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El diablo se viste de Primark.

El despertador suena y Ed se sorprende. De pronto tiene una sensación de irrealidad que le dura unos segundos. Como un autómata, apaga el despertador, antes incluso de ser consciente de su sitio y su persona: su cama, su habitación, él. Ed se sorprende de haberse sorprendido cuando el despertador ha sonado. ¿Por qué? Es el mismo sonitono prefigurado de su móvil, el que lleva sonando casi un año, cuando firmó un contrato de tres años con una compañía telefónica inglesa para poder hacerse con un iPhone. No sabe, no ha investigado, en las funciones del iPhone y aún no entiende muy bien la diferencia con su antiguo móvil, de rango mucho menor según algunos. No tiene tiempo para ponerse a leer el libro de instrucciones y por ahora se conforma con saber cómo utilizar la agenda y conectarse a internet.

Anoche Ed tuvo una cita. Hacía tres meses que no tenía una. Demasiado trabajo. Hace dos días volvió a conectarse en aquella website de citas a ciegas, la que viene usando desde hace tiempo. Unos dos años, para ser exactos. Se enorgullece al pensar que ha tenido ya más de cincuenta citas gracias a esa página. Los encuentros con mujeres que ha tenido fuera de ahí, en la “vida real”, como alguna gente la llama, han sido más bien escasos, molestos y propensos al olvido. Porque en esta página todos los que están registrados saben a lo que van, saben lo que quieren, saben lo que piden.

Ed se lo pasó bien anoche. Volvió a las tres de la mañana. Bebió un poco. Bueno, bebió bastante, a juzgar por el dolor de cabeza con el que se ha levantado y la pesadez de cuerpo. Por un momento teme no poder levantarse de la cama.

La chica en cuestión se hacía llamar Kasia en la página web, pero luego resultó llamarse Mary. Cuando Ed vio la foto de una mujer rubia con los ojos verdes, unos treinta años de edad y ese nombre pensó que era rusa, o al menos del este. Mary resultó ser de Walthamstow de toda la vida y “compartía piso”, como ella misma contó, con su madre y cuatro gatos.

Pero Mary resultó ser realmente interesante en contra de todas las expectativas de Ed al principio de la noche. No estaba mal de cuerpo y tenía una sonrisa agradable. Además disfrutaba realmente de todas las bromas que Ed hacía, de todos los chistes de obreros que Ed desplegó. Nunca antes había llegado a contar el del obrero escayolado –lo reservaba para cenas de amigos-, pero anoche se lo contó a Mary y ella se rio a carcajadas.

Mientras Ed se dirige a la ducha piensa que tal vez la vuelva a llamar la semana que viene. No pasaron la noche juntos, eso es verdad, pero se besaron. Si bien es cierto que Mary no besaba muy bien, también lo es que el beso tuvo lugar al final de la noche, cuando acababan de terminar la segunda botella de La Serre Merlot. El propio Ed eligió el vino, y eso pareció sorprender y encantar enormemente a Mary. Ed se reservó la información acerca de que La Serre Merlot era el único vino que conocía porque era con el que trabajaba. Ed es manager de Memphis & Brown en el British Museum. Memphis & Brown es una cadena de cafeterías horteras y con decoración henchida y cursi, ridículamente caro, y que pueblan algunos museos de la ciudad. Su dueño es Steven Memphis. Acerca de Brown nadie sabe nada.

Cuando Ed sale de la ducha ya no piensa en Mary. Piensa en que hoy llega el nuevo General Manager de Memphis & Brown al British Museum. Todo lo que sabe Ed acerca del nuevo General Manager es su nombre, y que está algo gordo, pero eso es lo de menos, por favor.

Para hacerse notar ante la inminente llegada, Ed lleva días acercándose a la cafetería a ver cómo trabajan “los chicos”, como él llama a los camareros de Memphis & Brown. Esto es algo que le aburre tremendamente, sobre todo cuando hay mucha gente. Así que se limita a hacerse ver, a saludar aquí y allá sin esperar respuesta. La mayoría de los camareros ni siquiera le conocen, pues nunca se le suele ver por allí.

Ed es un tipo que prefiere el trabajo de oficina. La supervisión del trabajo de otros no se le da muy bien porque tanto camareros como clientes le ponen nervioso. La cafetería está siempre sucia, “los chicos” nunca sonríen a los clientes y el café estimula el vómito. Pero de eso nadie parece darse cuenta. Y mucho menos los clientes, en su mayoría turistas. Pero suple su rechazo al trabajo de campo escupiendo unas cuantas órdenes que a él le parezcan contundentes. Lo primero es el tono de voz, algo que aprendió en el cursillo “Twentieth Century Managers”, un curso corto por internet ofrecido por la Escuela de Negocios de la ciudad. El tono de voz ha de ser firme y contundente. Esto había que aprendérselo de memoria. Los trabajadores necesitan saber que el manager ha llegado, que ha hecho acto de presencia. Y con un tono de voz débil y grave nadie le haría ni caso. Los trabajadores son gente que necesita un guía, instrucciones, directrices. Y el tono de voz ha de ir acorde con una personalidad segura. Ed hablaba rápido y terminaba cada palabra como si fuese aguda, marcando la sílaba final con la garganta muy abierta. Y pronunciaba las palabras como si las masticase, porque si no, decía, los chicos no se enteran de nada.

Lo segundo, decía el tutor del curso “Twentieth Century Managers”, es acercarse a los trabajadores cuando se les habla y mirarles a los ojos. Un buen manager jamás desviará la mirada de un trabajador porque eso puede ser entendido como un signo de flaqueza por parte del trabajador. Así que Ed se acercaba siempre a la cara de la persona con quien hablaba. Era ya un hábito y no lo hacía sólo en el trabajo sino también en sus relaciones personales. Es cierto que alguna que otra vez había notado que algunos de “los chicos” se retiraba disimuladamente hacia atrás cuando Ed hablaba. Pero qué le importaba a Ed aquella panda. Pobrecillos. Actualmente Ed estaba empezando la segunda parte del cursillo, “Twenty-first Century Managers”, en el que se hacía hincapié en la necesidad de una “imagen depurada”, expresión que Ed aún no entendía pero acerca de la cual estaba trabajando.

Pero tenía que darse prisa. Ed abre el armario y se dispone a ponerse el traje de chaqueta.

Ed vive en un apartamento solo, en el sur. Gana dinero, pero no lo suficiente para esta ciudad. Así que se compra los trajes de chaqueta en Primark. Esto es algo que nadie sabe, ni siquiera sus amigos más cercanos. Ed corta la etiqueta de chaquetas, camisas y pantalones. Y si alguien pregunta Ed dice que le molestan, que es una manía que tiene, la de cortar las etiquetas.

De todas formas sólo se pone traje de chaqueta para trabajar, y al fin y al cabo va a causar la misma impresión que si se lo hubiera comprado en Massimo Dutti. Ese efecto de: aquí estoy yo.

Ed se aprieta el nudo de la corbata frente al espejo, se pone la chaqueta, sonríe a su reflejo y se da dos palmadas en los mofletes. Sí, definitivamente la semana que viene volverá a llamar a Mary.

 

“Esa gente sólo quería pollo y tal vez por eso los odiaba, o por cualquier otra cosa”

Hoy empiezo oficialmente a estar inmersa de nuevo en ese exasperante proceso que es buscar un trabajo en Londres (me refiero, por supuesto, a un trabajo precario). Al menos exasperante para mí. Claro que yo soy una persona bastante propensa a la exasperación. Pero hoy no es día de self- deprecation ni consideraciones filosóficas acerca de mi debilidad mental. Lo tengo que aparcar mientras consigo un nuevo trabajo precario. Cuando lo consiga volveré a sacarlo.

Llevo poco tiempo, sólo dos horas y sólo aplicando por internet, pero ya he completado el interminable proceso en Café Nero y en Pret a Manger. Procesos más o menos normales, preguntas típicas que en los dos sitios han sido prácticamente las mismas, pero que consumen un tiempo increíblemente largo. Si por lo menos pudiera copiar y pegar mis respuestas… Pero claro, una vez se envía la aplicación las respuestas desaparecen en el mar de la desesperación de las aplicaciones europeas, en la base de datos del recruiting team para siempre (o mejor dicho, por un período de seis meses).

Todas hablan del “entusiasmo por trabajar de cara al público”, de provide excellent customer service, de la importancia del trabajo en equipo, de ser self motivated. Mientras, yo hago lo propio y  miento diciendo que me encanta trabajar de cara al público, que tengo verdadera pasión por los clientes, que me encanta regalarles una sonrisa aunque sean unos maleducados porque posiblemente esa sonrisa sea la única que vean en todo el día y  mierdas de ese estilo. Creo el perfil de la camarera perfecta porque claro, si no eres capaz de ser la mejor camarera del mundo ¿cómo vas a ser la mejor profesional en cualquier otro campo cualificado y profesional? En mi perfil, en las respuestas que mando, yo misma me contrataría en cualquier sitio. Sí señores, este trabajo me encanta y ganando 6`31 libras la hora soy más, mucho más que feliz. Al menos permite soñar mucho y salir poco.

Cuando he terminado esas dos aplicaciones he ido a por la última: EAT, el hermano pequeño de los gigantes de comida rápida pseudo-natural-fresca-sana. Estaba completando de nuevo todos los huecos, los mismos de siempre, sí, sí, me encantan los clientes, son la alegría de mi vida. Hasta que llego a la última pregunta del cuestionario. La última. Y es la siguiente: Would you be able to make the Buzz?  Había que ver un vídeo para contestar a la pregunta. Esta aplicación me está llevando más tiempo del que esperaba. Total, todo para hacer cafés y limpiar mierda. Pero bueno, veo el vídeo de marras. En él aparecen trabajadores con su uniforme negro al lado de lo que parecen sus managers o supervisores , vestidos de calle (claro). Se ponen de acuerdo y cuentan hasta tres para soltar un grito que no entiendo (tal vez por la mezcla de acentos).

A continuación aparece un tipo en traje y con ricitos negros engominados con una pizarrita de fondo en lo que parece un curso de formación, él en primer plano. Muy convencido de su empresa y blablablá. Él sí es inglés, lo sé por el acento. Después sale una chica rubia con acento y aspecto del este, y a grito pelado suelta Hot soup! y también Hot pies! frente a una cola interminable, ante las caras entre anonadadas e incrédulas de los clientes, que sólo quieren comer o pensar, que sólo tienen media hora para descansar. Y en el mismo vídeo, a continuación, aparece el genio inventor del tal llamado Buzz, un tipo joven con pinta de estar empezando en “el campo”.  Justifica su brillante idea con una sonrisa de oreja a oreja y unos dientes, además, perfectos y relucientes, inglesito de Oxford. Y él habla y yo le escucho a medias. Porque lo que me estoy imaginando es a él en su casa, solo en su mesa de trabajo, por la noche a la luz de un flexo de Bang and Oluffsen, rompiéndose la cabeza intentando pensar en algo novedoso y genial porque el director de EAT, el señor trajeado y engominado que también aparece en el vídeo, le dijo ayer en su despacho que iban a la cola de los establecimientos de comida rápida en Londres y que como no haga algo para remediarlo se va a la calle. “Para eso te pago inútil, eres el director de márketing, de ventas y de publicidad. Haz algo.” Y él rememora esa reunión en el despacho de su jefe. La rememora esa noche en la soledad de su estudio. Y no ha formado aún una familia pero tiene este estudio en Hoxton, o en Haggerston o en Dalston y es lo único que tiene y lo tiene que mantener, for god´s sake. Entonces piensa que se la suda, que mañana tiene que llevar algo, sea lo que sea y que sea lo que dios quiera. Va a proponer lo primero que se le ocurra, lo más absurdo. Entonces se le ocurre el grito o Buzz. Los trabajadores de EAT ganan el mínimo, necesitan dinero, viven para trabajar. Si nadie se ha quejado por las horas o el trato o el trabajo mal pagado no se van a quejar ahora por tener que hacer el Buzz, ¿verdad?, ¿verdad?

No llego a ver el vídeo entero. Le doy a la equis, lo cual borra toda mi aplicación. Me acuerdo de lo que me dijo Jeny el otro día. “Esa gente sólo quería pollo y tal vez por eso les odiaba, o por cualquier otra cosa”.

Esta gente sólo quiere pollo, o sopa, o un flat White (sea lo que sea eso). Es lo único que quieren. Señores, que me cuelguen en una plaza pública si quieren por negarme a hacer una gilipollez soberana como es el Buzz. Menos mal que Londres es grande. Y está plagado de otros trabajos precarios que sí estoy dispuesta a hacer.

El nudo en la garganta.

Veo un reportaje en el British Vogue acerca del cumpleaños de Alexa Chung, al parecer el nuevo icono de estilo en estos tiempos superficiales e inclinados a lo vintage. Como se puede observar, ella es muy vintage y aprendió a hacerse la raya de los ojos como Brigitte Bardot y todo lo explica en un libro titulado “It”, que le han sacado a la venta a la vista de su tirón mediático en el que además expone todas sus influencias de estilo desde que eligió su chupete, hace ya treinta años.

Como decía, el del British Vogue es un reportaje fotográfico acerca del treinta cumpleaños de esta chica, que fue la semana pasada. Y en él aparece gente de todo tipo, a los cuales no tengo el placer de conocer pero a juzgar por sus barbas y sus trajes estrechos deben ser importantes en Central London y tal vez en el Este también -aunque no más allá de Bromley by Bow-. Una fiesta llena de hipsters, flequillos y labios rojos y el cantante de One Direction, del cual nunca dejará de sorprenderme su apellido y su presencia en general.

Entre tanta foto de Instagram, la única información que puedo colegir es que el vestido de la cumpleañera es de Carven. Y sí, es precioso, por algo ella es un icono de estilo. Plisado por los lados, plateado, con cuello de barco. El vestido ideal cuando vas a celebrar tu treinta cumpleaños en la suite de un nuevo hotel londinense de lujo.

Después de ver las fotos me pregunté si esa chica, Alexa, antes de salir de su casa y montarse en el coche negro con asientos de cuero que la esperaría en la puerta, se miraría al espejo ovalado y retro, fijamente, de arriba a abajo. Ataviada con su vestido de Carven y sus zapatitos. Si pensaría que se dirigía a la suite de un hotel a celebrar su treinta cumpleaños, donde la esperaría gente que ella ni tan siquiera conocía, gente que no sabe ni cuántos años va a cumplir.

Que sí, Vogue puede haber pagado la suite y la tarta y puede hasta que haya pensado la dedicatoria escrita con crema en el pastel, más bien impersonal y sosa (“For the smallest pal, Happy Birthday Chung”).

Supongo que en ese momento miraría de nuevo su vestido y pensaría “es de Carven”, y tal vez se lo recordaría dos o tres veces. Antes de que los ojos se le humedecieran un poco más y el nudo en la garganta se hiciera un poco más grande.

No, antes de que eso ocurriera bajó las escaleras precipitadamente y se montó en el coche. Y aunque estuvo a punto de decirle al chófer que condujera sin rumbo, que pasara de largo el hotel y su fiesta, que siguiera rodando sin dirección fija, adelante, corriendo; no lo hizo. Miró con sus grandes ojos verdes y pintados con eyeliner estilo BB a las farolas de la calle y los tejados picudos y marrones y las puertas blancas de la calle, todas iguales. Pensó que esa era su vida, ese era su trabajo, y eso era lo que tenía que hacer. Y aguantaría con los tacones de Manolo Blahnik toda la noche. Aunque tuviera que hacer varias visitas al baño. El chófer esperaba sus indicaciones, con los ojos clavados en ella a través del retrovisor. Él también pudo ver que los ojos de la chica brillaban más que nunca. “Al hotel……” dijo por fin ella. Y recostó su delgada espalda en el asiento de cuero negro, más cómodo de lo que podía parecer a simple vista.

El nudo en la garganta siempre bajo control: nunca olvidar eso en Londres. Siempre bajo control.

Varias voces, una experiencia.

Estos días me doy cuenta de que siempre idealizamos el pasado, aunque sepamos de buena tinta que lo pasamos mal. Por ejemplo, cuando recuerdo la primera vez que llegué a Londres,  cuando estaba tan asustada que no me atreví a salir a la esquina de mi casa durante dos días. Supongo que será porque fueron los días, y luego los meses, en los que realmente aprendí algo.

Esas primeras semanas hasta que me fui encontrando verdaderos buenos amigos por el camino. Pero lo que me costó ese camino… Recuerdo que esos días hasta me gustaba ir a trabajar de camarera, que no me importaba que no me pagaran nunca en la fecha establecida, ni tener contrato, ni estar rodeada de machistas engominados y con pantalones apretados y cinturones de cuero negro, sonrisa incierta y dientes de oro. Sin contar con el demonio de tía lituana que tan mal me lo hizo pasar y de cuyo nombre no quiero acordarme, bien porque me dan ganas de vomitar o bien porque era muy raro y no lo recuerdo.

De repente me doy cuenta de que ahí, en ese agujero infectado de ratones, lleno de gente siniestra pero que en realidad estaba aún más sola que yo, además de alcoholizada, fue ahí donde tuve que aprender a arreglármelas sola. Donde me metí en el papel de protagonista de “Uno de los nuestros” para pedir e ir a buscar el dinero que esa gente me debía. Y lo hice sola.

Fueron días de aprender a hablar y a callar cuando era necesario. Nunca a callar ante una injusticia. Largarme y quedarme en la calle antes que aguantar ciertas cosas. Ese aprendizaje es el más valioso que esta ciudad te puede dar. Al menos a todos aquellos que, como yo, tenemos que trabajar en este tipo de cosas para empezar.

Aprendí también que aquí, o te muestras segura de ti misma, y si no lo estás haces como si lo estuvieras, o si no te comen. Aprendí a hacer unos cafés perfectos, por cierto, de tantos gritos diciéndome “This is not a capuccino, this is a latte!” Y cuánto odié el capuccino y durante cuánto tiempo… Aprendí que hasta los compañeros con los que en apariencia mejor te llevas, se pueden volver locos de repente.

Cuántos aprendizajes que de no haber vivido aquí, nunca habría tenido. Y muchos españoles en Londres saben de lo que estoy hablando.

Por eso creo que detrás de todos estos viajes a Londres, tras el pretexto de mejorar el nivel de inglés, se esconde cierto sentido de perdición y búsqueda sin rumbo, de intento de escapar de algo, pero ¿de qué? Al fin y al cabo nunca podemos escapar de nosotros mismos, pero poner tierra de por medio es un alivio difícilmente superable por la fuerza de la rutina y la aparente seguridad de quedarte donde estás.

Ya no es sólo el hecho de aprender inglés y ganar dinero, cosas que difícilmente se consiguen aquí, o que se consiguen una vez transcurrido mucho tiempo. Es algo más. Es un aprendizaje de vida y una lección. Y es la primera vez en mi vida que puedo ver ese aprendizaje y esa lección en directo, ahora, ser consciente de que me está pasando a mí, aquí y ahora.

Puede que sea cierto que no nos hayamos ido, que nos hayan echado –de España-. Pero qué afortunados somos todos nosotros, esta generación de nuevos emigrantes, que podremos contar todas nuestras aventuras dignas de un cuento de Dickens en pleno siglo veintiuno. Nosotros, que pasamos de las enseñanzas universitarias –que, al fin y al cabo ¿para qué nos han servido?- a las enseñanzas de la vida y de las calles de Londres. Nosotros, que vamos con nuestro título debajo del brazo cuando llegamos aquí, y que luego nos damos cuenta de que ocupa demasiado. De que nos tenemos que desprender de él, nos pese lo que nos pese. Y nos pesa mucho. Pero aquí seguimos. Y seguiremos muchos de nosotros, seguramente, hasta que nuestra vida sea algo parecido a lo que soñamos cada día, sea lo que sea. Y sea donde sea.

Cuánto ayudaría a hacer las situaciones desagradables más llevaderas poder compartirlas, saber que estamos todos unidos, que nos apoyamos mutuamente, ya que nadie más lo hace. Si no nos unimos nosotros, por nuestra propia voluntad, ¿quién nos va a querer juntar entonces? Somos una realidad, y somos personas. Tenemos voz y necesidades. Qué necesario sería poder escucharnos mutuamente e incluso ser capaces de encontrar el punto de vista cómico de cualquier situación, esas que todos sabemos que sólo pasan en Londres.

Por eso nunca una asociación de personas fue tan necesaria como ahora, y nunca tanto como aquí, en Londres.

https://www.facebook.com/AsociacionEspanolesLondres?ref=hl

Cosas que sólo haría por Londres.

Porque, como canta Morrisey “you will return one day because of all the things that you see when your eyes close”. Estas son sólo algunas de las cosas que solo haría, y hago, y espero seguir haciendo, por esta ciudad. De una forma completamente egoísta, por supuesto.

Levantarme uno de mis días libres a las 8 de la mañana y, aunque me duelan las piernas por haber estado trabajando nueve horas el día anterior, salir de casa a las 9 para ir a saludar a mi querido Tower Bridge. Los rayos de sol, aún tenues, caen suavemente sobre el Támesis. Recorro el Thames Path, afortunadamente aún con pocos turistas, y me siento en un banco a leer “Londres”, de Virginia Woolf. Por esas casualidades que hacen que la vida valga la pena, abro el libro por el apartado en el que mi escritora favorita habla sobre este paseo, en concreto sobre la vista de Tower Bridge, con la Torre de Londres siempre vigilante. Por supuesto ella lo describió todo mucho mejor que yo hace un siglo:

Por fin, hemos llegado a ese grueso y formidable  círculo de viejas piedras, en el que tantos tambores han batido, y tantas cabezas han caído, la Torre de Londres. Este es el nudo, la clave, el cogollo de todas esas desperdigadas millas de esquelética desolación y de actividad de hormigas. Aquí se oye la ruda canción ciudadana, con sonido de gruñidos y estertores, que ha convocado a las naves del mar, para que quedaran aquí cautivas, junto a los tinglados.

Comprarme un libro de poemas de E.E Cummings, sin tener muy claro aún si lo entenderé. Me gasto siete libras, o lo que es lo mismo, el presupuesto que tenía reservado para quedar con un chico con el que de vez en cuando solía quedar. Básicamente, preferir la lectura a la posibilidad del amor. Aunque si esa posibilidad hubiera sido real… ¿me hubiera comprado el libro de Cummings? Este fue el poema que leí, abriendo una página al azar en Foyles de Tottenham Court Road, y que me hizo decidirme por el libro frente a la pasajera, melancólica insatisfacción de saber que, como dijo alguien sabio que sabía de lo que hablaba “cuando no se puede no se puede y además es imposible”.

I like my body when it is when your

body. It is so quite a new thing.

muscles better and nerves more.

I like your body. I like what it does,

I like its hows. I like to feel the spine

                                          of your body and its bones, and the trembling

-firm-smooth ness and which I will

again and again and again

kiss, I like kissing this and that of you,

I like, slowly stroking the, shocking fuzz

                                             of your electric fur, and what-is-it comes

                                         over parting flesh…. And eyes big love-crumbs, 

and possibly I like the thrill 

                                                    of under me you are so quite new

 

Ir sin mapas, como voy siempre que paseo por Londres, es mi mayor fuente de conocimiento de la ciudad. Gracias a esta máxima que siempre me pongo, he conocido lugares secretos y maravillosos que nunca me imaginé que podría encontrarme, y es también por lo que aquí siempre conozco un sitio nuevo. La vida es mucho más emocionante cuando una no sabe hacia dónde se dirige. Y cuando crees que te has perdido, cuando ya se piensa en desandar los pasos, entonces se encuentra, en vez del camino de vuelta, la meta. Y menos mal. Como aquel día que cogí autobuses sin parar hasta llegar a Pimlico con el objetivo de visitar la Tate Britain. Por supuesto podría haber consultado la parada exacta antes de salir de casa, pero gracias a que anduve perdida unas horas conocí, por ejemplo, Chelsea Bridge. Por lo demás es un barrio, Chelsea, muy aristocrático y aburrido en el que nunca se ve a gente por la calle. Es cierto que las casas son impresionantes, pero son de esas casas –que no hogares- que no tienen alma, y que por lo tanto da igual verlas en una foto o en persona.

Me costó toda una mañana llegar a la Tate Britain. Al final, cuando ya pensaba en volver a casa, cogí el primer autobús que pasó, y resultó que me dejó en la misma puerta del museo. Como no tengo el vocabulario necesario para hacer una crítica de la exposición, sólo puedo decir que me encantó. Y si el hecho de gastarme 17 libras en el libro A Guide to British Art, el manual de la exposición, no dice suficiente acerca de lo que me gustó, no sé qué más puedo decir.

 

                       

Ellen Terry as Lady Macbeth, de John Singer Sargent.

 

Coger el 205, posiblemente el autobús más largo y aburrido que he cogido nunca, y hacer prácticamente todo el recorrido del mismo hasta Paddington, sólo porque me llamaba la atención cómo sonaba el nombre. Cuando llegué, no había mucho que destacar.

Cruzar prácticamente toda la ciudad para ir a la British Library, en King´s Cross, sólo para comprar la biografía de Virginia Woolf que vi hacía meses y que no me pude comprar porque no tenía dinero ni vistas de tenerlo próximamente.

Guildhall, un cementerio que encontré, creo que en mi camino hacia Euston, un anciano árabe cantando en el autobús, al que tuvieron que echar y como no quería salir, quería seguir cantando, nos echaron a todos, pero el hombre siguió cantando en el autobús –desde entonces quise ser como ese hombre, coger siempre el camino más largo, no volver nunca a caminar sobre mis pasos, Daunt Books entre Bank y St. Paul, los pasadizos de St. Paul, esa tienda de discos de segunda mano en el Soho, una pequeña tienda de telas también en el Soho, Soho Square, la tienda de bagels a 50p de Brick Lane, Clink Prison o el museo que nunca hube de visitar, un callejón y un actor de musicales y su canción de Michael Bublè, la tienda de Vivienne Westwood en una de las calles que desembocan en Regent Street, Notting Hill Book Shop, todas las tiendas vintage de Brick Lane, Old Spitalfields Market, el Savoy y Nina Simone, el café Rae Ann en Stratford. Y tantos sueños.

 

East Londoners from the bus (II): My 25 o ¿Me puede no gustar Madrid?

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Hace algunas semanas escribí acerca del Londres que se observa desde las rutas de autobús 26 y 30. Esta semana le toca a otro de mis autobuses favoritos. De hecho el que más me gusta, el primero que cogí cuando llegué aquí. Todas las ciudades tienen algún objeto o máquina u obra o producto de ingeniería o como se quiera llamar, al que se le coge cariño, que es especial y en torno al cual se han vivido tantas cosas que una se queda anclada a él y nunca se olvida. En mi caso, es el 25.

 El 25 hace una ruta tan larga que nunca he sabido dónde empieza. Aunque sí dónde acaba: Oxford Circus. Aunque el principio es el final, y viceversa. No sólo en los autobuses. Empieza (o acaba) en un lugar llamado Ilford, al que nunca he ido y sólo conozco por el letrero siempre acompañando al número 25 en la parte de arriba del autobús. Siempre me he subido en el mismo sitio: en la parada frente a la iglesia que nos separa del viejo centro comercial de Stratford, que tuvo la desgracia de empezar a ser conocido como el “Old Stratford Centre” cuando la cosa horrible y mastodóntica del Westfield fue construida para los Juegos Olímpicos de Londres hace un año. Qué metáfora de lo que esta ciudad…

Estamos en la parte más moderna de East London. Una ciudad que parece artificial, creada sólo temporalmente, con vistas a las formas extrañas, amasijo de hierros que conforman el estadio de los Juegos Olímpicos, y a su lado otra cosa roja que no sé ni lo que es y tampoco me interesa.

Al principio de nuestro recorrido se pueden observar los hoteles creados para este propósito reciente. Hoteles de todos los estilos, con aspecto más caro, o más barato. Algunos parecen prefabricados y otros intentan imitar un estilo victoriano que seguramente los que lo habitaron durante los Juegos no conocieron si no se movieron de Stratford. Así les crearon una ilusión de Londres, y los huéspedes tan contentos que volvieron, cargados de bolsas del Westfield, a sus países de origen. Después hay grandes superficies de tierra, como descampados, tal vez tierras prometidas que nunca fueron urbanizadas. Pero cómo voy a hablar yo de tierras prometidas, siendo de España…

Afortunadamente pronto nos encontramos con el canal, que recorre todo East London y llega hasta Angel, que está en el noroeste. Aún no lo he recorrido de principio a fin, sino que de vez en cuando he paseado por él, cogiéndolo y abandonándolo en cualquier punto: desde Mile End, Hackney o Dalston. En pocos segundos, si no hay tráfico, llegamos a Bow, cuya rotonda separa Stratford, lo nuevo, prefabricado y especialmente creado para los Juegos de marras, del genuino East London, con Whitechapel, donde Jack el Destripador cometió sus crímenes, y Brick Lane o también conocido como banglatown.

El cambio realmente impresiona. Ya nos encontramos con las pequeñas “mosques”, centros de oración para los musulmanes, que no son como la gran “East London Mosque”, sino que son pequeños locales utilizados como centros de estudio y oración. Estos se encuentran frente de la iglesia de Bow, una de las más antiguas de todo Londres, cuyas campanas son tan antiguas que hasta hay leyendas formadas en torno a ellas, y que son tocadas todos los domingos en una especie de ritual privado de un grupo de gente que se reúne especialmente para ello, al que tuve el privilegio de medio-asistir una vez junto a una amiga. Digo medio asistir porque vimos cómo se preparaban para tocarlas, pero luego cerraron la puerta. Eran los principios, así que ni mi amiga ni yo nos atrevimos a preguntar –qué tontas- . Por suerte un cartel en la puerta lo explicaba.

A partir de aquí ya se empieza realmente a sentir Londres: esa mezcla de lo viejo con lo nuevo, lo victoriano con lo moderno, lo abandonado, lo sucio, lo olvidado. Casas de ladrillo visto con sobrias puertas y los números dorados de cuyos tejados sobresalen alargadas chimeneas. Ventanas con cuadraditos y una mujer con burka que tiende la ropa en el jardín. Estas son casas en el pasado unifamiliares, de dos o tres pisos, en los que ahora pueden vivir varias familias. Las típicas casas en las que uno piensa cuando piensa en Londres.

Si se viaja en la primera fila del piso de arriba del autobús, durante todo el recorrido por Mile End Road hasta Aldgate se observan algunos de los rascacielos más famosos de Londres. Aquel con forma de huevo, y el otro con forma de pagoda, aún en construcción. Ambos como una promesa a lo lejos. Siempre una promesa. Entonces se baja la vista y se ve a la gente pasear o comprar en los pequeños, familiares y bangladeshíes off licence donde se puede encontrar de todo. Ya hemos llegado a la gran East London Mosque, con su entrada angosta y pequeña que pasa casi desapercibida designada para las mujeres, y las tres enormes puertas principales con esas características formas picudas y redondeadas características del arte árabe, por las que sólo pueden entrar los hombres.

Entre tanto gorrito de lana con pompón, corte de pelo rubio más-corto-por-abajo-que-por-arriba, pantalones de pitillo, botines de piel, camisas estampadas abrochadas hasta el ahogo, bicicletas vintage y sombreretes de paja que observo día a día en el Overground, que trae a toda la gente de la parte más “moderna” y “trendy” de East London, es agradable observar y recordar que Londres es algo más. Incluso ver el velo de una mujer musulmana, el shari de una india, las coloridas telas del vestido de una africana, la camiseta vieja y sucia anunciando un detergente de los años 80 y los pantalones manchados de pintura de un obrero es un alivio cuando ya creías que vivías en un mundo donde es obligatorio llevar el uniforme hipster. 

Cuestión de tuberías

Sentada en la terraza de la cafetería de la British Library leo que Carmen Martín Gaite ha sido “entronizada como el gran clásico de la literatura española contemporánea” en Estados Unidos. Personalmente, no sé lo que quería decir la autora del artículo con esta frase rimbombante – ¿la han nombrado doctora?, ¿han hecho una exposición sobre ella?- pero me da igual, admiro a Carmen Martín Gaite. Y como desgraciadamente suele ocurrir, Estados Unidos se ha dado cuenta antes que nosotros de la valía de un escritor español.

Leo este artículo justo la semana en que pienso lo siguiente: ¿se puede ser escritora, o hacerse llamar escritora, o considerarse escritora si una no se ha leído El Quijote? Es una duda que me lleva rondando siempre, desde que en el colegio nos obligaron a leerlo, y como todo con lo que me siento obligada, no lo leí.

Pero me gusta leer, me gusta escribir, y me gusta Carmen Martín Gaite. Ella seguro que se leyó El Quijote, y muchas más obras maestras de la literatura clásica en español que yo no me he leído aún. Llevaba ya días dándole vueltas a que este verano me dedicaría a leer El Quijote, y que ya por fin podría descansar mi conciencia. Pero cuando leí este artículo en El País pensé que no. Que a la que leería sería a ella.

Mi historia comienza y acaba de forma muy sencilla. Nunca una escritora ha expresado tan bien mis propios sentimientos. No soy una gran conocedora de su obra, sin embargo. Leí “Nubosidad variable” en una de las peores épocas de mi vida, y fue lo que me salvó de muchos momentos de angustia, como suele hacer siempre la literatura. De hecho, he intentado varias veces volver a leerlo, pero no puedo pasar de la primera página sin empezar a llorar. Siempre me quedo en la misma frase: “Todo en la vida es cuestión de tuberías, eso ya se sabe, y hay que aceptarlo”.

***

Londres no es una misma y una sola ciudad. Londres es muchas ciudades y no es ninguna. No sé si alguien dijo ya esta frase alguna vez, posiblemente fuera algo parecido, pero Londres no es una ciudad sino un estado de conciencia y a veces de inconsciencia. Es un estado mental. Londres es una experiencia que se interpreta como la aguja de una brújula, dependiendo de si una vive en el norte o el sur, el este o el oeste. Londres es un mecanismo complejo. Si se pudiera comparar a algo gráfico, sería como el mecanismo de un reloj, o como el laberinto de tuberías del subsuelo del metro. Como dijo Martín Gaite, todo en la vida es cuestión de tuberías, eso ya se sabe y hay que aceptarlo.

 

1901 2013

La bebedora de absenta, Picasso, 1901. Museo del Hermitage, San Petersburgo.

Hace dos semanas visité una exposición de Picasso en la Courtauld Gallery centrada en la llegada de Picasso a París en 1901. Este acontecimiento supuso un antes y un después en la vida personal y profesional de Picasso, ya que significó su punto de partida como artista “reconocido” –que no real, ya que Picasso llevaba años pintando cuando llegó a París. Aún así, esto sucede cuando Picasso tenía sólo 19 años.

1901 es uno de los años más importantes de Picasso como artista porque es el comienzo de su famoso período azul. Y todo empieza, como él mismo reconocería más adelante, por el suicidio de su gran amigo Carles Casagemas en París, en febrero de 1901. Yo no soy para nada entendida en arte, pero lo que más me asombró de las obras que se exponían era que cualquiera –hasta yo, que disto mucho de ser una experta- podía sentir la melancolía de los personajes pintados por Picasso. Los ojos de los personajes –arlequines, enanas, bailarinas de can-can, prostitutas- transmitían sensaciones que todos hemos sentido alguna vez. Eso es para mí el arte.

Hoy me he levantado y he leído los mensajes que me mandan unas amigas españolas en el grupo de “WhatsApp” que tenemos. Si bien es cierto que ninguna nos podemos quejar, porque al fin y al cabo tenemos una familia que nos ayuda, las necesidades básicas cubiertas, etc, he empezado a pensar en lo diferentes que son las cosas ahora, en 2013, si lo comparo con 1901: el año en que Picasso llegó a París. Puede parecer muy obvio este pensamiento, y lo es, pero es en lo que me he parado a pensar. Sobre todo desde el punto de vista del desarrollo profesional. Picasso llegó a París para exponer sus cuadros con sólo 19 años porque un importante y rico marchante de arte, Ambroise Vollard, confió en él, vio su potencial. Aunque Picasso hubiese pintado desde pequeño y se preparase académicamente –en Madrid y Barcelona- para ser pintor, alguien realmente confió en él y le dio una oportunidad que supuso un antes y un después en su carrera. Hablando con mis amigas, muchas de las cuales no tienen trabajo o, como yo, se ven obligadas a trabajar en algo que dista mucho de ser para lo que han estado estudiando cinco o seis años, cobrando un sueldo indigno, me doy cuenta de que hoy en día nadie da ya un duro por los jóvenes que se han esforzado y se esfuerzan por demostrar lo que valen.

Ahora resulta que ya da igual tener una carrera. Ahora resulta que lo que hubiera sido mejor era no haber estudiado nada y haber trabajado más. Ah, perdonen, me he dado cuenta tarde, ya he gastado seis años de mi vida estudiando algo que no me va a dar de comer. Mis amigas y yo tenemos entre 23 y 27 años. Ninguna estamos trabajando en algo de lo que hayamos estudiado. Y las que hemos podido, en alguna ocasión puntual, trabajar en algo relacionado con nuestras carreras, ha sido gratis o casi, con la única promesa segura de que “lo puedes poner en el currículum”.

Somos una generación cuya carrera empezará a despegar de verdad a los 30 años. Qué diferencia con ese Picasso que tuvo la oportunidad –y el valor que ojalá hubiéramos tenido muchos- de dar a conocer la valía de su obra a los 19 años. Al menos me consuela pensar que nuestro mérito será que todo lo que consigamos, lo habremos conseguido solos, por nuestros propios medios. Que como dice mi amiga Jeny, somos “artistas sin mecenas” que tenemos el consuelo de internet que nos permite crear espacios en los que sólo nosotros nos dirigimos y decidimos. Porque hoy en día todos somos un poco artistas, aunque seamos psicólogos, arquitectos, profesores, ingenieros o escritores. Somos un poco artistas porque nos tenemos que inventar los medios para seguir teniendo esperanzas y ganas de seguir, aunque haya veces que de lo que tienes ganas sea de abandonar, aunque haya gente a nuestro alrededor que intente quitarnos nuestro entusiasmo.

Sí, después de todo creo que somos una nueva generación fuerte, como ya las ha habido en épocas anteriores en la historia. Llegaremos a conseguir lo que queramos conseguir. Lo único que deseo y espero es que todos estos jóvenes que formamos parte de esta generación sin trabajo, sin independencia total y sin dinero, no olvidemos que todo lo que hayamos conseguido cuando por fin lo consigamos, lo habremos conseguido SOLOS, sin ayuda de nadie, porque decidimos que confiar en nosotros mismos era la única solución y fuimos resistentes. Porque no dejamos que nada ni nadie nos hundiera –un jefe ignorante y aguafiestas, una casera loca y maniática, un profesor desmotivante y desmotivado, unos políticos inútiles y cansinos. Creo firmemente que somos y seremos la generación con más sueños por cumplir, con más metas por conseguir. Una de las generaciones con más dificultades –que no la única, ni con las dificultades más grandes. Nuestras dificultades y obstáculos son diferentes a los de generaciones anteriores, pero dificultades y obstáculos al fin y al cabo.

Lo único que me da fuerzas cada vez que ando el camino que me lleva de mi casa al trabajo es pensar que algún día no muy lejano estaré haciendo lo que realmente quiero hacer, y sé bien que lo voy a conseguir.

Sobre supervivencia humana y otros pasatiempos.

Era, por supuesto, uno de mis días libres.

Había estado toda la mañana paseando por Old Spitalfields Market, uno de los –muchos- mercados que aún no conocía en Londres. Quitando la mitad de los puestos, nada originales y más bien turísticos, un puñado de ellos merecían realmente la pena. Esos pocos estaban atendidos por los propios diseñadores o artesanos, y eran realmente piezas originales y únicas. Ya fueran vestidos,  joyería, artesanía o pinturas.

Acabé mi día en la cafetería de mi biblioteca de Whitechapel, que ha vuelto a abrir después de más de un mes. Tiene nuevos dueños y aparte de ser más cara tampoco son más simpáticos. Aunque es verdad que los anteriores dueños tampoco eran la alegría de la huerta precisamente. El caso es que me pedí un té y me senté a leer, como solía hacer, la revista Nature. Es el único sitio donde la puedo leer ya que es súper cara y… seamos realistas, tampoco soy tan fan de la ciencia. 

El caso es que abrí la revista, y en la primera página me encontré con un anuncio de la “Kyoto University Graduate School of Advanced Integrated Studies in Human Survaivability”. Obviamente, lo único que puedes hacer cuando lees algo de “estudios avanzados en supervivencia humana”, es seguir leyendo. Bueno vale, YO seguí leyendo. Uno de los objetivos del programa era “desarrollar personas que desean y están dispuestas a asumir la responsabilidad como líderes globales y que tienen un alto sentido de la misión y las perspectivas éticas tanto en el contexto japonés como en el contexto mundial”.

La escuela sólo acepta 20 estudiantes al año y proclama que “al final del programa, los estudiantes habrán acumulado no sólo conocimiento abstracto sino un alto sentido de la misión, moralidad y humanidad así como las habilidades prácticas y las conexiones profesionales necesarias para ser líderes de la sociedad global”.

Además informaban de que la SALS (School of Advanced Leadership Studies) organizó recientemente el primer simposio de “Human Survivability” –Supervivencia Humana.

A pesar de mi estupefacción seguí leyendo, mientras pensaba en lo bueno que iba a ser este tema para mi próxima entrada en el blog. Pero me paré a reflexionar un par de veces acerca de lo intrigante y algo estremecedor que resultaba todo esto. Se trataba de una verdadera fábrica de líderes mundiales. No sé si será un tema utilizado anteriormente en alguna película de ciencia ficción, pero a mí me sonó a algo así.

Uno entra ahí –véase un japonés, francés, alemán, americano o español (poco probable)- con poco cerebro pero mucho dinero y en un período de tiempo de uno a tres años te has convertido en un líder mundial y tienes a la humanidad y su supervivencia en tus manos. Está bien, puede que no tengan poco cerebro. Puede incluso que tengan demasiado. Pero, ¿qué saben sobre la vida? O mejor dicho ¿qué saben sobre vivir? No son preguntas retóricas ni poéticas. Realmente me gustaría poder saberlo.

Como es de esperar, la entrevista de admisión es dura, como preámbulo de lo que un gran líder mundial tendrá que enfrentar en el futuro. Nadie puede combatir una bomba nuclear de Corea del Norte si ni siquiera puede pasar una dura entrevista de admisión… ¿no? “Los aspirantes necesitan la habilidad de manejar la presión de una entrevista con profesores severos”.  “Nuestro principal objetivo es crear nuevas generaciones de jóvenes líderes que puedan contribuir activamente a la mejora de la raza humana y del mundo”. Hay tres palabras que me dieron miedito: generaciones y raza humana. No las palabras en sí, sino los términos, lo que representan, lo que despiertan en alguna parte de mi memoria, o de mi subconsciente.

A mi lado, sentados a la mesa llena de libros abiertos y apuntes, se encontraban tres chavales adolescentes estudiando. Son asiáticos, puede que de Pakistán o de la India. Se les veía realmente enfrascados en su estudio, incluso discutían la lección y se explicaban cosas mutuamente. Entonces me pregunté qué era lo que iba a separaba a estos tres chicos de ser los nuevos líderes del mundo, de la “sociedad global”. Qué les separaba de esa gente que estudiaba a miles de kilómetros de ellos en ese mismo instante.

1. Vista de Londres desde el exilio

No me prejuzguen por el título del blog, ni por el título de mi primera entrada. Este no es un blog sobre política. Este es un blog que habla sobre una realidad, la mía. La de una chica de 24 años que, habiendo acabado la carrera en España hace ya casi un año, se vino a Londres a buscar trabajo. Porque pensé, “total, para trabajar en una tienda de ropa o en un  restaurante en España, para eso me voy a Londres, y así a la vez aprendo inglés”.

Es la vida y la historia de una chica española que puede ser la de otros tantos españoles en Londres. La de esa generación de jóvenes (me siento un poco Rouco cuando utilizo la palabra “jóvenes”, no sé por qué) con sus carreras terminadas, muchas ganas de comerse el mundo, pero muy poco acostumbrados al sacrificio que requiere labrarse un futuro.

Es la historia, el día a día, de una generación que creció viviendo de la paga semanal de sus padres en la adolescencia, de pedir dinero cada vez que quería un capricho. De los que no nos preocupábamos nunca de cómo se pagaba nuestra matrícula de la universidad (tal vez era magia). Tampoco nos preocupábamos de si un mes nuestros padres iban a poder pagar la casa, o de qué era eso de la hipoteca, los préstamos y las deudas. Me aventuraría a decir que ni siquiera sabíamos cómo entraba el dinero en nuestras casas. Sólo sabíamos cómo se gastaba (y a veces ni siquiera eso).

Es la generación, en definitiva, de los que sólo nos preocupábamos por pensar qué íbamos a beber el fin de semana, y de si el chico o chica que nos gustaba iba a venir al botellón. Somos los que vivimos esa burbuja de la que, sin saberlo, todos eran partícipes. Esa burbuja que nosotros creímos que era la vida, el mundo real, cuando en realidad era sólo una ilusión que poco duró. Somos a los que nunca se nos enseñó qué era pasarlo mal, económicamente hablando. Los que cuando nuestros abuelos se ponían a hablar de los años de “Amar en tiempos revueltos”, resoplábamos y nos poníamos a pensar en otra cosa.

Y por eso ahora estamos en Londres. Y escribo Londres pero puede ser cualquier otra parte del mundo. Me incomoda pensar que somos los que hemos preferido escapar de la situación en España en vez de intentar cambiar nuestra realidad como a lo largo de los siglos personas con muchos más huevos han hecho. Me incomoda pensarlo, sí. Me fastidia que tal vez sea la verdad.

Ahora, esa generación nos estamos dando cuenta de lo que es no tener trabajo, o al menos no el trabajo para el cual se está cualificado (que es otra clase de desempleo, un desempleo emocional, diría yo). Nos estamos dando cuenta de lo que es el dinero, de tenerlo, no tenerlo, gastarlo, ganar lo mínimo, racionarlo, ahorrarlo, invertirlo.

Esta es una nueva clase de exilio. Este no es un exilio por las ideas políticas o por la situación política. O al menos no exclusivamente. Es un exilio elegido con y por comodidad, aunque no sin trauma, como todo exilio. Es un exilio al que nos ha llevado esa burbuja creada por esa sociedad que creía, que creyó firmemente como un público cree y se asombra ante los trucos de un mago, que se podían dar duros por pesetas. Y esa sociedad fuimos -somos- todos.

Cuando hace tiempo leí que la historia siempre se repite, y que hay que aprender historia para no reproducir los errores del pasado, no entendí muy bien a qué hacía referencia esa frase. Ahora ya la encuentro más sentido. La historia es circular. Somos la nueva ola de emigrantes españoles. Somos de nuevo emigrantes como ya lo fuimos en el pasado.

Pero después de todo, si me paro a pensarlo, hay algo de emocionante en ser emigrante. Pasaremos a formar parte de la historia como esa nueva ola de emigrantes españoles con títulos universitarios (por cierto no reconocidos por la UE, para más INRI). Siento dentro de mí una disonancia que no sé si otros en mi situación que tengan a bien leerme y quieran compartir su opinión sienten también. Por un lado me siento orgullosa de mí misma por haber tenido el valor de venir a una ciudad como Londres, tan enorme, ridículamente cara, hablando un inglés precario, trabajando en trabajos de mierda por el sueldo mínimo, viviendo en una habitación alquilada y pasando más tiempo en autobuses que en cualquier otro sitio. Pero por otro lado siento algo de culpa por no haberme quedado en España al pie del cañón, intentado hacer algo por mejorar la situación. No sé, invirtiendo en mi propio negocio, por ejemplo, o vaya usted a saber cómo (si ni siquiera nuestros ilustres políticos -españoles y europeos en general- lo saben, menos lo voy a saber yo).

En fin, cada cual que responda a esta pregunta, o intente resolver esta disonancia como pueda. De todas formas, el proósito del blog no es hablar de nosotros, de los españoles en Londres y la situación en España, o al menos no sólo. Este blog es un mix de cosas que cada día se irán descubriendo. A lo mejor un día me da por poner verde a Rajoy como otro día me da la gana poner una receta de cocina (lo cual es poco probable porque no tengo tiempo de cocinar).

¿Por qué? Pues porque tengo un trabajo de mierda, que no me gusta, en el que me pagan el minimo premitido por la ley, tengo dos días off a la semana y porque después del tiempo que llevo aquí he llegado a la conclusión de que el único mecenas de uno es uno mismo. Y más en estos tiempos. Ea.