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Comienzos: un lugar llamado C`est Ici.

Hoy hace un día típicamente de verano londinense: no deslumbra el sol, el cielo no está completamente azul, pero la temperatura es agradable y una suave brisa que no cesa me recuerda que sigo aquí. La luz tiene algo de promesa. Ayer fue mi último día en el trabajo. Pasado mañana me voy de Londres. No me gustan los balances, pero reconozco que a veces son necesarios. Porque el tiempo pasa tan rápido, está una tan ocupada -no en cosas realmente interesantes todo el tiempo- que casi no se vive lo que se vive, o no se piensa lo que se vive.

Llegué aquí en septiembre del año pasado, con muchas -aunque modestas- esperanzas y escasas ayudas, o contactos. Pero las ayudas que tuve de las buenas, eso sí. También llegué muy asustada. Recuerdo que el primer sitio al que fui en cuanto llegué fue a Stratford, cómo no, el centro en torno al cual se ha desarrollado mi vida todo este tiempo. Y llegué aquí como se llega a casi todos los sitios en la vida: por desconocimiento y porque mi amiga vivía en esta nueva ciudad post-olímpica. Mi amiga María, a la que conocí trabajando en Guinea, me acogió en su habitación hasta que encontré casa. Aquel día de mi llegada comimos en un Burger King del Old Stratford Centre, porque era lo que teníamos más a mano. Yo no sabía -o no me atrevía- ni a pedir un Whopper. Nos sentamos junto a un gran ventanal que daba justo a la estación de metro de Stratford, y cómo no, frente al Westfield. Tengo grabado en mi mente una marabunta de gente cruzando la calle, como hormigas buscando refugio, todos muy deprisa, todos muy serios. Me entró el pánico y pensé: “no voy a poder hacerlo”. Aún cuando lo recuerdo, la misma sensación de aquel momento la puedo notar, esa rigidez en los brazos, esa presión en el pecho.

Al segundo día ya encontré mi primera habitación, muy cerca de Stratford. Aquella habitación era verde y luminosa. Vivía con una pareja brasileña y un obrero irlandés al que sólo ví una vez.  De hecho sólo le ví el primer día, y cuando lo conocí me lancé a darle dos besos, tras lo cual pareció asustado y confundido. Aquel día aprendí a dejar de saludar dando dos besos.

Esa pareja brasileña, no sé si decir que me trajo suerte, que me ayudó muchísimo, o las dos cosas. Gracias a ellos conseguí mi primer trabajo tras una semana en Londres. Mientras tanto yo seguía muy asustada y no me atrevía ni a salir sola a la calle, ni acoger un autobús ni mucho menos el metro -del que tan mal me habían hablado- ni ir al bando a abrirme una cuenta… Nada. Estaba paralizada. Pero por aquellos días mi amiga María ya había empezado las clases y ya no podía colgarme más de ella. Así que fue una cuestión de supervivencia: ir a hacer la compra al Sainsbury´s, sacarme la Oyster Card, comprarme un adaptador para el enchufe…

Una de aquellas primeras noches fui con mi amiga a una fiesta-reunión de bienvenida a los “postgraduates students” de la King`s College, en el Strand, a la que sólo dejaban entrar a estudiantes universitarios. El país daba igual, eso sí. Porque otra cosa no, pero los de la King´s College cosmopolitas son un rato. Yo enseñé la tarjeta de la Complutense, por supuesto sin decir que ya había terminado la carrera.

Aquello estaba lleno de la futura alta sociedad no sólo londinense sino mundial. Posiblemente los futuros líderes mundiales estaban ahí, bebiendo cerveza gratis como si no hubiera un mañana. La gente me preguntaba que en qué programa estaba matriculada. “What`s your programme?”, y cuando contestaba que sólo iba acompañando a mi amiga, se apartaban  disimulando con una media sonrisa y haciendo que se encontraban con otro postgraduate. “Hey, Harry”, y adiós. Al final aprendí a terminar la frase con “estudié Psicología en España”, y no sé cuántas veces repetí lo mismo. En cuanto escuchaban “estudié” y “España” les hacían los ojos chiribitas.

Me fui pronto, y de camino al metro oí detrás de mí la voz de una chica que me llamaba. Me preguntó si estudiaba allí, una vez más. Ni siquiera me esforcé en dar explicaciones, dije que no. Era francesa y estaba tan asustada o más que yo. Iba a empezar a estudiar cine, me dijo. También me dijo su nombre para que la agregara al Facebook, pero no lo apunté y tan pronto como nos despedimos, lo olvidé.

No mucho más tarde Sheila, la brasileña, me dijo que tenía un trabajo para mí. Así fue como empecé en C`est Ici. Tras un día fallido en el que fui a hacer mi “trial”, cuando Berti, que se convertiría en mi manager, haciendo gala de su profesionalidad me dijo que volviera al día siguiente, que estaba “muy ocupado”. El día anterior había estado ahí con el amigo de Sheila, que me paseó cual muestra de ganado por tres restaurantes y al final acabamos en C`est Ici, donde según él me cogerían seguro. Mas tarde descubriría por qué era tan fácil conseguir trabajo ahí.

De C`est Ici, nada más entrar, recuerdo el luminoso rosa que anunciaba “Candy Cupcakes”, el brillante mostrador exhibiendo un gran surtido de esos dulces, y Berti detrás de la caja, con el pelo engominado y peinado a lo Porfirio Rubirosa. Pobre diablo. Acto seguido me bajaron a la oficina, donde el manager general me empezó a hacer preguntas con su acento del este, gracias al cual le pude entender. Mientras, alrededor los cocineros y el propio Berti, que había bajado apresuradamente y se le había despegado un rizo de esa masa informe de pelo, se arremolinaban observando, cuchicheando y soltando alguna que otra carcajada, como si el amigo de Sheila acabara de traer a aquel antro un objeto extraño de un país lejano.

No sé cómo pude, pero no me he sentido tan segura de mí misma en toda mi vida. Creo que pensé “vale, ¿me estáis examinando? pues no vais a encontrar lo que esperáis”. Y contesté a todas las preguntas con una seguridad y una seriedad que sólo he tenido trabajando y teniendo que bregar con esta panda de homo erectus a los que ni siquiera llegaba el cerebro para tener ideas machistas, o para tener ideas en general. Me inventé que había trabajado en el Casino de Madrid -en el que sólo estuve dos días- afirmando todas mis frases como creía que Liza Minelli lo habría hecho en “Cabaret”, como si yo ya hubiera vivido mucho.

– ¿Alguna vez has usado una máquina de café?

– No.

-¿Sabes hacer cafés?

-No, pero puedo aprender en un día.

Entonces llegó el día de mi “trial”, que para mí fue realmente como un juicio. Llegué a la puerta del restaurante y me derrumbé, a cinco minutos de empezar. Pasé de largo la entrada hasta la esquina de la calle, no veía las caras de la gente ni a dónde me dirigía y el tiempo corría en mi contra. Tenía el teléfono en la mano, estaba temblando, a punto de apretar el botón verde para llamar a mi padre llorando y decirle que me volvía a España, que yo no podía, que no podía y punto. Tenía miedo de no enterarme de nada, de que me echaran de mala manera, de tirar una bandeja.

Pero de repente, no sé qué fuerza, de dónde salió o qué fue lo que me hizo darme la vuelta y desandar mis pasos hasta llegar otra vez a la puerta de C`est Ici. La abrí y con la mejor de mis sonrisas le dije a la primera camarera que me encontré: “Hi, I´m here for my trial”.

-continuará-

Ítaca

Fue una de esas sensaciones súbitas, que te atrapan de repente, sin ninguna razón, sin ningún preámbulo. Estaba en la cama, no sé si me acababa de despertar o estaba a punto de acostarme. No sé si fue un pensamiento, una sensación, o todo a la vez.

“¿Pero cómo me voy a ir de Londres?” Tal vez no tuvo forma de pregunta, pero para entendernos, esa fue la clave. De repente se me hizo casi imposible irme y no volver. De repente sentí que me quedaban muchas cosas por hacer aquí, aunque aún no sé cuáles, ni por qué, ni siquiera sé si de verdad me quedan muchas cosas por hacer aquí.

No quiero llamarlo intuición, ni presentimiento, ni señal. Porque la última vez que apelé a “mi intuición” fue en nombre de justificar el cambio a esta casa, en la que vivo ahora, razón por la cual decidí largarme no sólo de la casa sino de Londres, directamente. Así que prefiero sólo decir que suelo seguir a mis instintos, que me llevan a equivocarme una y otra vez. El nudo de la cuestión es que a mí me da igual equivocarme.

Por eso, porque no me puedo imaginar no volver, porque no quiero perderme el futuro más cercano de mis sitios preferidos, y sí, porque tengo algo de masoquista, supongo, voy a volver. Claro que tampoco me gustan las afirmaciones rotundas. No me gustan porque yo soy la primera en contradecirme una y otra vez. Por lo pronto me acabo de comprar el billete de vuelta para septiembre y algo muy gordo y bueno y maravilloso giro del destino tendría que ocurrir para que ese avión marchara sin mí hacia Londres en septiembre. Pase lo que pase sé que llevaré siempre a Ítaca -mi Ítaca- en mi mente.

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón,

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si tu pensar es elevado, si selecta

es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al salvaje Poseidón encontrarás,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas de verano

en que llegues -¡con qué placer y alegría!-

a puertos nunca vistos antes.

Detente en los emporios de Fenicia

y hazte con hermosas mercancías,

nácar y coral, ámbar y ébano

y toda suerte de perfumes sensuales,

cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias

a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya qué significan las Ítacas.

C. P. Cavafis. Antología poética.

Alianza Editorial, Madrid 1999.

Edición y traducción, Pedro Bádenas de la Peña