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Cuando Grecia dijo “no”.

Siempre que pasa algo más o menos importante en el mundo me imagino lo mismo: al que fuera mi profesor de historia en el colegio contándonoslo todo. Y yo sentada en el pupitre intentando comprender. Otra yo, con dieciséis años otra vez, pero en el futuro, intentando memorizar todo el proceso que llevó al primer paso de no sabemos bien qué: cuando Grecia dijo “no”.

Esta noche tiene esa brisa de lo insondable, de la duda, la esperanza y la incertidumbre. También, cómo no, algo de miedo. O tal vez la palabra exacta sea expectación. Veo fotos prácticamente en directo de los griegos en mi querida Plaza Sintagma en la que tanto calor pasé el año pasado, cuando la visité, sonriendo mientras enseñan sus banderas.

Creo, sinceramente, que es un pueblo que se merece algo mejor de lo que tenían. Recuerdo extrañarme en mi visita el verano pasado al ver edificios medio derruidos, por ejemplo (y no me refiero al Partenón). Recuerdo haberle preguntado a una griega, en el avión, por qué los griegos no emigraban en busca de trabajo, como hacíamos tantos españoles. Y ella me contestó que suponía que ellos no querían seguir la senda de la resignación. Desde luego con el referéndum de hoy lo han demostrado.

No sé lo que pasará mañana cuando Grecia amanezca. No sé si los bancos abrirán ni si tendrán dinero. Tampoco sé si esto es el principio del fin de Europa tal y como la hemos conocido hasta ahora. Lo que está claro es que de Unión empieza a quedarle poco. Porque, ¿alguna vez ha existido algo llamado “sentimiento europeo”? Hasta que la crisis comenzó, para mí la Unión Europea fue el organismo que estudié (y no muy en profundidad) en el bachillerato.

Lo que está claro es que ellos, los griegos, han sido los primeros en decir no ya no sólo a la austeridad. Si no a decidir cómo quieren ya no sólo enriquecerse sino también cómo arruinarse, igual que cada uno de nosotros, individualmente, somos responsables de nuestros actos. Han sido los primeros, supongo, en negarse a seguir formando parte de un sistema que ha demostrado su ineficacia. Y no estoy hablando de sistema capitalista porque ¿acaso hay otra opción hoy en día? Me refiero al sistema de actuación de los políticos, como ciudadanos, como nulos servidores a la sociedad. Esta es una frase tan trillada que ya ha perdido toda su esencia, pero no me refiero sólo a la corrupción. Hay algo más. Hay algo más que nos ha hartado a muchas personas de muchos sitios. A griegos, a españoles, a ingleses… Durante todos estos años esta clase política ha demostrado actuar con la única motivación de enriquecerse: ya sea personal o colectivamente. Han llevado grabado el símbolo del dólar en el cerebro durante demasiado tiempo. Y como pasa siempre, mientras a todos nos iba bien nadie decía nada. O tal vez sí lo decían y nadie les escuchó a su debido tiempo. Pero es lo que tiene vivir obsesionado, nunca se piensa en las consecuencias, ni siquiera creo que se piense en lo que se está haciendo realmente.

Ahora los ciudadanos griegos se han hartado de ser ellos, las personas normales y corrientes, con trabajos y sueldos míseros, o sin trabajo ni paro, los que se preocupen cada mañana por su futuro. Los que se niegan a seguir sufriendo las consecuencias de la corrosión política, de la podredumbre. Ahora es el momento de que los que han creado todo esto, y los que desde la sombra mueven los hilos, empiecen a temblar un poco, a preocuparse por qué les pasará ahora a ellos, económicamente hablando. Y no me refiero a las personas que, como consecuencia de su trabajo (y de un trabajo honrado y bien hecho) han ganado dinero y pueden disfrutar de abultadas cuentas corrientes. Me refiero a los que han jugado y juegan con las cuentas corrientes del común de los mortales. Para ellos es hoy también una fecha importante. Estos jugadores lo recordarán siempre como aquel día en que Grecia dijo “no”. Y como leí una vez a Maruja Torres, una frase que me parece el mejor resumen de todo esto: “lo peor que les puede pasar es que algún día desarrollen una conciencia”.

Soñadores del abrigo

Como vivo en un país -España- en el que soñar, o tan sólo desear, sale tan caro, las personas que transmiten ilusión ya no se encuentran fácilmente. No se encuentran profesionales que transmitan, siquiera, ganas de “hacer cosas”, de intentar. Y ya si me ciño al mundo de la psicología, esa clase de personas son casi inexistentes. Me doy cuenta ahora que estoy buscando trabajo de la única forma que (creía) puede surgir hoy en día: acudiendo a los sitios para ofrecerme, para ofrecer ideas, proyectos. Sí, el camino más difícil.

He escuchado de todo estos días, y eso que tampoco empecé hace mucho. Y lo que me queda, supongo: a los soñadores siempre nos queda. Sin contar con la cantidad de llamadas que hice a asociaciones o a consultas en las que me dijeron que mandase mi CV a una dirección de correo que en el mejor de los casos existía, y quedaba cómodamente almacenado junto a los demás CVs. “Sí, pero ya sabe usted lo poco que el CV dice de una persona”-digo yo-“Además no busco un puesto vacante, yo le quiero ofrecer una propuesta de…” “Sí, pero mándelo al correo electrónico, es lo único que le puedo decir”, me dice una telefonista ávida por que lleguen las cinco y pueda irse a su casa.

Cuando me cansé de mandar CVs a sitios que sabía que nadie leería, comencé a presentarme allí directamente. “Sólo con la voluntad no vas a conseguir nada”, fue la gran frase que me dijo uno de los trabajadores de una Asociación de mujeres maltratadas de la que no diré el nombre. No sé cuál era su cargo, ni su profesión, porque no me la dijo. Seguro que es psicólogo, sí. Y seguro también que tiene un máster, con muchas horas de práctica. A lo mejor es el director, quién sabe. Es irónico, al menos para una psicóloga, que alguien que trabaja en un servicio de estas características emita una afirmación así.

Algunos pensarán que yo no sé “vender mi producto, que soy yo misma”. No lo sé. Ni siquiera me preocupo por lo que llevo puesto cuando voy en busca de algo porque ni siquiera me hacen quitarme el abrigo, ni me invitan a sentarme. No hay presentaciones ni apretones de manos ni intercambios de tarjetas. Esto no es un trato comercial al uso. Mucho menos en el ámbito de lo social, donde si no estás dispuesto a trabajar gratis no mereces nada.

Hace un par de días conseguí hablar con la psicóloga de una residencia de ancianos, para hacerle mi propuesta, y si no le gustaba mi propuesta ¡para lo que sea! Hablamos en la recepción del sitio, mismamente. “Si quieres aplicar algo novedoso, la tercera edad no es tu población. Ellos son rutina, A,B,C, siempre lo mismo”. Y hasta más ver. Y eso que la chica, además, era Coach…

Pero no sé de qué me sorprendo. No me extraña que todo el mundo en este país haya perdido la ilusión. Y no sólo eso, sino que desprecien a la gente con ilusión, que intenten “quitarnos ideas de la cabeza”.

Vamos con nuestras pequeñas carpetas llenas de sueños e ilusiones. Vamos siempre con el abrigo puesto y nunca nos lo quitamos. Somos muy reconocibles: en cuanto entramos a un sitio se nos lee un gran cartel en la frente: “soñador”. Con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, las sacamos para colocarnos la bufanda al salir. A lo mejor caen dos lágrimas dependiendo del día. No pasa nada, mañana más.

Lo que pasa es que ya una se pregunta si un país así merece la pena, si se merece a los pocos soñadores del abrigo, con un montón de ideas y ningún máster, ninguna experiencia más que las de la vida. Porque conseguiremos nuestro sueño: crear algo, desarrollarlo, ser una fábrica. Y tal vez no sea aquí, donde tanta falta hace. Un país así sólo se merece al Pequeño Nicolás.

Cuando consiga mi sueño y construya lo que quiero, en el caso de que yo misma esté ocupada, habrá una trabajadora -una mujer embarazada, seguramente- cuya tarea sea especialmente hacer pasar a esas personas con un abrigo y una carpeta muy fina, con las manos en los bolsillos. Fuera hace frío pero él o ella está sonriendo (eso sí lo sabe: el poder de una sonrisa).

“Hola, qué tal. Pasa, quítate el abrigo. Puedes sentarte. Me llamo… ¿en qué puedo ayudarte?” Y le escuchará con atención. Al menos, le escuchará con atención.

 

 

 

 

Queridas Amigas

 

No sé si mi carta será la última que leáis de la ronda que hemos decidido hacer. Tal vez así sea, porque últimamente voy dejando las cosas –incluso las importantes- para lo último. Además desde hace un tiempo hago eso que siempre he odiado tanto: vivir para trabajar. Trabajo full time en la tienda de ropa, y mis dos únicos días libres de la semana los dedico a trabajar voluntariamente en una asociación de mujeres.

El trabajo en la tienda de ropa, obviamente, lo odio. Bueno, no lo odio, pero en cambio sí siento que las horas que consumo, que consumen mi vida, en la tienda, son un tiempo perdido que nunca recuperaré. Un tiempo precioso. Mientras estoy en la tienda, simplemente, dejo de ser yo. Y lo hago como forma de defensa, porque si fuera yo, no estaría allí trabajando. Y como sabéis, Londres es una ciudad imposible en la que, a no ser que seas un rico heredero, tienes que trabajar. En lo que sea, como es mi caso. Lo que quiero decir con que dejo de ser yo es que noto, físicamente, cómo mi mente se vacía. Cómo me vuelvo eso que tampoco he querido ser nunca: una oveja, o borrego. Se cumplen órdenes, nada se discute, nada se piensa, todo es simple, no hay lugar para la improvisación ni la imaginación.

Por supuesto no me dejo de lado a mí misma, a la verdadera N –ni espero hacerlo nunca- así que cuando salgo por la puerta de la tienda de ropa, me siento liberada: vuelvo a ser yo. Así que, como dice una canción de Ella Baila Sola –ese grupo de nuestra adolescencia- que no sé si recordaréis, yo ya no soy yo, somos dos.

Los miércoles y los viernes, cuando voy a la asociación, estoy un poco más cerca de ser la persona que quiero ser. Aunque, una vez más, encuentro que no es exactamente lo que quiero hacer, aunque me siento muy orgullosa de que me dieran la oportunidad de colaborar con ellas, de que me llamaran nada más terminar la entrevista. Fue gracioso porque –ya me conocéis- yo salí de la entrevista LLORANDO, literalmente, porque estaba segura de que no me cogerían. Y lo que es peor, estaba segura de que yo nunca podría trabajar en una organización seria, de verdad, inglesa. Mientras iba de camino al metro, lamentándome, me llamó mi jefa y me ofreció el puesto. Me puse tan contenta… El puesto consiste en estar en la recepción. Por eso digo que no es exactamente lo que quiero. Obviamente lo tomé como una forma de empezar, de meter la cabeza en el mundo profesional inglés y sobre todo, en el mundo del feminismo y de las asociaciones de mujeres. Y así es, pero la emoción de recién llegada me duró cuatro días: lo que tardé en manejar más o menos la rutina de la recepción que, por otra parte, es bastante simple y aburrida, aunque por supuesto no tanto como en la tienda. Además tiene algo de resolución de problemas e improvisación –de vez en cuando-. Llevo ya casi tres meses, he colaborado con otros departamentos en cositas pequeñas y me he mostrado siempre dispuesta y disponible a hacer lo que sea, incluso aunque sea desde la recepción. Pero me he llevado alguna desilusión con ellas porque últimamente no he sentido que valoren mi esfuerzo, mis ganas y mi disposición. Supongo que esto es la vida: dar pequeños pasos, y cuando crees que has llegado no, aún no. Aún no has llegado. Aún hay que andar más. Como decía Machado en esas clases de Literatura con Carmen: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Os he querido escribir esta parte de mi carta en común porque las cuatro pertenecemos, en este mismo momento, a esa generación que ha tenido que salir de España a buscarse la vida. Y hemos decidido –o nos hemos visto obligadas- a dejar a nuestra familia, amigos, novios, etc, y la comodidad de nuestra vida en Madrid por perseguir nuestros sueños, o simplemente por sobrevivir. Cosa que últimamente en España es hasta difícil. Nosotras hemos tenido el valor de no quedarnos lamentándonos por la situación, de no esperar a enchufes, etc, como sabemos que otras personas sí hacen. Me alegro por todas ellas, pero de nosotras estoy ORGULLOSA. Porque estamos viviendo una experiencia que nunca vamos a olvidar porque nos está formando como personas. Eso que tanto querían conseguir en las Convivencias, por ejemplo -¿os acordáis?-. A mí personalmente las Convivencias sólo me sirvieron para pasar un fin de semana con los compañeros de clase y reírnos un poco –unas veces más y otras menos-. Menos mal que siempre tuvimos la capacidad de pensar independientemente de todo lo que nos dijeran, aunque seguro que algo bueno se nos ha quedado, porque aquí estamos: esforzándonos por nuestro futuro olvidándonos, muchas veces, de nuestro presente.

No sé si os acordáis de esto, pero algunas de las palabras que me han influido más en mi vida las dijo Macu, la profesora de Economía. Aunque fuera una descoordinada a veces se inspiraba en clase. Un día de esos de primavera, con un calor increíble, las ventanas abiertas de par en par y de fondo el ruido de otra clase haciendo gimnasia en el patio, nosotros, por supuesto, no parábamos de hablar. Entonces debimos de sacar de quicio a la pobre Macu –que, ahora que lo pienso, más o menos como nosotras, había estudiado cinco años de Económicas para acabar dando clase en un colegio…- y se hartó. Y Macu era muy graciosa cuando se hartaba, creo recordar. Y nos empezó a decir que a qué esperábamos. Al principio no la entendí muy bien, pero ella siguió hablando, muy tranquilamente, sin alzar la voz. Y todos nos callamos. Nos dijo que a qué esperábamos, que nadie nos iba a obligar a hacer lo que teníamos que hacer en la vida. Que sólo nosotros teníamos en poder de hacer las cosas, de cambiar las cosas. Que los trenes, cuando pasan, hay que saber cuándo montarse, y que nadie –ni ella, ni nuestros padres, ni nadie- nos iba a montar en él. “Vosotros tenéis el poder de vuestro futuro en vuestras manos, de vosotros depende hacer de ello algo bueno o algo malo. ¿A qué esperáis para daros cuenta de lo que tenéis entre las manos? ¿Cuándo os vais a dar cuenta de que tenéis que aprovechar la oportunidad que tenéis AHORA?”

Ahora, recordándolo, recordando estas palabras, me pregunto si se preguntaba esas mismas cosas a ella misma también, porque recuerdo que yo noté que se emocionó. Los ojos le brillaban. Creo que se emocionó. Y la verdad es que yo me emocioné un poco también. Porque me dio qué pensar.

Ahora recuerdo estas palabras, y las recuerdo gracias a vosotras, que me habéis hecho sentarme frente al ordenador y ponerme a hacer algo que no hago desde hace mucho tiempo: recordar cosas bonitas. Traer a la memoria buenos recuerdos. Porque cuando pienso en todo lo que hemos vivido son esas las palabras que lo identifican: buenos recuerdos, buenos momentos. Incluso esas tardes de botellón en Avenida de la Paz, que tanto escandalizarían a nuestros padres, hasta esas tardes, con o sin borrachera, son buenos recuerdos. Porque al fin y al cabo siempre fuimos unas adolescentes sanas y divertidas y responsables y con los pies en el suelo.

Seguro que nunca imaginamos que acabaríamos cada una en una parte de este continente en el que siempre hemos vivido. Yo al menos jamás me podría haber creído, si me lo hubieran contado, que estaría viviendo y trabajando en Londres. A mí, que tanto miedo me ha dado siempre hasta coger el metro sola…

Hay tantos recuerdos, y tantas cosas que hemos vivido juntas y con más gente aunque ahora no tengamos tanto contacto. Por eso quería escribiros esta carta común, porque quiero devolveros el regalo que me acabáis de hacer vosotras a mí: que cuando acabéis de leer esta carta penséis en algún buen recuerdo de nosotras, ya que ahora que estamos lejos hace tanto que no nos vemos, y aunque sea sólo ese recuerdo nos acerque un poco.

Yo, por mi parte, sigo intentando vislumbrar qué es eso que tengo entre las manos, eso que nos dijo Macu que supiéramos valorar, que no esperáramos, que nos subiéramos en el tren. Tengo la sensación de que nosotras ya lo hemos hecho, al menos el primero de los trenes. “We made it”, así que estad orgullosas de tanta clase de matemáticas, economía, geografía, de la selectividad… En realidad todo nos ha hecho lo que somos ahora: mujeres valientes que no se quedan quietas esperando y que van a buscar su futuro, que pelean con uñas y dientes para conseguir su sueño. Y lo hemos hecho.

 

Con cariño,

N

“Esa gente sólo quería pollo y tal vez por eso los odiaba, o por cualquier otra cosa”

Hoy empiezo oficialmente a estar inmersa de nuevo en ese exasperante proceso que es buscar un trabajo en Londres (me refiero, por supuesto, a un trabajo precario). Al menos exasperante para mí. Claro que yo soy una persona bastante propensa a la exasperación. Pero hoy no es día de self- deprecation ni consideraciones filosóficas acerca de mi debilidad mental. Lo tengo que aparcar mientras consigo un nuevo trabajo precario. Cuando lo consiga volveré a sacarlo.

Llevo poco tiempo, sólo dos horas y sólo aplicando por internet, pero ya he completado el interminable proceso en Café Nero y en Pret a Manger. Procesos más o menos normales, preguntas típicas que en los dos sitios han sido prácticamente las mismas, pero que consumen un tiempo increíblemente largo. Si por lo menos pudiera copiar y pegar mis respuestas… Pero claro, una vez se envía la aplicación las respuestas desaparecen en el mar de la desesperación de las aplicaciones europeas, en la base de datos del recruiting team para siempre (o mejor dicho, por un período de seis meses).

Todas hablan del “entusiasmo por trabajar de cara al público”, de provide excellent customer service, de la importancia del trabajo en equipo, de ser self motivated. Mientras, yo hago lo propio y  miento diciendo que me encanta trabajar de cara al público, que tengo verdadera pasión por los clientes, que me encanta regalarles una sonrisa aunque sean unos maleducados porque posiblemente esa sonrisa sea la única que vean en todo el día y  mierdas de ese estilo. Creo el perfil de la camarera perfecta porque claro, si no eres capaz de ser la mejor camarera del mundo ¿cómo vas a ser la mejor profesional en cualquier otro campo cualificado y profesional? En mi perfil, en las respuestas que mando, yo misma me contrataría en cualquier sitio. Sí señores, este trabajo me encanta y ganando 6`31 libras la hora soy más, mucho más que feliz. Al menos permite soñar mucho y salir poco.

Cuando he terminado esas dos aplicaciones he ido a por la última: EAT, el hermano pequeño de los gigantes de comida rápida pseudo-natural-fresca-sana. Estaba completando de nuevo todos los huecos, los mismos de siempre, sí, sí, me encantan los clientes, son la alegría de mi vida. Hasta que llego a la última pregunta del cuestionario. La última. Y es la siguiente: Would you be able to make the Buzz?  Había que ver un vídeo para contestar a la pregunta. Esta aplicación me está llevando más tiempo del que esperaba. Total, todo para hacer cafés y limpiar mierda. Pero bueno, veo el vídeo de marras. En él aparecen trabajadores con su uniforme negro al lado de lo que parecen sus managers o supervisores , vestidos de calle (claro). Se ponen de acuerdo y cuentan hasta tres para soltar un grito que no entiendo (tal vez por la mezcla de acentos).

A continuación aparece un tipo en traje y con ricitos negros engominados con una pizarrita de fondo en lo que parece un curso de formación, él en primer plano. Muy convencido de su empresa y blablablá. Él sí es inglés, lo sé por el acento. Después sale una chica rubia con acento y aspecto del este, y a grito pelado suelta Hot soup! y también Hot pies! frente a una cola interminable, ante las caras entre anonadadas e incrédulas de los clientes, que sólo quieren comer o pensar, que sólo tienen media hora para descansar. Y en el mismo vídeo, a continuación, aparece el genio inventor del tal llamado Buzz, un tipo joven con pinta de estar empezando en “el campo”.  Justifica su brillante idea con una sonrisa de oreja a oreja y unos dientes, además, perfectos y relucientes, inglesito de Oxford. Y él habla y yo le escucho a medias. Porque lo que me estoy imaginando es a él en su casa, solo en su mesa de trabajo, por la noche a la luz de un flexo de Bang and Oluffsen, rompiéndose la cabeza intentando pensar en algo novedoso y genial porque el director de EAT, el señor trajeado y engominado que también aparece en el vídeo, le dijo ayer en su despacho que iban a la cola de los establecimientos de comida rápida en Londres y que como no haga algo para remediarlo se va a la calle. “Para eso te pago inútil, eres el director de márketing, de ventas y de publicidad. Haz algo.” Y él rememora esa reunión en el despacho de su jefe. La rememora esa noche en la soledad de su estudio. Y no ha formado aún una familia pero tiene este estudio en Hoxton, o en Haggerston o en Dalston y es lo único que tiene y lo tiene que mantener, for god´s sake. Entonces piensa que se la suda, que mañana tiene que llevar algo, sea lo que sea y que sea lo que dios quiera. Va a proponer lo primero que se le ocurra, lo más absurdo. Entonces se le ocurre el grito o Buzz. Los trabajadores de EAT ganan el mínimo, necesitan dinero, viven para trabajar. Si nadie se ha quejado por las horas o el trato o el trabajo mal pagado no se van a quejar ahora por tener que hacer el Buzz, ¿verdad?, ¿verdad?

No llego a ver el vídeo entero. Le doy a la equis, lo cual borra toda mi aplicación. Me acuerdo de lo que me dijo Jeny el otro día. “Esa gente sólo quería pollo y tal vez por eso les odiaba, o por cualquier otra cosa”.

Esta gente sólo quiere pollo, o sopa, o un flat White (sea lo que sea eso). Es lo único que quieren. Señores, que me cuelguen en una plaza pública si quieren por negarme a hacer una gilipollez soberana como es el Buzz. Menos mal que Londres es grande. Y está plagado de otros trabajos precarios que sí estoy dispuesta a hacer.

Tragándonoslo todo hasta el fondo.

¿Qué nos pasa?

¿Qué nos está pasando?

¿Por qué cada día que pasa tengo más la sensación de que los tiempos en los que se avanzaba, y que se tenía además la impresión de que se estaba avanzando, quedaron estancados hace ya mucho tiempo y ahora estamos involucionando y parece que vivimos en la Edad Media, sólo que con iPad y Twitter?

¿O tal vez hemos vivido siempre en esto, siempre así, y lo único que ha evolucionado ha sido la tecnología y nuestro conocimiento de Marte? Todo como una gran mentira para calmar nuestras conciencias. Y aquí tengo que parar, ya que temo estar delirando.

Todo empezó esta mañana, cuando en El País veo un reportaje gráfico acerca de un niño de once años, en China, encadenado por su familia. Uno de los pies de foto cuenta que el niño se golpeó la cabeza de pequeño, lo que le produjo una deficiencia mental y empezó a atacar a los vecinos. http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/11/28/album/1385658615_835883.html#1385658615_835883_1385659032

Y lo peor, pienso mientras miro las fotos, es que ahora esta noticia se puede saber porque hay un fotógrafo de Reuters que lo ha retratado, que El País y otros periódicos españoles se han hecho eco y lo han mostrado, y que yo lo he leído y tengo la libertad de mi blog para hablar de lo que me de la gana, por ahora. Pero ¿cuántas historias similares existirán, escondidas en la sombra de la ignorancia y los territorios recónditos del mapamundi?

Vuelvo a ver las fotos de nuevo, esta vez con más detenimiento en los detalles, en el paisaje. Me gustaría ver al niño y me gustaría saber aún más de la historia así que hago lo más fácil: busco la noticia en Google. He de confesar que desgraciadamente no me fío ya mucho del tratamiento de las noticias en los medios españoles y que cojo cada noticia con alfileres. Al menos no hay interpretación alguna en este reportaje. Son sólo una serie de fotos con una pequeña descripción a pie de foto. Pero hay un detalle que me llama la atención primero y me chirría después y me hace volver a ver las fotos una tercera y una cuarta vez. Las manos del que según informan es el abuelo del niño. Unas uñas perfectamente cortadas, pulcras y cuidadas. Unas manos de abogado occidental. Ni un rasguño, pocas arrugas. Unas manos que contrastan con los pies del niño, pies endurecidos y negros de caminar descalzo toda su corta vida, hechos ya al suelo lleno de astillas, basura y piedras.

Busco entonces la misma noticia en The Guardian y The Atlantic, dos medios de habla inglesa, uno británico y otro americano. No la encuentro. Hago el paso más fácil, una vez más: voy a Google UK y escribo el titular de la noticia en inglés. Nada. Escribo entonces ciertas palabras clave con la esperanza de que algún medio en inglés (porque es el único idioma que no sea el español en el que puedo escribir) haya recogido esta noticia. China, child, chained. Entonces aparecen tres o cuatro noticias relacionadas con el tema, pero ninguna resulta ser la historia de este niño.

La más reciente tiene fecha de 2012 y es del Mail Online. Cuenta la historia de dos niños encadenados en su casa porque sus padres no tienen con quién dejarles mientras ellos trabajan, explotados, en un pueblo del sur de China. Les encadenan para que nadie se los robe, según afirma la noticia.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-2219682/Desperate-plight-Chinese-children-living-chains-working-parents-afford-childcare-medical-fees.html

La otra noticia aparece también en el Mail Online y data del 2010. Habla acerca de la situación de los niños pequeños, casi bebés, a los que sus padres tienen que llevar consigo a trabajar en una fábrica al sudeste de China en la que están explotados más de diez horas. Los niños son atados a las ventanas para limitar sus movimientos y que no hagan lo propio de un bebé: gatear, moverse, corretear, hacer que sus padres vayan tras ellos constantemente.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-1267794/Tethered-safe-Chinese-workers-forced-tie-youngsters-work-afford-child-care.HTML

Intentando podar todo el sensacionalismo impregnado en el artículo, e intentando que no se me impregne nada a mí, sigo buscando. La tercera noticia también aparece en el Mail Online y también es del 2010. Muestra a un niño de dos años al que sus padres, también por motivos de la extrema precariedad laboral en la que están inmersos, han de encadenar al bebé a un poste de la luz para que no se lo roben, como ya hicieron con su hermana.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-1248252/Chinese-boy-chained-lamp-post-dad.HTML

Por último, busco el nombre del fotógrafo y la agencia para la que hizo las fotos y sólo aparece una foto realizada por él a unos niños chinos haciendo “gimnasia”, ilustrando un artículo de opinión del International New York Times. Este a su vez remite a otro artículo publicado acerca del duro entrenamiento, por decirlo de alguna forma, de niños gimnastas en un gimnasio chino, también publicado, una vez más, en el Mail Online.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-2182127/How-China-trains-children-win-gold–standing-girls-legs-young-boys-hang-bars.HTML

De repente me siento… Cómo decirlo. ¿Desconcertada? Tal vez me quede corta. Estoy, como todos, tan acostumbrada a pasar de una noticia a otra fácilmente que me pregunto por qué llevo pensando toda la mañana en esta situación en concreto. Encima todo se me mezcla con otra noticia que nada tiene que ver, la del cierre en Valencia del Canal 9 y todo lo que hay y ha habido alrededor y que para enterarme de verdad de la noticia y lo que ha pasado la he leído en Jot Down (http://www.jotdown.es/2013/11/rtvv-8815-dias-de-decadencia-49-votos-de-historia/).

Al final tengo muchas dudas, escándalos y decepciones en mi cabeza, pero ni un atisbo de respuesta, clave o solución. Vivo en un permanente estado de “manos a la cabeza” y gesto de sorpresa e indignación allá donde voy. Y ya me pregunto, no sé, si soy yo la ingenua, la inocente, la gilipollas y la tonta del culo que no se entera de “la verdad del mundo”, si estoy empezando a tener delirios o si, simplemente, desconfío de este mundo y su mecanismo más de lo que debería.

Y una vez más, en mi estado de manos a la cabeza, pienso en mi vida, nuestra vida, en Londres. Esta vida que tan lejos está de la de esas fotos de China. Esta vida en Londres de la que tan poco debería de quejarme, tal vez. En lo que es vivir aquí ganando seis con treinta y un libras la hora por hacer cafés. Y pienso en los que dicen “es lo que hay, si no te gusta te vas”. Y sé que me iré, y que llegaré a trabajar en algo que me guste y me haga feliz pero que otros vendrán detrás de mí y tendrán lo mismo. Y les dirán lo mismo. Y tal vez se lo crean. Seguro que se lo creerán, y así seguirá el mundo rodando y rodando. Y pienso en esos ilusos que esperan profesionalidad de alguien que gana un sueldo ya no digo siquiera digno, sino ni siquiera ajustado a las exigencias de la vida en Londres.

Y pienso en esa pasada de página del periódico, o de ese click en la siguiente noticia. Continuo pasar de página, continuo conformismo y silencio y creyéndonos el mundo en que vivimos y la objetividad y la ausencia de opinión. Tragándonoslo todo hasta el fondo.

El valor de la gente buena.

Como los trabajos de supervivencia en Londres son todos iguales –que cada uno ponga el adjetivo calificativo que crea más conveniente- el único valor que tienen son las personas que trabajan en ellos.

A lo largo de mi estancia en Londres ha habido ocasiones en las que la gente se ha sorprendido, o ha señalado mi inocencia ante el hecho de que me cueste tanto abandonar un trabajo de este tipo aun sabiendo que era una mierda. “Pero si son todos iguales” me dicen. “Tú tienes que buscar tu propio beneficio”, “En todos va a ser la misma mierda”. Y sí, es verdad hasta cierto punto, puedo reconocer. Por eso con más razón, dado que el trabajo va a ser asqueroso de todas formas, estar rodeada de gente buena, en vez de estarlo de esas especies o especímenes llenos de mala leche que Londres ha creado a lo largo de los años lentos y sucios, tiene para mí mucho valor.

Tal vez sea Londres el mejor sitio para valorar realmente la gente buena que se tiene alrededor, gente con la que se trabaja día a día, y creo que esa es una de las enseñanzas principales de esta ciudad: el valor humano cuando todo lo demás no importa nada.

Pasamos más horas trabajando que en nuestra casa. Para muchos, de hecho, las horas de trabajo son las únicas que tienen para socializarse. Y así el trabajo en Londres cumple una doble función, que resultan ser las esenciales en la vida de un ser humano y que aquí se dan mientras se friega o se doblan camisetas: la de supervivencia y la de socialización.

Aun así he podido comprobar que no todo el mundo sabe apreciar aquí el valor de tener unos buenos compañeros trabajando mano a mano, acostumbrados, pienso, a ver pasar a veinte personas en un mes de las que jamás llegaron a saber ni el nombre. Tal vez han aprendido ya entre esas oleadas de gente sin nombre que va y viene, que todos somos reemplazables y que todo el mundo es prescindible sin importar cuánto tiempo lleve trabajando o lo bien o mal que haga este tipo de trabajo. Total, cualquiera puede fregar o barrer o servir copas o doblar pantalones.

Supongo que todo forma parte de este carrusel que es Londres, donde todo va girando muy deprisa y hay que ser muy avispado o tener mucha suerte para subir y bajar en el momento adecuado. Yo, mientras tanto, prefiero observarlo todo desde un rincón y recordar, como recuerdo, todas y cada una de las personas, compañeros, que he conocido trabajando desde que llegué a Londres. A unos –los menos- hubiera sido mejor no haberles conocido nunca y otros –la mayoría- me han enseñado a apreciar el valor de la gente buena, la que aún no se ha deformado –y espero que nunca lo haga- por el paso del tiempo y las vueltas de este carrusel. Eso sí, Londres siempre será una buena fuente de personajes.

Por eso siempre me costará decir adiós y citaré a Holden Caulfield cuando, al final de su pequeña historia concluye: “Don´t ever tell anybody anything. If you do, you start missing everybody”.

 

Varias voces, una experiencia.

Estos días me doy cuenta de que siempre idealizamos el pasado, aunque sepamos de buena tinta que lo pasamos mal. Por ejemplo, cuando recuerdo la primera vez que llegué a Londres,  cuando estaba tan asustada que no me atreví a salir a la esquina de mi casa durante dos días. Supongo que será porque fueron los días, y luego los meses, en los que realmente aprendí algo.

Esas primeras semanas hasta que me fui encontrando verdaderos buenos amigos por el camino. Pero lo que me costó ese camino… Recuerdo que esos días hasta me gustaba ir a trabajar de camarera, que no me importaba que no me pagaran nunca en la fecha establecida, ni tener contrato, ni estar rodeada de machistas engominados y con pantalones apretados y cinturones de cuero negro, sonrisa incierta y dientes de oro. Sin contar con el demonio de tía lituana que tan mal me lo hizo pasar y de cuyo nombre no quiero acordarme, bien porque me dan ganas de vomitar o bien porque era muy raro y no lo recuerdo.

De repente me doy cuenta de que ahí, en ese agujero infectado de ratones, lleno de gente siniestra pero que en realidad estaba aún más sola que yo, además de alcoholizada, fue ahí donde tuve que aprender a arreglármelas sola. Donde me metí en el papel de protagonista de “Uno de los nuestros” para pedir e ir a buscar el dinero que esa gente me debía. Y lo hice sola.

Fueron días de aprender a hablar y a callar cuando era necesario. Nunca a callar ante una injusticia. Largarme y quedarme en la calle antes que aguantar ciertas cosas. Ese aprendizaje es el más valioso que esta ciudad te puede dar. Al menos a todos aquellos que, como yo, tenemos que trabajar en este tipo de cosas para empezar.

Aprendí también que aquí, o te muestras segura de ti misma, y si no lo estás haces como si lo estuvieras, o si no te comen. Aprendí a hacer unos cafés perfectos, por cierto, de tantos gritos diciéndome “This is not a capuccino, this is a latte!” Y cuánto odié el capuccino y durante cuánto tiempo… Aprendí que hasta los compañeros con los que en apariencia mejor te llevas, se pueden volver locos de repente.

Cuántos aprendizajes que de no haber vivido aquí, nunca habría tenido. Y muchos españoles en Londres saben de lo que estoy hablando.

Por eso creo que detrás de todos estos viajes a Londres, tras el pretexto de mejorar el nivel de inglés, se esconde cierto sentido de perdición y búsqueda sin rumbo, de intento de escapar de algo, pero ¿de qué? Al fin y al cabo nunca podemos escapar de nosotros mismos, pero poner tierra de por medio es un alivio difícilmente superable por la fuerza de la rutina y la aparente seguridad de quedarte donde estás.

Ya no es sólo el hecho de aprender inglés y ganar dinero, cosas que difícilmente se consiguen aquí, o que se consiguen una vez transcurrido mucho tiempo. Es algo más. Es un aprendizaje de vida y una lección. Y es la primera vez en mi vida que puedo ver ese aprendizaje y esa lección en directo, ahora, ser consciente de que me está pasando a mí, aquí y ahora.

Puede que sea cierto que no nos hayamos ido, que nos hayan echado –de España-. Pero qué afortunados somos todos nosotros, esta generación de nuevos emigrantes, que podremos contar todas nuestras aventuras dignas de un cuento de Dickens en pleno siglo veintiuno. Nosotros, que pasamos de las enseñanzas universitarias –que, al fin y al cabo ¿para qué nos han servido?- a las enseñanzas de la vida y de las calles de Londres. Nosotros, que vamos con nuestro título debajo del brazo cuando llegamos aquí, y que luego nos damos cuenta de que ocupa demasiado. De que nos tenemos que desprender de él, nos pese lo que nos pese. Y nos pesa mucho. Pero aquí seguimos. Y seguiremos muchos de nosotros, seguramente, hasta que nuestra vida sea algo parecido a lo que soñamos cada día, sea lo que sea. Y sea donde sea.

Cuánto ayudaría a hacer las situaciones desagradables más llevaderas poder compartirlas, saber que estamos todos unidos, que nos apoyamos mutuamente, ya que nadie más lo hace. Si no nos unimos nosotros, por nuestra propia voluntad, ¿quién nos va a querer juntar entonces? Somos una realidad, y somos personas. Tenemos voz y necesidades. Qué necesario sería poder escucharnos mutuamente e incluso ser capaces de encontrar el punto de vista cómico de cualquier situación, esas que todos sabemos que sólo pasan en Londres.

Por eso nunca una asociación de personas fue tan necesaria como ahora, y nunca tanto como aquí, en Londres.

https://www.facebook.com/AsociacionEspanolesLondres?ref=hl

Madrid, un día del mes de Julio.

Justo al final de mi calle hay un Rodilla que parece que ha estado siempre ahí. Al menos yo lo recuerdo siempre ahí. Sentada sobre su bolsa de tela verde está, desde antes de que me marchara a Londres, incluso desde antes de terminar la universidad, una chica que siempre parece igual de joven, pidiendo dinero. Lleva un pañuelo en la cabeza, lo lleva a modo de banda, como se lo ponían las mujeres en los años cincuenta o sesenta para no despeinarse cuando hacía viento. Sus rasgos no son españoles, y es extremadamente bella. Su piel es ligeramente tostada, e incluso sus manos son perfectas. De vez en cuando se coloca el pañuelo, o pone bien la foto de ella con un bebé, que debe ser su hijo, y siempre ha sido el mismo bebé desde hace años. Ella es la única persona que, a pesar de estar casi a la altura de los zapatos de los transeúntes y tener que mirar siempre hacia arriba, no tiene una expresión de inferioridad. Ni siquiera de pena. De hecho mira a la gente que pasa a la cara, y no es una expresión ni demandante ni desafiante, sino de verdadera curiosidad. No se mueve de su sitio, haga frío o estemos a casi cuarenta grados, como ahora. He pensado muchas veces que si yo tuviera una agencia de modelos, o fuera una directora de cine, sin duda cogería a esta chica de la calle y la haría protagonista de una película. Pero a lo mejor ella ni siquiera querría, porque hay algo en su mirada que transmite serenidad, como si esa fuera la vida que quiere llevar, sin que nadie le diga lo que tiene que hacer, sin horarios, la libertad total. Sin tan siquiera tener que pedir nada, abandonándose a la voluntad de los transeúntes, algunos reparando en ella, otros casi tropezando sin verla. En su mirada veo inteligencia, fortaleza y seguridad. ¿Por qué iba a querer formar parte de esta sociedad? ¿Qué hay de bueno en ella? ¿Qué le podría aportar? ¿Por qué iba a querer jugar el mismo juego?

*

Voy con mi padre por la calle. Una madre y su hija dan un paseo. De repente la madre nos para -bueno, para a mi padre- y le pide algo para poder comprar algo de comer.

*

En la sala de espera del médico de la Seguridad Social en Madrid se pueden escuchar conversaciones de todo tipo. Algunas son deprimentes y otras pueden llegar a ser tremendamente cómicas. Yo he tenido que escuchar muchas conversaciones en salas de espera de hospitales públicos y no públicos. Las de los públicos siempre eran más interesantes. A veces también más crudas. En las salas de espera de los hospitales se conoce la verdadera naturaleza humana.

Ayer una señora mayor llegó con su marido. Ella hablaba mucho y muy alto. Él todo lo contrario. Ella se movía mucho, era bastante morena de piel, sonreía todo el rato, intentando darle conversación. Ella le sonreía y le miraba con amor, con esa mirada profunda de los enamorados, pero con la consciencia de “las cosas”, que supongo que sólo te dan los años. Intenté imaginar cuánto tiempo llevarían juntos, sorprendiéndome de que se pudiera conservar esa mirada después de tantos años. De repente sentí que esta pareja octogenaria se lo debía haber pasado estupendamente cuando eran jóvenes. Y ahora también, pero él no conservaba la misma energía, aunque hacía claros esfuerzos.

– Mira, lee esto – le decía ella, enseñándole un panfleto con recomendaciones para el calor-. ¡Por las dos partes!

Tras un silencio, ella volvía a hablar.

– Te he comprado Coca Cola, sin azúcar pero esta vez con cafeína.

A él le costó entenderla, o tal vez no la escuchó bien, y ella se lo repitió. Él tenía el pelo muy blanco y la piel muy pálida. Parecía mucho más mayor que ella.

– ¿Y por qué me la has comprado con cafeína? -preguntó él, suavemente.

– Pues para que te tonifique.

Entonces no pude evitar sonreír. Siempre intentamos que el pasado vuelva, que todo sea como antes. Nos preguntamos por qué no es igual, no lo entendemos. A lo mejor la cafeína puede hacer algo.

Salió la doctora a nombrar a los pacientes. Dijo mi nombre, luego otro, luego otro y luego el del marido de la señora. Ella se sorprendió porque otra paciente, también una señora mayor, se llamaba Dionisia, como su marido que se llamaba Dionisio.

– ¡Anda!, se llama usted como mi marido, Dionisio.

– Uy, no me diga. Pues hola tocayo. Ya no hay mucha gente que se llame Dionisio o Dionisia.

– Bueno, ¿en tu pueblo hay dos, no? -pregunta la señora a su marido.

– Yo cuando ya me hice mayor le pregunté a mi madre, “Madre, ¿pero cómo se le ocurrió a usted ponerme Dionisia?”

– Bueno, nuestro hijo también se llama Dionisio.

– Ah, pues claro qué bien. Como debe ser.

– Yo la verdad que prefiero Dionisio a Dionisia. Dionisia me parece feo, Dionisio sin embargo está bien.

Y en este punto yo no pude evitar reírme. Incluso otras personas en la sala levantaron la mirada para ver la cara de la señora llamada Dionisia. Entonces el marido, en un intento infructuoso de arreglar la situación, participó en la conversación por primera vez:

– Yo creo que es que cuando nacimos separaron a los más feos y dijeron “a este Dionisio y a esta Dionisia”.

Y la verdad es que al matrimonio le hizo bastante gracia, no así a a la señora Dionisia.

– El que es un nombre bonito es Nereida, porque te llamas Nereida, ¿verdad? -me preguntó la señora alegre, con su sonrisa. Y yo me sorprendí, porque normalmente la gente no recuerda mi nombre ni aunque se lo haya repetido cinco veces, y me sorprendió que esta señora, habiéndolo escuchado sólo una vez, aún se acordara.

-Uy, qué nombre más raro. Yo no me acordaría nunca de ese nombre -dijo la señora Dionisia.

Terminé pensando que mi única condición si voy a llegar a ser vieja es ser como esa señora alegre del señor Dionisio. Y si no, paso de ser vieja.

*

Sigo andando con mi padre. Al pasar enfrente de una droguería que solía ser famosa en el barrio por ser una de las más caras y exclusivas, una joven empleada, que reparte papeles que prometen un regalo “sólo por entrar” a la tienda, habla con un hombre mayor.

– Porque tal y como están las cosas… ¿para qué voy a traer una criatura al mundo?- comenta ella.

*

Por fin llegamos a la tienda de la operadora de móviles a la que nos dirgíamos. Hay una nueva empleada. Se nota porque aún no tiene el uniforme, lleva un vestido verde. Es rubia teñida, con el pelo corto. Es tan delgada que se le notan los huesos de los codos y la clavícula y las piernas son como las ramas de un árbol, su mirada algo perdida y a la vez alerta de todo lo que pasa, o al menos eso intenta. Dentro sólo hay una cliente y nosotros. La nueva empleada está encaramada al mostrador pero por fuera, junto a la cliente, e intenta enterarse de todo, aunque nadie le explica nada. Ella no habla, sólo escucha, o eso parece, aunque a veces no puede evitar perder el hilo y mirar hacia la puerta de cristal que da a la calle.

Debe de tener entre treinta y cinco y cuarenta años. Una chapa en el lado derecho de su pecho reza: ” Rosario. Estoy aprendiendo”.