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Madrid, un día del mes de Julio.

Justo al final de mi calle hay un Rodilla que parece que ha estado siempre ahí. Al menos yo lo recuerdo siempre ahí. Sentada sobre su bolsa de tela verde está, desde antes de que me marchara a Londres, incluso desde antes de terminar la universidad, una chica que siempre parece igual de joven, pidiendo dinero. Lleva un pañuelo en la cabeza, lo lleva a modo de banda, como se lo ponían las mujeres en los años cincuenta o sesenta para no despeinarse cuando hacía viento. Sus rasgos no son españoles, y es extremadamente bella. Su piel es ligeramente tostada, e incluso sus manos son perfectas. De vez en cuando se coloca el pañuelo, o pone bien la foto de ella con un bebé, que debe ser su hijo, y siempre ha sido el mismo bebé desde hace años. Ella es la única persona que, a pesar de estar casi a la altura de los zapatos de los transeúntes y tener que mirar siempre hacia arriba, no tiene una expresión de inferioridad. Ni siquiera de pena. De hecho mira a la gente que pasa a la cara, y no es una expresión ni demandante ni desafiante, sino de verdadera curiosidad. No se mueve de su sitio, haga frío o estemos a casi cuarenta grados, como ahora. He pensado muchas veces que si yo tuviera una agencia de modelos, o fuera una directora de cine, sin duda cogería a esta chica de la calle y la haría protagonista de una película. Pero a lo mejor ella ni siquiera querría, porque hay algo en su mirada que transmite serenidad, como si esa fuera la vida que quiere llevar, sin que nadie le diga lo que tiene que hacer, sin horarios, la libertad total. Sin tan siquiera tener que pedir nada, abandonándose a la voluntad de los transeúntes, algunos reparando en ella, otros casi tropezando sin verla. En su mirada veo inteligencia, fortaleza y seguridad. ¿Por qué iba a querer formar parte de esta sociedad? ¿Qué hay de bueno en ella? ¿Qué le podría aportar? ¿Por qué iba a querer jugar el mismo juego?

*

Voy con mi padre por la calle. Una madre y su hija dan un paseo. De repente la madre nos para -bueno, para a mi padre- y le pide algo para poder comprar algo de comer.

*

En la sala de espera del médico de la Seguridad Social en Madrid se pueden escuchar conversaciones de todo tipo. Algunas son deprimentes y otras pueden llegar a ser tremendamente cómicas. Yo he tenido que escuchar muchas conversaciones en salas de espera de hospitales públicos y no públicos. Las de los públicos siempre eran más interesantes. A veces también más crudas. En las salas de espera de los hospitales se conoce la verdadera naturaleza humana.

Ayer una señora mayor llegó con su marido. Ella hablaba mucho y muy alto. Él todo lo contrario. Ella se movía mucho, era bastante morena de piel, sonreía todo el rato, intentando darle conversación. Ella le sonreía y le miraba con amor, con esa mirada profunda de los enamorados, pero con la consciencia de “las cosas”, que supongo que sólo te dan los años. Intenté imaginar cuánto tiempo llevarían juntos, sorprendiéndome de que se pudiera conservar esa mirada después de tantos años. De repente sentí que esta pareja octogenaria se lo debía haber pasado estupendamente cuando eran jóvenes. Y ahora también, pero él no conservaba la misma energía, aunque hacía claros esfuerzos.

– Mira, lee esto – le decía ella, enseñándole un panfleto con recomendaciones para el calor-. ¡Por las dos partes!

Tras un silencio, ella volvía a hablar.

– Te he comprado Coca Cola, sin azúcar pero esta vez con cafeína.

A él le costó entenderla, o tal vez no la escuchó bien, y ella se lo repitió. Él tenía el pelo muy blanco y la piel muy pálida. Parecía mucho más mayor que ella.

– ¿Y por qué me la has comprado con cafeína? -preguntó él, suavemente.

– Pues para que te tonifique.

Entonces no pude evitar sonreír. Siempre intentamos que el pasado vuelva, que todo sea como antes. Nos preguntamos por qué no es igual, no lo entendemos. A lo mejor la cafeína puede hacer algo.

Salió la doctora a nombrar a los pacientes. Dijo mi nombre, luego otro, luego otro y luego el del marido de la señora. Ella se sorprendió porque otra paciente, también una señora mayor, se llamaba Dionisia, como su marido que se llamaba Dionisio.

– ¡Anda!, se llama usted como mi marido, Dionisio.

– Uy, no me diga. Pues hola tocayo. Ya no hay mucha gente que se llame Dionisio o Dionisia.

– Bueno, ¿en tu pueblo hay dos, no? -pregunta la señora a su marido.

– Yo cuando ya me hice mayor le pregunté a mi madre, “Madre, ¿pero cómo se le ocurrió a usted ponerme Dionisia?”

– Bueno, nuestro hijo también se llama Dionisio.

– Ah, pues claro qué bien. Como debe ser.

– Yo la verdad que prefiero Dionisio a Dionisia. Dionisia me parece feo, Dionisio sin embargo está bien.

Y en este punto yo no pude evitar reírme. Incluso otras personas en la sala levantaron la mirada para ver la cara de la señora llamada Dionisia. Entonces el marido, en un intento infructuoso de arreglar la situación, participó en la conversación por primera vez:

– Yo creo que es que cuando nacimos separaron a los más feos y dijeron “a este Dionisio y a esta Dionisia”.

Y la verdad es que al matrimonio le hizo bastante gracia, no así a a la señora Dionisia.

– El que es un nombre bonito es Nereida, porque te llamas Nereida, ¿verdad? -me preguntó la señora alegre, con su sonrisa. Y yo me sorprendí, porque normalmente la gente no recuerda mi nombre ni aunque se lo haya repetido cinco veces, y me sorprendió que esta señora, habiéndolo escuchado sólo una vez, aún se acordara.

-Uy, qué nombre más raro. Yo no me acordaría nunca de ese nombre -dijo la señora Dionisia.

Terminé pensando que mi única condición si voy a llegar a ser vieja es ser como esa señora alegre del señor Dionisio. Y si no, paso de ser vieja.

*

Sigo andando con mi padre. Al pasar enfrente de una droguería que solía ser famosa en el barrio por ser una de las más caras y exclusivas, una joven empleada, que reparte papeles que prometen un regalo “sólo por entrar” a la tienda, habla con un hombre mayor.

– Porque tal y como están las cosas… ¿para qué voy a traer una criatura al mundo?- comenta ella.

*

Por fin llegamos a la tienda de la operadora de móviles a la que nos dirgíamos. Hay una nueva empleada. Se nota porque aún no tiene el uniforme, lleva un vestido verde. Es rubia teñida, con el pelo corto. Es tan delgada que se le notan los huesos de los codos y la clavícula y las piernas son como las ramas de un árbol, su mirada algo perdida y a la vez alerta de todo lo que pasa, o al menos eso intenta. Dentro sólo hay una cliente y nosotros. La nueva empleada está encaramada al mostrador pero por fuera, junto a la cliente, e intenta enterarse de todo, aunque nadie le explica nada. Ella no habla, sólo escucha, o eso parece, aunque a veces no puede evitar perder el hilo y mirar hacia la puerta de cristal que da a la calle.

Debe de tener entre treinta y cinco y cuarenta años. Una chapa en el lado derecho de su pecho reza: ” Rosario. Estoy aprendiendo”.

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Remarkable people (I): Javi del Río

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Voy al encuentro de Javi del Río (Irún, 1976, aunque criado en Valladolid y desarrollado entre Madrid y Barcelona) en un Costa de London Bridge, después de muchas vicisitudes propias de mi falta de orientación. Cuando por fin encuentro el sitio, él está en una mesa individual, con su Apple abierto, tecleando sin parar. Casi ni se da cuenta de que he llegado. Está viviendo la resaca tras haber ganado un León de Oro y otro de Plata en Cannes por el anuncio de “Caja de Ahorros Mi Colchón”. Su IPhone tampoco para de sonar. Según él, está “hablando con Miami”. Y lo dice así, como si te contara que está llamando a Valladolid. Todo se tiene que hacer con prisas, porque como yo he llegado tarde por culpa de no entender este metro de Londres- por eso nunca lo uso- sólo disponemos de media hora ya que a las dos tiene una videoconferencia y a las cinco una entrevista para un medio español. Con todo, me hace un hueco para concederme una entrevista a mí, que me leen cuatro gatos –con mucho gusto, he de decir.
Le conocí cuando yo estaba trabajando “en el puto C`est Ici”, ese antro de mafiosos del este que se hacía llamar brasserie, en Carnaby Street. Yo estaba haciendo los cafés y él llegó con dos chicas. Me preguntó algo, y cómo no, notó en mi acento que era española. Y ahí comenzó nuestra amistad. Tampoco nos hemos visto mucho, entre nuestras distintas idas y venidas –sus idas, por supuesto, mucho más interesantes que las mías- pero siempre que hemos coincidido me ha hecho reír y pensar con su filosofía no apta para sentimentalistas ni ingenuos, que a nadie le deja indiferente, ni siquiera a mí.

Sabe que es un tipo con éxito porque sabe también lo que es perder. Es ambicioso, como buen creativo publicitario, y no es de esos profesionales que dicen “para mí los premios no son importantes”. No, para él lo son, y trabaja para ello. Sabe que su mundo es un mar de tiburones donde quien no aprende a nadar como un delfín no dura ni cinco minutos.
Con esta entrevista empiezo una serie de conversaciones con gente de mi alrededor cuyo potencial me llama la atención. Gente con ideas frescas y diferentes, que no se arredra ante nada ni nadie, personas que no se callan y a quienes nadie cierra la boca. Y además, tienen un objetivo y van a por él. O no lo tienen, pero tienen claro lo que no quieren, la forma en que no van a vivir. Eso, la forma en la que no queremos vivir, es algo de lo que uno se da cuenta con más facilidad cuando vive en Londres.
Bueno, lo primero que quiero que me cuentes es tu teoría acerca de los españoles en Londres.
Obviamente voy a generalizar, porque hay gente interesante que viene a Londres, y viene a aprovechar el tiempo, a desarrollar su carrera, y viene con las cosas muy claras. Pero cuando tú me dices españoles en Londres, lo primero que se me viene a la cabeza es el verbo “quejarse”, me quejo. Me quejo de todo: del tiempo, de los precios del autobús, del tube, me quejo de que comparto (habitación) con cuarenta personas… Y yo siempre digo lo mismo: tienes un avión cada media hora para irte, o bien, cambiar a una ciudad más barata. Donde también vas a aprender inglés, seguramente más que en Londres, y estarás económicamente más cómodo.
La gente te podrá decir que en un pueblo más pequeño no hay trabajo.
Primero tienes que ser alguien para trabajar. Aquí la gente viene de terminar una carrera y dice “soy abogado”. No, tú no eres abogado. Eres un tío que ha estudiado cinco años. Eres abogado cuando has empezado a trabajar. Entonces tienes que ser humilde, quitarte la prepotencia que tenemos todos los españoles, que nos creemos el ombligo del mundo y somos unos paletos, porque no hemos salido la mayoría. El español se cree que es la ostia, y la ostia de momento sólo lo somos jugando al fútbol. Hay mucho talento en España, pero tenemos que tener un gradito más de humildad.
Posiblemente, esto que estás diciendo ahora muchísima gente lo va a criticar. No por mi blog, pero si esto mismo lo dijeras en El País, o en El Mundo, por ejemplo…
Pero es una realidad. En España todo el mundo se está quejando. Hay un río que se ha secado, y la gente todavía sigue alrededor del río a ver si pesca, o a ver si llueve. No. O te haces cazador, o te vas a otro río o te vas más lejos.
Entonces, ¿qué consejo les darías a los españoles que, como yo, hemos estudiado en España y ahora queremos empezar una vida aquí (en Londres)?
Que en la vida todo cuesta y nada te lo regalan y no por acabar una carrera ya tienes un puesto de trabajo y vas a ganar tres mil libras al mes. Tendrás que hacer un internship, tendrás que empezar de cero, tendrás que esforzarte, tendrás que trabajar doce horas… ¡Y luego a lo mejor no tienes talento!
¿Y de eso cómo se da cuenta uno?
Eso lo sabe cada uno.
Además tienes que ser profesional y un apasionado de tu profesión. Hay mucha gente que estudia sólo por un fin económico, y a lo mejor no es un apasionado. Si yo fuera camarero, sería un apasionado de crear cafés, de siempre tener una sonrisa, porque eso está detrás de un camarero.
Entonces, cuando se viene a Londres hay que tener claro que Londres no es una ciudad fácil. Es una ciudad dura, cara, que tienes que trabajar de otros puestos de trabajo, que a lo mejor no es de lo que hayas estudiado. Por ejemplo si empiezas de camarero, ese es el punto que te llevará a ser luego, no sé, economista. Es un primer punto para manejar el idioma, la ciudad y su funcionamiento…
Y sobre todo no quejarte, si no te quejas, tu karma irá bien. Y tu energía será positiva.
¿Tú nunca te quejas?
Sí, soy español. Claro que me quejo a veces, pero intento evitar quejarme.
Bueno, cambiando de tema al, por otro lado, tema principal: los premios. ¿En qué consiste el León de Cannes?
He ganado dos, uno de oro y otro de plata. Ganar un León en Cannes es como ganar un Oscar para un actor. Esta semana he dicho lo mismo. Es el premio a un sacrificio, a una constancia y a tener definido en mi mente un fin. Y ahora el premio ya pasó, ahora hay que seguir trabajando. Trabajando para intentar conseguir más leones, para que el trabajo sea más brillante. Pero sobre todo para divertirme. Si yo no me divierto trabajando, no hago un buen trabajo.
Algunas personas han criticado la idea de una caja de ahorros en el colchón, tal vez porque creen que es jugar con la sensibilidad de estos tiempos de crisis que corren, o no sé. ¿Tú qué opinas de las críticas?

Es normal que te critiquen. Tenemos contabilizados ochenta países, a los cuales hemos llegado. La idea de “Caja de Ahorros Mi Colchón” no deja de ser un sarcasmo y una crítica al sistema financiero mundial. El que haya visto que es una caja de ahorros nueva para meter todos tus ahorros en un colchón, está loco. Como mucho metes cien euros, un IPhone y las llaves del coche para que no te las quite tu hijo. La gran idea y por lo que ha sido premiada es porque es una crítica al sistema financiero mundial.
¿Cuál es esa crítica?
Cuando un sistema financiero no funciona, cuando metes tu dinero en un depósito y no sabes si va a pasar un corralito como pasó en Argentina, o ha pasado recientemente en Chipre, pues utilizas la frase de los abuelos: no hay como tener tu dinero debajo del colchón. Que ahí lo tienes controlado y nadie te lo quita.
¿Tienes alguna idea de cómo se podría salir de la crisis en España?
Esta crisis no ha venido en un mes, esta crisis viene de años. Lo que falta es honestidad en los políticos, no robar, no meter la mano en la caja… Y luego ser profesional cada uno de su trabajo. Pero profesional de verdad. Creo que faltan profesionales en todo: en política, en publicidad, en médicos, en abogados, en jueces…
Y también sobra mucha gente. Y lo mejor de esta crisis es que se está quitando de encima a mucha morralla. Es más, el otro día hablaba con un amigo y le decía que yo aún le daría dos puntos más a la crisis. ¿Cómo es posible que un fontanero gane más que un médico? Es obvio que el fontanero es un tío necesario en la sociedad. Pero se han cambiado los roles. Y ojo, yo soy un gran defensor de los oficios y los trabajadores: es necesario un barrendero, un camarero, son también los que sacan el país adelante.
Luego, otra cosa que me preocupa mucho en España es que parece que la gente sólo quiere llegar a ser famosa. Hemos inculcado a una generación que al éxito se llega por estar en un programa de televisión. Creo que hay que premiar más al que está investigando cómo combatir el cáncer que a un futbolista. Si aquí estamos tomando un café y hay aquí un médico que investiga en el Monte Sinaí de Nueva York y al lado tenemos a un futbolista, la gente se va con el futbolista. Si empezamos a valorar todo esto, nos irá mejor.
Ahora que todo ha pasado, ¿vas a establecer tu cuartel general en Londres, o vas a volver a España?
Hombre, España ahora mismo no es el lugar adecuado. Los anunciantes no pagan bien. Es curioso porque tampoco arriesgan en creatividad cuando ahora deberían arriesgar: cuanto menos dinero, se es más creativo. Pero también los anunciantes tienen un problema, y es que no tienen talento, la mayoría, entonces si no tienes talento no puedes ver talento. No todos, que conste que también hay gente brillante.
Londres es el sitio perfecto porque tienes infinidad de inputs que te rodean y que te dan energía y que te dan fuerzas para hacer cosas nuevas. Así que de momento Londres, soy un enamorado de Londres. Aunque también a veces me queje y diga “joé qué caro está el café”. Pero está bueno al final.