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Tiempo.

Esa es la última palabra. Hubo un tiempo en que Londres fue una cosa. Pasó el tiempo y se fue convirtiendo en una droga. No fue por mi culpa, conocí a alguien y ahora Londres es una ciudad y es ese alguien y es esa droga. Cada calle impregnada de pasos, risas y hasta abandonos. Puentes. Y la luna llena.

También un instinto asesino y animal que crea un apego a lo que nos hace daño, que convierte en adicción lo que nos hace daño. “Crave”, lo aprendí en la carrera. Lo aprendí estudiando la drogodependencia. Y ahora me doy cuenta de que esto también es así. Ahora.

Get all applications in to me before the deadline. Mientras camino. Y a veces recuerdo esa vuelta en metro, más veces de las que me gustaría recordar. ¿Por qué me pondría música justo en aquel momento? ¿Por qué dejé que Morrisey me cantara “and if you have five seconds to spare I will tell you the story of my life: sixteen, clumsy and shy; I went to London and I booked myself in at the YMCA; I said I like it here can I stay? Do you have a vacancy for a back-scruber?”

Pero me lo cantó y desde entonces ese momento, el peor, está unido a esta canción. Y, ¿cómo va a pasar el tiempo?, ya ha llegado el momento en que varias canciones están vetadas, varios grupos, varios sitios (más de los que me gustaría), varias personas. Y ciudades.

“The city will follow you (…) This is the city you`ll always reach. Of places elsewhere -don`t hold out hope-.”

Pero tiene que pasar el tiempo.

Vida de esta chica.

vida de esta chica

Ella “había sido retirada” del mundanal ruido tras su divorcio con Joe DiMaggio y para “descansar” de la presión de trabajo, de su contrato de hierro con la Twenty Century Fox lleno de películas mediocres que se reservaban especialmente para ella. Una vez más arrastrada, esta vez al retiro, disfrazado de decisión propia, de necesidad de reflexión, de recapitulación. Marilyn se muda a Nueva York, a una habitación vacía del hotel Ambassador. No hay nada más deprimente que una estantería de mimbre vacía y una cartulina con el logo del hotel: listado de bebidas, horario de desayunos, teléfono de la recepción.

En Nueva York le esperaban nuevas órdenes y además un fotógrafo que la seguiría a todas partes llamado Ed Feingersh que resultó ser el único que consiguió retratar a la verdadera Marilyn, o mejor dicho, a Norma Jane. En su lujosa habitación vivió y convivió con su representante, con el fotógrafo, con Milton Greene, y con todo aquel que se creía con derecho a opinar sobre las costumbres de esta inestable chica: había que vigilarla.

Le esperaban también más estrenos, más escotes, más Chanel número 5 y más espectáculos. El más bochornoso: ella vestida de pin-up sobre un enorme elefante rosa en el Madison Square Garden. Rodeada de locos fotógrafos de la prensa y de caza-autógrafos. La seguridad de entonces no era la de ahora: comparad con alguna pseudo-estrella de hoy en día y sus hordas de guardaespaldas. Cualquiera que alargase la mano podría trepar por sus piernas, aunque a Marilyn no parece preocuparle mucho.

Días antes de este espectáculo Marilyn acudía a estrenos, nunca le faltaba su amplia sonrisa de portada de revista. Luego llega a su habitación y el fotógrafo contratado para ser su sombra retrata las dudas y las miradas perdidas. “For once in my life let me get what I want, lord knows it will be the first time”, parece que piensa ella.

Un retiro forzado, disfrazado de voluntad en el marco de “pobre Marilyn, mirad lo que la habéis hecho”. Y la certeza de que jamás tuvo al lado a un verdadero amigo que la escondiera de todo, que la protegiera de nadie, de ella misma. Todos querían más dinero, seguir estirándola, apretando el corsé alrededor de su cintura hasta la extenuación. Pechos arriba y bien firmes.

Mientras se prueba el vestuario que llevará cuando se monte en ese pobre elefante teñido de rosa, un grupo de mirones -sus propios asesores- se arremolinan en torno a ella con la buena excusa de supervisar. Todos miran al mismo punto de su anatomía, o tal vez a dos. Ninguno a sus ojos. Afortunadamente el fotógrafo que es su sombra está ahí para captarlo. En las bambalinas por fin está sola, o casi. El fotógrafo que es su sombra está con ella. Marilyn sólo ve una cámara, no ve al hombre que hay detrás. Y ella se comunica con la cámara, con la única que puede hacerlo. Con ella se desnuda. Con ella habla, nos está diciendo algo a todos y no le importan las consecuencias. Nos está diciendo algo muy claro y que penetra más que las palabras. Lo está diciendo de la única forma que sabe, de la única forma que puede: frente a una cámara.

Foto: Ed Feingersh.

Apología -o no- de las primeras citas.

Invitada especial: Jeny
Todos hemos tenido esas primeras citas. Algunas fueron primeras y últimas a la vez. Otras el primer encuentro de una larga relación, otras que es mejor olvidar. Esas otras a las que se va porque no tienes otra cosa mejor que hacer un sábado por la tarde. Luego están esas otras hacia las cuales una se dirige todo el camino pensando “ojalá que me mande un mensaje y me diga que no puede ir”. Y también esas otras en las que nada más llegar una dice “esto yo sin tres cervezas no lo aguanto” –supongo que no hará falta explicarlo, pero son ese tipo de citas en las que una está conscientemente dedicada y a gusto y conforme con la situación pero la otra persona posee la capacidad de ser a la vez muy bueno (buenazo) y a la vez también un pedante, un pesado, que no se calla, que no te escucha ni te deja hablar. O todo lo contrario: que apenas abre la boca-.
Hoy mi ilustre invitada –ella siempre es ilustre cuando es invitada a mi blog-, mi gran hermana Jeny, nos habla de las primeras citas –whatever that means-.
Si hubiese que, sin duda yo sería de las personas que tendrían que llevar una L en las primeras citas. Pero primeras citas de verdad, de ésas de contacto inicial, de las de apenas información acerca del otro. Porque bueno, citarse con alguien a quién conoces mínimamente es un mero cambio de registro, pero las primeras citas de verdad son las de folio en blanco con título y escueto encabezado. Y el mío rezaba:
“N, camarero de discoteca los fines de semana.” Y el resto estaba por escribir.
Como nunca deja uno de sorprenderse a sí mismo, y por innovar, comenzó siendo el tal N un recomendado, y atentos ahora, de mi madre.
“Es muy lindo, me gusta para ti.”
Y va y me lo presenta un día y yo…
“No me gusta.” “Y para mí que es gay.”
Pero obviemos que mi radar no funciona, o no existe.
Y una semana después, nos encontramos, N y yo, y hablamos un rato. Pero había sido una noche muy larga y para cuando llegué a casa no recordaba lo más mínimo de aquella conversación. Solamente que se encendieron las luces, se iba y le dije algo, no recuerdo el qué, se dio la vuelta, me agarró y me besó. Y lo vi alejarse, con una sonrisa de esas que secan la encía.
A lo que iba, llego a casa y todo está bastante borroso pero es un difuminado positivo. Y descubro en mi agenda su número y vuelvo a sonreír.
Entonces, porque vivimos dónde y cuándo vimos, ya estamos en contacto. Que parece mucho menos romántico que construir declaraciones de amor con patatas fritas, pero es cuanto menos efectivo. Y me pide una cita y la rechazo. Total… Yo no soy de citas y además me marcho. Y hablamos un poco más y me río, y me intriga, y joder… me gusta. Y me pide una cita, otra vez y acepto. Total… Rechazar una cerveza no va conmigo, además me marcho.
Y bien. Ahí estamos, con una sensación extraña en el estómago, mi hoja en blanco y yo. Caminando bajo la lluvia hacia el lugar que él había escogido.
Con una coleta entre bien y mal hecha, con una ropa entre atractiva e informal, porque… Las primeras primerísimas citas, amigos, son el súmmum de la contradicción.
Por un lado quieres ir mona, por otro que no piense que te lo has currado tanto. Además, no queremos que nadie se enamore de nuestra versión equivocada. No nos engañemos, no soy el paradigma de la feminidad en el día a día y no me gusta mentir.
Así que tras barajar varios modelos, equilibras la balanza. Y que nadie se malacostumbre.
Íbamos pues, bajo la lluvia, entre el equilibrio estético y el desequilibrio estomacal. Y sabes que llegas pronto, porque llegar antes a una primera cita te permite acomodarte, estudiar el terreno y hacerlo tuyo. Lo tienes todo controlado hasta que se acerca, a lo lejos, una silueta que podría ser él, aunque no lo recuerdas mucho. Maldito folio en blanco…
Piensas que vas a dominar la situación. Pero entonces llega, te da dos besos y dos chicas desde la mesa contigua:
“Hola N”
Sumado a un saludo cercano con el camarero. Acaban de quemar tu bandera que ondeaba nerviosa y se declara oficialmente territorio hostil, o aliado de tu oponente, que para el caso, es lo mismo.
Primeros momentos, primeras miradas, primeras preguntas, primeras respuestas. Se va llenando tu folio de datos llenos de confianza y el suyo de una imprecisa y confusa declaración de ti misma. Pero paulatinamente, al ir y venir de las cervezas, entras en zona Z. Donde ya sabes o que no vas a volver a verlo jamás o donde la curiosidad inicial se transforma en algo más.
Y lo demás se va enredando entre lo que uno quiere contar de sí, lo que quiere conocer del otro y un tonteo, que surge naturalmente cuando la primera cita, resultó haber sido una buena idea.
Y como soy una gran amante de los colofones, tras un poco de humillación ganándole al billar, unos besos de recompensa, para ganadores y perdedores de esta guerra, que siempre es un éxito cuando se sabe luchar.
¿Segunda cita? ¿Por qué no?
Aunque ya me voy… Siempre me estoy yendo.

Tragándonoslo todo hasta el fondo.

¿Qué nos pasa?

¿Qué nos está pasando?

¿Por qué cada día que pasa tengo más la sensación de que los tiempos en los que se avanzaba, y que se tenía además la impresión de que se estaba avanzando, quedaron estancados hace ya mucho tiempo y ahora estamos involucionando y parece que vivimos en la Edad Media, sólo que con iPad y Twitter?

¿O tal vez hemos vivido siempre en esto, siempre así, y lo único que ha evolucionado ha sido la tecnología y nuestro conocimiento de Marte? Todo como una gran mentira para calmar nuestras conciencias. Y aquí tengo que parar, ya que temo estar delirando.

Todo empezó esta mañana, cuando en El País veo un reportaje gráfico acerca de un niño de once años, en China, encadenado por su familia. Uno de los pies de foto cuenta que el niño se golpeó la cabeza de pequeño, lo que le produjo una deficiencia mental y empezó a atacar a los vecinos. http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/11/28/album/1385658615_835883.html#1385658615_835883_1385659032

Y lo peor, pienso mientras miro las fotos, es que ahora esta noticia se puede saber porque hay un fotógrafo de Reuters que lo ha retratado, que El País y otros periódicos españoles se han hecho eco y lo han mostrado, y que yo lo he leído y tengo la libertad de mi blog para hablar de lo que me de la gana, por ahora. Pero ¿cuántas historias similares existirán, escondidas en la sombra de la ignorancia y los territorios recónditos del mapamundi?

Vuelvo a ver las fotos de nuevo, esta vez con más detenimiento en los detalles, en el paisaje. Me gustaría ver al niño y me gustaría saber aún más de la historia así que hago lo más fácil: busco la noticia en Google. He de confesar que desgraciadamente no me fío ya mucho del tratamiento de las noticias en los medios españoles y que cojo cada noticia con alfileres. Al menos no hay interpretación alguna en este reportaje. Son sólo una serie de fotos con una pequeña descripción a pie de foto. Pero hay un detalle que me llama la atención primero y me chirría después y me hace volver a ver las fotos una tercera y una cuarta vez. Las manos del que según informan es el abuelo del niño. Unas uñas perfectamente cortadas, pulcras y cuidadas. Unas manos de abogado occidental. Ni un rasguño, pocas arrugas. Unas manos que contrastan con los pies del niño, pies endurecidos y negros de caminar descalzo toda su corta vida, hechos ya al suelo lleno de astillas, basura y piedras.

Busco entonces la misma noticia en The Guardian y The Atlantic, dos medios de habla inglesa, uno británico y otro americano. No la encuentro. Hago el paso más fácil, una vez más: voy a Google UK y escribo el titular de la noticia en inglés. Nada. Escribo entonces ciertas palabras clave con la esperanza de que algún medio en inglés (porque es el único idioma que no sea el español en el que puedo escribir) haya recogido esta noticia. China, child, chained. Entonces aparecen tres o cuatro noticias relacionadas con el tema, pero ninguna resulta ser la historia de este niño.

La más reciente tiene fecha de 2012 y es del Mail Online. Cuenta la historia de dos niños encadenados en su casa porque sus padres no tienen con quién dejarles mientras ellos trabajan, explotados, en un pueblo del sur de China. Les encadenan para que nadie se los robe, según afirma la noticia.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-2219682/Desperate-plight-Chinese-children-living-chains-working-parents-afford-childcare-medical-fees.html

La otra noticia aparece también en el Mail Online y data del 2010. Habla acerca de la situación de los niños pequeños, casi bebés, a los que sus padres tienen que llevar consigo a trabajar en una fábrica al sudeste de China en la que están explotados más de diez horas. Los niños son atados a las ventanas para limitar sus movimientos y que no hagan lo propio de un bebé: gatear, moverse, corretear, hacer que sus padres vayan tras ellos constantemente.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-1267794/Tethered-safe-Chinese-workers-forced-tie-youngsters-work-afford-child-care.HTML

Intentando podar todo el sensacionalismo impregnado en el artículo, e intentando que no se me impregne nada a mí, sigo buscando. La tercera noticia también aparece en el Mail Online y también es del 2010. Muestra a un niño de dos años al que sus padres, también por motivos de la extrema precariedad laboral en la que están inmersos, han de encadenar al bebé a un poste de la luz para que no se lo roben, como ya hicieron con su hermana.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-1248252/Chinese-boy-chained-lamp-post-dad.HTML

Por último, busco el nombre del fotógrafo y la agencia para la que hizo las fotos y sólo aparece una foto realizada por él a unos niños chinos haciendo “gimnasia”, ilustrando un artículo de opinión del International New York Times. Este a su vez remite a otro artículo publicado acerca del duro entrenamiento, por decirlo de alguna forma, de niños gimnastas en un gimnasio chino, también publicado, una vez más, en el Mail Online.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-2182127/How-China-trains-children-win-gold–standing-girls-legs-young-boys-hang-bars.HTML

De repente me siento… Cómo decirlo. ¿Desconcertada? Tal vez me quede corta. Estoy, como todos, tan acostumbrada a pasar de una noticia a otra fácilmente que me pregunto por qué llevo pensando toda la mañana en esta situación en concreto. Encima todo se me mezcla con otra noticia que nada tiene que ver, la del cierre en Valencia del Canal 9 y todo lo que hay y ha habido alrededor y que para enterarme de verdad de la noticia y lo que ha pasado la he leído en Jot Down (http://www.jotdown.es/2013/11/rtvv-8815-dias-de-decadencia-49-votos-de-historia/).

Al final tengo muchas dudas, escándalos y decepciones en mi cabeza, pero ni un atisbo de respuesta, clave o solución. Vivo en un permanente estado de “manos a la cabeza” y gesto de sorpresa e indignación allá donde voy. Y ya me pregunto, no sé, si soy yo la ingenua, la inocente, la gilipollas y la tonta del culo que no se entera de “la verdad del mundo”, si estoy empezando a tener delirios o si, simplemente, desconfío de este mundo y su mecanismo más de lo que debería.

Y una vez más, en mi estado de manos a la cabeza, pienso en mi vida, nuestra vida, en Londres. Esta vida que tan lejos está de la de esas fotos de China. Esta vida en Londres de la que tan poco debería de quejarme, tal vez. En lo que es vivir aquí ganando seis con treinta y un libras la hora por hacer cafés. Y pienso en los que dicen “es lo que hay, si no te gusta te vas”. Y sé que me iré, y que llegaré a trabajar en algo que me guste y me haga feliz pero que otros vendrán detrás de mí y tendrán lo mismo. Y les dirán lo mismo. Y tal vez se lo crean. Seguro que se lo creerán, y así seguirá el mundo rodando y rodando. Y pienso en esos ilusos que esperan profesionalidad de alguien que gana un sueldo ya no digo siquiera digno, sino ni siquiera ajustado a las exigencias de la vida en Londres.

Y pienso en esa pasada de página del periódico, o de ese click en la siguiente noticia. Continuo pasar de página, continuo conformismo y silencio y creyéndonos el mundo en que vivimos y la objetividad y la ausencia de opinión. Tragándonoslo todo hasta el fondo.

Momentos de una voyeur en Londres.

Se viven ciertos momentos, al menos yo los vivo aquí en Londres, en los que se desearía poder hacer una especie de “foto vital” a las escenas que se experimentan en directo. Esa “foto vital” se archivaría en un espacio físico de tal modo que fuera palpable y revisitable, para poder vivirla como la primera vez. Que a diferencia de la memoria, no dejara en el olvido ni un sólo detalle, ni una sola sensación.

1.

Restaurante chino en Chinatown. A mi lado hay una pareja, dos hombres de entre cincuenta y sesenta años, con una gran barriga y calvos por la coronilla. Miro sus manos, por supuesto. Son manos sospechosas, que me estremecen. Manos regordetas y dedos morcillosos con las uñas muy cortas y en forma de media luna, aunque impecablemente limpias y cuidadas.

Los dos resultan ser muy metódicos pinchando y cortando los rollitos de primavera y la ternera con pimienta negra, y utilizan el cuchillo mal afilado con la precisión de un cirujano en una operación de corazón. Tal vez por el exceso de concentración, apenas hablan entre ellos. Y cuando lo hacen se intercambian monosílabos en una lengua que no entiendo.

Sus caras de repente me recuerdan a esos retratos robot que difunde el FBI acerca de cualquier sospechoso de algo. Porque esos retratos intentan esclarecer un rostro pero en realidad todos ellos son bastante parecidos entre sí. Tal vez porque un rostro es algo inescrutable al fin y al cabo. Ninguno de esos retratos robot se parecen a Ramón García, por ejemplo, cuya cara es insustancial y libre de toda sospecha. Yo necesitaría más bien un retrato robot de las manos, por ejemplo. Eso me diría mucho más.

Una de las camareras chinas, la que va vestida de negro -mientras que todas las demás van vestidas de rojo- tiene los párpados muy hinchados y rojos. A mi se me antoja que ha estado toda la noche llorando. Sin embargo su mirada no desprende tristeza sino rabia, un sentimiento mucho más difícil de manejar.

Cuando, antes de cerrar, todos los camareros chinos se sientan a cenar en una mesa grande lo que parecen noodles blancos y una carne no identificada, ella se sienta sola en una mesa individual, las risas de fondo, mirando al vacío e introduciéndose mecánicamente en la boca los palillos de madera con tres o cuatro noodles, como activada por un resorte invisible.

2.

Lleva un abrigo verde oscuro, estrecho por la cintura y que le llega hasta poco más arriba de las rodillas. En su mano sujeta un ramo de flores por los tallos, de tal forma que el ramo queda boca abajo, casi rozando el suelo. Parece que ya lleva cargando con él largo rato y quiere llegar a casa y soltarlo rápido.

Tiene el pelo largo y ondulado por las puntas, de color marrón, tal vez con reflejos de peluquería. Se despide de otras dos amigas con tres besos. Deben de ser francesas. ¿No son los franceses los que se dan tres besos?

Mientras tanto fuma un cigarro de liar, ya apunto de consumirse. Aún así saca el mechero y lo enciende de nuevo para dar las últimas caladas. Y aunque el cigarro está ya muy cerca de su nariz, parece darle igual acercarse tanto el mechero, asegurándose de que los resquicios de tabaco tienen vida suficiente hasta el mismo filtro.

Ella desprende elegancia y seguridad en sí misma. Debe de tener unos treinta años. Los ojos azules y pintados, aunque no de forma exagerada, sólo un ligero toque de smoky eyes. Aunque ciertamente sus manos desentonan con su aspecto en general, ya que son manos anchas o más bien algo hinchadas, con los dedos gorditos. No son dedos gordos, pero no son dedos finos y largos, y lleva las uñas muy cortas y sin pintar, una cosa muy rara en Londres. Por eso sé que no trabaja en nada relacionado con la moda, tipo revista o estudio de un diseñador emergente en East London, aunque vaya impecablemente vestida para un domingo por la tarde. Esas son las personas verdaderamente elegantes, las que llevan la ropa sin lucirla, o al menos no conscientemente. Que no caen en pretensión alguna. La ropa les queda como un guante y punto, no hay más. Es como si dijeran “sí, esto me queda perfectamente bien, qué quieres que haga”. Aunque se trate sólo de un abrigo de paño verde, unas botas altas sin tacón y unos vaqueros.

Cruzando la calle, en la ventana del primer piso de un Youth Hostel, un viajero acaba de llegar a Londres, sin darse cuenta de que las ventanas de su habitación están abiertas de par en par y que, al ser ya de noche, su habitación mortecinamente iluminada se ve perfectamente desde la calle. Le puede ver la chica francesa del abrigo verde a la que estoy observando y por supuesto le veo yo.

Aunque sea un Youth Hostel, este viajero hace tiempo ya que dejó de ser joven. Su barriga redonda y su calvicie en forma de corona romana me dicen que ha ido a parar a ese hostal atraído por el bajo precio derivado de compartir habitación con otras tres personas, seguramente no tan bajo teniendo en cuenta que está en pleno Euston Road, frente al Hotel St. Pancrass y la British Library.

Cuando empieza a quitarse el abrigo y después el jersey, temo que realmente no se haya dado cuenta de que su habitación se ve perfectamente desde la calle abarrotada de coches y gente y vaya a desnudarse, pero no. Afortunadamente se queda en camiseta de manga corta, coge el móvil y escribe o busca algo, tal vez avisando a alguien de que ya ha llegado, o tal vez haciendo tiempo hasta que llegue el siguiente viajero, idealmente una viajera, y esta noche no se sienta tan solo.

Lindo haberlo vivido para poderlo contar, o historias del 25.

Ocurrió a la hora de la comida, cuando ya estábamos terminando. Mi abuela lo dijo como dicen las cosas todas las abuelas: como quien no quiere la cosa, y sin intención de hacer daño, pero lo sueltan. Y yo la quiero mucho, que conste, pero hay cosas que las abuelas no se pueden callar. Quizá piensan que si lo dejan así, en el aire, tarde o temprano surtirá  su efecto. Nos estaba contando cómo vino ella a parar aquí, a este pueblo del sur de España. Y nosotros la escuchábamos atentos, aunque hayamos oído la historia un millón de veces, porque nos encanta esa historia.

“…entonces mi madre me dijo que me viniera con mi tía, que estaba aquí sola. Así que vine aquí, y no me quise volver, porque me gustaba más esto. Aquí ya tenía mis amigas, me apunté a clases de costura, tenía mis pretendientes… Eso es lo que te tienes que echar tú, un pretendiente, que te haría falta…”

Al menos mi abuela me concedió el privilegio del condicional.

Entonces viajé a Londres, a los asientos de la primera fila de la planta de arriba del 25, nuestro autobús, nuestro punto de encuentro, nuestro bar, nuestro confesionario, nuestro escaparate, nuestra ruta habitual hacia Brick Lane y Shoreditch y el Wiltons. Primera parada: el Tesco de Whitechapel, para llenarnos el estómago con algo. Porque había veces que sólo habíamos comido humus y pan de pita, o unas tostadas con mantequilla y –con suerte- zumo de naranja. El menú del Tesco: un sándwich, bebida y bolsa de patatas, tres libras. El resto, escaso, para las cervezas que vendrían a continuación. A veces, si no hacíamos la parada previa en el Tesco, sólo con dos ya caminábamos haciendo el hundimiento del Titanic.

Una noche cerramos el Wiltons. Era una de esas noches, y yo ya se lo había avisado, de “make it or break it”, y sabía que esa iba a ser la noche. Había habido función, “El Gran Gatsby” -que nunca llegamos a ver, a pesar de que siempre que la obra terminaba y veíamos salir a toda esa gente disfrazada de los años veinte y bailando charlestón junto a la banda de jazz que tocaba en directo, nos prometíamos que antes de que acabara el mes iríamos a verla-.  Fue sólo uno de los innumerables planes que nunca hicimos. Porque nuestra historia se cimenta con lo que nunca hicimos. O con lo que nos queda por hacer.

Lo de cerrar el Wiltons fue un poco gracias a que uno de los camareros had a crash on ella, crash que no era recíproco. Porque nosotras ya nos habíamos repartido los camareros, por supuesto siempre en nuestra imaginación… Acabamos bailando el tema principal de Pulp Fiction las dos solas, rodeadas sólo por los camareros de aquel mágico sitio. Decidimos abandonar on the top, como convenimos que hay que hacer las cosas, a las cinco de la mañana. A pesar de que todas las cervezas corrieron a cargo de los camareros, aquella noche ninguna mordió la manzana equivocada.

En aquel 25 también, fue cuando llegamos a la conclusión de que nosotras lo que queríamos, básicamente, es que nos dejen en paz. Decidimos llevar por bandera la soledad radical, el rechazo incuso, a perder el tiempo. ¿Que nosotras necesitamos pretendientes? Nah, preferimos un buen libro, o en su caso, una buena serie.

 

El ochenta por ciento de las cosas que me han pasado en Londres ha sido con ella, con Jeny. Nunca hemos sabido lo que somos, y ojalá que vivamos en constante curiosidad por saberlo. Aunque siempre supimos lo que no somos: “Yo no soy guionista y tú no eres psicóloga”, decía.

Su forma de estar en el mundo es desapareciendo. Cuando la buscas ya no está. Y antes de que se la pueda echar de menos vuelve a aparecer. De eso me di cuenta un día, y me enfadé muchísimo con ella. Entonces un día leí en su blog, Artista Sin Mecenas: “He aprendido a huir de lo que amo con cierto aire despreocupado. Y antes de que nadie note mi ausencia, ya todo es recuerdo con banda sonora y aroma esquivo. (…) He ganado y la he jodido. Cuánto y cómo la he jodido y con qué estilo”.

Y a pesar de esto nunca he hecho con ella una “nereidada”, como ella dio en llamar al comportamiento llevado a cabo por mí, consistente en retirar la palabra inmediatamente y eliminar números de teléfono y amigos en Facebook. No podría. Eso sólo lo hago con determinado género. Y desde luego nunca con amigos de verdad.

Al final me daba la sensación de que ella vivía y hace de su vida un guión de cine: el que a ella le gustaría contar y a mí me encantaría leer. “Lindo haberlo vivido para poderlo contar”, como cantaba el argentino Jorge Cafrune, del que no sabía nada hasta ayer, que leí esta frase en el libro que me estoy leyendo. Y pensé que resumía mi vivencia en Londres que está invariablemente unida a ella y a nuestras aventuras.

A ella no la he hecho una entrevista principalmente porque ella está en el norte y yo estoy en el sur, y mis entrevistas no son eso –sería mucho decir- sino que son simplemente conversaciones con gente que me enseña cosas. Y nunca me las preparo, sino que las improviso sobre la marcha. Pregunto más por curiosidad egoísta que por informar de algo que ni tan siquiera yo sé lo que es. 

Así que le pedí que hiciera el Decálogo sobre Cómo Vivir la Vida, según Jeny Severson.

Eso es lo que le pedí… Y esto es lo que me mandó. Que disfruten.

¿Los diez “mandamientos” de cómo vivo mi vida? Me alegra que no me hagas esa pregunta. Tras darle algunas vueltas, los he reconocido como reglas que se enfrentan a lo que podríamos llamar mi Biblia, Corán, Torah, El capital o cualquier otro libro que haya dominado al ser humano, en este caso, a mí. Porque los dictámenes, sean cuales fueren e incluso los míos propios, me aburren y disgustan. Sencillamente, me gusta pensar que vivo la vida como me da la gana, dependiendo de las circunstancias, de mi voluntad y si no para mi bienestar, por mi bien. Con todos sus intentos fallidos. Creo que todo razonamiento comienza con un por qué, y como me supongo y quiero suponer un ser racional, me lo pregunto y respondo. Y ya en la respuesta, es donde me lo curro un poco más. Pero así como nos salimos de la teoría, nos encontramos con el mundo tal y como el hombre ha sistematizado para el hombre. Con sus normas y funcionamiento; inestable, volátil, voluble, hostil, agresivo. Y no apruebo la imposición, pero como soy un ser gregario y pretendo seguir siéndolo, me adapto. Me adapto porque puedo y como estoy en desacuerdo, participo no más que lo necesario. Mi sistema social es la mezcla entre mi carácter y un curioso balance entre libertad y respeto. Así, como lo poco que conozco del mundo es a través de mí, lo trato con equidad y su beneficio se convierte en mi beneficio porque este mundo es mi hogar, y me gusta hacer de mi hogar un lugar mejor donde vivir. Y después esa búsqueda sin prisa de algo más, entre pasión, vicio y disfrute…

 

Maravillosamente vintage.

No soy en absoluto una entendida en fotografía. Difícilmente puedo sacar una foto interesante con Instagram. O con el móvil. Pero el otro día me acordé de que mi padre tenía una vieja Polaroid.

Siempre me han gustado esas cámaras, en las que haces la foto y no sólo la puedes ver instantáneamente, cosa que se puede hacer con las cámaras digitales hoy en día, si no que se le añaden otras cosas mágicas que las digitales no tienen, y que nunca tendrán.

En primer lugar, el tiempo de espera mientras la foto se revela por obra y gracia de la ciencia, supongo. Por procesos que como no entiendo, me parecen magia. Esos minutos de espera, en los que no sabes lo que vas a ver. Si habrá salido borrosa, torcida, con mucha o poca luz, si la persona -si es que la hay- saldrá bien… Y sobre todo: que lo hecho, hecho está. Ni se puede repetir exactamente lo mismo, ni se puede retocar. Es el valor del error y de la tara al máximo exponente. Lo valioso de la fealdad y la belleza que en ella puede encontrarse, como dice la señora Prada.

Por otra parte, con los cartuchos actuales cuando sale la foto hay que cubrirla con una pequeña cartulina negra. Y lo que más me gusta: para que el proceso de revelado sea óptimo, hay que colocarla pegada al cuerpo. ¿Qué cámara hoy en día nos permite una relación tan cercana con la foto? Y diría más. ¿Qué forma de arte nos permite estar tan en contacto con nuestra creación, que hasta la tenemos que calentar con nuestro cuerpo? Esto es lo más cerca de un embarazo que he estado nunca.

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Además, se tienen que conservar también de una forma especial, porque si no pueden perder el color. No puede ser un lugar demasiado húmedo, ni les puede dar el sol directamente ni tampoco estar expuestas a altas temperaturas. Estas obras requieren una conservación a la altura de su creación.

Por último, está el hecho de que los cartuchos sean extremadamente caros: veinte euros por ocho fotos. El carácter especial que adquieren esas ocho fotos es inigualable a las veintemil tontadas que sacamos todos los días con el móvil o con la cámara digital al uso para ignorantes de la fotografía, como yo.

Nunca antes me había dado por la fotografía, aunque siempre me ha gustado y me encantaría saber cómo hacer de una foto una obra de arte. Con esta cámara creo que he encontrado lo que realmente me gusta hacer: creaciones especiales, limitadas, engendradas gracias a la persona que las crea, sin cuyo calor y cuidado no pueden salir adelante.

Divagaciones de una tarde de verano.

Cosas en las que pienso cuando veo Blade Runner, sobre las cuales una legión de fans acérrimos habrán pensado ya, habrán escrito incluso libros acerca de cada una de las ideas, pero que a mi me apetece escribir:

1- Siempre que imaginamos el futuro, lo hacemos poniendo como modelo el presente. No podemos imaginar lo que no existe, o lo que no conocemos.

2- Paralelismo con la vida real: los Replicantes están diseñados para morir pasados cuatro años. Pero, vaya por dios, tienen un defecto de fábrica: al final siempre empiezan a tener sentimientos y… ¿qué pasa? pues que quieren seguir viviendo. Sobre todo si se enamoran.

3- Lo más valioso que tenemos en la vida son los recuerdos.

*

Ayer vi la tercera y última parte de la trilogía de la pareja formada por Julie Delpy y Ethan Hawke: Antes del anochecer.

En una de las escenas un grupo de amigos está comiendo, rodeado de árboles y con la melodía de las olas de fondo. Están en Grecia, es verano, hay mucha comida y mucho vino. Cuando ya están por los postres, una mujer que no ha abierto la boca en toda la conversación sentencia, más o menos, lo siguiente:

Ahora que hace años que murió mi marido, me doy cuenta de que cada vez olvido más cosas de él. Es como si lo estuviera perdiendo de nuevo. O peor, ahora es cuando le estoy perdiendo. Así que me propuse, todas las mañanas, cuando la luz del sol es aún tenue -pues la luz del sol desvanece su imagen- pensar en él: reconstruir poco a poco cada rasgo de su cara. Pero al final siempre acaba desapareciendo.  Todo se acaba, siempre.

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Por qué Jackass es para mí un ejemplo:

Porque representa la idea de cómo, si crees fielmente en un proyecto, sin escuchar lo que dicen a nuestro alrededor y manteniendo una personalidad por bandera acorde con tu idea, es lo que lleva ese proyecto al éxito.

Puede parecer, y de hecho lo es, una gilipollez ver a unos tíos grabándose mientras se estampan a propósito contra setos, comen peces vivos y los vomitan, o se grapan el culo. Pero ellos dijeron “sí, y qué”, y han sido un programa de éxito infinitas veces imitado y que sigue gustando. ¿Por qué? Eso mejor para otra entrada.

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Lucía Etxebarría se ha metido al campamento ese, el nuevo reality de Tele Cinco. Por más palabras que quisiera poner, sólo serían paja, relleno.

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Lo peor de volver son los reencuentros. Los que no se quieren -pero se desean-. Con los reencuentros se vuelve al pasado. Con los reencuentros se vuelve a pensar.