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Cómo se escribe una obra de arte. (Ahora sin cortarte las venas).

Estos días estoy leyendo un libro titulado “Saber narrar”, escrito por Eugenia Rico, Juan Cruz Y Javier Rodríguez de Fonseca. Lo compré después de estar buscando durante horas un libro sobre gramática española, pero no encontré ninguno que se adaptara a mis necesidades. Encontré este, solitario y olvidado en una esquina.

El primer capítulo habla sobre saber narrar en literatura, el segundo sobre saber narrar en periodismo, y el tercero sobre saber narrar en cine. A este último aún no he llegado. Encuentro muy interesante el segundo, escrito por Juan Cruz, acerca del oficio del periodista.

En cambio el primero, tal vez en el que más esperanzas había depositado, me ha decepcionado. Y me ha hecho plantearme una pregunta: ¿de verdad se puede enseñar a escribir un buen libro? Y ya no digamos una obra de arte.

Está claro que hay que poner unos cánones básicos, por llamarlo de alguna manera. Para mí lo básico es la gramática. Y eso era lo que yo estaba buscando. Luego vienen el ritmo, el estilo… Eso es lo que yo estaba esperando, y lo que no he encontrado. A la hora de escribir, eso es lo que se puede enseñar. El talento no se enseña ni se aprende: se tiene o no se tiene. Yo dije una vez que el mundo se divide en dos clases de personas: los que escriben sobre amor y los que viven el amor.

Para mí, el oficio de escribir sigue teniendo la naturaleza de los oficios que se aprendían en la Edad Media: observando y haciendo. Es decir, en este caso leyendo –muchísimo- y escribiendo. Y yo añadiría una cosa más: teniendo los ojos bien abiertos. Si no se es un buen observador de lo que hay a tu alrededor, y sobre todo, si lo que te rodea no echa a volar tu imaginación, entonces a lo mejor puedes escribir tratados de psiquiatría, libros de recetas  o manuales de escritura creativa, pero no hacer sentir a quien te lee.

Incluso añadiría otra cosa: ahora que en YouTube se puede encontrar casi de todo, ver las entrevistas a grandes escritores es lo que más me ha enseñado. Porque he encontrado que precisamente ellos nunca tratan de enseñar, sino de transmitir su visión y su forma de trabajar. Su personalidad, su vida, sus necesidades. Mis favoritas son de Julio Cortázar y Rosa Montero.

Y lo digo yo, que sólo soy alguien a quien le gusta escribir. No sé nada ni enseño nada. Sólo sé que escribiré siempre, aunque no llegue a ser nunca mi profesión, incuso aunque no haya nadie que me lea nunca. Incluso aunque a nadie le guste lo que escribo.

Y no hablo gratuitamente. Yo misma cometí el error de apuntarme una vez a un “curso de escritura creativa”. Sólo fueron cinco o seis clases. Después estuve años sin escribir. Destruyeron totalmente mi gusto y mi estilo –el que tuviera, bueno o malo, pero el mío al fin y al cabo- y sobre todo, lo único que tiene un escritor y lo que le hace querer seguir escribiendo: la confianza en uno mismo.

Cada semana teníamos que escribir un relato y luego leerlo en alto para la clase. Los primeros que escribí eran con los que más satisfecha estaba yo, pero los que menos gustaron a la profesora y al resto de la clase. Me decían que era muy abstracta, que no podían ver la escena que les estaba contando. Así que los dos o tres primeros relatos que escribí para esa clase fueron bastante criticados por todos. Y mientras, parecía que mis compañeros llegarían a escribir la nueva gran novela americana. Yo sentía que, después de haber estado escribiendo toda la vida como y lo que a mí me gustaba, al parecer todo era una mierda que nadie entendía.

Para gustar, para oír lo que yo estaba deseando oír, tuve que adaptarme a unos cánones y a unas fotocopias con los pasos que me llevarían a escribir el “relato perfecto”. Me ceñí pues a toda esta teoría y así fue como mi relato final gustó a todos y tuvo muy buenas críticas. Incluso la profesora alabó mi “evolución” y mis compañeros me dijeron que les parecía estar leyendo algo escrito por un “escritor famoso”. Por fin había oído lo que había estado queriendo oír.

Dio la casualidad que aquel relato fue, de todos los que escribí, de todo lo que había escrito hasta aquel momento, el que más odié. No podía parar de pensar en la basura que había escrito, en lo superficial que me parecía, mientras todos se sorprendían de “mi evolución”.

No sé si alguna vez escribiré una obra de arte. Me conformo con gustarme u odiarme a mí misma pero asegurándome siempre que hice lo que me dio la gana.