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Ítaca

Fue una de esas sensaciones súbitas, que te atrapan de repente, sin ninguna razón, sin ningún preámbulo. Estaba en la cama, no sé si me acababa de despertar o estaba a punto de acostarme. No sé si fue un pensamiento, una sensación, o todo a la vez.

“¿Pero cómo me voy a ir de Londres?” Tal vez no tuvo forma de pregunta, pero para entendernos, esa fue la clave. De repente se me hizo casi imposible irme y no volver. De repente sentí que me quedaban muchas cosas por hacer aquí, aunque aún no sé cuáles, ni por qué, ni siquiera sé si de verdad me quedan muchas cosas por hacer aquí.

No quiero llamarlo intuición, ni presentimiento, ni señal. Porque la última vez que apelé a “mi intuición” fue en nombre de justificar el cambio a esta casa, en la que vivo ahora, razón por la cual decidí largarme no sólo de la casa sino de Londres, directamente. Así que prefiero sólo decir que suelo seguir a mis instintos, que me llevan a equivocarme una y otra vez. El nudo de la cuestión es que a mí me da igual equivocarme.

Por eso, porque no me puedo imaginar no volver, porque no quiero perderme el futuro más cercano de mis sitios preferidos, y sí, porque tengo algo de masoquista, supongo, voy a volver. Claro que tampoco me gustan las afirmaciones rotundas. No me gustan porque yo soy la primera en contradecirme una y otra vez. Por lo pronto me acabo de comprar el billete de vuelta para septiembre y algo muy gordo y bueno y maravilloso giro del destino tendría que ocurrir para que ese avión marchara sin mí hacia Londres en septiembre. Pase lo que pase sé que llevaré siempre a Ítaca -mi Ítaca- en mi mente.

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón,

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si tu pensar es elevado, si selecta

es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al salvaje Poseidón encontrarás,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas de verano

en que llegues -¡con qué placer y alegría!-

a puertos nunca vistos antes.

Detente en los emporios de Fenicia

y hazte con hermosas mercancías,

nácar y coral, ámbar y ébano

y toda suerte de perfumes sensuales,

cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias

a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya qué significan las Ítacas.

C. P. Cavafis. Antología poética.

Alianza Editorial, Madrid 1999.

Edición y traducción, Pedro Bádenas de la Peña