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Paris, Texas

Mi paso fugaz por La Isla está indefectiblemente ligado a Leila Guerriero, o más específicamente a su libro “Zona de Obras”, casi una biblia para mí desde que lo leí. Y sin el casi, se ha convertido en una de mis biblias. O en mi Biblia.

Ella recoge unas declaraciones de Paul Auster (uno de mis primeros maestros de iniciación a la lectura “adulta” y al deseo de escribir algo), acerca del proceso creativo: “Alguien se convierte en artista, particularmente en escritor, porque no está del todo integrado. Algo está mal entre nosotros, sufrimos por algo, es como si el mundo no fuera suficiente, entonces sientes que tienes que crear cosas e incorporarlas al mundo. Una persona saludable estaría contenta de tomar la vida como viene y disfrutar de la belleza de estar vivo. No se tiene que preocupar de crear nada. Otros, como yo, estamos atormentados, tenemos una enfermedad, y la única manera de soportarla es haciendo arte”.

No sólo me marcó este párrafo porque me viera profundamente reflejada en las palabras de Paul Auster (y sentirte reflejada en algo que dice Paul Auster, es un reflejo casi cegador), sino porque me acordé de mis años en la Facultad de Psicología, ese templo de la Salud Mental con mayúsculas, de los disfraces de cordura, del DSM, los tests y los diagnósticos y de los dioses protectores del equilibrio psicológico que salimos de allí. De la perspectiva crítica a la Psicología que he ido adquiriendo con los años, y que ojalá hubiera cultivado precisamente mientras estudiaba, y no después, ahora. Pero claro, qué espíritu crítico iba a sacar yo en la Universidad, si venía de un sistema educativo en el que está tajantemente prohibido dudar de lo que dicen los profesores. Pocas veces levanté la mano en clase para participar, ni en el colegio ni en la Universidad. Algunos podrán estar orgullosos de ello; los que hicieron posible un ejército de dioses protectores del equilibrio mental con el DSM bajo el brazo. Bienvenidos pequeños profesionales al sistema de salud público.

Pero yo no venía a hablar de esto. Venía a hablar de mi estancia fugaz en La Isla y de que irremediablemente se encuentra unido a este libro de Leila Guerriero, cuando descubrí qué es lo que quería hacer, o más bien cómo se llama lo que llevo haciendo sólo para mí desde hace un tiempo (desde que viví en Londres): crónicas.

*

Silencio. Salvo por el entrechocar de las hojas de las palmeras removidas por el viento. Estoy frente a un volcán dormido que en cualquier momento podría despertar. Ojalá lo hiciera. Los ojos salientes de los penachos de las chimeneas blancas me miran con curiosidad de extraña. Creo que no existe más soledad física en el mundo que la que tengo yo ahora mismo. Sentada en el suelo de esta terraza nadie me puede ver, no hay nadie por encima de mí, salvo el volcán. El sol calienta demasiado para ser tan temprano, hace calor, pero el viento a veces violento engaña. El suelo de la terraza está caliente. Esta casa está en medio del desierto y lejos de todo. El pueblo más cercano está a una hora caminando por una carretera estrecha con farolas cuyos globos están rotos a pedradas. Aquí en temporada baja todo vuelve al cotidiano escenario de desolación y lujo barato. En temporada alta se arreglan cuatro cosas, se podan algunas plantas. Los turistas europeos se conforman con aire acondicionado y piscina. Incluso el mar les importa un pimiento. Nosotros obedecemos.

Ejemplo: la única guagua que pasa lo hace cada veinte minutos o cada más, nunca se sabe. Porque lo único que sabe decirte la gente de aquí (o los trabajadores temporeros de aquí, que no tienen por qué ser de aquí), es que pasan entre “y cuarto, y veinte, o más tarde”. Tampoco hay horarios ni bancos para sentarse a esperar.

La Isla es en primer lugar de turistas. Luego es de camareros, recepcionistas, animadores de hotel y otras profesiones relacionadas con el turismo. Para llegar a su lugar de trabajo más les vale tener un coche.

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Camino por la carretera, en medio del desierto. Literalmente. No puedo evitar silbar en mi cabeza la canción de “Paris, Texas”, porque me siento totalmente en la primera escena de la famosa película de Wim Wenders, en la que el protagonista atraviesa a pie el desierto, sin rumbo. Yo llevo un rumbo, aunque no sé cuál es. Los colores son marrones, rojos y amarillos. Todo es seco, todo es viento que se te mete por los oídos y te desordena. Camino media hora completamente sola hasta llegar al primer hotel.

Por la tarde, al volver a sentarme frente al volcán, lo observo bajo otra luz: la del atardecer, y me doy cuenta de que hay que dejar pasar el tiempo y cambiar la iluminación para ver las cosas más claramente. Por ejemplo, lo que esta mañana creía que era un hombre sentado, ahora se muestra claramente como una especie de pivote o medidor. En cualquier caso ningún ser humano. Tal vez es la máquina que anuncia cuándo el volcán va a entrar en erupción.

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De mi fugaz estancia en La Isla, el recuerdo que más vivo conservo es la mirada de una mujer no muy joven y tampoco muy mayor que repartía flyers de un restaurante italiano y barato cuyos propietarios eran de origen árabe. Ella tenía el pelo largo, negro, y recogido sin gracia ninguna en una coleta baja, con una goma gorda y negra. Llevaba casi todos los días unos leggins negros dados de sí y una camiseta blanca (otros días era negra). Unas chanclas también, de dedo, simplemente. Todo en ella era simple excepto su mirada ojerosa, oscura e inocente. Repartía los flyers tímidamente, nada que ver con la profusión de entusiasmo de los relaciones públicas “profesionales” y extremadamente pesados, al uso. Ella era delicada, tanto que no podías rechazar el papelito con los precios del falso restaurante de comida italiana de gerencia árabe. Una tenía la extraña sensación de estar haciendo un favor aceptando ese trozo de papel. Y allí estaba, tarde tras tarde, puntual, de cinco a doce de la noche. Una mirada inamovible e impertérrita. Una sonrisa que no lo era, una sonrisa de Gioconda, tampoco forzada. Una sonrisa posible aunque inexistente.

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Intento no arrepentirme nunca. Aunque como dice Laila Guerriero “ese es sólo mi deber. Sólo eso”.

Queridas Amigas

 

No sé si mi carta será la última que leáis de la ronda que hemos decidido hacer. Tal vez así sea, porque últimamente voy dejando las cosas –incluso las importantes- para lo último. Además desde hace un tiempo hago eso que siempre he odiado tanto: vivir para trabajar. Trabajo full time en la tienda de ropa, y mis dos únicos días libres de la semana los dedico a trabajar voluntariamente en una asociación de mujeres.

El trabajo en la tienda de ropa, obviamente, lo odio. Bueno, no lo odio, pero en cambio sí siento que las horas que consumo, que consumen mi vida, en la tienda, son un tiempo perdido que nunca recuperaré. Un tiempo precioso. Mientras estoy en la tienda, simplemente, dejo de ser yo. Y lo hago como forma de defensa, porque si fuera yo, no estaría allí trabajando. Y como sabéis, Londres es una ciudad imposible en la que, a no ser que seas un rico heredero, tienes que trabajar. En lo que sea, como es mi caso. Lo que quiero decir con que dejo de ser yo es que noto, físicamente, cómo mi mente se vacía. Cómo me vuelvo eso que tampoco he querido ser nunca: una oveja, o borrego. Se cumplen órdenes, nada se discute, nada se piensa, todo es simple, no hay lugar para la improvisación ni la imaginación.

Por supuesto no me dejo de lado a mí misma, a la verdadera N –ni espero hacerlo nunca- así que cuando salgo por la puerta de la tienda de ropa, me siento liberada: vuelvo a ser yo. Así que, como dice una canción de Ella Baila Sola –ese grupo de nuestra adolescencia- que no sé si recordaréis, yo ya no soy yo, somos dos.

Los miércoles y los viernes, cuando voy a la asociación, estoy un poco más cerca de ser la persona que quiero ser. Aunque, una vez más, encuentro que no es exactamente lo que quiero hacer, aunque me siento muy orgullosa de que me dieran la oportunidad de colaborar con ellas, de que me llamaran nada más terminar la entrevista. Fue gracioso porque –ya me conocéis- yo salí de la entrevista LLORANDO, literalmente, porque estaba segura de que no me cogerían. Y lo que es peor, estaba segura de que yo nunca podría trabajar en una organización seria, de verdad, inglesa. Mientras iba de camino al metro, lamentándome, me llamó mi jefa y me ofreció el puesto. Me puse tan contenta… El puesto consiste en estar en la recepción. Por eso digo que no es exactamente lo que quiero. Obviamente lo tomé como una forma de empezar, de meter la cabeza en el mundo profesional inglés y sobre todo, en el mundo del feminismo y de las asociaciones de mujeres. Y así es, pero la emoción de recién llegada me duró cuatro días: lo que tardé en manejar más o menos la rutina de la recepción que, por otra parte, es bastante simple y aburrida, aunque por supuesto no tanto como en la tienda. Además tiene algo de resolución de problemas e improvisación –de vez en cuando-. Llevo ya casi tres meses, he colaborado con otros departamentos en cositas pequeñas y me he mostrado siempre dispuesta y disponible a hacer lo que sea, incluso aunque sea desde la recepción. Pero me he llevado alguna desilusión con ellas porque últimamente no he sentido que valoren mi esfuerzo, mis ganas y mi disposición. Supongo que esto es la vida: dar pequeños pasos, y cuando crees que has llegado no, aún no. Aún no has llegado. Aún hay que andar más. Como decía Machado en esas clases de Literatura con Carmen: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Os he querido escribir esta parte de mi carta en común porque las cuatro pertenecemos, en este mismo momento, a esa generación que ha tenido que salir de España a buscarse la vida. Y hemos decidido –o nos hemos visto obligadas- a dejar a nuestra familia, amigos, novios, etc, y la comodidad de nuestra vida en Madrid por perseguir nuestros sueños, o simplemente por sobrevivir. Cosa que últimamente en España es hasta difícil. Nosotras hemos tenido el valor de no quedarnos lamentándonos por la situación, de no esperar a enchufes, etc, como sabemos que otras personas sí hacen. Me alegro por todas ellas, pero de nosotras estoy ORGULLOSA. Porque estamos viviendo una experiencia que nunca vamos a olvidar porque nos está formando como personas. Eso que tanto querían conseguir en las Convivencias, por ejemplo -¿os acordáis?-. A mí personalmente las Convivencias sólo me sirvieron para pasar un fin de semana con los compañeros de clase y reírnos un poco –unas veces más y otras menos-. Menos mal que siempre tuvimos la capacidad de pensar independientemente de todo lo que nos dijeran, aunque seguro que algo bueno se nos ha quedado, porque aquí estamos: esforzándonos por nuestro futuro olvidándonos, muchas veces, de nuestro presente.

No sé si os acordáis de esto, pero algunas de las palabras que me han influido más en mi vida las dijo Macu, la profesora de Economía. Aunque fuera una descoordinada a veces se inspiraba en clase. Un día de esos de primavera, con un calor increíble, las ventanas abiertas de par en par y de fondo el ruido de otra clase haciendo gimnasia en el patio, nosotros, por supuesto, no parábamos de hablar. Entonces debimos de sacar de quicio a la pobre Macu –que, ahora que lo pienso, más o menos como nosotras, había estudiado cinco años de Económicas para acabar dando clase en un colegio…- y se hartó. Y Macu era muy graciosa cuando se hartaba, creo recordar. Y nos empezó a decir que a qué esperábamos. Al principio no la entendí muy bien, pero ella siguió hablando, muy tranquilamente, sin alzar la voz. Y todos nos callamos. Nos dijo que a qué esperábamos, que nadie nos iba a obligar a hacer lo que teníamos que hacer en la vida. Que sólo nosotros teníamos en poder de hacer las cosas, de cambiar las cosas. Que los trenes, cuando pasan, hay que saber cuándo montarse, y que nadie –ni ella, ni nuestros padres, ni nadie- nos iba a montar en él. “Vosotros tenéis el poder de vuestro futuro en vuestras manos, de vosotros depende hacer de ello algo bueno o algo malo. ¿A qué esperáis para daros cuenta de lo que tenéis entre las manos? ¿Cuándo os vais a dar cuenta de que tenéis que aprovechar la oportunidad que tenéis AHORA?”

Ahora, recordándolo, recordando estas palabras, me pregunto si se preguntaba esas mismas cosas a ella misma también, porque recuerdo que yo noté que se emocionó. Los ojos le brillaban. Creo que se emocionó. Y la verdad es que yo me emocioné un poco también. Porque me dio qué pensar.

Ahora recuerdo estas palabras, y las recuerdo gracias a vosotras, que me habéis hecho sentarme frente al ordenador y ponerme a hacer algo que no hago desde hace mucho tiempo: recordar cosas bonitas. Traer a la memoria buenos recuerdos. Porque cuando pienso en todo lo que hemos vivido son esas las palabras que lo identifican: buenos recuerdos, buenos momentos. Incluso esas tardes de botellón en Avenida de la Paz, que tanto escandalizarían a nuestros padres, hasta esas tardes, con o sin borrachera, son buenos recuerdos. Porque al fin y al cabo siempre fuimos unas adolescentes sanas y divertidas y responsables y con los pies en el suelo.

Seguro que nunca imaginamos que acabaríamos cada una en una parte de este continente en el que siempre hemos vivido. Yo al menos jamás me podría haber creído, si me lo hubieran contado, que estaría viviendo y trabajando en Londres. A mí, que tanto miedo me ha dado siempre hasta coger el metro sola…

Hay tantos recuerdos, y tantas cosas que hemos vivido juntas y con más gente aunque ahora no tengamos tanto contacto. Por eso quería escribiros esta carta común, porque quiero devolveros el regalo que me acabáis de hacer vosotras a mí: que cuando acabéis de leer esta carta penséis en algún buen recuerdo de nosotras, ya que ahora que estamos lejos hace tanto que no nos vemos, y aunque sea sólo ese recuerdo nos acerque un poco.

Yo, por mi parte, sigo intentando vislumbrar qué es eso que tengo entre las manos, eso que nos dijo Macu que supiéramos valorar, que no esperáramos, que nos subiéramos en el tren. Tengo la sensación de que nosotras ya lo hemos hecho, al menos el primero de los trenes. “We made it”, así que estad orgullosas de tanta clase de matemáticas, economía, geografía, de la selectividad… En realidad todo nos ha hecho lo que somos ahora: mujeres valientes que no se quedan quietas esperando y que van a buscar su futuro, que pelean con uñas y dientes para conseguir su sueño. Y lo hemos hecho.

 

Con cariño,

N

El valor de la gente buena.

Como los trabajos de supervivencia en Londres son todos iguales –que cada uno ponga el adjetivo calificativo que crea más conveniente- el único valor que tienen son las personas que trabajan en ellos.

A lo largo de mi estancia en Londres ha habido ocasiones en las que la gente se ha sorprendido, o ha señalado mi inocencia ante el hecho de que me cueste tanto abandonar un trabajo de este tipo aun sabiendo que era una mierda. “Pero si son todos iguales” me dicen. “Tú tienes que buscar tu propio beneficio”, “En todos va a ser la misma mierda”. Y sí, es verdad hasta cierto punto, puedo reconocer. Por eso con más razón, dado que el trabajo va a ser asqueroso de todas formas, estar rodeada de gente buena, en vez de estarlo de esas especies o especímenes llenos de mala leche que Londres ha creado a lo largo de los años lentos y sucios, tiene para mí mucho valor.

Tal vez sea Londres el mejor sitio para valorar realmente la gente buena que se tiene alrededor, gente con la que se trabaja día a día, y creo que esa es una de las enseñanzas principales de esta ciudad: el valor humano cuando todo lo demás no importa nada.

Pasamos más horas trabajando que en nuestra casa. Para muchos, de hecho, las horas de trabajo son las únicas que tienen para socializarse. Y así el trabajo en Londres cumple una doble función, que resultan ser las esenciales en la vida de un ser humano y que aquí se dan mientras se friega o se doblan camisetas: la de supervivencia y la de socialización.

Aun así he podido comprobar que no todo el mundo sabe apreciar aquí el valor de tener unos buenos compañeros trabajando mano a mano, acostumbrados, pienso, a ver pasar a veinte personas en un mes de las que jamás llegaron a saber ni el nombre. Tal vez han aprendido ya entre esas oleadas de gente sin nombre que va y viene, que todos somos reemplazables y que todo el mundo es prescindible sin importar cuánto tiempo lleve trabajando o lo bien o mal que haga este tipo de trabajo. Total, cualquiera puede fregar o barrer o servir copas o doblar pantalones.

Supongo que todo forma parte de este carrusel que es Londres, donde todo va girando muy deprisa y hay que ser muy avispado o tener mucha suerte para subir y bajar en el momento adecuado. Yo, mientras tanto, prefiero observarlo todo desde un rincón y recordar, como recuerdo, todas y cada una de las personas, compañeros, que he conocido trabajando desde que llegué a Londres. A unos –los menos- hubiera sido mejor no haberles conocido nunca y otros –la mayoría- me han enseñado a apreciar el valor de la gente buena, la que aún no se ha deformado –y espero que nunca lo haga- por el paso del tiempo y las vueltas de este carrusel. Eso sí, Londres siempre será una buena fuente de personajes.

Por eso siempre me costará decir adiós y citaré a Holden Caulfield cuando, al final de su pequeña historia concluye: “Don´t ever tell anybody anything. If you do, you start missing everybody”.

 

Lindo haberlo vivido para poderlo contar, o historias del 25.

Ocurrió a la hora de la comida, cuando ya estábamos terminando. Mi abuela lo dijo como dicen las cosas todas las abuelas: como quien no quiere la cosa, y sin intención de hacer daño, pero lo sueltan. Y yo la quiero mucho, que conste, pero hay cosas que las abuelas no se pueden callar. Quizá piensan que si lo dejan así, en el aire, tarde o temprano surtirá  su efecto. Nos estaba contando cómo vino ella a parar aquí, a este pueblo del sur de España. Y nosotros la escuchábamos atentos, aunque hayamos oído la historia un millón de veces, porque nos encanta esa historia.

“…entonces mi madre me dijo que me viniera con mi tía, que estaba aquí sola. Así que vine aquí, y no me quise volver, porque me gustaba más esto. Aquí ya tenía mis amigas, me apunté a clases de costura, tenía mis pretendientes… Eso es lo que te tienes que echar tú, un pretendiente, que te haría falta…”

Al menos mi abuela me concedió el privilegio del condicional.

Entonces viajé a Londres, a los asientos de la primera fila de la planta de arriba del 25, nuestro autobús, nuestro punto de encuentro, nuestro bar, nuestro confesionario, nuestro escaparate, nuestra ruta habitual hacia Brick Lane y Shoreditch y el Wiltons. Primera parada: el Tesco de Whitechapel, para llenarnos el estómago con algo. Porque había veces que sólo habíamos comido humus y pan de pita, o unas tostadas con mantequilla y –con suerte- zumo de naranja. El menú del Tesco: un sándwich, bebida y bolsa de patatas, tres libras. El resto, escaso, para las cervezas que vendrían a continuación. A veces, si no hacíamos la parada previa en el Tesco, sólo con dos ya caminábamos haciendo el hundimiento del Titanic.

Una noche cerramos el Wiltons. Era una de esas noches, y yo ya se lo había avisado, de “make it or break it”, y sabía que esa iba a ser la noche. Había habido función, “El Gran Gatsby” -que nunca llegamos a ver, a pesar de que siempre que la obra terminaba y veíamos salir a toda esa gente disfrazada de los años veinte y bailando charlestón junto a la banda de jazz que tocaba en directo, nos prometíamos que antes de que acabara el mes iríamos a verla-.  Fue sólo uno de los innumerables planes que nunca hicimos. Porque nuestra historia se cimenta con lo que nunca hicimos. O con lo que nos queda por hacer.

Lo de cerrar el Wiltons fue un poco gracias a que uno de los camareros had a crash on ella, crash que no era recíproco. Porque nosotras ya nos habíamos repartido los camareros, por supuesto siempre en nuestra imaginación… Acabamos bailando el tema principal de Pulp Fiction las dos solas, rodeadas sólo por los camareros de aquel mágico sitio. Decidimos abandonar on the top, como convenimos que hay que hacer las cosas, a las cinco de la mañana. A pesar de que todas las cervezas corrieron a cargo de los camareros, aquella noche ninguna mordió la manzana equivocada.

En aquel 25 también, fue cuando llegamos a la conclusión de que nosotras lo que queríamos, básicamente, es que nos dejen en paz. Decidimos llevar por bandera la soledad radical, el rechazo incuso, a perder el tiempo. ¿Que nosotras necesitamos pretendientes? Nah, preferimos un buen libro, o en su caso, una buena serie.

 

El ochenta por ciento de las cosas que me han pasado en Londres ha sido con ella, con Jeny. Nunca hemos sabido lo que somos, y ojalá que vivamos en constante curiosidad por saberlo. Aunque siempre supimos lo que no somos: “Yo no soy guionista y tú no eres psicóloga”, decía.

Su forma de estar en el mundo es desapareciendo. Cuando la buscas ya no está. Y antes de que se la pueda echar de menos vuelve a aparecer. De eso me di cuenta un día, y me enfadé muchísimo con ella. Entonces un día leí en su blog, Artista Sin Mecenas: “He aprendido a huir de lo que amo con cierto aire despreocupado. Y antes de que nadie note mi ausencia, ya todo es recuerdo con banda sonora y aroma esquivo. (…) He ganado y la he jodido. Cuánto y cómo la he jodido y con qué estilo”.

Y a pesar de esto nunca he hecho con ella una “nereidada”, como ella dio en llamar al comportamiento llevado a cabo por mí, consistente en retirar la palabra inmediatamente y eliminar números de teléfono y amigos en Facebook. No podría. Eso sólo lo hago con determinado género. Y desde luego nunca con amigos de verdad.

Al final me daba la sensación de que ella vivía y hace de su vida un guión de cine: el que a ella le gustaría contar y a mí me encantaría leer. “Lindo haberlo vivido para poderlo contar”, como cantaba el argentino Jorge Cafrune, del que no sabía nada hasta ayer, que leí esta frase en el libro que me estoy leyendo. Y pensé que resumía mi vivencia en Londres que está invariablemente unida a ella y a nuestras aventuras.

A ella no la he hecho una entrevista principalmente porque ella está en el norte y yo estoy en el sur, y mis entrevistas no son eso –sería mucho decir- sino que son simplemente conversaciones con gente que me enseña cosas. Y nunca me las preparo, sino que las improviso sobre la marcha. Pregunto más por curiosidad egoísta que por informar de algo que ni tan siquiera yo sé lo que es. 

Así que le pedí que hiciera el Decálogo sobre Cómo Vivir la Vida, según Jeny Severson.

Eso es lo que le pedí… Y esto es lo que me mandó. Que disfruten.

¿Los diez “mandamientos” de cómo vivo mi vida? Me alegra que no me hagas esa pregunta. Tras darle algunas vueltas, los he reconocido como reglas que se enfrentan a lo que podríamos llamar mi Biblia, Corán, Torah, El capital o cualquier otro libro que haya dominado al ser humano, en este caso, a mí. Porque los dictámenes, sean cuales fueren e incluso los míos propios, me aburren y disgustan. Sencillamente, me gusta pensar que vivo la vida como me da la gana, dependiendo de las circunstancias, de mi voluntad y si no para mi bienestar, por mi bien. Con todos sus intentos fallidos. Creo que todo razonamiento comienza con un por qué, y como me supongo y quiero suponer un ser racional, me lo pregunto y respondo. Y ya en la respuesta, es donde me lo curro un poco más. Pero así como nos salimos de la teoría, nos encontramos con el mundo tal y como el hombre ha sistematizado para el hombre. Con sus normas y funcionamiento; inestable, volátil, voluble, hostil, agresivo. Y no apruebo la imposición, pero como soy un ser gregario y pretendo seguir siéndolo, me adapto. Me adapto porque puedo y como estoy en desacuerdo, participo no más que lo necesario. Mi sistema social es la mezcla entre mi carácter y un curioso balance entre libertad y respeto. Así, como lo poco que conozco del mundo es a través de mí, lo trato con equidad y su beneficio se convierte en mi beneficio porque este mundo es mi hogar, y me gusta hacer de mi hogar un lugar mejor donde vivir. Y después esa búsqueda sin prisa de algo más, entre pasión, vicio y disfrute…

 

Comienzos: un lugar llamado C`est Ici.

Hoy hace un día típicamente de verano londinense: no deslumbra el sol, el cielo no está completamente azul, pero la temperatura es agradable y una suave brisa que no cesa me recuerda que sigo aquí. La luz tiene algo de promesa. Ayer fue mi último día en el trabajo. Pasado mañana me voy de Londres. No me gustan los balances, pero reconozco que a veces son necesarios. Porque el tiempo pasa tan rápido, está una tan ocupada -no en cosas realmente interesantes todo el tiempo- que casi no se vive lo que se vive, o no se piensa lo que se vive.

Llegué aquí en septiembre del año pasado, con muchas -aunque modestas- esperanzas y escasas ayudas, o contactos. Pero las ayudas que tuve de las buenas, eso sí. También llegué muy asustada. Recuerdo que el primer sitio al que fui en cuanto llegué fue a Stratford, cómo no, el centro en torno al cual se ha desarrollado mi vida todo este tiempo. Y llegué aquí como se llega a casi todos los sitios en la vida: por desconocimiento y porque mi amiga vivía en esta nueva ciudad post-olímpica. Mi amiga María, a la que conocí trabajando en Guinea, me acogió en su habitación hasta que encontré casa. Aquel día de mi llegada comimos en un Burger King del Old Stratford Centre, porque era lo que teníamos más a mano. Yo no sabía -o no me atrevía- ni a pedir un Whopper. Nos sentamos junto a un gran ventanal que daba justo a la estación de metro de Stratford, y cómo no, frente al Westfield. Tengo grabado en mi mente una marabunta de gente cruzando la calle, como hormigas buscando refugio, todos muy deprisa, todos muy serios. Me entró el pánico y pensé: “no voy a poder hacerlo”. Aún cuando lo recuerdo, la misma sensación de aquel momento la puedo notar, esa rigidez en los brazos, esa presión en el pecho.

Al segundo día ya encontré mi primera habitación, muy cerca de Stratford. Aquella habitación era verde y luminosa. Vivía con una pareja brasileña y un obrero irlandés al que sólo ví una vez.  De hecho sólo le ví el primer día, y cuando lo conocí me lancé a darle dos besos, tras lo cual pareció asustado y confundido. Aquel día aprendí a dejar de saludar dando dos besos.

Esa pareja brasileña, no sé si decir que me trajo suerte, que me ayudó muchísimo, o las dos cosas. Gracias a ellos conseguí mi primer trabajo tras una semana en Londres. Mientras tanto yo seguía muy asustada y no me atrevía ni a salir sola a la calle, ni acoger un autobús ni mucho menos el metro -del que tan mal me habían hablado- ni ir al bando a abrirme una cuenta… Nada. Estaba paralizada. Pero por aquellos días mi amiga María ya había empezado las clases y ya no podía colgarme más de ella. Así que fue una cuestión de supervivencia: ir a hacer la compra al Sainsbury´s, sacarme la Oyster Card, comprarme un adaptador para el enchufe…

Una de aquellas primeras noches fui con mi amiga a una fiesta-reunión de bienvenida a los “postgraduates students” de la King`s College, en el Strand, a la que sólo dejaban entrar a estudiantes universitarios. El país daba igual, eso sí. Porque otra cosa no, pero los de la King´s College cosmopolitas son un rato. Yo enseñé la tarjeta de la Complutense, por supuesto sin decir que ya había terminado la carrera.

Aquello estaba lleno de la futura alta sociedad no sólo londinense sino mundial. Posiblemente los futuros líderes mundiales estaban ahí, bebiendo cerveza gratis como si no hubiera un mañana. La gente me preguntaba que en qué programa estaba matriculada. “What`s your programme?”, y cuando contestaba que sólo iba acompañando a mi amiga, se apartaban  disimulando con una media sonrisa y haciendo que se encontraban con otro postgraduate. “Hey, Harry”, y adiós. Al final aprendí a terminar la frase con “estudié Psicología en España”, y no sé cuántas veces repetí lo mismo. En cuanto escuchaban “estudié” y “España” les hacían los ojos chiribitas.

Me fui pronto, y de camino al metro oí detrás de mí la voz de una chica que me llamaba. Me preguntó si estudiaba allí, una vez más. Ni siquiera me esforcé en dar explicaciones, dije que no. Era francesa y estaba tan asustada o más que yo. Iba a empezar a estudiar cine, me dijo. También me dijo su nombre para que la agregara al Facebook, pero no lo apunté y tan pronto como nos despedimos, lo olvidé.

No mucho más tarde Sheila, la brasileña, me dijo que tenía un trabajo para mí. Así fue como empecé en C`est Ici. Tras un día fallido en el que fui a hacer mi “trial”, cuando Berti, que se convertiría en mi manager, haciendo gala de su profesionalidad me dijo que volviera al día siguiente, que estaba “muy ocupado”. El día anterior había estado ahí con el amigo de Sheila, que me paseó cual muestra de ganado por tres restaurantes y al final acabamos en C`est Ici, donde según él me cogerían seguro. Mas tarde descubriría por qué era tan fácil conseguir trabajo ahí.

De C`est Ici, nada más entrar, recuerdo el luminoso rosa que anunciaba “Candy Cupcakes”, el brillante mostrador exhibiendo un gran surtido de esos dulces, y Berti detrás de la caja, con el pelo engominado y peinado a lo Porfirio Rubirosa. Pobre diablo. Acto seguido me bajaron a la oficina, donde el manager general me empezó a hacer preguntas con su acento del este, gracias al cual le pude entender. Mientras, alrededor los cocineros y el propio Berti, que había bajado apresuradamente y se le había despegado un rizo de esa masa informe de pelo, se arremolinaban observando, cuchicheando y soltando alguna que otra carcajada, como si el amigo de Sheila acabara de traer a aquel antro un objeto extraño de un país lejano.

No sé cómo pude, pero no me he sentido tan segura de mí misma en toda mi vida. Creo que pensé “vale, ¿me estáis examinando? pues no vais a encontrar lo que esperáis”. Y contesté a todas las preguntas con una seguridad y una seriedad que sólo he tenido trabajando y teniendo que bregar con esta panda de homo erectus a los que ni siquiera llegaba el cerebro para tener ideas machistas, o para tener ideas en general. Me inventé que había trabajado en el Casino de Madrid -en el que sólo estuve dos días- afirmando todas mis frases como creía que Liza Minelli lo habría hecho en “Cabaret”, como si yo ya hubiera vivido mucho.

– ¿Alguna vez has usado una máquina de café?

– No.

-¿Sabes hacer cafés?

-No, pero puedo aprender en un día.

Entonces llegó el día de mi “trial”, que para mí fue realmente como un juicio. Llegué a la puerta del restaurante y me derrumbé, a cinco minutos de empezar. Pasé de largo la entrada hasta la esquina de la calle, no veía las caras de la gente ni a dónde me dirigía y el tiempo corría en mi contra. Tenía el teléfono en la mano, estaba temblando, a punto de apretar el botón verde para llamar a mi padre llorando y decirle que me volvía a España, que yo no podía, que no podía y punto. Tenía miedo de no enterarme de nada, de que me echaran de mala manera, de tirar una bandeja.

Pero de repente, no sé qué fuerza, de dónde salió o qué fue lo que me hizo darme la vuelta y desandar mis pasos hasta llegar otra vez a la puerta de C`est Ici. La abrí y con la mejor de mis sonrisas le dije a la primera camarera que me encontré: “Hi, I´m here for my trial”.

-continuará-