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Paris, Texas

Mi paso fugaz por La Isla está indefectiblemente ligado a Leila Guerriero, o más específicamente a su libro “Zona de Obras”, casi una biblia para mí desde que lo leí. Y sin el casi, se ha convertido en una de mis biblias. O en mi Biblia.

Ella recoge unas declaraciones de Paul Auster (uno de mis primeros maestros de iniciación a la lectura “adulta” y al deseo de escribir algo), acerca del proceso creativo: “Alguien se convierte en artista, particularmente en escritor, porque no está del todo integrado. Algo está mal entre nosotros, sufrimos por algo, es como si el mundo no fuera suficiente, entonces sientes que tienes que crear cosas e incorporarlas al mundo. Una persona saludable estaría contenta de tomar la vida como viene y disfrutar de la belleza de estar vivo. No se tiene que preocupar de crear nada. Otros, como yo, estamos atormentados, tenemos una enfermedad, y la única manera de soportarla es haciendo arte”.

No sólo me marcó este párrafo porque me viera profundamente reflejada en las palabras de Paul Auster (y sentirte reflejada en algo que dice Paul Auster, es un reflejo casi cegador), sino porque me acordé de mis años en la Facultad de Psicología, ese templo de la Salud Mental con mayúsculas, de los disfraces de cordura, del DSM, los tests y los diagnósticos y de los dioses protectores del equilibrio psicológico que salimos de allí. De la perspectiva crítica a la Psicología que he ido adquiriendo con los años, y que ojalá hubiera cultivado precisamente mientras estudiaba, y no después, ahora. Pero claro, qué espíritu crítico iba a sacar yo en la Universidad, si venía de un sistema educativo en el que está tajantemente prohibido dudar de lo que dicen los profesores. Pocas veces levanté la mano en clase para participar, ni en el colegio ni en la Universidad. Algunos podrán estar orgullosos de ello; los que hicieron posible un ejército de dioses protectores del equilibrio mental con el DSM bajo el brazo. Bienvenidos pequeños profesionales al sistema de salud público.

Pero yo no venía a hablar de esto. Venía a hablar de mi estancia fugaz en La Isla y de que irremediablemente se encuentra unido a este libro de Leila Guerriero, cuando descubrí qué es lo que quería hacer, o más bien cómo se llama lo que llevo haciendo sólo para mí desde hace un tiempo (desde que viví en Londres): crónicas.

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Silencio. Salvo por el entrechocar de las hojas de las palmeras removidas por el viento. Estoy frente a un volcán dormido que en cualquier momento podría despertar. Ojalá lo hiciera. Los ojos salientes de los penachos de las chimeneas blancas me miran con curiosidad de extraña. Creo que no existe más soledad física en el mundo que la que tengo yo ahora mismo. Sentada en el suelo de esta terraza nadie me puede ver, no hay nadie por encima de mí, salvo el volcán. El sol calienta demasiado para ser tan temprano, hace calor, pero el viento a veces violento engaña. El suelo de la terraza está caliente. Esta casa está en medio del desierto y lejos de todo. El pueblo más cercano está a una hora caminando por una carretera estrecha con farolas cuyos globos están rotos a pedradas. Aquí en temporada baja todo vuelve al cotidiano escenario de desolación y lujo barato. En temporada alta se arreglan cuatro cosas, se podan algunas plantas. Los turistas europeos se conforman con aire acondicionado y piscina. Incluso el mar les importa un pimiento. Nosotros obedecemos.

Ejemplo: la única guagua que pasa lo hace cada veinte minutos o cada más, nunca se sabe. Porque lo único que sabe decirte la gente de aquí (o los trabajadores temporeros de aquí, que no tienen por qué ser de aquí), es que pasan entre “y cuarto, y veinte, o más tarde”. Tampoco hay horarios ni bancos para sentarse a esperar.

La Isla es en primer lugar de turistas. Luego es de camareros, recepcionistas, animadores de hotel y otras profesiones relacionadas con el turismo. Para llegar a su lugar de trabajo más les vale tener un coche.

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Camino por la carretera, en medio del desierto. Literalmente. No puedo evitar silbar en mi cabeza la canción de “Paris, Texas”, porque me siento totalmente en la primera escena de la famosa película de Wim Wenders, en la que el protagonista atraviesa a pie el desierto, sin rumbo. Yo llevo un rumbo, aunque no sé cuál es. Los colores son marrones, rojos y amarillos. Todo es seco, todo es viento que se te mete por los oídos y te desordena. Camino media hora completamente sola hasta llegar al primer hotel.

Por la tarde, al volver a sentarme frente al volcán, lo observo bajo otra luz: la del atardecer, y me doy cuenta de que hay que dejar pasar el tiempo y cambiar la iluminación para ver las cosas más claramente. Por ejemplo, lo que esta mañana creía que era un hombre sentado, ahora se muestra claramente como una especie de pivote o medidor. En cualquier caso ningún ser humano. Tal vez es la máquina que anuncia cuándo el volcán va a entrar en erupción.

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De mi fugaz estancia en La Isla, el recuerdo que más vivo conservo es la mirada de una mujer no muy joven y tampoco muy mayor que repartía flyers de un restaurante italiano y barato cuyos propietarios eran de origen árabe. Ella tenía el pelo largo, negro, y recogido sin gracia ninguna en una coleta baja, con una goma gorda y negra. Llevaba casi todos los días unos leggins negros dados de sí y una camiseta blanca (otros días era negra). Unas chanclas también, de dedo, simplemente. Todo en ella era simple excepto su mirada ojerosa, oscura e inocente. Repartía los flyers tímidamente, nada que ver con la profusión de entusiasmo de los relaciones públicas “profesionales” y extremadamente pesados, al uso. Ella era delicada, tanto que no podías rechazar el papelito con los precios del falso restaurante de comida italiana de gerencia árabe. Una tenía la extraña sensación de estar haciendo un favor aceptando ese trozo de papel. Y allí estaba, tarde tras tarde, puntual, de cinco a doce de la noche. Una mirada inamovible e impertérrita. Una sonrisa que no lo era, una sonrisa de Gioconda, tampoco forzada. Una sonrisa posible aunque inexistente.

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Intento no arrepentirme nunca. Aunque como dice Laila Guerriero “ese es sólo mi deber. Sólo eso”.

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Cuestiones existenciales

Cuántas veces habré tenido la misma conversación, con distintas personas, con distintas amigas. Amigas todas sin pareja que, la busquen o no, se hacen la misma pregunta. ¿Por qué no encuentro a nadie? La pregunta la podrá disfrazar cada una como quiera, edulcorarla para que no parezca tan catastrófica, o hacerla incluso más cruda con palabras y lamentos. Pero al final, siempre es lo mismo. Por qué no encontramos a nadie.
Somos todas jóvenes, encarrilando nuestras carreras, seguras de nosotras mismas en casi todos los aspectos de la vida. En casi todos, que no en todos, como corresponde a mujeres de tan sólo 25 años. Hemos estudiado una carrera, hemos vivido mucho y bien. Y hemos tenido muchas experiencias. Y también nos hemos enamorado, hace tiempo. Claro que para nosotras, ese tiempo fue cuando teníamos 19 o 20 años, cuando el amor se vive, supongo, de una manera distinta. No lo puedo comparar con el presente porque no me he enamorado de nadie recientemente.
Hemos ido como vagabundos en busca de comida, de cita en cita a cual más absurda. De encuentro en encuentro cada vez más insatisfactorio. Y los hemos olvidado sin ningún esfuerzo. Sabemos cuándo una persona ha valido o no la pena. Sabemos cuándo una cita ha ido bien o ha sido un desastre. También sabemos qué tipo de comentarios, preguntas o proposiciones tenemos que aguantar o no.
Y sin embargo pasa el tiempo y no nos hemos enamorado, ni ha aparecido el hombre que nos enloquezca. Ni siquiera uno que nos remueva momentáneamente. ¿De verdad existen, están ahí, o son como los ovnis que alguna gente dice haber visto y nosotras somos las únicas que no hemos tenido ese placer?
Voy en el metro, en el autobús, y veo a esas parejas con maletas marrones, chaquetas acolchadas de Lacoste y la melena trenzada a la altura de los hombros (ella) y náuticos y calcetines de ejecutivo (él). Y pienso “dios me libre”. O veo a parejas que se juntan los domingos por la tarde en casa de la suegra a hacer pasteles de Mickey, y entonces preferiría quedarme soltera hasta el fin de los tiempos. Porque eso sí, lo bueno de ser soltera en los tiempos que corren es que ya se puede decir con la boca bien grande. Nosotras no nos vamos a quedar “para vestir santos”. Nosotras tenemos nuestra carrera, nuestras ambiciones, y nuestras necesidades. Puede que no sepamos lo que queremos, pero sabemos lo que no queremos. Sabemos lo que no tragamos. Y sabemos sobre todo, y esto es importante, que hay hombres que merecen la pena. Ya no nos creemos ese discurso de “visto uno vistos todos”. O el de “no puedes confiar en ningún hombre más que en tu padre”. No. Encima sabemos que hay hombres que no son superficiales, con los que se puede mantener una conversación y compartir intereses. Hombres capaces de enamorarse más intensamente incluso que cualquiera de nosotras.
Pero aún nos sentamos en la cocina, o en la mesa de un bar, y empezamos a preguntarnos cuál es el problema. Y puede incluso que hablar tanto del tema, darle tantas vueltas, sea peor y lo haga más grande.
Yo creo que ha llegado el momento de cambiar la estrategia. Ya no somos estatuas tras un cristal, intocables, en un pedestal, adorables desde la distancia, reliquias remotas e inalcanzables. Somos de carne y hueso y queremos cosas y necesitamos cosas. La diferencia, para mí, estriba en que durante mucho tiempo han sido los hombres los que se han acercado a las mujeres cuando estaban interesados, o tenían algún interés. Las mujeres nos hemos limitado a mover el abanico o a jugar con la mirada o a bajarnos el escote, lo que sea. Pero, realmente, ¿cuántas mujeres, hoy en día, se atreven a acercarse y presentarse a un hombre por el cual se sienten atraídas?
Sexo en Nueva York no ha sabido transmitir el mensaje porque, al final, la que siempre se quedaba anclada al pasado y esperando que el hombre de su vida viniera a salvarla, es la que acaba felizmente casada y rescatada de los brazos de otro amante sin corazón. Y sin embargo la que hacía con su vida y su cuerpo lo que quería, la ambiciosa y la segura de sí misma hasta extremos ridículos a veces, se queda sola. Preciosa lección. Claro, que las lecturas están abiertas. Esta es tan sólo la mía.
Pero tampoco puedo sentirme identificada con la nueva “apertura pseudo-obligatoria” a la que ahora, al parecer, todas las mujeres que se quieran llamar de su época tenemos que estar ancladas. Esa mujer que pisa fuerte, segura sin dudas de sí misma, triunfadora, encantada de haberse conocido, independiente, que no necesita a nadie más que a ella misma, y que está abierta a todas las experiencias sexuales que se le aparezcan por delante. El otro día leí el perfil de una escritora joven que decía que “folla sin amor”. Y yo la aplaudo, pero a mí qué me importa. Preferiría saber sus gustos, sus intereses, por qué escribe, no sé.
Llegó un momento en el que me dije a mí misma, ¿y por qué me tengo que ceñir a eso? ¿Por qué voy a tener que hacerlo si además luego ni siquiera disfruto, yo, como mujer, como persona, de forma egoísta? ¿Por qué tengo que estar de acuerdo con la idea de ser el entretenimiento de una noche de alguien que no sabe ni cómo me llamo y que una vez terminado ni siquiera va a reparar en si sigo a su lado? ¿Tengo que pedir perdón porque para mí eso sea importante?
Hasta que encuentre la respuesta a estas preguntas, prefiero quedarme sola, y acercarme a los hombres que me gusten y porque yo quiera. Y acercarme sin miedo, sin esperar a que me llamen. Porque precisamente cuando me llamen será cuando yo no vaya.