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El arte de sobrevivir.

“It`s not the same, Papi”. I`d tried, but he shook his head.

“Pero of course it is mijita. All your life is a work of art. A painting is not a painting but the way you live each day. A song is not a song but the words you share with the people you love. A book is not a book but the choices you make every day trying to be a decent person”.

Patricia Engel, “It`s not love, It`s just Paris”

Edwidge Danticat es una escritora de origen haitiano que emigró a Nueva York con sus padres cuando ella era aún una niña. En una entrevista publicada en The Atlantic, afirma que todos los inmigrantes son artistas de alguna forma. Para ilustrar su idea elige este fragmento del libro de Patricia Engel cuyo título, por cierto, me encanta. Según palabras de la propia Danticat,

“Esa experiencia de tocar fondo en un lugar completamente desconocido es como tener un lienzo en blanco: empiezas sin nada, pero golpe a golpe te construyes una vida. Este proceso requiere todo lo que el arte requiere: asumir riesgos, esperanza, mucha imaginación. Todas ellas cualidades que cimentan el arte. Tienes que ser capaz de soñar con algo casi imposible e intentar hacerlo realidad”.

Al leer sus palabras pensé en muchas cosas. Pensé primero en lo bonito que es calificar a los proyectos como “casi imposibles” en vez de “imposibles”. Y también en la buena pareja que hacen las cosas “casi imposibles” y la imaginación. Porque cuando se tiene poco dinero, como cuando se llega a Londres a trabajar de lo que sea, necesitas varias cosas sin las cuales no se puede sobrevivir:

–          Mucha imaginación.

–          Aprender a ser un buen actor o actriz.

–          No preocuparse por llegar a fin de mes: asumir que, en el caso de que consigas mantener el tipo hasta fin de mes, nunca te van a sobrar treinta libras, y cuanto antes se asuma, mejor.

Este último punto está relacionado con algo sobre lo que algún día podría escribir un libro: cómo sobrevivir en Londres con 850 libras al mes. Y esas tres cosas vienen antes de empezar a preocuparse por comer bien o encontrar trabajo.

Entonces… ¿Soy una artista? Sí, lo soy. Lo somos. Qué bien me sentí en aquel momento. La vida, al fin y al cabo, es un trabajo artístico. Y hoy en día quedarse en España también lo es. Pertenezco a esa generación, o a ese grupo de gente que no puede estar parada (quieta). Somos conscientes de lo difícil –casi imposible- que es cambiar la situación actual: tenemos un amplio rango de representantes inútiles, mentirosos y ávidos de poder que no se van a apear de él tan fácilmente.

Claro que nosotros no vamos a esperar a que el capitalismo –sin saber lo que abarca esa palabra que creía que sólo existía en los libros de Historia, en el colegio- caiga por su propio peso. Se empieza de nuevo ahora, todos los días a las nueve de la mañana. Y si no se sabe cómo, se inventa. Yo no pongo mi vida en manos de nadie. Si nadie me ofrece una solución está bien, me la buscaré yo sola.

Danticat habla, además, de cómo las personas que se han visto obligadas a emigrar enseñan ese “arte de vivir” a sus hijos, y cómo pasa de generación en generación. Por ello, también apunta a la dificultad de los padres emigrantes para aceptar que sus hijos quieran dedicarse a profesiones más “artísticas”, cuando nunca sabes realmente si vas a tener dinero el mes que viene –en el caso de que seas un buen escritor-. Cómo se aprecia una familia que te apoya, y no sólo eso: también te anima. En ese aspecto yo soy una afortunada.

Supongo que, a pesar de mi enraizada tendencia al pesimismo a la que no renunciaré e incluso me gusta en ciertos momentos, hay que hacer las cosas con entusiasmo, o no se hacen. Esta mañana, en una tienda fotográfica de barrio, con pocos clientes ya, no he visto ni una sonrisa en la dueña de la tienda. Nada menos que tres clientes en su tienda –seguramente esta será la temporada alta para las tiendas fotográficas- y ni una sonrisa. Ni una sola palabra amable. Ni un solo comentario fácil sobre el fin de las vacaciones o el tiempo. No he aguantado más de cinco minutos. He salido de la tienda, más que con enfado, extrañada. ¿Por qué? En lugar de intentar conservar clientela, de trabajar un poco el futuro. Es más fácil no dejar de pensar en la dificultad y en la crisis, supongo. Entendí a la dueña de la tienda, pero sintiéndolo mucho, yo ya no doy mi dinero –escaso y ganado con mucho trabajo, como ella y como todos- a gente que no es capaz ni tan siquiera de ofrecerte algo parecido a una sonrisa, lo mínimo para un buen servicio.

A riesgo de sonar demasiado psicóloga, coach, o sonar a Paolo Coelho, prefiero callarme ya. Como he dicho antes, en estos tiempos, si no se es un buen actor… Ni siquiera te pongas detrás del telón.

La entrevista es de Joe Fassler, publicada en The Atlantic el 27 de agosto de 2013. Puedes leer la entrevista completa aquí:

http://www.theatlantic.com/entertainment/archive/2013/08/all-immigrants-are-artists/279087/

 

Over. Gintonic.

 

IMG_20130825_164414Summer is over. NOG.

Leyendo un artículo  en el periódico sobre Callahan y Weston, unos fotógrafos a los que no conocía hasta ahora, escrito por Muñoz Molina a propósito de una exposición en el Círculo de Bellas Artes sobre la obra de estos dos artistas, me acuerdo de que llevo días dándole vueltas a algo realmente interesante sobre lo que escribir, algo que no suene a sacado de la manga para subir la entrada semanal. Entonces interrumpo mi lectura debido a este pensamiento, pero también porque pienso que si yo no voy a escribir así prefiero no escribir. Es sólo un momento porque acto seguido pienso que de todas formas seguiré escribiendo. Si lo hago bien, alguien me leerá y reconocerá, si lo hago mal no me leerá nadie o, en el peor de los casos, acabaré firmando libros de autoayuda en El Corte Inglés.

Pero es que cada vez que cojo el bolígrafo y el cuaderno sólo se me ocurre una frase. Una tan manida como decir te quiero o como escribir sobre la Navidad: se ha acabado el verano. Y como se me ha pasado tan rápido y no he hecho ni la mitad de las cosas que quería hacer –encerrarme para escribir, encontrar la confianza en mí misma, hacer un currículum perfecto en inglés, buscar el trabajo de mi vida e intentar encontrarme a mí misma- he hecho en pocos días cosas sin sentido, cosas raras. Como por ejemplo, ir a misa. No tenía ninguna razón, al menos ninguna consciente, y tampoco ninguna motivación espiritual ni religiosa.

El cura, que ha resultado darme la impresión de ser un estudioso de la Biblia –lo cual es un logro para mí- ha dicho algo de “entrar por la puerta estrecha”. No sé el sentido religioso que eso tiene, de hecho no sé si tiene algún sentido, pero yo lo he interpretado como la puerta estrecha por la que atravesamos todos los que nos atrevemos a soñar. Y los que tenemos esa disposición sabemos que también la tenemos para atravesarla, ya no tanto por valentía sino por terquedad.

Hay una frase de Oscar Wilde, una de mis favoritas, escrita en un monumento dedicado a él en Londres. Es un pequeño trozo de pierda, con extraña forma de ataúd –o de puerta estrecha, ahora que lo pienso- cerca de la National Gallery. La frase dice en inglés “Todos estamos en la mierda pero algunos de nosotros estamos mirando a las estrellas” La traducción es libre y es mía. (We are all in the gutter but some of us are looking at the stars).

*

Entré en un bar de carretera, a las cuatro de la tarde, en un pueblo pequeño, polvoriento y ventoso de la provincia de Albacete. Cinco trabajadores del campo se reunían a charlar y relajarse. Tres pasaban los setenta años, otros dos no tenían más de cuarenta. Bebían sendos copazos de gintonic. Eran las cuatro de la tarde, y todos reían. Los camareros y dueños del bar se unían a ellos.

Lindo haberlo vivido para poderlo contar, o historias del 25.

Ocurrió a la hora de la comida, cuando ya estábamos terminando. Mi abuela lo dijo como dicen las cosas todas las abuelas: como quien no quiere la cosa, y sin intención de hacer daño, pero lo sueltan. Y yo la quiero mucho, que conste, pero hay cosas que las abuelas no se pueden callar. Quizá piensan que si lo dejan así, en el aire, tarde o temprano surtirá  su efecto. Nos estaba contando cómo vino ella a parar aquí, a este pueblo del sur de España. Y nosotros la escuchábamos atentos, aunque hayamos oído la historia un millón de veces, porque nos encanta esa historia.

“…entonces mi madre me dijo que me viniera con mi tía, que estaba aquí sola. Así que vine aquí, y no me quise volver, porque me gustaba más esto. Aquí ya tenía mis amigas, me apunté a clases de costura, tenía mis pretendientes… Eso es lo que te tienes que echar tú, un pretendiente, que te haría falta…”

Al menos mi abuela me concedió el privilegio del condicional.

Entonces viajé a Londres, a los asientos de la primera fila de la planta de arriba del 25, nuestro autobús, nuestro punto de encuentro, nuestro bar, nuestro confesionario, nuestro escaparate, nuestra ruta habitual hacia Brick Lane y Shoreditch y el Wiltons. Primera parada: el Tesco de Whitechapel, para llenarnos el estómago con algo. Porque había veces que sólo habíamos comido humus y pan de pita, o unas tostadas con mantequilla y –con suerte- zumo de naranja. El menú del Tesco: un sándwich, bebida y bolsa de patatas, tres libras. El resto, escaso, para las cervezas que vendrían a continuación. A veces, si no hacíamos la parada previa en el Tesco, sólo con dos ya caminábamos haciendo el hundimiento del Titanic.

Una noche cerramos el Wiltons. Era una de esas noches, y yo ya se lo había avisado, de “make it or break it”, y sabía que esa iba a ser la noche. Había habido función, “El Gran Gatsby” -que nunca llegamos a ver, a pesar de que siempre que la obra terminaba y veíamos salir a toda esa gente disfrazada de los años veinte y bailando charlestón junto a la banda de jazz que tocaba en directo, nos prometíamos que antes de que acabara el mes iríamos a verla-.  Fue sólo uno de los innumerables planes que nunca hicimos. Porque nuestra historia se cimenta con lo que nunca hicimos. O con lo que nos queda por hacer.

Lo de cerrar el Wiltons fue un poco gracias a que uno de los camareros had a crash on ella, crash que no era recíproco. Porque nosotras ya nos habíamos repartido los camareros, por supuesto siempre en nuestra imaginación… Acabamos bailando el tema principal de Pulp Fiction las dos solas, rodeadas sólo por los camareros de aquel mágico sitio. Decidimos abandonar on the top, como convenimos que hay que hacer las cosas, a las cinco de la mañana. A pesar de que todas las cervezas corrieron a cargo de los camareros, aquella noche ninguna mordió la manzana equivocada.

En aquel 25 también, fue cuando llegamos a la conclusión de que nosotras lo que queríamos, básicamente, es que nos dejen en paz. Decidimos llevar por bandera la soledad radical, el rechazo incuso, a perder el tiempo. ¿Que nosotras necesitamos pretendientes? Nah, preferimos un buen libro, o en su caso, una buena serie.

 

El ochenta por ciento de las cosas que me han pasado en Londres ha sido con ella, con Jeny. Nunca hemos sabido lo que somos, y ojalá que vivamos en constante curiosidad por saberlo. Aunque siempre supimos lo que no somos: “Yo no soy guionista y tú no eres psicóloga”, decía.

Su forma de estar en el mundo es desapareciendo. Cuando la buscas ya no está. Y antes de que se la pueda echar de menos vuelve a aparecer. De eso me di cuenta un día, y me enfadé muchísimo con ella. Entonces un día leí en su blog, Artista Sin Mecenas: “He aprendido a huir de lo que amo con cierto aire despreocupado. Y antes de que nadie note mi ausencia, ya todo es recuerdo con banda sonora y aroma esquivo. (…) He ganado y la he jodido. Cuánto y cómo la he jodido y con qué estilo”.

Y a pesar de esto nunca he hecho con ella una “nereidada”, como ella dio en llamar al comportamiento llevado a cabo por mí, consistente en retirar la palabra inmediatamente y eliminar números de teléfono y amigos en Facebook. No podría. Eso sólo lo hago con determinado género. Y desde luego nunca con amigos de verdad.

Al final me daba la sensación de que ella vivía y hace de su vida un guión de cine: el que a ella le gustaría contar y a mí me encantaría leer. “Lindo haberlo vivido para poderlo contar”, como cantaba el argentino Jorge Cafrune, del que no sabía nada hasta ayer, que leí esta frase en el libro que me estoy leyendo. Y pensé que resumía mi vivencia en Londres que está invariablemente unida a ella y a nuestras aventuras.

A ella no la he hecho una entrevista principalmente porque ella está en el norte y yo estoy en el sur, y mis entrevistas no son eso –sería mucho decir- sino que son simplemente conversaciones con gente que me enseña cosas. Y nunca me las preparo, sino que las improviso sobre la marcha. Pregunto más por curiosidad egoísta que por informar de algo que ni tan siquiera yo sé lo que es. 

Así que le pedí que hiciera el Decálogo sobre Cómo Vivir la Vida, según Jeny Severson.

Eso es lo que le pedí… Y esto es lo que me mandó. Que disfruten.

¿Los diez “mandamientos” de cómo vivo mi vida? Me alegra que no me hagas esa pregunta. Tras darle algunas vueltas, los he reconocido como reglas que se enfrentan a lo que podríamos llamar mi Biblia, Corán, Torah, El capital o cualquier otro libro que haya dominado al ser humano, en este caso, a mí. Porque los dictámenes, sean cuales fueren e incluso los míos propios, me aburren y disgustan. Sencillamente, me gusta pensar que vivo la vida como me da la gana, dependiendo de las circunstancias, de mi voluntad y si no para mi bienestar, por mi bien. Con todos sus intentos fallidos. Creo que todo razonamiento comienza con un por qué, y como me supongo y quiero suponer un ser racional, me lo pregunto y respondo. Y ya en la respuesta, es donde me lo curro un poco más. Pero así como nos salimos de la teoría, nos encontramos con el mundo tal y como el hombre ha sistematizado para el hombre. Con sus normas y funcionamiento; inestable, volátil, voluble, hostil, agresivo. Y no apruebo la imposición, pero como soy un ser gregario y pretendo seguir siéndolo, me adapto. Me adapto porque puedo y como estoy en desacuerdo, participo no más que lo necesario. Mi sistema social es la mezcla entre mi carácter y un curioso balance entre libertad y respeto. Así, como lo poco que conozco del mundo es a través de mí, lo trato con equidad y su beneficio se convierte en mi beneficio porque este mundo es mi hogar, y me gusta hacer de mi hogar un lugar mejor donde vivir. Y después esa búsqueda sin prisa de algo más, entre pasión, vicio y disfrute…

 

Cómo se escribe una obra de arte. (Ahora sin cortarte las venas).

Estos días estoy leyendo un libro titulado “Saber narrar”, escrito por Eugenia Rico, Juan Cruz Y Javier Rodríguez de Fonseca. Lo compré después de estar buscando durante horas un libro sobre gramática española, pero no encontré ninguno que se adaptara a mis necesidades. Encontré este, solitario y olvidado en una esquina.

El primer capítulo habla sobre saber narrar en literatura, el segundo sobre saber narrar en periodismo, y el tercero sobre saber narrar en cine. A este último aún no he llegado. Encuentro muy interesante el segundo, escrito por Juan Cruz, acerca del oficio del periodista.

En cambio el primero, tal vez en el que más esperanzas había depositado, me ha decepcionado. Y me ha hecho plantearme una pregunta: ¿de verdad se puede enseñar a escribir un buen libro? Y ya no digamos una obra de arte.

Está claro que hay que poner unos cánones básicos, por llamarlo de alguna manera. Para mí lo básico es la gramática. Y eso era lo que yo estaba buscando. Luego vienen el ritmo, el estilo… Eso es lo que yo estaba esperando, y lo que no he encontrado. A la hora de escribir, eso es lo que se puede enseñar. El talento no se enseña ni se aprende: se tiene o no se tiene. Yo dije una vez que el mundo se divide en dos clases de personas: los que escriben sobre amor y los que viven el amor.

Para mí, el oficio de escribir sigue teniendo la naturaleza de los oficios que se aprendían en la Edad Media: observando y haciendo. Es decir, en este caso leyendo –muchísimo- y escribiendo. Y yo añadiría una cosa más: teniendo los ojos bien abiertos. Si no se es un buen observador de lo que hay a tu alrededor, y sobre todo, si lo que te rodea no echa a volar tu imaginación, entonces a lo mejor puedes escribir tratados de psiquiatría, libros de recetas  o manuales de escritura creativa, pero no hacer sentir a quien te lee.

Incluso añadiría otra cosa: ahora que en YouTube se puede encontrar casi de todo, ver las entrevistas a grandes escritores es lo que más me ha enseñado. Porque he encontrado que precisamente ellos nunca tratan de enseñar, sino de transmitir su visión y su forma de trabajar. Su personalidad, su vida, sus necesidades. Mis favoritas son de Julio Cortázar y Rosa Montero.

Y lo digo yo, que sólo soy alguien a quien le gusta escribir. No sé nada ni enseño nada. Sólo sé que escribiré siempre, aunque no llegue a ser nunca mi profesión, incuso aunque no haya nadie que me lea nunca. Incluso aunque a nadie le guste lo que escribo.

Y no hablo gratuitamente. Yo misma cometí el error de apuntarme una vez a un “curso de escritura creativa”. Sólo fueron cinco o seis clases. Después estuve años sin escribir. Destruyeron totalmente mi gusto y mi estilo –el que tuviera, bueno o malo, pero el mío al fin y al cabo- y sobre todo, lo único que tiene un escritor y lo que le hace querer seguir escribiendo: la confianza en uno mismo.

Cada semana teníamos que escribir un relato y luego leerlo en alto para la clase. Los primeros que escribí eran con los que más satisfecha estaba yo, pero los que menos gustaron a la profesora y al resto de la clase. Me decían que era muy abstracta, que no podían ver la escena que les estaba contando. Así que los dos o tres primeros relatos que escribí para esa clase fueron bastante criticados por todos. Y mientras, parecía que mis compañeros llegarían a escribir la nueva gran novela americana. Yo sentía que, después de haber estado escribiendo toda la vida como y lo que a mí me gustaba, al parecer todo era una mierda que nadie entendía.

Para gustar, para oír lo que yo estaba deseando oír, tuve que adaptarme a unos cánones y a unas fotocopias con los pasos que me llevarían a escribir el “relato perfecto”. Me ceñí pues a toda esta teoría y así fue como mi relato final gustó a todos y tuvo muy buenas críticas. Incluso la profesora alabó mi “evolución” y mis compañeros me dijeron que les parecía estar leyendo algo escrito por un “escritor famoso”. Por fin había oído lo que había estado queriendo oír.

Dio la casualidad que aquel relato fue, de todos los que escribí, de todo lo que había escrito hasta aquel momento, el que más odié. No podía parar de pensar en la basura que había escrito, en lo superficial que me parecía, mientras todos se sorprendían de “mi evolución”.

No sé si alguna vez escribiré una obra de arte. Me conformo con gustarme u odiarme a mí misma pero asegurándome siempre que hice lo que me dio la gana.

Maravillosamente vintage.

No soy en absoluto una entendida en fotografía. Difícilmente puedo sacar una foto interesante con Instagram. O con el móvil. Pero el otro día me acordé de que mi padre tenía una vieja Polaroid.

Siempre me han gustado esas cámaras, en las que haces la foto y no sólo la puedes ver instantáneamente, cosa que se puede hacer con las cámaras digitales hoy en día, si no que se le añaden otras cosas mágicas que las digitales no tienen, y que nunca tendrán.

En primer lugar, el tiempo de espera mientras la foto se revela por obra y gracia de la ciencia, supongo. Por procesos que como no entiendo, me parecen magia. Esos minutos de espera, en los que no sabes lo que vas a ver. Si habrá salido borrosa, torcida, con mucha o poca luz, si la persona -si es que la hay- saldrá bien… Y sobre todo: que lo hecho, hecho está. Ni se puede repetir exactamente lo mismo, ni se puede retocar. Es el valor del error y de la tara al máximo exponente. Lo valioso de la fealdad y la belleza que en ella puede encontrarse, como dice la señora Prada.

Por otra parte, con los cartuchos actuales cuando sale la foto hay que cubrirla con una pequeña cartulina negra. Y lo que más me gusta: para que el proceso de revelado sea óptimo, hay que colocarla pegada al cuerpo. ¿Qué cámara hoy en día nos permite una relación tan cercana con la foto? Y diría más. ¿Qué forma de arte nos permite estar tan en contacto con nuestra creación, que hasta la tenemos que calentar con nuestro cuerpo? Esto es lo más cerca de un embarazo que he estado nunca.

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Además, se tienen que conservar también de una forma especial, porque si no pueden perder el color. No puede ser un lugar demasiado húmedo, ni les puede dar el sol directamente ni tampoco estar expuestas a altas temperaturas. Estas obras requieren una conservación a la altura de su creación.

Por último, está el hecho de que los cartuchos sean extremadamente caros: veinte euros por ocho fotos. El carácter especial que adquieren esas ocho fotos es inigualable a las veintemil tontadas que sacamos todos los días con el móvil o con la cámara digital al uso para ignorantes de la fotografía, como yo.

Nunca antes me había dado por la fotografía, aunque siempre me ha gustado y me encantaría saber cómo hacer de una foto una obra de arte. Con esta cámara creo que he encontrado lo que realmente me gusta hacer: creaciones especiales, limitadas, engendradas gracias a la persona que las crea, sin cuyo calor y cuidado no pueden salir adelante.

Remarkable people (II): Alessandra Arzani

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A veces las intuiciones nos llevan a hacer elecciones acertadas. Otras veces nos llevan a equivocarnos estrepitosamente pero nos permiten conocer a gente, cuanto menos, interesante. Esto último fue lo que me pasó cuando me mudé a mi segunda casa en Londres, donde conocí a Alessandra ( Tortona, Italia, 1988), futura fashion stylist de éxito.

La primera y única vez que fui a visitar esa casa, supe que tenía que mudarme allí. No sé si sería la decoración digna de las primerísimas películas de Almodóvar -sí, esto contribuyó enormemente: paredes de leopardo, un váter de purpurina, cuadros de la virgen junto con estatuillas de Buda…- o la sola idea radical de vivir en Hackney con una vieja inglesa medio loca y una chica italiana que se presentó como fashion stylist en cuanto la conocí. Media hora después de abandonar la casa estaba llamando para decir que me quedaba.

Después, con el paso del tiempo, las dos nos dimos cuenta de las señales que nos llevaron a coincidir en esa casa, y las razones por las cuales teníamos que vivir juntas. Señales como, por ejemplo, que las dos respondiéramos al anuncio en una página web que puso “La Vieja” -como nosotras la llamábamos, a veces cariñosamente y otras no- sin tan siquiera tener una foto.

Me gusta pensar que cuando dos personas se encuentran se influyen y se inspiran mutuamente. Ella desde luego me ha inspirado y me ha aportado algo de su forma de pensar con nuestras largas conversaciones en la cocina mientras cenábamos o nos tomábamos un té, sólo interrumpidas por los golpes de nuestra vieja en la pared pidiéndonos que hablásemos más bajo.

Alessandra es muy alta y delgada y siempre viste de negro sin excepción. Le hago la entrevista mi último día en Londres, mientras damos un paseo por Dalston, y las dos disfrutamos fantaseando con la idea de que en el futuro todo el mundo estará buscando la primera entrevista de Alessandra Arzani realizada por mí. Con ella, por primera vez nos presentamos como lo que de verdad nos sentimos. Ni dependienta, ni camarera. “Yo soy fashion stylist y ella es escritora”, le dijo muy segura a un chico austríaco que vivía en un barco en el canal. 

Como todas las personas que se conocen en Londres, puede que nos volvamos a ver, o tal vez no nos veamos nunca más. Pero también, como CASI todas las personas inspiradoras e interesantes que se encuentran en Londres, la huella que dejan en una es imborrable, y me gusta pensar que ella tiene de mí algo más que un par de vestidos y un ordenador portátil que ya no funciona.

¿En qué proyecto estás trabajando ahora?

En este momento estoy intentando de organizar unos shooting probablemente para Vogue Italia para el rapero Zebra Katz, de Los Ángeles, que hace música rap, pero dark al mismo tiempo.

¿Cuánto tiempo hace que llegaste a Londres?

Hace un año y siete meses.

¿Dónde empezaste a trabajar?

Bua… Fue súper complicado. Fue súper raro. En el sentido, empecé a hacer fashion stylist con un amigo fotógrafo. Y al mismo tiempo claro, como la vida es muy cara, necesitaba un trabajo normal para pagar mi renta, para pagar mi vida normal, entonces estuve trabajando más de un año como sales assistant en un sitio al que no quiero hacer publicidad.

Habla con su acento italiano, en español, y con sus muletillas características, como “en el sentido” o mezcla palabras en inglés. 

¿En Italia estudiaste algo relacionado con la moda?

Sí, en Italia estudié Fashion Design en NABA (Nueva Academia de Bellas Artes). En el sentido, no terminé mi carrera porque en este curso que empecé, una gran parte se dedica a aprender a coser, hacer patrones… Este tipo de cosas realmente nunca me han interesado mucho. Tengo que agradecerle a mi escuela porque obviamente cogí nociones más amplias, como desarrollar un concept, por ejemplo. Lo aprendí gracias a esta escuela.

¿Qué es para ti ser fashion stylist?

Mi trabajo consiste en desarrollar el mejor concept, que es de donde todo parte. Por ejemplo, yo, o el fotógrafo, piensa una idea y me manda imágenes relacionadas con lo que quieren ver en el photo shoot. Entonces, cuando desarrollas un comset, desde mi punto de vista, si tú eres bueno, la cosa está en darte también sensaciones. Por ejemplo, si el concept es “black”, como en mi último shooting para un magazine en Berlín, incluso si los vestidos son blancos, o el decorado es blanco, a mí me tiene que dar la sensación de “black”. Se puede jugar con sensaciones, accesorios, que me cambien la perspectiva.

Me inspiro mucho de todo lo que está a mi alrededor, a parte del catwalk. Lo que yo trato de hacer es dar sensaciones. Quiero que la gente que vea mi trabajo le quede algo de él.

¿Crees que el entorno y las circunstancias que se viven, en nuestro caso en Londres, influye en la inspiración?

Tampoco muchísimo, pero la verdad es que sí. Si tuviera un cuarto más grande sería más útil porque yo podría organizar todo mi outfit, por ejemplo. Pero en mi trabajo lo más importante es la comunicación con los PR porque ellos son los que me dan la ropa, con los designers, ser siempre correcta y rápida con ellos, y mucha paciencia. Y lo más importante es estar siempre en la tendencia: el buen stylist, antes de que salga algo, se adelanta, lo hace él. Todavía no estoy en este nivel, pero estoy aprendiendo.

¿Qué diseñadores actuales te inspiran?

Creo que ninguno. Tengo un estilo muy mío y personal, y lo que estoy tratando de hacer ahora es cambiarlo. Estuve trabajando mucho tiempo con un fotógrafo al que le gustaba mucho la idea del minimal, a mi me gustaba también, pero no era mi lenguaje, el que trato de tener con mi público.

¿Prefieres trabajar sola o en colaboración con alguien?

No, yo siempre trabajo sola.

¿A dónde quieres llegar, cual sería para ti tu “top”?

Creo que voy a estar siempre en contínuo cambio y developement with myself.  No tengo un lugar objetivo donde me gustaría trabajar. Bueno, sé que me gustaría trabajar, para empezar, en una gran compañía de stylist. Moverme de un sitio a otro: París, Tokio, Madrid, New York… Una compañía que me dejara desarrollar mi arte, porque al final ser fashion stylist es un arte.

¿Te ves más trabajando sola o para alguien?

Me gustaría ambas cosas, depende. En cuarenta años me veo siendo independiente. Tener una galería de exposición, donde reunir arte, fashion, música, es todo muy cercano. Me gustaría unir fashion y música, y me gustaría poner en marcha una galería de arte donde poder unirlo.

Entonces me veo crecer como stylist, pero al final de mi carrera me veo una artista.

¿Cómo definirías tu arte en una palabra?

Black. Porque al final es un color que siempre he tenido en mi vida. Todos los shooting que hago tienen algo de oscuro. Es mi signature.

¿Para tí, qué es lo más importante en la vida?

Lo primero es ser una persona realizada: tener un trabajo que amo, levantarme todas las mañanas y aunque esté cansada sentirme feliz. Me voy a levantar y estoy haciendo algo que me encanta. Poder hacerlo sin más, sin preocuparme del dinero. Y tener a mi lado gente que me de serenidad y que crea en mí, eso sí muchísimo. Hay momenytos en la vida que a eso no se le da la importancia necesaria. Cuando tienes a alguien a tu lado que te quiere, que en los momentos bajos esa persona te diga: no. Y no porque sea tu amigo, sino porque lo piense de verdad. Que me diga incluso lo que no le gusta. Ese tipo de personas sé que son de las que me puedo fiar siempre.

¿Te ha enseñado algo Londres?

Londres me ha enseñado a creer en mi misma. Definetely, a estar más sola de lo que normalmente estaba, y eso te enseña. Porque al final Londres es una ciudad un poco rara. En el sentido, porque cuando llegas, el primer año, va a ser uno de los más fatales en tu vida. Por ejemplo, al principio me iba siempre a London  Fields. Ahí siempre me siento como si no estuviera en Londres. Cuando iba y veía a toda esta gente hablando, con amigos… me sentía muy sola. Porque aunque conozcas a gente, la mayoría de la gente se va.

Me enseñó a que puedo estar sola, o a saber que aunque piense que estoy sola, no lo estoy.

¿Qué consejo le darías a la gente que quiere venir aquí a vivir?

Si es alguien que quiere trabajar en fashion, no es fácil, hay mucha competencia. Pero poco a poco algo se hace. Pero si vienes aquí a trabajar en una tienda, o de camarera, mejor que no vengas. Londres es una buena ciudad si vas a hacer algo grande. Si quieres hacer algo grande, esta ciudad te dará algo grande.

Londres, 1 de julio de 2013

Cosas que sólo haría por Londres.

Porque, como canta Morrisey “you will return one day because of all the things that you see when your eyes close”. Estas son sólo algunas de las cosas que solo haría, y hago, y espero seguir haciendo, por esta ciudad. De una forma completamente egoísta, por supuesto.

Levantarme uno de mis días libres a las 8 de la mañana y, aunque me duelan las piernas por haber estado trabajando nueve horas el día anterior, salir de casa a las 9 para ir a saludar a mi querido Tower Bridge. Los rayos de sol, aún tenues, caen suavemente sobre el Támesis. Recorro el Thames Path, afortunadamente aún con pocos turistas, y me siento en un banco a leer “Londres”, de Virginia Woolf. Por esas casualidades que hacen que la vida valga la pena, abro el libro por el apartado en el que mi escritora favorita habla sobre este paseo, en concreto sobre la vista de Tower Bridge, con la Torre de Londres siempre vigilante. Por supuesto ella lo describió todo mucho mejor que yo hace un siglo:

Por fin, hemos llegado a ese grueso y formidable  círculo de viejas piedras, en el que tantos tambores han batido, y tantas cabezas han caído, la Torre de Londres. Este es el nudo, la clave, el cogollo de todas esas desperdigadas millas de esquelética desolación y de actividad de hormigas. Aquí se oye la ruda canción ciudadana, con sonido de gruñidos y estertores, que ha convocado a las naves del mar, para que quedaran aquí cautivas, junto a los tinglados.

Comprarme un libro de poemas de E.E Cummings, sin tener muy claro aún si lo entenderé. Me gasto siete libras, o lo que es lo mismo, el presupuesto que tenía reservado para quedar con un chico con el que de vez en cuando solía quedar. Básicamente, preferir la lectura a la posibilidad del amor. Aunque si esa posibilidad hubiera sido real… ¿me hubiera comprado el libro de Cummings? Este fue el poema que leí, abriendo una página al azar en Foyles de Tottenham Court Road, y que me hizo decidirme por el libro frente a la pasajera, melancólica insatisfacción de saber que, como dijo alguien sabio que sabía de lo que hablaba “cuando no se puede no se puede y además es imposible”.

I like my body when it is when your

body. It is so quite a new thing.

muscles better and nerves more.

I like your body. I like what it does,

I like its hows. I like to feel the spine

                                          of your body and its bones, and the trembling

-firm-smooth ness and which I will

again and again and again

kiss, I like kissing this and that of you,

I like, slowly stroking the, shocking fuzz

                                             of your electric fur, and what-is-it comes

                                         over parting flesh…. And eyes big love-crumbs, 

and possibly I like the thrill 

                                                    of under me you are so quite new

 

Ir sin mapas, como voy siempre que paseo por Londres, es mi mayor fuente de conocimiento de la ciudad. Gracias a esta máxima que siempre me pongo, he conocido lugares secretos y maravillosos que nunca me imaginé que podría encontrarme, y es también por lo que aquí siempre conozco un sitio nuevo. La vida es mucho más emocionante cuando una no sabe hacia dónde se dirige. Y cuando crees que te has perdido, cuando ya se piensa en desandar los pasos, entonces se encuentra, en vez del camino de vuelta, la meta. Y menos mal. Como aquel día que cogí autobuses sin parar hasta llegar a Pimlico con el objetivo de visitar la Tate Britain. Por supuesto podría haber consultado la parada exacta antes de salir de casa, pero gracias a que anduve perdida unas horas conocí, por ejemplo, Chelsea Bridge. Por lo demás es un barrio, Chelsea, muy aristocrático y aburrido en el que nunca se ve a gente por la calle. Es cierto que las casas son impresionantes, pero son de esas casas –que no hogares- que no tienen alma, y que por lo tanto da igual verlas en una foto o en persona.

Me costó toda una mañana llegar a la Tate Britain. Al final, cuando ya pensaba en volver a casa, cogí el primer autobús que pasó, y resultó que me dejó en la misma puerta del museo. Como no tengo el vocabulario necesario para hacer una crítica de la exposición, sólo puedo decir que me encantó. Y si el hecho de gastarme 17 libras en el libro A Guide to British Art, el manual de la exposición, no dice suficiente acerca de lo que me gustó, no sé qué más puedo decir.

 

                       

Ellen Terry as Lady Macbeth, de John Singer Sargent.

 

Coger el 205, posiblemente el autobús más largo y aburrido que he cogido nunca, y hacer prácticamente todo el recorrido del mismo hasta Paddington, sólo porque me llamaba la atención cómo sonaba el nombre. Cuando llegué, no había mucho que destacar.

Cruzar prácticamente toda la ciudad para ir a la British Library, en King´s Cross, sólo para comprar la biografía de Virginia Woolf que vi hacía meses y que no me pude comprar porque no tenía dinero ni vistas de tenerlo próximamente.

Guildhall, un cementerio que encontré, creo que en mi camino hacia Euston, un anciano árabe cantando en el autobús, al que tuvieron que echar y como no quería salir, quería seguir cantando, nos echaron a todos, pero el hombre siguió cantando en el autobús –desde entonces quise ser como ese hombre, coger siempre el camino más largo, no volver nunca a caminar sobre mis pasos, Daunt Books entre Bank y St. Paul, los pasadizos de St. Paul, esa tienda de discos de segunda mano en el Soho, una pequeña tienda de telas también en el Soho, Soho Square, la tienda de bagels a 50p de Brick Lane, Clink Prison o el museo que nunca hube de visitar, un callejón y un actor de musicales y su canción de Michael Bublè, la tienda de Vivienne Westwood en una de las calles que desembocan en Regent Street, Notting Hill Book Shop, todas las tiendas vintage de Brick Lane, Old Spitalfields Market, el Savoy y Nina Simone, el café Rae Ann en Stratford. Y tantos sueños.