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Cuando Grecia dijo “no”.

Siempre que pasa algo más o menos importante en el mundo me imagino lo mismo: al que fuera mi profesor de historia en el colegio contándonoslo todo. Y yo sentada en el pupitre intentando comprender. Otra yo, con dieciséis años otra vez, pero en el futuro, intentando memorizar todo el proceso que llevó al primer paso de no sabemos bien qué: cuando Grecia dijo “no”.

Esta noche tiene esa brisa de lo insondable, de la duda, la esperanza y la incertidumbre. También, cómo no, algo de miedo. O tal vez la palabra exacta sea expectación. Veo fotos prácticamente en directo de los griegos en mi querida Plaza Sintagma en la que tanto calor pasé el año pasado, cuando la visité, sonriendo mientras enseñan sus banderas.

Creo, sinceramente, que es un pueblo que se merece algo mejor de lo que tenían. Recuerdo extrañarme en mi visita el verano pasado al ver edificios medio derruidos, por ejemplo (y no me refiero al Partenón). Recuerdo haberle preguntado a una griega, en el avión, por qué los griegos no emigraban en busca de trabajo, como hacíamos tantos españoles. Y ella me contestó que suponía que ellos no querían seguir la senda de la resignación. Desde luego con el referéndum de hoy lo han demostrado.

No sé lo que pasará mañana cuando Grecia amanezca. No sé si los bancos abrirán ni si tendrán dinero. Tampoco sé si esto es el principio del fin de Europa tal y como la hemos conocido hasta ahora. Lo que está claro es que de Unión empieza a quedarle poco. Porque, ¿alguna vez ha existido algo llamado “sentimiento europeo”? Hasta que la crisis comenzó, para mí la Unión Europea fue el organismo que estudié (y no muy en profundidad) en el bachillerato.

Lo que está claro es que ellos, los griegos, han sido los primeros en decir no ya no sólo a la austeridad. Si no a decidir cómo quieren ya no sólo enriquecerse sino también cómo arruinarse, igual que cada uno de nosotros, individualmente, somos responsables de nuestros actos. Han sido los primeros, supongo, en negarse a seguir formando parte de un sistema que ha demostrado su ineficacia. Y no estoy hablando de sistema capitalista porque ¿acaso hay otra opción hoy en día? Me refiero al sistema de actuación de los políticos, como ciudadanos, como nulos servidores a la sociedad. Esta es una frase tan trillada que ya ha perdido toda su esencia, pero no me refiero sólo a la corrupción. Hay algo más. Hay algo más que nos ha hartado a muchas personas de muchos sitios. A griegos, a españoles, a ingleses… Durante todos estos años esta clase política ha demostrado actuar con la única motivación de enriquecerse: ya sea personal o colectivamente. Han llevado grabado el símbolo del dólar en el cerebro durante demasiado tiempo. Y como pasa siempre, mientras a todos nos iba bien nadie decía nada. O tal vez sí lo decían y nadie les escuchó a su debido tiempo. Pero es lo que tiene vivir obsesionado, nunca se piensa en las consecuencias, ni siquiera creo que se piense en lo que se está haciendo realmente.

Ahora los ciudadanos griegos se han hartado de ser ellos, las personas normales y corrientes, con trabajos y sueldos míseros, o sin trabajo ni paro, los que se preocupen cada mañana por su futuro. Los que se niegan a seguir sufriendo las consecuencias de la corrosión política, de la podredumbre. Ahora es el momento de que los que han creado todo esto, y los que desde la sombra mueven los hilos, empiecen a temblar un poco, a preocuparse por qué les pasará ahora a ellos, económicamente hablando. Y no me refiero a las personas que, como consecuencia de su trabajo (y de un trabajo honrado y bien hecho) han ganado dinero y pueden disfrutar de abultadas cuentas corrientes. Me refiero a los que han jugado y juegan con las cuentas corrientes del común de los mortales. Para ellos es hoy también una fecha importante. Estos jugadores lo recordarán siempre como aquel día en que Grecia dijo “no”. Y como leí una vez a Maruja Torres, una frase que me parece el mejor resumen de todo esto: “lo peor que les puede pasar es que algún día desarrollen una conciencia”.

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