo eso es real, cuando no lo es. Que tras esa ventana duerme un bangladeshí que trabaja doce horas al día, que el dueño de esa barba recortada hace capuchinos en una cafetería de Brick Lane, y que conseguir ese sueño de glamour y paseos con café take away y fiestas con pintalabios rojo y “¡oh! ¿sabíais que apareció Kate Moss en la fiesta? Yo no la vi pero me lo han contado” es sólo, tal vez, para Holly, o Courtney, o Lauren.

 

Los huecos siempre traicionan.

Desde aquella amplia terraza se podía observar la playa, a tan sólo unos pasos desde el portal. La playa, que aún sigue siendo la misma con el paso de los años, no es una playa abarrotada y gigante como las de otras partes de la costa mediterránea española. Es, en cambio, una playa humilde en sus medidas y a la que la gente  va exclusivamente a bañarse. No se ven, afortunadamente, cuerpos aceitosos y musculados y embutidos en silicona artificialmente hasta la extenuación. Al contrario, los bañistas suelen ser familias muy grandes con dos o tres sombrillas y una nevera llena de comida para pasar el día; señoras mayores flotando relajadamente en la orilla; niños haciendo castillos de arena… Hasta se puede leer un libro.

Desde aquella terraza se podían observar todas estas escenas y muchas más, observando a los veraneantes y a los autóctonos recorrer el paseo marítimo de arriba a abajo.

En aquella terraza había unas sillas blancas de plástico, un par de tumbonas plegables y una mesa redonda. Allí se hacía la vida: desde el desayuno -con un periódico y un café los mayores, y la leche con churros los más pequeños- hasta la cena.

Las habitaciones sólo se utilizaban para dormir, y el salón se convirtió en invisible por el uso nulo que se hacía de él: era sólo el preludio de la promesa: la terraza. En ella se soñaba, se jugaba, se inventaba, se reía…

Era, además, el punto de encuentro de familia y amigos, y el punto de partida antes de salir a ningún sitio. Es lo que pasa con los lugares que tienen alma, que hay algo en nuestro interior que siempre nos arrastra a ellos sin saber por qué, incluso a pesar de nuestra negativa a veces, cuando somos conscientes de ese efecto.

Por eso ahora, después de muchos años, siento una punzada en el estómago cuando veo que los nuevos veraneantes de esa casa se pasan el día en el salón. Ahí están, se pase a la hora que se pase: pegados al sofá, intentando encajar todos en una suerte de Tetris para poder ver bien la televisión. Las sillas, en la terraza, están vacías, muy bien colocadas: alineadas mirando a la nada, más objetos que nunca. No contentos con eso, han decidido poner una especie de muro de paja que les otorga privacidad seguramente avergonzados de pasar así el verano, conscientes de su delito.

Es lo que pasa, que hay veces que aunque uno se quiera esconder, los huecos siempre traicionan, y más en una terraza de verano abandonada.

Maravillosamente vintage.

No soy en absoluto una entendida en fotografía. Difícilmente puedo sacar una foto interesante con Instagram. O con el móvil. Pero el otro día me acordé de que mi padre tenía una vieja Polaroid.

Siempre me han gustado esas cámaras, en las que haces la foto y no sólo la puedes ver instantáneamente, cosa que se puede hacer con las cámaras digitales hoy en día, si no que se le añaden otras cosas mágicas que las digitales no tienen, y que nunca tendrán.

En primer lugar, el tiempo de espera mientras la foto se revela por obra y gracia de la ciencia, supongo. Por procesos que como no entiendo, me parecen magia. Esos minutos de espera, en los que no sabes lo que vas a ver. Si habrá salido borrosa, torcida, con mucha o poca luz, si la persona -si es que la hay- saldrá bien… Y sobre todo: que lo hecho, hecho está. Ni se puede repetir exactamente lo mismo, ni se puede retocar. Es el valor del error y de la tara al máximo exponente. Lo valioso de la fealdad y la belleza que en ella puede encontrarse, como dice la señora Prada.

Por otra parte, con los cartuchos actuales cuando sale la foto hay que cubrirla con una pequeña cartulina negra. Y lo que más me gusta: para que el proceso de revelado sea óptimo, hay que colocarla pegada al cuerpo. ¿Qué cámara hoy en día nos permite una relación tan cercana con la foto? Y diría más. ¿Qué forma de arte nos permite estar tan en contacto con nuestra creación, que hasta la tenemos que calentar con nuestro cuerpo? Esto es lo más cerca de un embarazo que he estado nunca.

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Además, se tienen que conservar también de una forma especial, porque si no pueden perder el color. No puede ser un lugar demasiado húmedo, ni les puede dar el sol directamente ni tampoco estar expuestas a altas temperaturas. Estas obras requieren una conservación a la altura de su creación.

Por último, está el hecho de que los cartuchos sean extremadamente caros: veinte euros por ocho fotos. El carácter especial que adquieren esas ocho fotos es inigualable a las veintemil tontadas que sacamos todos los días con el móvil o con la cámara digital al uso para ignorantes de la fotografía, como yo.

Nunca antes me había dado por la fotografía, aunque siempre me ha gustado y me encantaría saber cómo hacer de una foto una obra de arte. Con esta cámara creo que he encontrado lo que realmente me gusta hacer: creaciones especiales, limitadas, engendradas gracias a la persona que las crea, sin cuyo calor y cuidado no pueden salir adelante.