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Queridas Amigas

 

No sé si mi carta será la última que leáis de la ronda que hemos decidido hacer. Tal vez así sea, porque últimamente voy dejando las cosas –incluso las importantes- para lo último. Además desde hace un tiempo hago eso que siempre he odiado tanto: vivir para trabajar. Trabajo full time en la tienda de ropa, y mis dos únicos días libres de la semana los dedico a trabajar voluntariamente en una asociación de mujeres.

El trabajo en la tienda de ropa, obviamente, lo odio. Bueno, no lo odio, pero en cambio sí siento que las horas que consumo, que consumen mi vida, en la tienda, son un tiempo perdido que nunca recuperaré. Un tiempo precioso. Mientras estoy en la tienda, simplemente, dejo de ser yo. Y lo hago como forma de defensa, porque si fuera yo, no estaría allí trabajando. Y como sabéis, Londres es una ciudad imposible en la que, a no ser que seas un rico heredero, tienes que trabajar. En lo que sea, como es mi caso. Lo que quiero decir con que dejo de ser yo es que noto, físicamente, cómo mi mente se vacía. Cómo me vuelvo eso que tampoco he querido ser nunca: una oveja, o borrego. Se cumplen órdenes, nada se discute, nada se piensa, todo es simple, no hay lugar para la improvisación ni la imaginación.

Por supuesto no me dejo de lado a mí misma, a la verdadera N –ni espero hacerlo nunca- así que cuando salgo por la puerta de la tienda de ropa, me siento liberada: vuelvo a ser yo. Así que, como dice una canción de Ella Baila Sola –ese grupo de nuestra adolescencia- que no sé si recordaréis, yo ya no soy yo, somos dos.

Los miércoles y los viernes, cuando voy a la asociación, estoy un poco más cerca de ser la persona que quiero ser. Aunque, una vez más, encuentro que no es exactamente lo que quiero hacer, aunque me siento muy orgullosa de que me dieran la oportunidad de colaborar con ellas, de que me llamaran nada más terminar la entrevista. Fue gracioso porque –ya me conocéis- yo salí de la entrevista LLORANDO, literalmente, porque estaba segura de que no me cogerían. Y lo que es peor, estaba segura de que yo nunca podría trabajar en una organización seria, de verdad, inglesa. Mientras iba de camino al metro, lamentándome, me llamó mi jefa y me ofreció el puesto. Me puse tan contenta… El puesto consiste en estar en la recepción. Por eso digo que no es exactamente lo que quiero. Obviamente lo tomé como una forma de empezar, de meter la cabeza en el mundo profesional inglés y sobre todo, en el mundo del feminismo y de las asociaciones de mujeres. Y así es, pero la emoción de recién llegada me duró cuatro días: lo que tardé en manejar más o menos la rutina de la recepción que, por otra parte, es bastante simple y aburrida, aunque por supuesto no tanto como en la tienda. Además tiene algo de resolución de problemas e improvisación –de vez en cuando-. Llevo ya casi tres meses, he colaborado con otros departamentos en cositas pequeñas y me he mostrado siempre dispuesta y disponible a hacer lo que sea, incluso aunque sea desde la recepción. Pero me he llevado alguna desilusión con ellas porque últimamente no he sentido que valoren mi esfuerzo, mis ganas y mi disposición. Supongo que esto es la vida: dar pequeños pasos, y cuando crees que has llegado no, aún no. Aún no has llegado. Aún hay que andar más. Como decía Machado en esas clases de Literatura con Carmen: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Os he querido escribir esta parte de mi carta en común porque las cuatro pertenecemos, en este mismo momento, a esa generación que ha tenido que salir de España a buscarse la vida. Y hemos decidido –o nos hemos visto obligadas- a dejar a nuestra familia, amigos, novios, etc, y la comodidad de nuestra vida en Madrid por perseguir nuestros sueños, o simplemente por sobrevivir. Cosa que últimamente en España es hasta difícil. Nosotras hemos tenido el valor de no quedarnos lamentándonos por la situación, de no esperar a enchufes, etc, como sabemos que otras personas sí hacen. Me alegro por todas ellas, pero de nosotras estoy ORGULLOSA. Porque estamos viviendo una experiencia que nunca vamos a olvidar porque nos está formando como personas. Eso que tanto querían conseguir en las Convivencias, por ejemplo -¿os acordáis?-. A mí personalmente las Convivencias sólo me sirvieron para pasar un fin de semana con los compañeros de clase y reírnos un poco –unas veces más y otras menos-. Menos mal que siempre tuvimos la capacidad de pensar independientemente de todo lo que nos dijeran, aunque seguro que algo bueno se nos ha quedado, porque aquí estamos: esforzándonos por nuestro futuro olvidándonos, muchas veces, de nuestro presente.

No sé si os acordáis de esto, pero algunas de las palabras que me han influido más en mi vida las dijo Macu, la profesora de Economía. Aunque fuera una descoordinada a veces se inspiraba en clase. Un día de esos de primavera, con un calor increíble, las ventanas abiertas de par en par y de fondo el ruido de otra clase haciendo gimnasia en el patio, nosotros, por supuesto, no parábamos de hablar. Entonces debimos de sacar de quicio a la pobre Macu –que, ahora que lo pienso, más o menos como nosotras, había estudiado cinco años de Económicas para acabar dando clase en un colegio…- y se hartó. Y Macu era muy graciosa cuando se hartaba, creo recordar. Y nos empezó a decir que a qué esperábamos. Al principio no la entendí muy bien, pero ella siguió hablando, muy tranquilamente, sin alzar la voz. Y todos nos callamos. Nos dijo que a qué esperábamos, que nadie nos iba a obligar a hacer lo que teníamos que hacer en la vida. Que sólo nosotros teníamos en poder de hacer las cosas, de cambiar las cosas. Que los trenes, cuando pasan, hay que saber cuándo montarse, y que nadie –ni ella, ni nuestros padres, ni nadie- nos iba a montar en él. “Vosotros tenéis el poder de vuestro futuro en vuestras manos, de vosotros depende hacer de ello algo bueno o algo malo. ¿A qué esperáis para daros cuenta de lo que tenéis entre las manos? ¿Cuándo os vais a dar cuenta de que tenéis que aprovechar la oportunidad que tenéis AHORA?”

Ahora, recordándolo, recordando estas palabras, me pregunto si se preguntaba esas mismas cosas a ella misma también, porque recuerdo que yo noté que se emocionó. Los ojos le brillaban. Creo que se emocionó. Y la verdad es que yo me emocioné un poco también. Porque me dio qué pensar.

Ahora recuerdo estas palabras, y las recuerdo gracias a vosotras, que me habéis hecho sentarme frente al ordenador y ponerme a hacer algo que no hago desde hace mucho tiempo: recordar cosas bonitas. Traer a la memoria buenos recuerdos. Porque cuando pienso en todo lo que hemos vivido son esas las palabras que lo identifican: buenos recuerdos, buenos momentos. Incluso esas tardes de botellón en Avenida de la Paz, que tanto escandalizarían a nuestros padres, hasta esas tardes, con o sin borrachera, son buenos recuerdos. Porque al fin y al cabo siempre fuimos unas adolescentes sanas y divertidas y responsables y con los pies en el suelo.

Seguro que nunca imaginamos que acabaríamos cada una en una parte de este continente en el que siempre hemos vivido. Yo al menos jamás me podría haber creído, si me lo hubieran contado, que estaría viviendo y trabajando en Londres. A mí, que tanto miedo me ha dado siempre hasta coger el metro sola…

Hay tantos recuerdos, y tantas cosas que hemos vivido juntas y con más gente aunque ahora no tengamos tanto contacto. Por eso quería escribiros esta carta común, porque quiero devolveros el regalo que me acabáis de hacer vosotras a mí: que cuando acabéis de leer esta carta penséis en algún buen recuerdo de nosotras, ya que ahora que estamos lejos hace tanto que no nos vemos, y aunque sea sólo ese recuerdo nos acerque un poco.

Yo, por mi parte, sigo intentando vislumbrar qué es eso que tengo entre las manos, eso que nos dijo Macu que supiéramos valorar, que no esperáramos, que nos subiéramos en el tren. Tengo la sensación de que nosotras ya lo hemos hecho, al menos el primero de los trenes. “We made it”, así que estad orgullosas de tanta clase de matemáticas, economía, geografía, de la selectividad… En realidad todo nos ha hecho lo que somos ahora: mujeres valientes que no se quedan quietas esperando y que van a buscar su futuro, que pelean con uñas y dientes para conseguir su sueño. Y lo hemos hecho.

 

Con cariño,

N

Madrid, un día del mes de Julio.

Justo al final de mi calle hay un Rodilla que parece que ha estado siempre ahí. Al menos yo lo recuerdo siempre ahí. Sentada sobre su bolsa de tela verde está, desde antes de que me marchara a Londres, incluso desde antes de terminar la universidad, una chica que siempre parece igual de joven, pidiendo dinero. Lleva un pañuelo en la cabeza, lo lleva a modo de banda, como se lo ponían las mujeres en los años cincuenta o sesenta para no despeinarse cuando hacía viento. Sus rasgos no son españoles, y es extremadamente bella. Su piel es ligeramente tostada, e incluso sus manos son perfectas. De vez en cuando se coloca el pañuelo, o pone bien la foto de ella con un bebé, que debe ser su hijo, y siempre ha sido el mismo bebé desde hace años. Ella es la única persona que, a pesar de estar casi a la altura de los zapatos de los transeúntes y tener que mirar siempre hacia arriba, no tiene una expresión de inferioridad. Ni siquiera de pena. De hecho mira a la gente que pasa a la cara, y no es una expresión ni demandante ni desafiante, sino de verdadera curiosidad. No se mueve de su sitio, haga frío o estemos a casi cuarenta grados, como ahora. He pensado muchas veces que si yo tuviera una agencia de modelos, o fuera una directora de cine, sin duda cogería a esta chica de la calle y la haría protagonista de una película. Pero a lo mejor ella ni siquiera querría, porque hay algo en su mirada que transmite serenidad, como si esa fuera la vida que quiere llevar, sin que nadie le diga lo que tiene que hacer, sin horarios, la libertad total. Sin tan siquiera tener que pedir nada, abandonándose a la voluntad de los transeúntes, algunos reparando en ella, otros casi tropezando sin verla. En su mirada veo inteligencia, fortaleza y seguridad. ¿Por qué iba a querer formar parte de esta sociedad? ¿Qué hay de bueno en ella? ¿Qué le podría aportar? ¿Por qué iba a querer jugar el mismo juego?

*

Voy con mi padre por la calle. Una madre y su hija dan un paseo. De repente la madre nos para -bueno, para a mi padre- y le pide algo para poder comprar algo de comer.

*

En la sala de espera del médico de la Seguridad Social en Madrid se pueden escuchar conversaciones de todo tipo. Algunas son deprimentes y otras pueden llegar a ser tremendamente cómicas. Yo he tenido que escuchar muchas conversaciones en salas de espera de hospitales públicos y no públicos. Las de los públicos siempre eran más interesantes. A veces también más crudas. En las salas de espera de los hospitales se conoce la verdadera naturaleza humana.

Ayer una señora mayor llegó con su marido. Ella hablaba mucho y muy alto. Él todo lo contrario. Ella se movía mucho, era bastante morena de piel, sonreía todo el rato, intentando darle conversación. Ella le sonreía y le miraba con amor, con esa mirada profunda de los enamorados, pero con la consciencia de “las cosas”, que supongo que sólo te dan los años. Intenté imaginar cuánto tiempo llevarían juntos, sorprendiéndome de que se pudiera conservar esa mirada después de tantos años. De repente sentí que esta pareja octogenaria se lo debía haber pasado estupendamente cuando eran jóvenes. Y ahora también, pero él no conservaba la misma energía, aunque hacía claros esfuerzos.

– Mira, lee esto – le decía ella, enseñándole un panfleto con recomendaciones para el calor-. ¡Por las dos partes!

Tras un silencio, ella volvía a hablar.

– Te he comprado Coca Cola, sin azúcar pero esta vez con cafeína.

A él le costó entenderla, o tal vez no la escuchó bien, y ella se lo repitió. Él tenía el pelo muy blanco y la piel muy pálida. Parecía mucho más mayor que ella.

– ¿Y por qué me la has comprado con cafeína? -preguntó él, suavemente.

– Pues para que te tonifique.

Entonces no pude evitar sonreír. Siempre intentamos que el pasado vuelva, que todo sea como antes. Nos preguntamos por qué no es igual, no lo entendemos. A lo mejor la cafeína puede hacer algo.

Salió la doctora a nombrar a los pacientes. Dijo mi nombre, luego otro, luego otro y luego el del marido de la señora. Ella se sorprendió porque otra paciente, también una señora mayor, se llamaba Dionisia, como su marido que se llamaba Dionisio.

– ¡Anda!, se llama usted como mi marido, Dionisio.

– Uy, no me diga. Pues hola tocayo. Ya no hay mucha gente que se llame Dionisio o Dionisia.

– Bueno, ¿en tu pueblo hay dos, no? -pregunta la señora a su marido.

– Yo cuando ya me hice mayor le pregunté a mi madre, “Madre, ¿pero cómo se le ocurrió a usted ponerme Dionisia?”

– Bueno, nuestro hijo también se llama Dionisio.

– Ah, pues claro qué bien. Como debe ser.

– Yo la verdad que prefiero Dionisio a Dionisia. Dionisia me parece feo, Dionisio sin embargo está bien.

Y en este punto yo no pude evitar reírme. Incluso otras personas en la sala levantaron la mirada para ver la cara de la señora llamada Dionisia. Entonces el marido, en un intento infructuoso de arreglar la situación, participó en la conversación por primera vez:

– Yo creo que es que cuando nacimos separaron a los más feos y dijeron “a este Dionisio y a esta Dionisia”.

Y la verdad es que al matrimonio le hizo bastante gracia, no así a a la señora Dionisia.

– El que es un nombre bonito es Nereida, porque te llamas Nereida, ¿verdad? -me preguntó la señora alegre, con su sonrisa. Y yo me sorprendí, porque normalmente la gente no recuerda mi nombre ni aunque se lo haya repetido cinco veces, y me sorprendió que esta señora, habiéndolo escuchado sólo una vez, aún se acordara.

-Uy, qué nombre más raro. Yo no me acordaría nunca de ese nombre -dijo la señora Dionisia.

Terminé pensando que mi única condición si voy a llegar a ser vieja es ser como esa señora alegre del señor Dionisio. Y si no, paso de ser vieja.

*

Sigo andando con mi padre. Al pasar enfrente de una droguería que solía ser famosa en el barrio por ser una de las más caras y exclusivas, una joven empleada, que reparte papeles que prometen un regalo “sólo por entrar” a la tienda, habla con un hombre mayor.

– Porque tal y como están las cosas… ¿para qué voy a traer una criatura al mundo?- comenta ella.

*

Por fin llegamos a la tienda de la operadora de móviles a la que nos dirgíamos. Hay una nueva empleada. Se nota porque aún no tiene el uniforme, lleva un vestido verde. Es rubia teñida, con el pelo corto. Es tan delgada que se le notan los huesos de los codos y la clavícula y las piernas son como las ramas de un árbol, su mirada algo perdida y a la vez alerta de todo lo que pasa, o al menos eso intenta. Dentro sólo hay una cliente y nosotros. La nueva empleada está encaramada al mostrador pero por fuera, junto a la cliente, e intenta enterarse de todo, aunque nadie le explica nada. Ella no habla, sólo escucha, o eso parece, aunque a veces no puede evitar perder el hilo y mirar hacia la puerta de cristal que da a la calle.

Debe de tener entre treinta y cinco y cuarenta años. Una chapa en el lado derecho de su pecho reza: ” Rosario. Estoy aprendiendo”.