Algo incierto.

 

Hoy he vuelto a mi antiguo barrio, el último antes de marcharme de Londres el verano pasado: Homerton, Hackney.

 

Vuelvo a mi antiguo barrio y me bajo en la parada en la que me bajé la primera vez, cuando fui a ver aquella casa de película de Almodóvar. Ya veo las bicis y los hipsters, aún gorros de lana. Alguna que otra barba. Más bicis.

 

Vuelvo a mi antiguo barrio. Y echando la vista atrás, recordando, creo que fui feliz esos tres meses. O algo parecido. Era cuando la soledad no era algo que me preocupara. Y si lo hacía, era sólo al final del día, o algunas horas en medio de la tarde.

 

Recuerdo que aún trabajaba en la tienda de ropa. Recuerdo aquellas tardes que ya presagiaban un verano posible hasta en Londres, volviendo desde el Overground hasta mi casa, unos diez minutos. Era esa brisa fresca de las diez de la noche, volviendo tras un duro –o aburrido- día en la tienda, cansada después de cerrar.

 

Me gustaba ese paseo, desde el Overground a mi casa, a veces con un cigarro, otras no. Pensando en las locuras que me diría mi landlady al llegar. A veces, también, rezando por no encontrármela. Aunque casi siempre prefería encontrármela, cruzar con ella algunas palabras locas.

 

Esa brisa en la cara, sólo con una chaqueta vaquera y mi vestido, era todo. Era mucho. Y estaba sola.

 

Victoria Park por la mañana, incluso antes de entrar a trabajar. Hackney Wick.

 

Escribir todas las tardes.

 

Volver de mis clases de arte desde la National Gallery – hasta que dejé de ir porque la profesora nos daba la espalda cuando hablaba: miraba a los cuadros en vez de mirarnos a nosotros, y yo no me enteraba de nada-. Volver de esas clases en varios autobuses me gustaba. A veces hasta cuatro. Pero siempre el último en Cambridge Heath. Y a veces, si tenía tiempo y ganas –aunque tiempo hay siempre, y a veces demasiado- no me quedaba en la misma parada de Cambridge Heath, donde pasaba mi autobús a casa, si no que me iba andando unas cuantas paradas más hacia delante, para ver a la gente.

 

Era un barrio contento, no diría feliz. La gente estaba contenta. Y una vez les critiqué por su cinismo. Por estar pagando rentas desmesuradas con tal de decir que viven en Cambridge Heath, o en Hackney, y ser hipsters de pro –no puedes definirte a ti mismo como hipster si vives en Upton Park-. Pero ahora les comprendo. Es esa brisa, es estar junto al canal, son las tiendas de chinos, de muebles, de espejos. Es estar apartado- a la vez que cerca- de Shoreditch. Es un barrio para pasear.

 

Pero yo seguía, porque no tenía ni tengo el privilegio de vivir en Cambridge Heath, y todos los hipsters abandonaban el 26 antes que yo, que me bajaba en la penúltima parada, pero aún podía decir que vivía en Hackney, en una casa con una señora mayor que decía oler a su padre -muerto- y una italiana fashion stylist. Una casa con paredes de leopardo, cuadros de vírgenes en las paredes, y un váter de purpurina.

 

Recuerdo también que esa misma brisa, y ese mismo sentimiento de contento de la gente por la calle era lo que me hacía coger el 30 a cualquier hora e irme, simplemente, al Tesco. Un Tesco enorme, lleno de hipsters por supuesto pero no sólo hipsters. Y la verdad es que me conformaba con ver las caras de la gente. Lo recuerdo todo a cámara lenta.

 

Porque en los tres meses que viví allí, todo fue despacio, no hubo prisas. Nunca llegué tarde a trabajar, nunca fui corriendo.

 

Paso hoy de nuevo por allí, como digo, en la misma parada que aquella primera vez. El mismo restaurante chino, cerrado. El mismo bar que hace esquina, “The Tiger”.

 

Paso frente a mi antiguo portal, un edificio del Council, el mismo olor a porro sale de dentro. No me atrevo a llamar a mi antigua landlady, por si acaso. No era alguien “lovely”, precisamente. Y ha pasado un año.

 

Era mi tranquilidad y mi yo. Mi soledad elegida y aceptada. Mal llevada a veces. ¿Mal llevada a veces?

 

Mis inseguridades y también mis planes. Mis despreocupaciones.

 

Me pregunto por qué no nos damos cuenta de cuándo un momento es decisivo, nada más que cuando ha pasado. En ese momento yo no era consciente de que iban a ser los momentos que ahora recuerdo con mayor cariño de mi Londres del principio, de mi primera parte. El final de la primera parte.

 

Quiero decir, no me hubiera quedado, no lo hubiera hecho de otra manera, me habría ido igualmente, no borraría nada. Pero llevo días rememorando esos paseos desde el Overground hasta mi casa, después de trabajar, a las diez de la noche, cuando el verano londinense empezaba a despertar la esperanza de algo incierto, con una chaqueta vaquera y mi vestido.

 

El diablo se viste de Primark.

El despertador suena y Ed se sorprende. De pronto tiene una sensación de irrealidad que le dura unos segundos. Como un autómata, apaga el despertador, antes incluso de ser consciente de su sitio y su persona: su cama, su habitación, él. Ed se sorprende de haberse sorprendido cuando el despertador ha sonado. ¿Por qué? Es el mismo sonitono prefigurado de su móvil, el que lleva sonando casi un año, cuando firmó un contrato de tres años con una compañía telefónica inglesa para poder hacerse con un iPhone. No sabe, no ha investigado, en las funciones del iPhone y aún no entiende muy bien la diferencia con su antiguo móvil, de rango mucho menor según algunos. No tiene tiempo para ponerse a leer el libro de instrucciones y por ahora se conforma con saber cómo utilizar la agenda y conectarse a internet.

Anoche Ed tuvo una cita. Hacía tres meses que no tenía una. Demasiado trabajo. Hace dos días volvió a conectarse en aquella website de citas a ciegas, la que viene usando desde hace tiempo. Unos dos años, para ser exactos. Se enorgullece al pensar que ha tenido ya más de cincuenta citas gracias a esa página. Los encuentros con mujeres que ha tenido fuera de ahí, en la “vida real”, como alguna gente la llama, han sido más bien escasos, molestos y propensos al olvido. Porque en esta página todos los que están registrados saben a lo que van, saben lo que quieren, saben lo que piden.

Ed se lo pasó bien anoche. Volvió a las tres de la mañana. Bebió un poco. Bueno, bebió bastante, a juzgar por el dolor de cabeza con el que se ha levantado y la pesadez de cuerpo. Por un momento teme no poder levantarse de la cama.

La chica en cuestión se hacía llamar Kasia en la página web, pero luego resultó llamarse Mary. Cuando Ed vio la foto de una mujer rubia con los ojos verdes, unos treinta años de edad y ese nombre pensó que era rusa, o al menos del este. Mary resultó ser de Walthamstow de toda la vida y “compartía piso”, como ella misma contó, con su madre y cuatro gatos.

Pero Mary resultó ser realmente interesante en contra de todas las expectativas de Ed al principio de la noche. No estaba mal de cuerpo y tenía una sonrisa agradable. Además disfrutaba realmente de todas las bromas que Ed hacía, de todos los chistes de obreros que Ed desplegó. Nunca antes había llegado a contar el del obrero escayolado –lo reservaba para cenas de amigos-, pero anoche se lo contó a Mary y ella se rio a carcajadas.

Mientras Ed se dirige a la ducha piensa que tal vez la vuelva a llamar la semana que viene. No pasaron la noche juntos, eso es verdad, pero se besaron. Si bien es cierto que Mary no besaba muy bien, también lo es que el beso tuvo lugar al final de la noche, cuando acababan de terminar la segunda botella de La Serre Merlot. El propio Ed eligió el vino, y eso pareció sorprender y encantar enormemente a Mary. Ed se reservó la información acerca de que La Serre Merlot era el único vino que conocía porque era con el que trabajaba. Ed es manager de Memphis & Brown en el British Museum. Memphis & Brown es una cadena de cafeterías horteras y con decoración henchida y cursi, ridículamente caro, y que pueblan algunos museos de la ciudad. Su dueño es Steven Memphis. Acerca de Brown nadie sabe nada.

Cuando Ed sale de la ducha ya no piensa en Mary. Piensa en que hoy llega el nuevo General Manager de Memphis & Brown al British Museum. Todo lo que sabe Ed acerca del nuevo General Manager es su nombre, y que está algo gordo, pero eso es lo de menos, por favor.

Para hacerse notar ante la inminente llegada, Ed lleva días acercándose a la cafetería a ver cómo trabajan “los chicos”, como él llama a los camareros de Memphis & Brown. Esto es algo que le aburre tremendamente, sobre todo cuando hay mucha gente. Así que se limita a hacerse ver, a saludar aquí y allá sin esperar respuesta. La mayoría de los camareros ni siquiera le conocen, pues nunca se le suele ver por allí.

Ed es un tipo que prefiere el trabajo de oficina. La supervisión del trabajo de otros no se le da muy bien porque tanto camareros como clientes le ponen nervioso. La cafetería está siempre sucia, “los chicos” nunca sonríen a los clientes y el café estimula el vómito. Pero de eso nadie parece darse cuenta. Y mucho menos los clientes, en su mayoría turistas. Pero suple su rechazo al trabajo de campo escupiendo unas cuantas órdenes que a él le parezcan contundentes. Lo primero es el tono de voz, algo que aprendió en el cursillo “Twentieth Century Managers”, un curso corto por internet ofrecido por la Escuela de Negocios de la ciudad. El tono de voz ha de ser firme y contundente. Esto había que aprendérselo de memoria. Los trabajadores necesitan saber que el manager ha llegado, que ha hecho acto de presencia. Y con un tono de voz débil y grave nadie le haría ni caso. Los trabajadores son gente que necesita un guía, instrucciones, directrices. Y el tono de voz ha de ir acorde con una personalidad segura. Ed hablaba rápido y terminaba cada palabra como si fuese aguda, marcando la sílaba final con la garganta muy abierta. Y pronunciaba las palabras como si las masticase, porque si no, decía, los chicos no se enteran de nada.

Lo segundo, decía el tutor del curso “Twentieth Century Managers”, es acercarse a los trabajadores cuando se les habla y mirarles a los ojos. Un buen manager jamás desviará la mirada de un trabajador porque eso puede ser entendido como un signo de flaqueza por parte del trabajador. Así que Ed se acercaba siempre a la cara de la persona con quien hablaba. Era ya un hábito y no lo hacía sólo en el trabajo sino también en sus relaciones personales. Es cierto que alguna que otra vez había notado que algunos de “los chicos” se retiraba disimuladamente hacia atrás cuando Ed hablaba. Pero qué le importaba a Ed aquella panda. Pobrecillos. Actualmente Ed estaba empezando la segunda parte del cursillo, “Twenty-first Century Managers”, en el que se hacía hincapié en la necesidad de una “imagen depurada”, expresión que Ed aún no entendía pero acerca de la cual estaba trabajando.

Pero tenía que darse prisa. Ed abre el armario y se dispone a ponerse el traje de chaqueta.

Ed vive en un apartamento solo, en el sur. Gana dinero, pero no lo suficiente para esta ciudad. Así que se compra los trajes de chaqueta en Primark. Esto es algo que nadie sabe, ni siquiera sus amigos más cercanos. Ed corta la etiqueta de chaquetas, camisas y pantalones. Y si alguien pregunta Ed dice que le molestan, que es una manía que tiene, la de cortar las etiquetas.

De todas formas sólo se pone traje de chaqueta para trabajar, y al fin y al cabo va a causar la misma impresión que si se lo hubiera comprado en Massimo Dutti. Ese efecto de: aquí estoy yo.

Ed se aprieta el nudo de la corbata frente al espejo, se pone la chaqueta, sonríe a su reflejo y se da dos palmadas en los mofletes. Sí, definitivamente la semana que viene volverá a llamar a Mary.

 

“Esa gente sólo quería pollo y tal vez por eso los odiaba, o por cualquier otra cosa”

Hoy empiezo oficialmente a estar inmersa de nuevo en ese exasperante proceso que es buscar un trabajo en Londres (me refiero, por supuesto, a un trabajo precario). Al menos exasperante para mí. Claro que yo soy una persona bastante propensa a la exasperación. Pero hoy no es día de self- deprecation ni consideraciones filosóficas acerca de mi debilidad mental. Lo tengo que aparcar mientras consigo un nuevo trabajo precario. Cuando lo consiga volveré a sacarlo.

Llevo poco tiempo, sólo dos horas y sólo aplicando por internet, pero ya he completado el interminable proceso en Café Nero y en Pret a Manger. Procesos más o menos normales, preguntas típicas que en los dos sitios han sido prácticamente las mismas, pero que consumen un tiempo increíblemente largo. Si por lo menos pudiera copiar y pegar mis respuestas… Pero claro, una vez se envía la aplicación las respuestas desaparecen en el mar de la desesperación de las aplicaciones europeas, en la base de datos del recruiting team para siempre (o mejor dicho, por un período de seis meses).

Todas hablan del “entusiasmo por trabajar de cara al público”, de provide excellent customer service, de la importancia del trabajo en equipo, de ser self motivated. Mientras, yo hago lo propio y  miento diciendo que me encanta trabajar de cara al público, que tengo verdadera pasión por los clientes, que me encanta regalarles una sonrisa aunque sean unos maleducados porque posiblemente esa sonrisa sea la única que vean en todo el día y  mierdas de ese estilo. Creo el perfil de la camarera perfecta porque claro, si no eres capaz de ser la mejor camarera del mundo ¿cómo vas a ser la mejor profesional en cualquier otro campo cualificado y profesional? En mi perfil, en las respuestas que mando, yo misma me contrataría en cualquier sitio. Sí señores, este trabajo me encanta y ganando 6`31 libras la hora soy más, mucho más que feliz. Al menos permite soñar mucho y salir poco.

Cuando he terminado esas dos aplicaciones he ido a por la última: EAT, el hermano pequeño de los gigantes de comida rápida pseudo-natural-fresca-sana. Estaba completando de nuevo todos los huecos, los mismos de siempre, sí, sí, me encantan los clientes, son la alegría de mi vida. Hasta que llego a la última pregunta del cuestionario. La última. Y es la siguiente: Would you be able to make the Buzz?  Había que ver un vídeo para contestar a la pregunta. Esta aplicación me está llevando más tiempo del que esperaba. Total, todo para hacer cafés y limpiar mierda. Pero bueno, veo el vídeo de marras. En él aparecen trabajadores con su uniforme negro al lado de lo que parecen sus managers o supervisores , vestidos de calle (claro). Se ponen de acuerdo y cuentan hasta tres para soltar un grito que no entiendo (tal vez por la mezcla de acentos).

A continuación aparece un tipo en traje y con ricitos negros engominados con una pizarrita de fondo en lo que parece un curso de formación, él en primer plano. Muy convencido de su empresa y blablablá. Él sí es inglés, lo sé por el acento. Después sale una chica rubia con acento y aspecto del este, y a grito pelado suelta Hot soup! y también Hot pies! frente a una cola interminable, ante las caras entre anonadadas e incrédulas de los clientes, que sólo quieren comer o pensar, que sólo tienen media hora para descansar. Y en el mismo vídeo, a continuación, aparece el genio inventor del tal llamado Buzz, un tipo joven con pinta de estar empezando en “el campo”.  Justifica su brillante idea con una sonrisa de oreja a oreja y unos dientes, además, perfectos y relucientes, inglesito de Oxford. Y él habla y yo le escucho a medias. Porque lo que me estoy imaginando es a él en su casa, solo en su mesa de trabajo, por la noche a la luz de un flexo de Bang and Oluffsen, rompiéndose la cabeza intentando pensar en algo novedoso y genial porque el director de EAT, el señor trajeado y engominado que también aparece en el vídeo, le dijo ayer en su despacho que iban a la cola de los establecimientos de comida rápida en Londres y que como no haga algo para remediarlo se va a la calle. “Para eso te pago inútil, eres el director de márketing, de ventas y de publicidad. Haz algo.” Y él rememora esa reunión en el despacho de su jefe. La rememora esa noche en la soledad de su estudio. Y no ha formado aún una familia pero tiene este estudio en Hoxton, o en Haggerston o en Dalston y es lo único que tiene y lo tiene que mantener, for god´s sake. Entonces piensa que se la suda, que mañana tiene que llevar algo, sea lo que sea y que sea lo que dios quiera. Va a proponer lo primero que se le ocurra, lo más absurdo. Entonces se le ocurre el grito o Buzz. Los trabajadores de EAT ganan el mínimo, necesitan dinero, viven para trabajar. Si nadie se ha quejado por las horas o el trato o el trabajo mal pagado no se van a quejar ahora por tener que hacer el Buzz, ¿verdad?, ¿verdad?

No llego a ver el vídeo entero. Le doy a la equis, lo cual borra toda mi aplicación. Me acuerdo de lo que me dijo Jeny el otro día. “Esa gente sólo quería pollo y tal vez por eso les odiaba, o por cualquier otra cosa”.

Esta gente sólo quiere pollo, o sopa, o un flat White (sea lo que sea eso). Es lo único que quieren. Señores, que me cuelguen en una plaza pública si quieren por negarme a hacer una gilipollez soberana como es el Buzz. Menos mal que Londres es grande. Y está plagado de otros trabajos precarios que sí estoy dispuesta a hacer.

“De un tiempo a esta parte quiero ser extranjero siempre”

Ayer sucumbí a la tentación de tomarme una hamburguesa en el McDonalds, después de mucho tiempo. Me senté sola en una mesa en la planta baja, llena de gente. No me sorprendió que la mayoría fueran españoles.

A mi lado se sentó un vendedor de rosas callejero que preparaba sus rosas para la noche del viernes. Las separaba una a una y, cuidadosamente, arrancaba los pétalos en mal estado. Un vendedor de rosas ambulante tiene que prestar atención al detalle. Luego las envolvía por separado en un plástico decorativo y protector, supongo, de los borrachos de los bares a donde quiera que fuera a venderlas.

*

Pensaba yo en que mi nuevo barrio favorito de Londres es ahora Highgate, al norte. Porque el este – Shoreditch, Whitechapel, Hackney- estuvo bien cuando llegué a Londres por primera vez y los hipsters aún me sorprendían. Ahora han resultado cansarme y me parecen todos iguales. Tanto conciertito independiente “in a hidden venue”, tanto pantalón pitillo y pintas de indigente postizo y cejas pintadas de marrón muy gruesas. Tanta barba, sobre todo, tanta barba con gafas de pasta. Ya no se ven tantos gorros de lana con pompón, aunque aún quedan reductos melancólicos resistentes. Tanta china con café take away y uniforme de Vogue, con cara de niña de La Maldición y el pelo tapándoles la mitad de los ojos. No, eso ya me cansa, ya se pasó mi época en que admiraba asombrada a ese trending group, como a mí me da la gana llamarles.

Pero el norte… Esa zona en concreto. Está llena de tiendas de libros de segunda mano –Oxfam Books es mi favorita ahora que no tengo dinero- y gente normal. Gente normal, ahora que había olvidado lo que era la gente normal. Con sus rentas, su trabajo y sus vidas difíciles, muy lejos de la vida bohemia y de ensueño y limitada del este. Son malos tiempos para la lírica.Y no sé si tendrá alguna explicación, pero las puertas de las casas son más anchas que las de las casas del este.

Ya no paseo por Shoreditch. Hacía mucho tiempo, de hecho, que no pasaba por ahí. Pero hoy en el autobús he pasado por una de sus calles, he visto sus cafés y restaurantes con nombres españoles o vietnamitas que nadie sabe lo que significan pero que suenan bien y que hacen la misma mierda de café que hago yo pero tienen un nombre que suena bien y hay mucha barba y sombreros y se escuchan carcajadas estridentes y absurdas.

En el norte mi abrigo verde, roto y con una mancha que no me explico en el costado no es nada raro. Y por supuesto está el cementerio de Highgate, donde está enterrado Karl Marx, entre otras personalidades. Y no me hace falta haberme leído “El Capital” para querer ir a visitarlo. Ahí encuentro el silencio que tanto necesito a veces. O que tanto necesito muchas veces. Y si me apetece algo de alta burguesía me cojo un autobús desde allí mismo y voy hasta Hampsted y visito la Kenwood House, una mansión que fue todo un descubrimiento para mí y que me permite satisfacer mi apetito de voyeur. Es gratis y era la casa de una familia rica que en su tiempo vivó allí –podría contar el nombre de la familia, y su historia pero, sinceramente, lo buscaría en Google y eso puede hacerlo cualquiera-. Está llena de obras de arte de pintores bastante importantes y se pueden visitar todas las habitaciones de la casa. Me gusta imaginarme la vida que hacían, las vicisitudes de esa casa, las reuniones con gente importante, las fiestas por todo lo alto, las tramas, las traiciones.

*

Recuerdo ese absurdo experimento que hicimos en el primer año de la carrera en el que teníamos que intentar arrojar luz sobre la hipótesis de si uno es capaz de percibir cuándo le están mirando. Es decir, percibir -no ver-, cuándo le están mirando desde algún punto. Pienso en todas las flaquezas de aquel experimento empezando por la hipótesis. Pienso en la pérdida de tiempo.

*

Recuerdo esa frase que dijo Enrique Vila-Matas en una entrevista suya que vi en YouTube. “De un tiempo a esta parte quiero ser extranjero siempre”.

Tragándonoslo todo hasta el fondo.

¿Qué nos pasa?

¿Qué nos está pasando?

¿Por qué cada día que pasa tengo más la sensación de que los tiempos en los que se avanzaba, y que se tenía además la impresión de que se estaba avanzando, quedaron estancados hace ya mucho tiempo y ahora estamos involucionando y parece que vivimos en la Edad Media, sólo que con iPad y Twitter?

¿O tal vez hemos vivido siempre en esto, siempre así, y lo único que ha evolucionado ha sido la tecnología y nuestro conocimiento de Marte? Todo como una gran mentira para calmar nuestras conciencias. Y aquí tengo que parar, ya que temo estar delirando.

Todo empezó esta mañana, cuando en El País veo un reportaje gráfico acerca de un niño de once años, en China, encadenado por su familia. Uno de los pies de foto cuenta que el niño se golpeó la cabeza de pequeño, lo que le produjo una deficiencia mental y empezó a atacar a los vecinos. http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/11/28/album/1385658615_835883.html#1385658615_835883_1385659032

Y lo peor, pienso mientras miro las fotos, es que ahora esta noticia se puede saber porque hay un fotógrafo de Reuters que lo ha retratado, que El País y otros periódicos españoles se han hecho eco y lo han mostrado, y que yo lo he leído y tengo la libertad de mi blog para hablar de lo que me de la gana, por ahora. Pero ¿cuántas historias similares existirán, escondidas en la sombra de la ignorancia y los territorios recónditos del mapamundi?

Vuelvo a ver las fotos de nuevo, esta vez con más detenimiento en los detalles, en el paisaje. Me gustaría ver al niño y me gustaría saber aún más de la historia así que hago lo más fácil: busco la noticia en Google. He de confesar que desgraciadamente no me fío ya mucho del tratamiento de las noticias en los medios españoles y que cojo cada noticia con alfileres. Al menos no hay interpretación alguna en este reportaje. Son sólo una serie de fotos con una pequeña descripción a pie de foto. Pero hay un detalle que me llama la atención primero y me chirría después y me hace volver a ver las fotos una tercera y una cuarta vez. Las manos del que según informan es el abuelo del niño. Unas uñas perfectamente cortadas, pulcras y cuidadas. Unas manos de abogado occidental. Ni un rasguño, pocas arrugas. Unas manos que contrastan con los pies del niño, pies endurecidos y negros de caminar descalzo toda su corta vida, hechos ya al suelo lleno de astillas, basura y piedras.

Busco entonces la misma noticia en The Guardian y The Atlantic, dos medios de habla inglesa, uno británico y otro americano. No la encuentro. Hago el paso más fácil, una vez más: voy a Google UK y escribo el titular de la noticia en inglés. Nada. Escribo entonces ciertas palabras clave con la esperanza de que algún medio en inglés (porque es el único idioma que no sea el español en el que puedo escribir) haya recogido esta noticia. China, child, chained. Entonces aparecen tres o cuatro noticias relacionadas con el tema, pero ninguna resulta ser la historia de este niño.

La más reciente tiene fecha de 2012 y es del Mail Online. Cuenta la historia de dos niños encadenados en su casa porque sus padres no tienen con quién dejarles mientras ellos trabajan, explotados, en un pueblo del sur de China. Les encadenan para que nadie se los robe, según afirma la noticia.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-2219682/Desperate-plight-Chinese-children-living-chains-working-parents-afford-childcare-medical-fees.html

La otra noticia aparece también en el Mail Online y data del 2010. Habla acerca de la situación de los niños pequeños, casi bebés, a los que sus padres tienen que llevar consigo a trabajar en una fábrica al sudeste de China en la que están explotados más de diez horas. Los niños son atados a las ventanas para limitar sus movimientos y que no hagan lo propio de un bebé: gatear, moverse, corretear, hacer que sus padres vayan tras ellos constantemente.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-1267794/Tethered-safe-Chinese-workers-forced-tie-youngsters-work-afford-child-care.HTML

Intentando podar todo el sensacionalismo impregnado en el artículo, e intentando que no se me impregne nada a mí, sigo buscando. La tercera noticia también aparece en el Mail Online y también es del 2010. Muestra a un niño de dos años al que sus padres, también por motivos de la extrema precariedad laboral en la que están inmersos, han de encadenar al bebé a un poste de la luz para que no se lo roben, como ya hicieron con su hermana.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-1248252/Chinese-boy-chained-lamp-post-dad.HTML

Por último, busco el nombre del fotógrafo y la agencia para la que hizo las fotos y sólo aparece una foto realizada por él a unos niños chinos haciendo “gimnasia”, ilustrando un artículo de opinión del International New York Times. Este a su vez remite a otro artículo publicado acerca del duro entrenamiento, por decirlo de alguna forma, de niños gimnastas en un gimnasio chino, también publicado, una vez más, en el Mail Online.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-2182127/How-China-trains-children-win-gold–standing-girls-legs-young-boys-hang-bars.HTML

De repente me siento… Cómo decirlo. ¿Desconcertada? Tal vez me quede corta. Estoy, como todos, tan acostumbrada a pasar de una noticia a otra fácilmente que me pregunto por qué llevo pensando toda la mañana en esta situación en concreto. Encima todo se me mezcla con otra noticia que nada tiene que ver, la del cierre en Valencia del Canal 9 y todo lo que hay y ha habido alrededor y que para enterarme de verdad de la noticia y lo que ha pasado la he leído en Jot Down (http://www.jotdown.es/2013/11/rtvv-8815-dias-de-decadencia-49-votos-de-historia/).

Al final tengo muchas dudas, escándalos y decepciones en mi cabeza, pero ni un atisbo de respuesta, clave o solución. Vivo en un permanente estado de “manos a la cabeza” y gesto de sorpresa e indignación allá donde voy. Y ya me pregunto, no sé, si soy yo la ingenua, la inocente, la gilipollas y la tonta del culo que no se entera de “la verdad del mundo”, si estoy empezando a tener delirios o si, simplemente, desconfío de este mundo y su mecanismo más de lo que debería.

Y una vez más, en mi estado de manos a la cabeza, pienso en mi vida, nuestra vida, en Londres. Esta vida que tan lejos está de la de esas fotos de China. Esta vida en Londres de la que tan poco debería de quejarme, tal vez. En lo que es vivir aquí ganando seis con treinta y un libras la hora por hacer cafés. Y pienso en los que dicen “es lo que hay, si no te gusta te vas”. Y sé que me iré, y que llegaré a trabajar en algo que me guste y me haga feliz pero que otros vendrán detrás de mí y tendrán lo mismo. Y les dirán lo mismo. Y tal vez se lo crean. Seguro que se lo creerán, y así seguirá el mundo rodando y rodando. Y pienso en esos ilusos que esperan profesionalidad de alguien que gana un sueldo ya no digo siquiera digno, sino ni siquiera ajustado a las exigencias de la vida en Londres.

Y pienso en esa pasada de página del periódico, o de ese click en la siguiente noticia. Continuo pasar de página, continuo conformismo y silencio y creyéndonos el mundo en que vivimos y la objetividad y la ausencia de opinión. Tragándonoslo todo hasta el fondo.

Momentos de una voyeur en Londres.

Se viven ciertos momentos, al menos yo los vivo aquí en Londres, en los que se desearía poder hacer una especie de “foto vital” a las escenas que se experimentan en directo. Esa “foto vital” se archivaría en un espacio físico de tal modo que fuera palpable y revisitable, para poder vivirla como la primera vez. Que a diferencia de la memoria, no dejara en el olvido ni un sólo detalle, ni una sola sensación.

1.

Restaurante chino en Chinatown. A mi lado hay una pareja, dos hombres de entre cincuenta y sesenta años, con una gran barriga y calvos por la coronilla. Miro sus manos, por supuesto. Son manos sospechosas, que me estremecen. Manos regordetas y dedos morcillosos con las uñas muy cortas y en forma de media luna, aunque impecablemente limpias y cuidadas.

Los dos resultan ser muy metódicos pinchando y cortando los rollitos de primavera y la ternera con pimienta negra, y utilizan el cuchillo mal afilado con la precisión de un cirujano en una operación de corazón. Tal vez por el exceso de concentración, apenas hablan entre ellos. Y cuando lo hacen se intercambian monosílabos en una lengua que no entiendo.

Sus caras de repente me recuerdan a esos retratos robot que difunde el FBI acerca de cualquier sospechoso de algo. Porque esos retratos intentan esclarecer un rostro pero en realidad todos ellos son bastante parecidos entre sí. Tal vez porque un rostro es algo inescrutable al fin y al cabo. Ninguno de esos retratos robot se parecen a Ramón García, por ejemplo, cuya cara es insustancial y libre de toda sospecha. Yo necesitaría más bien un retrato robot de las manos, por ejemplo. Eso me diría mucho más.

Una de las camareras chinas, la que va vestida de negro -mientras que todas las demás van vestidas de rojo- tiene los párpados muy hinchados y rojos. A mi se me antoja que ha estado toda la noche llorando. Sin embargo su mirada no desprende tristeza sino rabia, un sentimiento mucho más difícil de manejar.

Cuando, antes de cerrar, todos los camareros chinos se sientan a cenar en una mesa grande lo que parecen noodles blancos y una carne no identificada, ella se sienta sola en una mesa individual, las risas de fondo, mirando al vacío e introduciéndose mecánicamente en la boca los palillos de madera con tres o cuatro noodles, como activada por un resorte invisible.

2.

Lleva un abrigo verde oscuro, estrecho por la cintura y que le llega hasta poco más arriba de las rodillas. En su mano sujeta un ramo de flores por los tallos, de tal forma que el ramo queda boca abajo, casi rozando el suelo. Parece que ya lleva cargando con él largo rato y quiere llegar a casa y soltarlo rápido.

Tiene el pelo largo y ondulado por las puntas, de color marrón, tal vez con reflejos de peluquería. Se despide de otras dos amigas con tres besos. Deben de ser francesas. ¿No son los franceses los que se dan tres besos?

Mientras tanto fuma un cigarro de liar, ya apunto de consumirse. Aún así saca el mechero y lo enciende de nuevo para dar las últimas caladas. Y aunque el cigarro está ya muy cerca de su nariz, parece darle igual acercarse tanto el mechero, asegurándose de que los resquicios de tabaco tienen vida suficiente hasta el mismo filtro.

Ella desprende elegancia y seguridad en sí misma. Debe de tener unos treinta años. Los ojos azules y pintados, aunque no de forma exagerada, sólo un ligero toque de smoky eyes. Aunque ciertamente sus manos desentonan con su aspecto en general, ya que son manos anchas o más bien algo hinchadas, con los dedos gorditos. No son dedos gordos, pero no son dedos finos y largos, y lleva las uñas muy cortas y sin pintar, una cosa muy rara en Londres. Por eso sé que no trabaja en nada relacionado con la moda, tipo revista o estudio de un diseñador emergente en East London, aunque vaya impecablemente vestida para un domingo por la tarde. Esas son las personas verdaderamente elegantes, las que llevan la ropa sin lucirla, o al menos no conscientemente. Que no caen en pretensión alguna. La ropa les queda como un guante y punto, no hay más. Es como si dijeran “sí, esto me queda perfectamente bien, qué quieres que haga”. Aunque se trate sólo de un abrigo de paño verde, unas botas altas sin tacón y unos vaqueros.

Cruzando la calle, en la ventana del primer piso de un Youth Hostel, un viajero acaba de llegar a Londres, sin darse cuenta de que las ventanas de su habitación están abiertas de par en par y que, al ser ya de noche, su habitación mortecinamente iluminada se ve perfectamente desde la calle. Le puede ver la chica francesa del abrigo verde a la que estoy observando y por supuesto le veo yo.

Aunque sea un Youth Hostel, este viajero hace tiempo ya que dejó de ser joven. Su barriga redonda y su calvicie en forma de corona romana me dicen que ha ido a parar a ese hostal atraído por el bajo precio derivado de compartir habitación con otras tres personas, seguramente no tan bajo teniendo en cuenta que está en pleno Euston Road, frente al Hotel St. Pancrass y la British Library.

Cuando empieza a quitarse el abrigo y después el jersey, temo que realmente no se haya dado cuenta de que su habitación se ve perfectamente desde la calle abarrotada de coches y gente y vaya a desnudarse, pero no. Afortunadamente se queda en camiseta de manga corta, coge el móvil y escribe o busca algo, tal vez avisando a alguien de que ya ha llegado, o tal vez haciendo tiempo hasta que llegue el siguiente viajero, idealmente una viajera, y esta noche no se sienta tan solo.

Punto y coma.

Cae la lluvia, y a veces no me deja ver, ni tan siquiera recordar, los días en los que la luz era tan clara que una tenía que cerrar los ojos y simplemente rendirse al placer del calor de los rayos del sol acariciando la cara.

Y tal vez ese día soleado no ha sido hace mucho, pongamos que tuvo lugar hace tres días. Pero es una pena, una verdadera pena, que hoy llueva y hiele y le haga a una creer que todo este tiempo ha llovido y helado cuando en el fondo, en un lugar muy recóndito del corazón, se sabe que no ha sido siempre así. Que ha habido también sol, que se han vivido instantes tan felices que se hubieran guardado en una caja muy pequeña para poder abrirla de vez en cuando y aspirarla, de nuevo, un poco. Sólo un poco.

Al final seremos sólo… Qué se yo lo que somos o seremos. Tiempo. Ojalá no existiera el tiempo. Me gustaría crear un artilugio que permitiera ver el futuro y poder tomar decisiones con antelación. Algo así como un parte meteorológico del corazón.

Porque estos asuntos habitualmente son como el uso correcto y adecuado de los puntos, las comas y el punto y coma.

El nudo en la garganta.

Veo un reportaje en el British Vogue acerca del cumpleaños de Alexa Chung, al parecer el nuevo icono de estilo en estos tiempos superficiales e inclinados a lo vintage. Como se puede observar, ella es muy vintage y aprendió a hacerse la raya de los ojos como Brigitte Bardot y todo lo explica en un libro titulado “It”, que le han sacado a la venta a la vista de su tirón mediático en el que además expone todas sus influencias de estilo desde que eligió su chupete, hace ya treinta años.

Como decía, el del British Vogue es un reportaje fotográfico acerca del treinta cumpleaños de esta chica, que fue la semana pasada. Y en él aparece gente de todo tipo, a los cuales no tengo el placer de conocer pero a juzgar por sus barbas y sus trajes estrechos deben ser importantes en Central London y tal vez en el Este también -aunque no más allá de Bromley by Bow-. Una fiesta llena de hipsters, flequillos y labios rojos y el cantante de One Direction, del cual nunca dejará de sorprenderme su apellido y su presencia en general.

Entre tanta foto de Instagram, la única información que puedo colegir es que el vestido de la cumpleañera es de Carven. Y sí, es precioso, por algo ella es un icono de estilo. Plisado por los lados, plateado, con cuello de barco. El vestido ideal cuando vas a celebrar tu treinta cumpleaños en la suite de un nuevo hotel londinense de lujo.

Después de ver las fotos me pregunté si esa chica, Alexa, antes de salir de su casa y montarse en el coche negro con asientos de cuero que la esperaría en la puerta, se miraría al espejo ovalado y retro, fijamente, de arriba a abajo. Ataviada con su vestido de Carven y sus zapatitos. Si pensaría que se dirigía a la suite de un hotel a celebrar su treinta cumpleaños, donde la esperaría gente que ella ni tan siquiera conocía, gente que no sabe ni cuántos años va a cumplir.

Que sí, Vogue puede haber pagado la suite y la tarta y puede hasta que haya pensado la dedicatoria escrita con crema en el pastel, más bien impersonal y sosa (“For the smallest pal, Happy Birthday Chung”).

Supongo que en ese momento miraría de nuevo su vestido y pensaría “es de Carven”, y tal vez se lo recordaría dos o tres veces. Antes de que los ojos se le humedecieran un poco más y el nudo en la garganta se hiciera un poco más grande.

No, antes de que eso ocurriera bajó las escaleras precipitadamente y se montó en el coche. Y aunque estuvo a punto de decirle al chófer que condujera sin rumbo, que pasara de largo el hotel y su fiesta, que siguiera rodando sin dirección fija, adelante, corriendo; no lo hizo. Miró con sus grandes ojos verdes y pintados con eyeliner estilo BB a las farolas de la calle y los tejados picudos y marrones y las puertas blancas de la calle, todas iguales. Pensó que esa era su vida, ese era su trabajo, y eso era lo que tenía que hacer. Y aguantaría con los tacones de Manolo Blahnik toda la noche. Aunque tuviera que hacer varias visitas al baño. El chófer esperaba sus indicaciones, con los ojos clavados en ella a través del retrovisor. Él también pudo ver que los ojos de la chica brillaban más que nunca. “Al hotel……” dijo por fin ella. Y recostó su delgada espalda en el asiento de cuero negro, más cómodo de lo que podía parecer a simple vista.

El nudo en la garganta siempre bajo control: nunca olvidar eso en Londres. Siempre bajo control.

El valor de la gente buena.

Como los trabajos de supervivencia en Londres son todos iguales –que cada uno ponga el adjetivo calificativo que crea más conveniente- el único valor que tienen son las personas que trabajan en ellos.

A lo largo de mi estancia en Londres ha habido ocasiones en las que la gente se ha sorprendido, o ha señalado mi inocencia ante el hecho de que me cueste tanto abandonar un trabajo de este tipo aun sabiendo que era una mierda. “Pero si son todos iguales” me dicen. “Tú tienes que buscar tu propio beneficio”, “En todos va a ser la misma mierda”. Y sí, es verdad hasta cierto punto, puedo reconocer. Por eso con más razón, dado que el trabajo va a ser asqueroso de todas formas, estar rodeada de gente buena, en vez de estarlo de esas especies o especímenes llenos de mala leche que Londres ha creado a lo largo de los años lentos y sucios, tiene para mí mucho valor.

Tal vez sea Londres el mejor sitio para valorar realmente la gente buena que se tiene alrededor, gente con la que se trabaja día a día, y creo que esa es una de las enseñanzas principales de esta ciudad: el valor humano cuando todo lo demás no importa nada.

Pasamos más horas trabajando que en nuestra casa. Para muchos, de hecho, las horas de trabajo son las únicas que tienen para socializarse. Y así el trabajo en Londres cumple una doble función, que resultan ser las esenciales en la vida de un ser humano y que aquí se dan mientras se friega o se doblan camisetas: la de supervivencia y la de socialización.

Aun así he podido comprobar que no todo el mundo sabe apreciar aquí el valor de tener unos buenos compañeros trabajando mano a mano, acostumbrados, pienso, a ver pasar a veinte personas en un mes de las que jamás llegaron a saber ni el nombre. Tal vez han aprendido ya entre esas oleadas de gente sin nombre que va y viene, que todos somos reemplazables y que todo el mundo es prescindible sin importar cuánto tiempo lleve trabajando o lo bien o mal que haga este tipo de trabajo. Total, cualquiera puede fregar o barrer o servir copas o doblar pantalones.

Supongo que todo forma parte de este carrusel que es Londres, donde todo va girando muy deprisa y hay que ser muy avispado o tener mucha suerte para subir y bajar en el momento adecuado. Yo, mientras tanto, prefiero observarlo todo desde un rincón y recordar, como recuerdo, todas y cada una de las personas, compañeros, que he conocido trabajando desde que llegué a Londres. A unos –los menos- hubiera sido mejor no haberles conocido nunca y otros –la mayoría- me han enseñado a apreciar el valor de la gente buena, la que aún no se ha deformado –y espero que nunca lo haga- por el paso del tiempo y las vueltas de este carrusel. Eso sí, Londres siempre será una buena fuente de personajes.

Por eso siempre me costará decir adiós y citaré a Holden Caulfield cuando, al final de su pequeña historia concluye: “Don´t ever tell anybody anything. If you do, you start missing everybody”.

 

Varias voces, una experiencia.

Estos días me doy cuenta de que siempre idealizamos el pasado, aunque sepamos de buena tinta que lo pasamos mal. Por ejemplo, cuando recuerdo la primera vez que llegué a Londres,  cuando estaba tan asustada que no me atreví a salir a la esquina de mi casa durante dos días. Supongo que será porque fueron los días, y luego los meses, en los que realmente aprendí algo.

Esas primeras semanas hasta que me fui encontrando verdaderos buenos amigos por el camino. Pero lo que me costó ese camino… Recuerdo que esos días hasta me gustaba ir a trabajar de camarera, que no me importaba que no me pagaran nunca en la fecha establecida, ni tener contrato, ni estar rodeada de machistas engominados y con pantalones apretados y cinturones de cuero negro, sonrisa incierta y dientes de oro. Sin contar con el demonio de tía lituana que tan mal me lo hizo pasar y de cuyo nombre no quiero acordarme, bien porque me dan ganas de vomitar o bien porque era muy raro y no lo recuerdo.

De repente me doy cuenta de que ahí, en ese agujero infectado de ratones, lleno de gente siniestra pero que en realidad estaba aún más sola que yo, además de alcoholizada, fue ahí donde tuve que aprender a arreglármelas sola. Donde me metí en el papel de protagonista de “Uno de los nuestros” para pedir e ir a buscar el dinero que esa gente me debía. Y lo hice sola.

Fueron días de aprender a hablar y a callar cuando era necesario. Nunca a callar ante una injusticia. Largarme y quedarme en la calle antes que aguantar ciertas cosas. Ese aprendizaje es el más valioso que esta ciudad te puede dar. Al menos a todos aquellos que, como yo, tenemos que trabajar en este tipo de cosas para empezar.

Aprendí también que aquí, o te muestras segura de ti misma, y si no lo estás haces como si lo estuvieras, o si no te comen. Aprendí a hacer unos cafés perfectos, por cierto, de tantos gritos diciéndome “This is not a capuccino, this is a latte!” Y cuánto odié el capuccino y durante cuánto tiempo… Aprendí que hasta los compañeros con los que en apariencia mejor te llevas, se pueden volver locos de repente.

Cuántos aprendizajes que de no haber vivido aquí, nunca habría tenido. Y muchos españoles en Londres saben de lo que estoy hablando.

Por eso creo que detrás de todos estos viajes a Londres, tras el pretexto de mejorar el nivel de inglés, se esconde cierto sentido de perdición y búsqueda sin rumbo, de intento de escapar de algo, pero ¿de qué? Al fin y al cabo nunca podemos escapar de nosotros mismos, pero poner tierra de por medio es un alivio difícilmente superable por la fuerza de la rutina y la aparente seguridad de quedarte donde estás.

Ya no es sólo el hecho de aprender inglés y ganar dinero, cosas que difícilmente se consiguen aquí, o que se consiguen una vez transcurrido mucho tiempo. Es algo más. Es un aprendizaje de vida y una lección. Y es la primera vez en mi vida que puedo ver ese aprendizaje y esa lección en directo, ahora, ser consciente de que me está pasando a mí, aquí y ahora.

Puede que sea cierto que no nos hayamos ido, que nos hayan echado –de España-. Pero qué afortunados somos todos nosotros, esta generación de nuevos emigrantes, que podremos contar todas nuestras aventuras dignas de un cuento de Dickens en pleno siglo veintiuno. Nosotros, que pasamos de las enseñanzas universitarias –que, al fin y al cabo ¿para qué nos han servido?- a las enseñanzas de la vida y de las calles de Londres. Nosotros, que vamos con nuestro título debajo del brazo cuando llegamos aquí, y que luego nos damos cuenta de que ocupa demasiado. De que nos tenemos que desprender de él, nos pese lo que nos pese. Y nos pesa mucho. Pero aquí seguimos. Y seguiremos muchos de nosotros, seguramente, hasta que nuestra vida sea algo parecido a lo que soñamos cada día, sea lo que sea. Y sea donde sea.

Cuánto ayudaría a hacer las situaciones desagradables más llevaderas poder compartirlas, saber que estamos todos unidos, que nos apoyamos mutuamente, ya que nadie más lo hace. Si no nos unimos nosotros, por nuestra propia voluntad, ¿quién nos va a querer juntar entonces? Somos una realidad, y somos personas. Tenemos voz y necesidades. Qué necesario sería poder escucharnos mutuamente e incluso ser capaces de encontrar el punto de vista cómico de cualquier situación, esas que todos sabemos que sólo pasan en Londres.

Por eso nunca una asociación de personas fue tan necesaria como ahora, y nunca tanto como aquí, en Londres.

https://www.facebook.com/AsociacionEspanolesLondres?ref=hl