Etiquetado: Inmigración

Varias voces, una experiencia.

Estos días me doy cuenta de que siempre idealizamos el pasado, aunque sepamos de buena tinta que lo pasamos mal. Por ejemplo, cuando recuerdo la primera vez que llegué a Londres,  cuando estaba tan asustada que no me atreví a salir a la esquina de mi casa durante dos días. Supongo que será porque fueron los días, y luego los meses, en los que realmente aprendí algo.

Esas primeras semanas hasta que me fui encontrando verdaderos buenos amigos por el camino. Pero lo que me costó ese camino… Recuerdo que esos días hasta me gustaba ir a trabajar de camarera, que no me importaba que no me pagaran nunca en la fecha establecida, ni tener contrato, ni estar rodeada de machistas engominados y con pantalones apretados y cinturones de cuero negro, sonrisa incierta y dientes de oro. Sin contar con el demonio de tía lituana que tan mal me lo hizo pasar y de cuyo nombre no quiero acordarme, bien porque me dan ganas de vomitar o bien porque era muy raro y no lo recuerdo.

De repente me doy cuenta de que ahí, en ese agujero infectado de ratones, lleno de gente siniestra pero que en realidad estaba aún más sola que yo, además de alcoholizada, fue ahí donde tuve que aprender a arreglármelas sola. Donde me metí en el papel de protagonista de “Uno de los nuestros” para pedir e ir a buscar el dinero que esa gente me debía. Y lo hice sola.

Fueron días de aprender a hablar y a callar cuando era necesario. Nunca a callar ante una injusticia. Largarme y quedarme en la calle antes que aguantar ciertas cosas. Ese aprendizaje es el más valioso que esta ciudad te puede dar. Al menos a todos aquellos que, como yo, tenemos que trabajar en este tipo de cosas para empezar.

Aprendí también que aquí, o te muestras segura de ti misma, y si no lo estás haces como si lo estuvieras, o si no te comen. Aprendí a hacer unos cafés perfectos, por cierto, de tantos gritos diciéndome “This is not a capuccino, this is a latte!” Y cuánto odié el capuccino y durante cuánto tiempo… Aprendí que hasta los compañeros con los que en apariencia mejor te llevas, se pueden volver locos de repente.

Cuántos aprendizajes que de no haber vivido aquí, nunca habría tenido. Y muchos españoles en Londres saben de lo que estoy hablando.

Por eso creo que detrás de todos estos viajes a Londres, tras el pretexto de mejorar el nivel de inglés, se esconde cierto sentido de perdición y búsqueda sin rumbo, de intento de escapar de algo, pero ¿de qué? Al fin y al cabo nunca podemos escapar de nosotros mismos, pero poner tierra de por medio es un alivio difícilmente superable por la fuerza de la rutina y la aparente seguridad de quedarte donde estás.

Ya no es sólo el hecho de aprender inglés y ganar dinero, cosas que difícilmente se consiguen aquí, o que se consiguen una vez transcurrido mucho tiempo. Es algo más. Es un aprendizaje de vida y una lección. Y es la primera vez en mi vida que puedo ver ese aprendizaje y esa lección en directo, ahora, ser consciente de que me está pasando a mí, aquí y ahora.

Puede que sea cierto que no nos hayamos ido, que nos hayan echado –de España-. Pero qué afortunados somos todos nosotros, esta generación de nuevos emigrantes, que podremos contar todas nuestras aventuras dignas de un cuento de Dickens en pleno siglo veintiuno. Nosotros, que pasamos de las enseñanzas universitarias –que, al fin y al cabo ¿para qué nos han servido?- a las enseñanzas de la vida y de las calles de Londres. Nosotros, que vamos con nuestro título debajo del brazo cuando llegamos aquí, y que luego nos damos cuenta de que ocupa demasiado. De que nos tenemos que desprender de él, nos pese lo que nos pese. Y nos pesa mucho. Pero aquí seguimos. Y seguiremos muchos de nosotros, seguramente, hasta que nuestra vida sea algo parecido a lo que soñamos cada día, sea lo que sea. Y sea donde sea.

Cuánto ayudaría a hacer las situaciones desagradables más llevaderas poder compartirlas, saber que estamos todos unidos, que nos apoyamos mutuamente, ya que nadie más lo hace. Si no nos unimos nosotros, por nuestra propia voluntad, ¿quién nos va a querer juntar entonces? Somos una realidad, y somos personas. Tenemos voz y necesidades. Qué necesario sería poder escucharnos mutuamente e incluso ser capaces de encontrar el punto de vista cómico de cualquier situación, esas que todos sabemos que sólo pasan en Londres.

Por eso nunca una asociación de personas fue tan necesaria como ahora, y nunca tanto como aquí, en Londres.

https://www.facebook.com/AsociacionEspanolesLondres?ref=hl

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El arte de sobrevivir.

“It`s not the same, Papi”. I`d tried, but he shook his head.

“Pero of course it is mijita. All your life is a work of art. A painting is not a painting but the way you live each day. A song is not a song but the words you share with the people you love. A book is not a book but the choices you make every day trying to be a decent person”.

Patricia Engel, “It`s not love, It`s just Paris”

Edwidge Danticat es una escritora de origen haitiano que emigró a Nueva York con sus padres cuando ella era aún una niña. En una entrevista publicada en The Atlantic, afirma que todos los inmigrantes son artistas de alguna forma. Para ilustrar su idea elige este fragmento del libro de Patricia Engel cuyo título, por cierto, me encanta. Según palabras de la propia Danticat,

“Esa experiencia de tocar fondo en un lugar completamente desconocido es como tener un lienzo en blanco: empiezas sin nada, pero golpe a golpe te construyes una vida. Este proceso requiere todo lo que el arte requiere: asumir riesgos, esperanza, mucha imaginación. Todas ellas cualidades que cimentan el arte. Tienes que ser capaz de soñar con algo casi imposible e intentar hacerlo realidad”.

Al leer sus palabras pensé en muchas cosas. Pensé primero en lo bonito que es calificar a los proyectos como “casi imposibles” en vez de “imposibles”. Y también en la buena pareja que hacen las cosas “casi imposibles” y la imaginación. Porque cuando se tiene poco dinero, como cuando se llega a Londres a trabajar de lo que sea, necesitas varias cosas sin las cuales no se puede sobrevivir:

–          Mucha imaginación.

–          Aprender a ser un buen actor o actriz.

–          No preocuparse por llegar a fin de mes: asumir que, en el caso de que consigas mantener el tipo hasta fin de mes, nunca te van a sobrar treinta libras, y cuanto antes se asuma, mejor.

Este último punto está relacionado con algo sobre lo que algún día podría escribir un libro: cómo sobrevivir en Londres con 850 libras al mes. Y esas tres cosas vienen antes de empezar a preocuparse por comer bien o encontrar trabajo.

Entonces… ¿Soy una artista? Sí, lo soy. Lo somos. Qué bien me sentí en aquel momento. La vida, al fin y al cabo, es un trabajo artístico. Y hoy en día quedarse en España también lo es. Pertenezco a esa generación, o a ese grupo de gente que no puede estar parada (quieta). Somos conscientes de lo difícil –casi imposible- que es cambiar la situación actual: tenemos un amplio rango de representantes inútiles, mentirosos y ávidos de poder que no se van a apear de él tan fácilmente.

Claro que nosotros no vamos a esperar a que el capitalismo –sin saber lo que abarca esa palabra que creía que sólo existía en los libros de Historia, en el colegio- caiga por su propio peso. Se empieza de nuevo ahora, todos los días a las nueve de la mañana. Y si no se sabe cómo, se inventa. Yo no pongo mi vida en manos de nadie. Si nadie me ofrece una solución está bien, me la buscaré yo sola.

Danticat habla, además, de cómo las personas que se han visto obligadas a emigrar enseñan ese “arte de vivir” a sus hijos, y cómo pasa de generación en generación. Por ello, también apunta a la dificultad de los padres emigrantes para aceptar que sus hijos quieran dedicarse a profesiones más “artísticas”, cuando nunca sabes realmente si vas a tener dinero el mes que viene –en el caso de que seas un buen escritor-. Cómo se aprecia una familia que te apoya, y no sólo eso: también te anima. En ese aspecto yo soy una afortunada.

Supongo que, a pesar de mi enraizada tendencia al pesimismo a la que no renunciaré e incluso me gusta en ciertos momentos, hay que hacer las cosas con entusiasmo, o no se hacen. Esta mañana, en una tienda fotográfica de barrio, con pocos clientes ya, no he visto ni una sonrisa en la dueña de la tienda. Nada menos que tres clientes en su tienda –seguramente esta será la temporada alta para las tiendas fotográficas- y ni una sonrisa. Ni una sola palabra amable. Ni un solo comentario fácil sobre el fin de las vacaciones o el tiempo. No he aguantado más de cinco minutos. He salido de la tienda, más que con enfado, extrañada. ¿Por qué? En lugar de intentar conservar clientela, de trabajar un poco el futuro. Es más fácil no dejar de pensar en la dificultad y en la crisis, supongo. Entendí a la dueña de la tienda, pero sintiéndolo mucho, yo ya no doy mi dinero –escaso y ganado con mucho trabajo, como ella y como todos- a gente que no es capaz ni tan siquiera de ofrecerte algo parecido a una sonrisa, lo mínimo para un buen servicio.

A riesgo de sonar demasiado psicóloga, coach, o sonar a Paolo Coelho, prefiero callarme ya. Como he dicho antes, en estos tiempos, si no se es un buen actor… Ni siquiera te pongas detrás del telón.

La entrevista es de Joe Fassler, publicada en The Atlantic el 27 de agosto de 2013. Puedes leer la entrevista completa aquí:

http://www.theatlantic.com/entertainment/archive/2013/08/all-immigrants-are-artists/279087/