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El diablo se viste de Primark.

El despertador suena y Ed se sorprende. De pronto tiene una sensación de irrealidad que le dura unos segundos. Como un autómata, apaga el despertador, antes incluso de ser consciente de su sitio y su persona: su cama, su habitación, él. Ed se sorprende de haberse sorprendido cuando el despertador ha sonado. ¿Por qué? Es el mismo sonitono prefigurado de su móvil, el que lleva sonando casi un año, cuando firmó un contrato de tres años con una compañía telefónica inglesa para poder hacerse con un iPhone. No sabe, no ha investigado, en las funciones del iPhone y aún no entiende muy bien la diferencia con su antiguo móvil, de rango mucho menor según algunos. No tiene tiempo para ponerse a leer el libro de instrucciones y por ahora se conforma con saber cómo utilizar la agenda y conectarse a internet.

Anoche Ed tuvo una cita. Hacía tres meses que no tenía una. Demasiado trabajo. Hace dos días volvió a conectarse en aquella website de citas a ciegas, la que viene usando desde hace tiempo. Unos dos años, para ser exactos. Se enorgullece al pensar que ha tenido ya más de cincuenta citas gracias a esa página. Los encuentros con mujeres que ha tenido fuera de ahí, en la “vida real”, como alguna gente la llama, han sido más bien escasos, molestos y propensos al olvido. Porque en esta página todos los que están registrados saben a lo que van, saben lo que quieren, saben lo que piden.

Ed se lo pasó bien anoche. Volvió a las tres de la mañana. Bebió un poco. Bueno, bebió bastante, a juzgar por el dolor de cabeza con el que se ha levantado y la pesadez de cuerpo. Por un momento teme no poder levantarse de la cama.

La chica en cuestión se hacía llamar Kasia en la página web, pero luego resultó llamarse Mary. Cuando Ed vio la foto de una mujer rubia con los ojos verdes, unos treinta años de edad y ese nombre pensó que era rusa, o al menos del este. Mary resultó ser de Walthamstow de toda la vida y “compartía piso”, como ella misma contó, con su madre y cuatro gatos.

Pero Mary resultó ser realmente interesante en contra de todas las expectativas de Ed al principio de la noche. No estaba mal de cuerpo y tenía una sonrisa agradable. Además disfrutaba realmente de todas las bromas que Ed hacía, de todos los chistes de obreros que Ed desplegó. Nunca antes había llegado a contar el del obrero escayolado –lo reservaba para cenas de amigos-, pero anoche se lo contó a Mary y ella se rio a carcajadas.

Mientras Ed se dirige a la ducha piensa que tal vez la vuelva a llamar la semana que viene. No pasaron la noche juntos, eso es verdad, pero se besaron. Si bien es cierto que Mary no besaba muy bien, también lo es que el beso tuvo lugar al final de la noche, cuando acababan de terminar la segunda botella de La Serre Merlot. El propio Ed eligió el vino, y eso pareció sorprender y encantar enormemente a Mary. Ed se reservó la información acerca de que La Serre Merlot era el único vino que conocía porque era con el que trabajaba. Ed es manager de Memphis & Brown en el British Museum. Memphis & Brown es una cadena de cafeterías horteras y con decoración henchida y cursi, ridículamente caro, y que pueblan algunos museos de la ciudad. Su dueño es Steven Memphis. Acerca de Brown nadie sabe nada.

Cuando Ed sale de la ducha ya no piensa en Mary. Piensa en que hoy llega el nuevo General Manager de Memphis & Brown al British Museum. Todo lo que sabe Ed acerca del nuevo General Manager es su nombre, y que está algo gordo, pero eso es lo de menos, por favor.

Para hacerse notar ante la inminente llegada, Ed lleva días acercándose a la cafetería a ver cómo trabajan “los chicos”, como él llama a los camareros de Memphis & Brown. Esto es algo que le aburre tremendamente, sobre todo cuando hay mucha gente. Así que se limita a hacerse ver, a saludar aquí y allá sin esperar respuesta. La mayoría de los camareros ni siquiera le conocen, pues nunca se le suele ver por allí.

Ed es un tipo que prefiere el trabajo de oficina. La supervisión del trabajo de otros no se le da muy bien porque tanto camareros como clientes le ponen nervioso. La cafetería está siempre sucia, “los chicos” nunca sonríen a los clientes y el café estimula el vómito. Pero de eso nadie parece darse cuenta. Y mucho menos los clientes, en su mayoría turistas. Pero suple su rechazo al trabajo de campo escupiendo unas cuantas órdenes que a él le parezcan contundentes. Lo primero es el tono de voz, algo que aprendió en el cursillo “Twentieth Century Managers”, un curso corto por internet ofrecido por la Escuela de Negocios de la ciudad. El tono de voz ha de ser firme y contundente. Esto había que aprendérselo de memoria. Los trabajadores necesitan saber que el manager ha llegado, que ha hecho acto de presencia. Y con un tono de voz débil y grave nadie le haría ni caso. Los trabajadores son gente que necesita un guía, instrucciones, directrices. Y el tono de voz ha de ir acorde con una personalidad segura. Ed hablaba rápido y terminaba cada palabra como si fuese aguda, marcando la sílaba final con la garganta muy abierta. Y pronunciaba las palabras como si las masticase, porque si no, decía, los chicos no se enteran de nada.

Lo segundo, decía el tutor del curso “Twentieth Century Managers”, es acercarse a los trabajadores cuando se les habla y mirarles a los ojos. Un buen manager jamás desviará la mirada de un trabajador porque eso puede ser entendido como un signo de flaqueza por parte del trabajador. Así que Ed se acercaba siempre a la cara de la persona con quien hablaba. Era ya un hábito y no lo hacía sólo en el trabajo sino también en sus relaciones personales. Es cierto que alguna que otra vez había notado que algunos de “los chicos” se retiraba disimuladamente hacia atrás cuando Ed hablaba. Pero qué le importaba a Ed aquella panda. Pobrecillos. Actualmente Ed estaba empezando la segunda parte del cursillo, “Twenty-first Century Managers”, en el que se hacía hincapié en la necesidad de una “imagen depurada”, expresión que Ed aún no entendía pero acerca de la cual estaba trabajando.

Pero tenía que darse prisa. Ed abre el armario y se dispone a ponerse el traje de chaqueta.

Ed vive en un apartamento solo, en el sur. Gana dinero, pero no lo suficiente para esta ciudad. Así que se compra los trajes de chaqueta en Primark. Esto es algo que nadie sabe, ni siquiera sus amigos más cercanos. Ed corta la etiqueta de chaquetas, camisas y pantalones. Y si alguien pregunta Ed dice que le molestan, que es una manía que tiene, la de cortar las etiquetas.

De todas formas sólo se pone traje de chaqueta para trabajar, y al fin y al cabo va a causar la misma impresión que si se lo hubiera comprado en Massimo Dutti. Ese efecto de: aquí estoy yo.

Ed se aprieta el nudo de la corbata frente al espejo, se pone la chaqueta, sonríe a su reflejo y se da dos palmadas en los mofletes. Sí, definitivamente la semana que viene volverá a llamar a Mary.

 

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“Esa gente sólo quería pollo y tal vez por eso los odiaba, o por cualquier otra cosa”

Hoy empiezo oficialmente a estar inmersa de nuevo en ese exasperante proceso que es buscar un trabajo en Londres (me refiero, por supuesto, a un trabajo precario). Al menos exasperante para mí. Claro que yo soy una persona bastante propensa a la exasperación. Pero hoy no es día de self- deprecation ni consideraciones filosóficas acerca de mi debilidad mental. Lo tengo que aparcar mientras consigo un nuevo trabajo precario. Cuando lo consiga volveré a sacarlo.

Llevo poco tiempo, sólo dos horas y sólo aplicando por internet, pero ya he completado el interminable proceso en Café Nero y en Pret a Manger. Procesos más o menos normales, preguntas típicas que en los dos sitios han sido prácticamente las mismas, pero que consumen un tiempo increíblemente largo. Si por lo menos pudiera copiar y pegar mis respuestas… Pero claro, una vez se envía la aplicación las respuestas desaparecen en el mar de la desesperación de las aplicaciones europeas, en la base de datos del recruiting team para siempre (o mejor dicho, por un período de seis meses).

Todas hablan del “entusiasmo por trabajar de cara al público”, de provide excellent customer service, de la importancia del trabajo en equipo, de ser self motivated. Mientras, yo hago lo propio y  miento diciendo que me encanta trabajar de cara al público, que tengo verdadera pasión por los clientes, que me encanta regalarles una sonrisa aunque sean unos maleducados porque posiblemente esa sonrisa sea la única que vean en todo el día y  mierdas de ese estilo. Creo el perfil de la camarera perfecta porque claro, si no eres capaz de ser la mejor camarera del mundo ¿cómo vas a ser la mejor profesional en cualquier otro campo cualificado y profesional? En mi perfil, en las respuestas que mando, yo misma me contrataría en cualquier sitio. Sí señores, este trabajo me encanta y ganando 6`31 libras la hora soy más, mucho más que feliz. Al menos permite soñar mucho y salir poco.

Cuando he terminado esas dos aplicaciones he ido a por la última: EAT, el hermano pequeño de los gigantes de comida rápida pseudo-natural-fresca-sana. Estaba completando de nuevo todos los huecos, los mismos de siempre, sí, sí, me encantan los clientes, son la alegría de mi vida. Hasta que llego a la última pregunta del cuestionario. La última. Y es la siguiente: Would you be able to make the Buzz?  Había que ver un vídeo para contestar a la pregunta. Esta aplicación me está llevando más tiempo del que esperaba. Total, todo para hacer cafés y limpiar mierda. Pero bueno, veo el vídeo de marras. En él aparecen trabajadores con su uniforme negro al lado de lo que parecen sus managers o supervisores , vestidos de calle (claro). Se ponen de acuerdo y cuentan hasta tres para soltar un grito que no entiendo (tal vez por la mezcla de acentos).

A continuación aparece un tipo en traje y con ricitos negros engominados con una pizarrita de fondo en lo que parece un curso de formación, él en primer plano. Muy convencido de su empresa y blablablá. Él sí es inglés, lo sé por el acento. Después sale una chica rubia con acento y aspecto del este, y a grito pelado suelta Hot soup! y también Hot pies! frente a una cola interminable, ante las caras entre anonadadas e incrédulas de los clientes, que sólo quieren comer o pensar, que sólo tienen media hora para descansar. Y en el mismo vídeo, a continuación, aparece el genio inventor del tal llamado Buzz, un tipo joven con pinta de estar empezando en “el campo”.  Justifica su brillante idea con una sonrisa de oreja a oreja y unos dientes, además, perfectos y relucientes, inglesito de Oxford. Y él habla y yo le escucho a medias. Porque lo que me estoy imaginando es a él en su casa, solo en su mesa de trabajo, por la noche a la luz de un flexo de Bang and Oluffsen, rompiéndose la cabeza intentando pensar en algo novedoso y genial porque el director de EAT, el señor trajeado y engominado que también aparece en el vídeo, le dijo ayer en su despacho que iban a la cola de los establecimientos de comida rápida en Londres y que como no haga algo para remediarlo se va a la calle. “Para eso te pago inútil, eres el director de márketing, de ventas y de publicidad. Haz algo.” Y él rememora esa reunión en el despacho de su jefe. La rememora esa noche en la soledad de su estudio. Y no ha formado aún una familia pero tiene este estudio en Hoxton, o en Haggerston o en Dalston y es lo único que tiene y lo tiene que mantener, for god´s sake. Entonces piensa que se la suda, que mañana tiene que llevar algo, sea lo que sea y que sea lo que dios quiera. Va a proponer lo primero que se le ocurra, lo más absurdo. Entonces se le ocurre el grito o Buzz. Los trabajadores de EAT ganan el mínimo, necesitan dinero, viven para trabajar. Si nadie se ha quejado por las horas o el trato o el trabajo mal pagado no se van a quejar ahora por tener que hacer el Buzz, ¿verdad?, ¿verdad?

No llego a ver el vídeo entero. Le doy a la equis, lo cual borra toda mi aplicación. Me acuerdo de lo que me dijo Jeny el otro día. “Esa gente sólo quería pollo y tal vez por eso les odiaba, o por cualquier otra cosa”.

Esta gente sólo quiere pollo, o sopa, o un flat White (sea lo que sea eso). Es lo único que quieren. Señores, que me cuelguen en una plaza pública si quieren por negarme a hacer una gilipollez soberana como es el Buzz. Menos mal que Londres es grande. Y está plagado de otros trabajos precarios que sí estoy dispuesta a hacer.

Tragándonoslo todo hasta el fondo.

¿Qué nos pasa?

¿Qué nos está pasando?

¿Por qué cada día que pasa tengo más la sensación de que los tiempos en los que se avanzaba, y que se tenía además la impresión de que se estaba avanzando, quedaron estancados hace ya mucho tiempo y ahora estamos involucionando y parece que vivimos en la Edad Media, sólo que con iPad y Twitter?

¿O tal vez hemos vivido siempre en esto, siempre así, y lo único que ha evolucionado ha sido la tecnología y nuestro conocimiento de Marte? Todo como una gran mentira para calmar nuestras conciencias. Y aquí tengo que parar, ya que temo estar delirando.

Todo empezó esta mañana, cuando en El País veo un reportaje gráfico acerca de un niño de once años, en China, encadenado por su familia. Uno de los pies de foto cuenta que el niño se golpeó la cabeza de pequeño, lo que le produjo una deficiencia mental y empezó a atacar a los vecinos. http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/11/28/album/1385658615_835883.html#1385658615_835883_1385659032

Y lo peor, pienso mientras miro las fotos, es que ahora esta noticia se puede saber porque hay un fotógrafo de Reuters que lo ha retratado, que El País y otros periódicos españoles se han hecho eco y lo han mostrado, y que yo lo he leído y tengo la libertad de mi blog para hablar de lo que me de la gana, por ahora. Pero ¿cuántas historias similares existirán, escondidas en la sombra de la ignorancia y los territorios recónditos del mapamundi?

Vuelvo a ver las fotos de nuevo, esta vez con más detenimiento en los detalles, en el paisaje. Me gustaría ver al niño y me gustaría saber aún más de la historia así que hago lo más fácil: busco la noticia en Google. He de confesar que desgraciadamente no me fío ya mucho del tratamiento de las noticias en los medios españoles y que cojo cada noticia con alfileres. Al menos no hay interpretación alguna en este reportaje. Son sólo una serie de fotos con una pequeña descripción a pie de foto. Pero hay un detalle que me llama la atención primero y me chirría después y me hace volver a ver las fotos una tercera y una cuarta vez. Las manos del que según informan es el abuelo del niño. Unas uñas perfectamente cortadas, pulcras y cuidadas. Unas manos de abogado occidental. Ni un rasguño, pocas arrugas. Unas manos que contrastan con los pies del niño, pies endurecidos y negros de caminar descalzo toda su corta vida, hechos ya al suelo lleno de astillas, basura y piedras.

Busco entonces la misma noticia en The Guardian y The Atlantic, dos medios de habla inglesa, uno británico y otro americano. No la encuentro. Hago el paso más fácil, una vez más: voy a Google UK y escribo el titular de la noticia en inglés. Nada. Escribo entonces ciertas palabras clave con la esperanza de que algún medio en inglés (porque es el único idioma que no sea el español en el que puedo escribir) haya recogido esta noticia. China, child, chained. Entonces aparecen tres o cuatro noticias relacionadas con el tema, pero ninguna resulta ser la historia de este niño.

La más reciente tiene fecha de 2012 y es del Mail Online. Cuenta la historia de dos niños encadenados en su casa porque sus padres no tienen con quién dejarles mientras ellos trabajan, explotados, en un pueblo del sur de China. Les encadenan para que nadie se los robe, según afirma la noticia.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-2219682/Desperate-plight-Chinese-children-living-chains-working-parents-afford-childcare-medical-fees.html

La otra noticia aparece también en el Mail Online y data del 2010. Habla acerca de la situación de los niños pequeños, casi bebés, a los que sus padres tienen que llevar consigo a trabajar en una fábrica al sudeste de China en la que están explotados más de diez horas. Los niños son atados a las ventanas para limitar sus movimientos y que no hagan lo propio de un bebé: gatear, moverse, corretear, hacer que sus padres vayan tras ellos constantemente.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-1267794/Tethered-safe-Chinese-workers-forced-tie-youngsters-work-afford-child-care.HTML

Intentando podar todo el sensacionalismo impregnado en el artículo, e intentando que no se me impregne nada a mí, sigo buscando. La tercera noticia también aparece en el Mail Online y también es del 2010. Muestra a un niño de dos años al que sus padres, también por motivos de la extrema precariedad laboral en la que están inmersos, han de encadenar al bebé a un poste de la luz para que no se lo roben, como ya hicieron con su hermana.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-1248252/Chinese-boy-chained-lamp-post-dad.HTML

Por último, busco el nombre del fotógrafo y la agencia para la que hizo las fotos y sólo aparece una foto realizada por él a unos niños chinos haciendo “gimnasia”, ilustrando un artículo de opinión del International New York Times. Este a su vez remite a otro artículo publicado acerca del duro entrenamiento, por decirlo de alguna forma, de niños gimnastas en un gimnasio chino, también publicado, una vez más, en el Mail Online.

http://www.dailymail.co.uk/news/article-2182127/How-China-trains-children-win-gold–standing-girls-legs-young-boys-hang-bars.HTML

De repente me siento… Cómo decirlo. ¿Desconcertada? Tal vez me quede corta. Estoy, como todos, tan acostumbrada a pasar de una noticia a otra fácilmente que me pregunto por qué llevo pensando toda la mañana en esta situación en concreto. Encima todo se me mezcla con otra noticia que nada tiene que ver, la del cierre en Valencia del Canal 9 y todo lo que hay y ha habido alrededor y que para enterarme de verdad de la noticia y lo que ha pasado la he leído en Jot Down (http://www.jotdown.es/2013/11/rtvv-8815-dias-de-decadencia-49-votos-de-historia/).

Al final tengo muchas dudas, escándalos y decepciones en mi cabeza, pero ni un atisbo de respuesta, clave o solución. Vivo en un permanente estado de “manos a la cabeza” y gesto de sorpresa e indignación allá donde voy. Y ya me pregunto, no sé, si soy yo la ingenua, la inocente, la gilipollas y la tonta del culo que no se entera de “la verdad del mundo”, si estoy empezando a tener delirios o si, simplemente, desconfío de este mundo y su mecanismo más de lo que debería.

Y una vez más, en mi estado de manos a la cabeza, pienso en mi vida, nuestra vida, en Londres. Esta vida que tan lejos está de la de esas fotos de China. Esta vida en Londres de la que tan poco debería de quejarme, tal vez. En lo que es vivir aquí ganando seis con treinta y un libras la hora por hacer cafés. Y pienso en los que dicen “es lo que hay, si no te gusta te vas”. Y sé que me iré, y que llegaré a trabajar en algo que me guste y me haga feliz pero que otros vendrán detrás de mí y tendrán lo mismo. Y les dirán lo mismo. Y tal vez se lo crean. Seguro que se lo creerán, y así seguirá el mundo rodando y rodando. Y pienso en esos ilusos que esperan profesionalidad de alguien que gana un sueldo ya no digo siquiera digno, sino ni siquiera ajustado a las exigencias de la vida en Londres.

Y pienso en esa pasada de página del periódico, o de ese click en la siguiente noticia. Continuo pasar de página, continuo conformismo y silencio y creyéndonos el mundo en que vivimos y la objetividad y la ausencia de opinión. Tragándonoslo todo hasta el fondo.

El nudo en la garganta.

Veo un reportaje en el British Vogue acerca del cumpleaños de Alexa Chung, al parecer el nuevo icono de estilo en estos tiempos superficiales e inclinados a lo vintage. Como se puede observar, ella es muy vintage y aprendió a hacerse la raya de los ojos como Brigitte Bardot y todo lo explica en un libro titulado “It”, que le han sacado a la venta a la vista de su tirón mediático en el que además expone todas sus influencias de estilo desde que eligió su chupete, hace ya treinta años.

Como decía, el del British Vogue es un reportaje fotográfico acerca del treinta cumpleaños de esta chica, que fue la semana pasada. Y en él aparece gente de todo tipo, a los cuales no tengo el placer de conocer pero a juzgar por sus barbas y sus trajes estrechos deben ser importantes en Central London y tal vez en el Este también -aunque no más allá de Bromley by Bow-. Una fiesta llena de hipsters, flequillos y labios rojos y el cantante de One Direction, del cual nunca dejará de sorprenderme su apellido y su presencia en general.

Entre tanta foto de Instagram, la única información que puedo colegir es que el vestido de la cumpleañera es de Carven. Y sí, es precioso, por algo ella es un icono de estilo. Plisado por los lados, plateado, con cuello de barco. El vestido ideal cuando vas a celebrar tu treinta cumpleaños en la suite de un nuevo hotel londinense de lujo.

Después de ver las fotos me pregunté si esa chica, Alexa, antes de salir de su casa y montarse en el coche negro con asientos de cuero que la esperaría en la puerta, se miraría al espejo ovalado y retro, fijamente, de arriba a abajo. Ataviada con su vestido de Carven y sus zapatitos. Si pensaría que se dirigía a la suite de un hotel a celebrar su treinta cumpleaños, donde la esperaría gente que ella ni tan siquiera conocía, gente que no sabe ni cuántos años va a cumplir.

Que sí, Vogue puede haber pagado la suite y la tarta y puede hasta que haya pensado la dedicatoria escrita con crema en el pastel, más bien impersonal y sosa (“For the smallest pal, Happy Birthday Chung”).

Supongo que en ese momento miraría de nuevo su vestido y pensaría “es de Carven”, y tal vez se lo recordaría dos o tres veces. Antes de que los ojos se le humedecieran un poco más y el nudo en la garganta se hiciera un poco más grande.

No, antes de que eso ocurriera bajó las escaleras precipitadamente y se montó en el coche. Y aunque estuvo a punto de decirle al chófer que condujera sin rumbo, que pasara de largo el hotel y su fiesta, que siguiera rodando sin dirección fija, adelante, corriendo; no lo hizo. Miró con sus grandes ojos verdes y pintados con eyeliner estilo BB a las farolas de la calle y los tejados picudos y marrones y las puertas blancas de la calle, todas iguales. Pensó que esa era su vida, ese era su trabajo, y eso era lo que tenía que hacer. Y aguantaría con los tacones de Manolo Blahnik toda la noche. Aunque tuviera que hacer varias visitas al baño. El chófer esperaba sus indicaciones, con los ojos clavados en ella a través del retrovisor. Él también pudo ver que los ojos de la chica brillaban más que nunca. “Al hotel……” dijo por fin ella. Y recostó su delgada espalda en el asiento de cuero negro, más cómodo de lo que podía parecer a simple vista.

El nudo en la garganta siempre bajo control: nunca olvidar eso en Londres. Siempre bajo control.

El valor de la gente buena.

Como los trabajos de supervivencia en Londres son todos iguales –que cada uno ponga el adjetivo calificativo que crea más conveniente- el único valor que tienen son las personas que trabajan en ellos.

A lo largo de mi estancia en Londres ha habido ocasiones en las que la gente se ha sorprendido, o ha señalado mi inocencia ante el hecho de que me cueste tanto abandonar un trabajo de este tipo aun sabiendo que era una mierda. “Pero si son todos iguales” me dicen. “Tú tienes que buscar tu propio beneficio”, “En todos va a ser la misma mierda”. Y sí, es verdad hasta cierto punto, puedo reconocer. Por eso con más razón, dado que el trabajo va a ser asqueroso de todas formas, estar rodeada de gente buena, en vez de estarlo de esas especies o especímenes llenos de mala leche que Londres ha creado a lo largo de los años lentos y sucios, tiene para mí mucho valor.

Tal vez sea Londres el mejor sitio para valorar realmente la gente buena que se tiene alrededor, gente con la que se trabaja día a día, y creo que esa es una de las enseñanzas principales de esta ciudad: el valor humano cuando todo lo demás no importa nada.

Pasamos más horas trabajando que en nuestra casa. Para muchos, de hecho, las horas de trabajo son las únicas que tienen para socializarse. Y así el trabajo en Londres cumple una doble función, que resultan ser las esenciales en la vida de un ser humano y que aquí se dan mientras se friega o se doblan camisetas: la de supervivencia y la de socialización.

Aun así he podido comprobar que no todo el mundo sabe apreciar aquí el valor de tener unos buenos compañeros trabajando mano a mano, acostumbrados, pienso, a ver pasar a veinte personas en un mes de las que jamás llegaron a saber ni el nombre. Tal vez han aprendido ya entre esas oleadas de gente sin nombre que va y viene, que todos somos reemplazables y que todo el mundo es prescindible sin importar cuánto tiempo lleve trabajando o lo bien o mal que haga este tipo de trabajo. Total, cualquiera puede fregar o barrer o servir copas o doblar pantalones.

Supongo que todo forma parte de este carrusel que es Londres, donde todo va girando muy deprisa y hay que ser muy avispado o tener mucha suerte para subir y bajar en el momento adecuado. Yo, mientras tanto, prefiero observarlo todo desde un rincón y recordar, como recuerdo, todas y cada una de las personas, compañeros, que he conocido trabajando desde que llegué a Londres. A unos –los menos- hubiera sido mejor no haberles conocido nunca y otros –la mayoría- me han enseñado a apreciar el valor de la gente buena, la que aún no se ha deformado –y espero que nunca lo haga- por el paso del tiempo y las vueltas de este carrusel. Eso sí, Londres siempre será una buena fuente de personajes.

Por eso siempre me costará decir adiós y citaré a Holden Caulfield cuando, al final de su pequeña historia concluye: “Don´t ever tell anybody anything. If you do, you start missing everybody”.

 

Varias voces, una experiencia.

Estos días me doy cuenta de que siempre idealizamos el pasado, aunque sepamos de buena tinta que lo pasamos mal. Por ejemplo, cuando recuerdo la primera vez que llegué a Londres,  cuando estaba tan asustada que no me atreví a salir a la esquina de mi casa durante dos días. Supongo que será porque fueron los días, y luego los meses, en los que realmente aprendí algo.

Esas primeras semanas hasta que me fui encontrando verdaderos buenos amigos por el camino. Pero lo que me costó ese camino… Recuerdo que esos días hasta me gustaba ir a trabajar de camarera, que no me importaba que no me pagaran nunca en la fecha establecida, ni tener contrato, ni estar rodeada de machistas engominados y con pantalones apretados y cinturones de cuero negro, sonrisa incierta y dientes de oro. Sin contar con el demonio de tía lituana que tan mal me lo hizo pasar y de cuyo nombre no quiero acordarme, bien porque me dan ganas de vomitar o bien porque era muy raro y no lo recuerdo.

De repente me doy cuenta de que ahí, en ese agujero infectado de ratones, lleno de gente siniestra pero que en realidad estaba aún más sola que yo, además de alcoholizada, fue ahí donde tuve que aprender a arreglármelas sola. Donde me metí en el papel de protagonista de “Uno de los nuestros” para pedir e ir a buscar el dinero que esa gente me debía. Y lo hice sola.

Fueron días de aprender a hablar y a callar cuando era necesario. Nunca a callar ante una injusticia. Largarme y quedarme en la calle antes que aguantar ciertas cosas. Ese aprendizaje es el más valioso que esta ciudad te puede dar. Al menos a todos aquellos que, como yo, tenemos que trabajar en este tipo de cosas para empezar.

Aprendí también que aquí, o te muestras segura de ti misma, y si no lo estás haces como si lo estuvieras, o si no te comen. Aprendí a hacer unos cafés perfectos, por cierto, de tantos gritos diciéndome “This is not a capuccino, this is a latte!” Y cuánto odié el capuccino y durante cuánto tiempo… Aprendí que hasta los compañeros con los que en apariencia mejor te llevas, se pueden volver locos de repente.

Cuántos aprendizajes que de no haber vivido aquí, nunca habría tenido. Y muchos españoles en Londres saben de lo que estoy hablando.

Por eso creo que detrás de todos estos viajes a Londres, tras el pretexto de mejorar el nivel de inglés, se esconde cierto sentido de perdición y búsqueda sin rumbo, de intento de escapar de algo, pero ¿de qué? Al fin y al cabo nunca podemos escapar de nosotros mismos, pero poner tierra de por medio es un alivio difícilmente superable por la fuerza de la rutina y la aparente seguridad de quedarte donde estás.

Ya no es sólo el hecho de aprender inglés y ganar dinero, cosas que difícilmente se consiguen aquí, o que se consiguen una vez transcurrido mucho tiempo. Es algo más. Es un aprendizaje de vida y una lección. Y es la primera vez en mi vida que puedo ver ese aprendizaje y esa lección en directo, ahora, ser consciente de que me está pasando a mí, aquí y ahora.

Puede que sea cierto que no nos hayamos ido, que nos hayan echado –de España-. Pero qué afortunados somos todos nosotros, esta generación de nuevos emigrantes, que podremos contar todas nuestras aventuras dignas de un cuento de Dickens en pleno siglo veintiuno. Nosotros, que pasamos de las enseñanzas universitarias –que, al fin y al cabo ¿para qué nos han servido?- a las enseñanzas de la vida y de las calles de Londres. Nosotros, que vamos con nuestro título debajo del brazo cuando llegamos aquí, y que luego nos damos cuenta de que ocupa demasiado. De que nos tenemos que desprender de él, nos pese lo que nos pese. Y nos pesa mucho. Pero aquí seguimos. Y seguiremos muchos de nosotros, seguramente, hasta que nuestra vida sea algo parecido a lo que soñamos cada día, sea lo que sea. Y sea donde sea.

Cuánto ayudaría a hacer las situaciones desagradables más llevaderas poder compartirlas, saber que estamos todos unidos, que nos apoyamos mutuamente, ya que nadie más lo hace. Si no nos unimos nosotros, por nuestra propia voluntad, ¿quién nos va a querer juntar entonces? Somos una realidad, y somos personas. Tenemos voz y necesidades. Qué necesario sería poder escucharnos mutuamente e incluso ser capaces de encontrar el punto de vista cómico de cualquier situación, esas que todos sabemos que sólo pasan en Londres.

Por eso nunca una asociación de personas fue tan necesaria como ahora, y nunca tanto como aquí, en Londres.

https://www.facebook.com/AsociacionEspanolesLondres?ref=hl

Estamos encantados.

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M. trabaja seis días a la semana, entre ocho y diez horas, si no más. Cada vez que alguien se pone malo le llaman a él y ahí se planta M en seguida, a veces con una sonrisa y otras… En fin.

Lleva un año y medio trabajando para la empresa de hostelería en cuestión y sigue cobrando el mínimo legal en Reino Unido: seis libras con diecinueve peniques. Cuando ha habido ascensos en la plantilla, como elegir nuevos supervisores, jamás han contado con él. Dice que como tiene una carrera universitaria, los managers saben que tarde o temprano se irá de la empresa. Y esto él te lo cuenta como si fuera la cosa más normal del mundo, como si estuviera leyendo la Constitución en voz alta, como si fuera lo que corresponde, lo justo. Como si no hubiera ni que dudarlo.

Me dice que casi no sale, que no tiene vida social. Claro, me dice, librando sólo los domingos está tan cansado que no tiene ganas de nada. Me lo cuenta en nuestro descanso para comer, de sólo media hora. Llevamos cuatro horas trabajando y aún nos quedan otras cuatro, o seis. Intento que me hable de su vida, de otras cosas. Es imposible, en seguida se desvía del tema y me empieza a hablar de dónde tengo que recoger los sándwiches por la mañana y a dónde llevarlos y los diferentes ingredientes de los que están hechos.

M. estudió una carrera universitaria en España y su sueño es poder trabajar en algo relacionado con su carrera aquí, en Londres. Después de  más de un año viviendo aquí se quiere examinar del First. El First… Trabaja rodeado de españoles, vive con españoles. El único inglés que habla cada día es para decir “Hi” y “Anything else?”

Ha llegado a trabajar diecinueve días seguidos sin un sólo día libre. Y dice que no le importa porque se quiere pedir una semana de vacaciones en octubre y dos en diciembre. Le digo que es su derecho, que no le está haciendo un favor a nadie. “Ya pero tú sabes, si voy a pedir, hay que dar algo a cambio también”. Ahora recuerdo que en nuestro contrato las vacaciones, si nos corresponden, pueden ser rechazadas si a la empresa no le viene bien.

C., después de dos años trabajando ininterrumpidamente para la misma empresa de hostelería, por fin ha conseguido un aumento de treinta peniques en el sueldo y que le dejen todos los fines de semana libres. Me dice que ha llegado a trabajar varias semanas seguidas doce horas cada día. “Por gente que se ponía mala, por falta de personal, por h o por b…” Me lo dice también con una tranquilidad que me asombra y que, reconozco, me asusta.

Después de dos años él, al menos, ha conseguido que le suban el sueldo simbólicamente. Lo que no ha conseguido tampoco es que le asciendan de puesto. También le han dicho lo de la carrera universitaria. El general manager -que aparece en contadas ocasiones, inglés, con pinta sospechosa y desordenada, con pinta de usuario de páginas web de entretenimiento nocturno- es a él, a C., a quien da las órdenes y echa las broncas sin tan siquiera dar los buenos días.

Y por eso dicen que aquí aprecian mucho la forma de trabajar de los españoles. No en vano lo somos toda la plantilla menos dos. Que somos los más trabajadores, dicen con entusiasmo y con sonrisa psicótica. Y a nadie le extraña, nadie se pregunta siquiera por qué.

Estamos encantados de vivir en Londres como si estuviéramos en España. Trabajando diez horas con sólo media hora de descanso. Encantados. Teniendo que aguantar groserías y malas formas que ni siquiera entendemos. Encantados. Nuestras tareas sobrepasan el límite de las estipuladas en nuestro contrato, cuando lo hay. Aunque en realidad ni siquiera nuestras tareas están escritas en nuestro contrato. Encantados. Pasa el tiempo y pasan los años. Estamos encantados.

*

Estoy orgullosa de formar parte del enorme número de jóvenes españoles que se matan a trabajar en Londres por las razones que sean, que como yo digo, siempre van más allá de lo económico o del aprendizaje del inglés. Pensamos en España desde la distancia, pensamos en volver y entonces nos damos cuenta de que lo que nos espera allí tampoco es un paisaje mucho más esperanzador que el que tenemos aquí. Mi único deseo sería que hablásemos más alto y lucháramos más por nuestros derechos aunque para ello nos tuviéramos que preparar un speech el día anterior, diccionario en mano.

PD: esta entrada no está basada en ninguna persona ni historia en particular sino en todos los españoles y sus circunstancias que he ido encontrando a lo largo de mi estancia aquí. Las iniciales son ficticias y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

 

Una ventana.

Una ventana, hace más de cinco años, un atardecer de verano en Londres mientras sólo era una turista en sus calles, fue lo que me hizo enamorarme de Londres. Fue lo que me hizo soñar con vivir ahí, con vivir así. El sol empezaba a esconderse, la luz estaba ya teñida del característico gris de Londres, sea cual sea la estación del año en la que nos encontremos. Un gris maravilloso que siempre recuerda el fondo, lo que hay cuando se pone el sol. Yo paseaba con mi familia por el barrio de Knightsbridge –para algo éramos turistas- pero podía ser cualquier barrio adinerado del centro, o del oeste.

La fachada del edificio, de ladrillo rojo, parecía una casa de muñecas a tamaño real. Las ventanas blancas, ni tan siquiera un poco ennegrecidas por la polución, pues por esos lares los coches, si los hay, son eléctricos, grandes, caros y se usan poco.

Aquella ventana de grueso marco blanco marfil dejaba intuir la grandiosidad del interior de aquel hogar. ¿Sería de una pareja joven, él bróker y ella ex estudiante de Historia del Arte frustrada por una boda precipitada? ¿O serían los herederos de Lord Huntington, recientemente fallecido, los habitantes de la casa? ¿O tal vez de algún familiar de la reina?

La ventana estaba abierta de par en par pues, aunque no hacía un calor sofocante, también en Londres es necesario abrir las ventanas de vez en cuando. Una luz anaranjada, débil y cálida se proyectaba desde algún punto del interior de la estancia. Era una fiesta. Bueno, más bien una reunión de amigos y champán caro y vestidos de cóctel y pintalabios rojo. Me acordé de Clarissa Dalloway -¿en aquel momento había leído ya el libro?-. La lámpara sería antigua, comprada en una de esas tiendas de antigüedades y decoración de Charing Cross Road, Portobello o Chelsea. Una de esas lámparas cuya tulipa está hecha de pequeños trozos de cristal grueso de varios colores. Amarillo, azul, verde, rojo, naranja. Todos ellos se reflejan en las caras de los invitados a esa fiesta. Hay un joven médico recién licenciado, hijo de un acaudalado propietario de terrenos de Londres, soltero y buscando una buena chica para casarse. También hay un banquero de unos cuarenta años que nunca se ha casado ni tiene ganas de hacerlo, sólo quiere engañar a alguna inocente chica que, empezando su carrera en el mundo de las finanzas, le gustaría que alguien más experimentado la ayudase para avanzar en su carrera… Luego está una joven diseñadora de cucharas de madera cuya tienda, cerca de Hoxton, la mantienen sus trabajadores y jubilados padres. Y también está Holly, o Courtney o Lauren, que trabaja en el departamento de publicidad de los supermercados más famosos de Londres, y que no para de mirar al banquero cuarentón meneando sus pestañas postizas una y otra vez.

Pero una pareja se apoyaba en aquella ventana. Él, sentado, llevaba traje pero se había quitado la chaqueta y subido las mangas. Sostenía su copa de champán y escrutaba con interés la cara de su compañera que, de pie frente a él, sujetaba la suya y también le miraba, con una media sonrisa. Ninguno de los dos sabía muy bien qué hacía allí pero querían aprovechar el champán gratis antes de desaparecer disimuladamente por la puerta de servicio.

Tengo que dejar de enamorarme de las ventanas de Londres, de las gafas de pasta y de las barbas recortadas por el barbero rockabilly del Soho, de los pantalones de pitillo y los zapatos estilo años veinte. Porque como siga enamorándome de todas esas cosas acabaré creyéndomelo, creyendo que todo eso es real, cuando no lo es. Que tras esa ventana duerme un bangladeshí que trabaja doce horas al día, que el dueño de esa barba recortada hace capuchinos en una cafetería de Brick Lane, y que conseguir ese sueño de glamour y paseos con café take away y fiestas con pintalabios rojo y “¡oh! ¿sabíais que apareció Kate Moss en la fiesta? Yo no la vi pero me lo han contado” es sólo, tal vez, para Holly, o Courtney, o Lauren.

 

Mulholland Drive.

Time, NOG.

– ¿Esto te sirve? -me pregunta mi padre.

Lo que me enseña es una cuartilla con dos números de teléfono y dos nombres, escrita por mí. Seguramente por estas fechas hace un año, antes de irme a Londres por primera vez. El primero es el de la amiga en cuya casa me quedé la primera noche hasta que encontré habitación y el segundo… Es el número de aquel otro “amigo” que tanto tuvo que ver en mi decisión de irme a Londres y no a otro punto del mapa. Como mi estancia allí empieza por una frase suya diciendo “no sé cómo te va a ir en Londres porque estás loca, ¡loca!”, así escrito tal cual, le digo que no, que no me hacen falta, y ahora están rotos, en la basura. De todas formas el número de mi amiga está guardado en mi agenda.

Claro que, si no fuera porque con él di mi primer paseo por Londres el primer día que salí a la calle (el tercero desde que llegué), y porque él me enseñó Londres desde la terraza de Somerset House al atardecer, lo habría roto yo misma.

Es verdad -debe serlo- que la vida no sigue un tiempo lineal (no sigue ningún tiempo que no hayamos inventado), sino que sigue un tiempo circular. Que lo que no llegó en un momento puede -y debe- llegar en otro, porque casualmente mi padre me trae también una felicitación de navidad que me mandó una amiga y que olvidó darme en su momento, es decir, las pasadas navidades.

De repente me acuerdo de esa rarísima película de Lynch que, reconozco, nunca he entendido ni aun habiendo pedido explicaciones a mi alrededor. Cuando no se sabe si se está en el presente, en el pasado o en el futuro. O si el pasado siempre vuelve, o si el futuro no existe, o si yo soy un cerebro en una bañera.

O si, simplemente, todo se repite, todo es un constante dèja vu que nos recuerda…lo que quiera que sea.

 

Lindo haberlo vivido para poderlo contar, o historias del 25.

Ocurrió a la hora de la comida, cuando ya estábamos terminando. Mi abuela lo dijo como dicen las cosas todas las abuelas: como quien no quiere la cosa, y sin intención de hacer daño, pero lo sueltan. Y yo la quiero mucho, que conste, pero hay cosas que las abuelas no se pueden callar. Quizá piensan que si lo dejan así, en el aire, tarde o temprano surtirá  su efecto. Nos estaba contando cómo vino ella a parar aquí, a este pueblo del sur de España. Y nosotros la escuchábamos atentos, aunque hayamos oído la historia un millón de veces, porque nos encanta esa historia.

“…entonces mi madre me dijo que me viniera con mi tía, que estaba aquí sola. Así que vine aquí, y no me quise volver, porque me gustaba más esto. Aquí ya tenía mis amigas, me apunté a clases de costura, tenía mis pretendientes… Eso es lo que te tienes que echar tú, un pretendiente, que te haría falta…”

Al menos mi abuela me concedió el privilegio del condicional.

Entonces viajé a Londres, a los asientos de la primera fila de la planta de arriba del 25, nuestro autobús, nuestro punto de encuentro, nuestro bar, nuestro confesionario, nuestro escaparate, nuestra ruta habitual hacia Brick Lane y Shoreditch y el Wiltons. Primera parada: el Tesco de Whitechapel, para llenarnos el estómago con algo. Porque había veces que sólo habíamos comido humus y pan de pita, o unas tostadas con mantequilla y –con suerte- zumo de naranja. El menú del Tesco: un sándwich, bebida y bolsa de patatas, tres libras. El resto, escaso, para las cervezas que vendrían a continuación. A veces, si no hacíamos la parada previa en el Tesco, sólo con dos ya caminábamos haciendo el hundimiento del Titanic.

Una noche cerramos el Wiltons. Era una de esas noches, y yo ya se lo había avisado, de “make it or break it”, y sabía que esa iba a ser la noche. Había habido función, “El Gran Gatsby” -que nunca llegamos a ver, a pesar de que siempre que la obra terminaba y veíamos salir a toda esa gente disfrazada de los años veinte y bailando charlestón junto a la banda de jazz que tocaba en directo, nos prometíamos que antes de que acabara el mes iríamos a verla-.  Fue sólo uno de los innumerables planes que nunca hicimos. Porque nuestra historia se cimenta con lo que nunca hicimos. O con lo que nos queda por hacer.

Lo de cerrar el Wiltons fue un poco gracias a que uno de los camareros had a crash on ella, crash que no era recíproco. Porque nosotras ya nos habíamos repartido los camareros, por supuesto siempre en nuestra imaginación… Acabamos bailando el tema principal de Pulp Fiction las dos solas, rodeadas sólo por los camareros de aquel mágico sitio. Decidimos abandonar on the top, como convenimos que hay que hacer las cosas, a las cinco de la mañana. A pesar de que todas las cervezas corrieron a cargo de los camareros, aquella noche ninguna mordió la manzana equivocada.

En aquel 25 también, fue cuando llegamos a la conclusión de que nosotras lo que queríamos, básicamente, es que nos dejen en paz. Decidimos llevar por bandera la soledad radical, el rechazo incuso, a perder el tiempo. ¿Que nosotras necesitamos pretendientes? Nah, preferimos un buen libro, o en su caso, una buena serie.

 

El ochenta por ciento de las cosas que me han pasado en Londres ha sido con ella, con Jeny. Nunca hemos sabido lo que somos, y ojalá que vivamos en constante curiosidad por saberlo. Aunque siempre supimos lo que no somos: “Yo no soy guionista y tú no eres psicóloga”, decía.

Su forma de estar en el mundo es desapareciendo. Cuando la buscas ya no está. Y antes de que se la pueda echar de menos vuelve a aparecer. De eso me di cuenta un día, y me enfadé muchísimo con ella. Entonces un día leí en su blog, Artista Sin Mecenas: “He aprendido a huir de lo que amo con cierto aire despreocupado. Y antes de que nadie note mi ausencia, ya todo es recuerdo con banda sonora y aroma esquivo. (…) He ganado y la he jodido. Cuánto y cómo la he jodido y con qué estilo”.

Y a pesar de esto nunca he hecho con ella una “nereidada”, como ella dio en llamar al comportamiento llevado a cabo por mí, consistente en retirar la palabra inmediatamente y eliminar números de teléfono y amigos en Facebook. No podría. Eso sólo lo hago con determinado género. Y desde luego nunca con amigos de verdad.

Al final me daba la sensación de que ella vivía y hace de su vida un guión de cine: el que a ella le gustaría contar y a mí me encantaría leer. “Lindo haberlo vivido para poderlo contar”, como cantaba el argentino Jorge Cafrune, del que no sabía nada hasta ayer, que leí esta frase en el libro que me estoy leyendo. Y pensé que resumía mi vivencia en Londres que está invariablemente unida a ella y a nuestras aventuras.

A ella no la he hecho una entrevista principalmente porque ella está en el norte y yo estoy en el sur, y mis entrevistas no son eso –sería mucho decir- sino que son simplemente conversaciones con gente que me enseña cosas. Y nunca me las preparo, sino que las improviso sobre la marcha. Pregunto más por curiosidad egoísta que por informar de algo que ni tan siquiera yo sé lo que es. 

Así que le pedí que hiciera el Decálogo sobre Cómo Vivir la Vida, según Jeny Severson.

Eso es lo que le pedí… Y esto es lo que me mandó. Que disfruten.

¿Los diez “mandamientos” de cómo vivo mi vida? Me alegra que no me hagas esa pregunta. Tras darle algunas vueltas, los he reconocido como reglas que se enfrentan a lo que podríamos llamar mi Biblia, Corán, Torah, El capital o cualquier otro libro que haya dominado al ser humano, en este caso, a mí. Porque los dictámenes, sean cuales fueren e incluso los míos propios, me aburren y disgustan. Sencillamente, me gusta pensar que vivo la vida como me da la gana, dependiendo de las circunstancias, de mi voluntad y si no para mi bienestar, por mi bien. Con todos sus intentos fallidos. Creo que todo razonamiento comienza con un por qué, y como me supongo y quiero suponer un ser racional, me lo pregunto y respondo. Y ya en la respuesta, es donde me lo curro un poco más. Pero así como nos salimos de la teoría, nos encontramos con el mundo tal y como el hombre ha sistematizado para el hombre. Con sus normas y funcionamiento; inestable, volátil, voluble, hostil, agresivo. Y no apruebo la imposición, pero como soy un ser gregario y pretendo seguir siéndolo, me adapto. Me adapto porque puedo y como estoy en desacuerdo, participo no más que lo necesario. Mi sistema social es la mezcla entre mi carácter y un curioso balance entre libertad y respeto. Así, como lo poco que conozco del mundo es a través de mí, lo trato con equidad y su beneficio se convierte en mi beneficio porque este mundo es mi hogar, y me gusta hacer de mi hogar un lugar mejor donde vivir. Y después esa búsqueda sin prisa de algo más, entre pasión, vicio y disfrute…