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Algo incierto.

 

Hoy he vuelto a mi antiguo barrio, el último antes de marcharme de Londres el verano pasado: Homerton, Hackney.

 

Vuelvo a mi antiguo barrio y me bajo en la parada en la que me bajé la primera vez, cuando fui a ver aquella casa de película de Almodóvar. Ya veo las bicis y los hipsters, aún gorros de lana. Alguna que otra barba. Más bicis.

 

Vuelvo a mi antiguo barrio. Y echando la vista atrás, recordando, creo que fui feliz esos tres meses. O algo parecido. Era cuando la soledad no era algo que me preocupara. Y si lo hacía, era sólo al final del día, o algunas horas en medio de la tarde.

 

Recuerdo que aún trabajaba en la tienda de ropa. Recuerdo aquellas tardes que ya presagiaban un verano posible hasta en Londres, volviendo desde el Overground hasta mi casa, unos diez minutos. Era esa brisa fresca de las diez de la noche, volviendo tras un duro –o aburrido- día en la tienda, cansada después de cerrar.

 

Me gustaba ese paseo, desde el Overground a mi casa, a veces con un cigarro, otras no. Pensando en las locuras que me diría mi landlady al llegar. A veces, también, rezando por no encontrármela. Aunque casi siempre prefería encontrármela, cruzar con ella algunas palabras locas.

 

Esa brisa en la cara, sólo con una chaqueta vaquera y mi vestido, era todo. Era mucho. Y estaba sola.

 

Victoria Park por la mañana, incluso antes de entrar a trabajar. Hackney Wick.

 

Escribir todas las tardes.

 

Volver de mis clases de arte desde la National Gallery – hasta que dejé de ir porque la profesora nos daba la espalda cuando hablaba: miraba a los cuadros en vez de mirarnos a nosotros, y yo no me enteraba de nada-. Volver de esas clases en varios autobuses me gustaba. A veces hasta cuatro. Pero siempre el último en Cambridge Heath. Y a veces, si tenía tiempo y ganas –aunque tiempo hay siempre, y a veces demasiado- no me quedaba en la misma parada de Cambridge Heath, donde pasaba mi autobús a casa, si no que me iba andando unas cuantas paradas más hacia delante, para ver a la gente.

 

Era un barrio contento, no diría feliz. La gente estaba contenta. Y una vez les critiqué por su cinismo. Por estar pagando rentas desmesuradas con tal de decir que viven en Cambridge Heath, o en Hackney, y ser hipsters de pro –no puedes definirte a ti mismo como hipster si vives en Upton Park-. Pero ahora les comprendo. Es esa brisa, es estar junto al canal, son las tiendas de chinos, de muebles, de espejos. Es estar apartado- a la vez que cerca- de Shoreditch. Es un barrio para pasear.

 

Pero yo seguía, porque no tenía ni tengo el privilegio de vivir en Cambridge Heath, y todos los hipsters abandonaban el 26 antes que yo, que me bajaba en la penúltima parada, pero aún podía decir que vivía en Hackney, en una casa con una señora mayor que decía oler a su padre -muerto- y una italiana fashion stylist. Una casa con paredes de leopardo, cuadros de vírgenes en las paredes, y un váter de purpurina.

 

Recuerdo también que esa misma brisa, y ese mismo sentimiento de contento de la gente por la calle era lo que me hacía coger el 30 a cualquier hora e irme, simplemente, al Tesco. Un Tesco enorme, lleno de hipsters por supuesto pero no sólo hipsters. Y la verdad es que me conformaba con ver las caras de la gente. Lo recuerdo todo a cámara lenta.

 

Porque en los tres meses que viví allí, todo fue despacio, no hubo prisas. Nunca llegué tarde a trabajar, nunca fui corriendo.

 

Paso hoy de nuevo por allí, como digo, en la misma parada que aquella primera vez. El mismo restaurante chino, cerrado. El mismo bar que hace esquina, “The Tiger”.

 

Paso frente a mi antiguo portal, un edificio del Council, el mismo olor a porro sale de dentro. No me atrevo a llamar a mi antigua landlady, por si acaso. No era alguien “lovely”, precisamente. Y ha pasado un año.

 

Era mi tranquilidad y mi yo. Mi soledad elegida y aceptada. Mal llevada a veces. ¿Mal llevada a veces?

 

Mis inseguridades y también mis planes. Mis despreocupaciones.

 

Me pregunto por qué no nos damos cuenta de cuándo un momento es decisivo, nada más que cuando ha pasado. En ese momento yo no era consciente de que iban a ser los momentos que ahora recuerdo con mayor cariño de mi Londres del principio, de mi primera parte. El final de la primera parte.

 

Quiero decir, no me hubiera quedado, no lo hubiera hecho de otra manera, me habría ido igualmente, no borraría nada. Pero llevo días rememorando esos paseos desde el Overground hasta mi casa, después de trabajar, a las diez de la noche, cuando el verano londinense empezaba a despertar la esperanza de algo incierto, con una chaqueta vaquera y mi vestido.

 

El nudo en la garganta.

Veo un reportaje en el British Vogue acerca del cumpleaños de Alexa Chung, al parecer el nuevo icono de estilo en estos tiempos superficiales e inclinados a lo vintage. Como se puede observar, ella es muy vintage y aprendió a hacerse la raya de los ojos como Brigitte Bardot y todo lo explica en un libro titulado “It”, que le han sacado a la venta a la vista de su tirón mediático en el que además expone todas sus influencias de estilo desde que eligió su chupete, hace ya treinta años.

Como decía, el del British Vogue es un reportaje fotográfico acerca del treinta cumpleaños de esta chica, que fue la semana pasada. Y en él aparece gente de todo tipo, a los cuales no tengo el placer de conocer pero a juzgar por sus barbas y sus trajes estrechos deben ser importantes en Central London y tal vez en el Este también -aunque no más allá de Bromley by Bow-. Una fiesta llena de hipsters, flequillos y labios rojos y el cantante de One Direction, del cual nunca dejará de sorprenderme su apellido y su presencia en general.

Entre tanta foto de Instagram, la única información que puedo colegir es que el vestido de la cumpleañera es de Carven. Y sí, es precioso, por algo ella es un icono de estilo. Plisado por los lados, plateado, con cuello de barco. El vestido ideal cuando vas a celebrar tu treinta cumpleaños en la suite de un nuevo hotel londinense de lujo.

Después de ver las fotos me pregunté si esa chica, Alexa, antes de salir de su casa y montarse en el coche negro con asientos de cuero que la esperaría en la puerta, se miraría al espejo ovalado y retro, fijamente, de arriba a abajo. Ataviada con su vestido de Carven y sus zapatitos. Si pensaría que se dirigía a la suite de un hotel a celebrar su treinta cumpleaños, donde la esperaría gente que ella ni tan siquiera conocía, gente que no sabe ni cuántos años va a cumplir.

Que sí, Vogue puede haber pagado la suite y la tarta y puede hasta que haya pensado la dedicatoria escrita con crema en el pastel, más bien impersonal y sosa (“For the smallest pal, Happy Birthday Chung”).

Supongo que en ese momento miraría de nuevo su vestido y pensaría “es de Carven”, y tal vez se lo recordaría dos o tres veces. Antes de que los ojos se le humedecieran un poco más y el nudo en la garganta se hiciera un poco más grande.

No, antes de que eso ocurriera bajó las escaleras precipitadamente y se montó en el coche. Y aunque estuvo a punto de decirle al chófer que condujera sin rumbo, que pasara de largo el hotel y su fiesta, que siguiera rodando sin dirección fija, adelante, corriendo; no lo hizo. Miró con sus grandes ojos verdes y pintados con eyeliner estilo BB a las farolas de la calle y los tejados picudos y marrones y las puertas blancas de la calle, todas iguales. Pensó que esa era su vida, ese era su trabajo, y eso era lo que tenía que hacer. Y aguantaría con los tacones de Manolo Blahnik toda la noche. Aunque tuviera que hacer varias visitas al baño. El chófer esperaba sus indicaciones, con los ojos clavados en ella a través del retrovisor. Él también pudo ver que los ojos de la chica brillaban más que nunca. “Al hotel……” dijo por fin ella. Y recostó su delgada espalda en el asiento de cuero negro, más cómodo de lo que podía parecer a simple vista.

El nudo en la garganta siempre bajo control: nunca olvidar eso en Londres. Siempre bajo control.

Mujeres valientes (que he conocido a lo largo de mi vida).

Hace unos días hizo un año que llegué a Londres. Intenté hacer eso que odio tanto pero que no paro de hacer (como tantas cosas en mi vida): un balance. Al ver que la parte de ganancias no era todo lo gruesa que me hubiera gustado, lo dejé. Porque acabo de firmar un contrato de tres meses en la habitación en la que estoy viviendo.

En un alarde de originalidad abrí el Facebook, y al ver una foto que una buena amiga subió recientemente –una foto que ya le confesaré a ella más adelante- me vinieron a la cabeza dos palabras: mujeres valientes. Esa foto, o la historia que hay detrás de esa foto, fue lo que me llevó a escribir sobre este tema. Un tema que, para mí, no sé por qué, es tan difícil.

Siempre me ha gustado rodearme de personas interesantes. He tenido la gran suerte de que este hecho se haya dado por pura casualidad, y no porque yo haya ido buscando y seleccionando sólo a la gente que me pareciera interesante. Gente que me aportara aprendizajes, experiencias y formas distintas de ver y vivir la vida.

Muchos de esos ejemplos y esas historias y esas influencias, me las han aportado las mujeres que siempre me han rodeado, o que en alguna parte de mi camino he tenido la suerte de encontrarme. Desde mi madre, la que lo hizo siempre, hasta las amigas más recientes, pasando por las importantes de la adolescencia –por la dificultad de la edad, en especial (lo reconozco) de la mía-.

Últimamente suelo irme a correr. Obviamente, veo tanto a hombres como a mujeres haciendo el mismo ejercicio que yo. Pero me llama la atención -y no sé por qué- la cantidad de mujeres que, como yo, disfrutan paseando o corriendo solas por la calle, caminando lentamente, con expresión de satisfacción en sus caras. Tal vez me impresiona porque yo misma, hace unos años, me veía incapaz de hacer lo que ahora hago: viajar para trabajar en África, venirme a Londres sola… Y buscar (y amar) la soledad. También es que hace unos años, no tantos, ver a una mujer caminando o yendo al cine sin ninguna compañía más que la de ella misma, hubiera sido fruto de comentarios sigilosos y miradas de reojo.

Y otra vez pienso en las dos palabras: mujeres valientes. La s que no están pendientes de una llamada, cuyo bienestar no depende de que esa llamada se produzca. Las que cogen el teléfono y dejan de esperar. Las que en vez de quedarse en casa salen a la calle. Las que en vez de salir a la calle se quedan en casa. Las que viajan solas, las que empiezan un proyecto y las que lo terminan. Las que lo intentan y fallan. Las que lo intentan y triunfan. Las que miran hacia delante y no “caminan como si un séquito de hombres fuera detrás de ellas”, como sugiere un famoso diseñador de moda que hagamos –a mí eso me daría bastante vergüenza, fueran hombres o mujeres los que me siguieran, y me resultaría incómodo-.

Con el tiempo me he dado cuenta de que se puede seguir la moda, vestir “a la última”, gustarte la ropa y las tendencias sin tener que dedicarte el “fashion bussiness”. Que puedo admirar igualmente a Anna Wintour y a Miuccia Prada sin perseguir ser la directora de Vogue América o la directora creativa de una marca de lujo. Que sus enseñanzas se pueden extrapolar a cualquier campo. Que el liderazgo que las mujeres ostentan en campos como la moda es aplicable a cualquier campo, porque la moda es, al fin y al cabo, un negocio. Da igual que el trabajo sea como limpiadora, directora de una multinacional o investigadora. Que lo que importa es el valor y el carácter.

Una mujer valiente no es la que no tiene miedos. Es aquella que, teniéndolos, se enfrenta a ellos y los supera.

Una ventana.

Una ventana, hace más de cinco años, un atardecer de verano en Londres mientras sólo era una turista en sus calles, fue lo que me hizo enamorarme de Londres. Fue lo que me hizo soñar con vivir ahí, con vivir así. El sol empezaba a esconderse, la luz estaba ya teñida del característico gris de Londres, sea cual sea la estación del año en la que nos encontremos. Un gris maravilloso que siempre recuerda el fondo, lo que hay cuando se pone el sol. Yo paseaba con mi familia por el barrio de Knightsbridge –para algo éramos turistas- pero podía ser cualquier barrio adinerado del centro, o del oeste.

La fachada del edificio, de ladrillo rojo, parecía una casa de muñecas a tamaño real. Las ventanas blancas, ni tan siquiera un poco ennegrecidas por la polución, pues por esos lares los coches, si los hay, son eléctricos, grandes, caros y se usan poco.

Aquella ventana de grueso marco blanco marfil dejaba intuir la grandiosidad del interior de aquel hogar. ¿Sería de una pareja joven, él bróker y ella ex estudiante de Historia del Arte frustrada por una boda precipitada? ¿O serían los herederos de Lord Huntington, recientemente fallecido, los habitantes de la casa? ¿O tal vez de algún familiar de la reina?

La ventana estaba abierta de par en par pues, aunque no hacía un calor sofocante, también en Londres es necesario abrir las ventanas de vez en cuando. Una luz anaranjada, débil y cálida se proyectaba desde algún punto del interior de la estancia. Era una fiesta. Bueno, más bien una reunión de amigos y champán caro y vestidos de cóctel y pintalabios rojo. Me acordé de Clarissa Dalloway -¿en aquel momento había leído ya el libro?-. La lámpara sería antigua, comprada en una de esas tiendas de antigüedades y decoración de Charing Cross Road, Portobello o Chelsea. Una de esas lámparas cuya tulipa está hecha de pequeños trozos de cristal grueso de varios colores. Amarillo, azul, verde, rojo, naranja. Todos ellos se reflejan en las caras de los invitados a esa fiesta. Hay un joven médico recién licenciado, hijo de un acaudalado propietario de terrenos de Londres, soltero y buscando una buena chica para casarse. También hay un banquero de unos cuarenta años que nunca se ha casado ni tiene ganas de hacerlo, sólo quiere engañar a alguna inocente chica que, empezando su carrera en el mundo de las finanzas, le gustaría que alguien más experimentado la ayudase para avanzar en su carrera… Luego está una joven diseñadora de cucharas de madera cuya tienda, cerca de Hoxton, la mantienen sus trabajadores y jubilados padres. Y también está Holly, o Courtney o Lauren, que trabaja en el departamento de publicidad de los supermercados más famosos de Londres, y que no para de mirar al banquero cuarentón meneando sus pestañas postizas una y otra vez.

Pero una pareja se apoyaba en aquella ventana. Él, sentado, llevaba traje pero se había quitado la chaqueta y subido las mangas. Sostenía su copa de champán y escrutaba con interés la cara de su compañera que, de pie frente a él, sujetaba la suya y también le miraba, con una media sonrisa. Ninguno de los dos sabía muy bien qué hacía allí pero querían aprovechar el champán gratis antes de desaparecer disimuladamente por la puerta de servicio.

Tengo que dejar de enamorarme de las ventanas de Londres, de las gafas de pasta y de las barbas recortadas por el barbero rockabilly del Soho, de los pantalones de pitillo y los zapatos estilo años veinte. Porque como siga enamorándome de todas esas cosas acabaré creyéndomelo, creyendo que todo eso es real, cuando no lo es. Que tras esa ventana duerme un bangladeshí que trabaja doce horas al día, que el dueño de esa barba recortada hace capuchinos en una cafetería de Brick Lane, y que conseguir ese sueño de glamour y paseos con café take away y fiestas con pintalabios rojo y “¡oh! ¿sabíais que apareció Kate Moss en la fiesta? Yo no la vi pero me lo han contado” es sólo, tal vez, para Holly, o Courtney, o Lauren.

 

Remarkable people (II): Alessandra Arzani

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A veces las intuiciones nos llevan a hacer elecciones acertadas. Otras veces nos llevan a equivocarnos estrepitosamente pero nos permiten conocer a gente, cuanto menos, interesante. Esto último fue lo que me pasó cuando me mudé a mi segunda casa en Londres, donde conocí a Alessandra ( Tortona, Italia, 1988), futura fashion stylist de éxito.

La primera y única vez que fui a visitar esa casa, supe que tenía que mudarme allí. No sé si sería la decoración digna de las primerísimas películas de Almodóvar -sí, esto contribuyó enormemente: paredes de leopardo, un váter de purpurina, cuadros de la virgen junto con estatuillas de Buda…- o la sola idea radical de vivir en Hackney con una vieja inglesa medio loca y una chica italiana que se presentó como fashion stylist en cuanto la conocí. Media hora después de abandonar la casa estaba llamando para decir que me quedaba.

Después, con el paso del tiempo, las dos nos dimos cuenta de las señales que nos llevaron a coincidir en esa casa, y las razones por las cuales teníamos que vivir juntas. Señales como, por ejemplo, que las dos respondiéramos al anuncio en una página web que puso “La Vieja” -como nosotras la llamábamos, a veces cariñosamente y otras no- sin tan siquiera tener una foto.

Me gusta pensar que cuando dos personas se encuentran se influyen y se inspiran mutuamente. Ella desde luego me ha inspirado y me ha aportado algo de su forma de pensar con nuestras largas conversaciones en la cocina mientras cenábamos o nos tomábamos un té, sólo interrumpidas por los golpes de nuestra vieja en la pared pidiéndonos que hablásemos más bajo.

Alessandra es muy alta y delgada y siempre viste de negro sin excepción. Le hago la entrevista mi último día en Londres, mientras damos un paseo por Dalston, y las dos disfrutamos fantaseando con la idea de que en el futuro todo el mundo estará buscando la primera entrevista de Alessandra Arzani realizada por mí. Con ella, por primera vez nos presentamos como lo que de verdad nos sentimos. Ni dependienta, ni camarera. “Yo soy fashion stylist y ella es escritora”, le dijo muy segura a un chico austríaco que vivía en un barco en el canal. 

Como todas las personas que se conocen en Londres, puede que nos volvamos a ver, o tal vez no nos veamos nunca más. Pero también, como CASI todas las personas inspiradoras e interesantes que se encuentran en Londres, la huella que dejan en una es imborrable, y me gusta pensar que ella tiene de mí algo más que un par de vestidos y un ordenador portátil que ya no funciona.

¿En qué proyecto estás trabajando ahora?

En este momento estoy intentando de organizar unos shooting probablemente para Vogue Italia para el rapero Zebra Katz, de Los Ángeles, que hace música rap, pero dark al mismo tiempo.

¿Cuánto tiempo hace que llegaste a Londres?

Hace un año y siete meses.

¿Dónde empezaste a trabajar?

Bua… Fue súper complicado. Fue súper raro. En el sentido, empecé a hacer fashion stylist con un amigo fotógrafo. Y al mismo tiempo claro, como la vida es muy cara, necesitaba un trabajo normal para pagar mi renta, para pagar mi vida normal, entonces estuve trabajando más de un año como sales assistant en un sitio al que no quiero hacer publicidad.

Habla con su acento italiano, en español, y con sus muletillas características, como “en el sentido” o mezcla palabras en inglés. 

¿En Italia estudiaste algo relacionado con la moda?

Sí, en Italia estudié Fashion Design en NABA (Nueva Academia de Bellas Artes). En el sentido, no terminé mi carrera porque en este curso que empecé, una gran parte se dedica a aprender a coser, hacer patrones… Este tipo de cosas realmente nunca me han interesado mucho. Tengo que agradecerle a mi escuela porque obviamente cogí nociones más amplias, como desarrollar un concept, por ejemplo. Lo aprendí gracias a esta escuela.

¿Qué es para ti ser fashion stylist?

Mi trabajo consiste en desarrollar el mejor concept, que es de donde todo parte. Por ejemplo, yo, o el fotógrafo, piensa una idea y me manda imágenes relacionadas con lo que quieren ver en el photo shoot. Entonces, cuando desarrollas un comset, desde mi punto de vista, si tú eres bueno, la cosa está en darte también sensaciones. Por ejemplo, si el concept es “black”, como en mi último shooting para un magazine en Berlín, incluso si los vestidos son blancos, o el decorado es blanco, a mí me tiene que dar la sensación de “black”. Se puede jugar con sensaciones, accesorios, que me cambien la perspectiva.

Me inspiro mucho de todo lo que está a mi alrededor, a parte del catwalk. Lo que yo trato de hacer es dar sensaciones. Quiero que la gente que vea mi trabajo le quede algo de él.

¿Crees que el entorno y las circunstancias que se viven, en nuestro caso en Londres, influye en la inspiración?

Tampoco muchísimo, pero la verdad es que sí. Si tuviera un cuarto más grande sería más útil porque yo podría organizar todo mi outfit, por ejemplo. Pero en mi trabajo lo más importante es la comunicación con los PR porque ellos son los que me dan la ropa, con los designers, ser siempre correcta y rápida con ellos, y mucha paciencia. Y lo más importante es estar siempre en la tendencia: el buen stylist, antes de que salga algo, se adelanta, lo hace él. Todavía no estoy en este nivel, pero estoy aprendiendo.

¿Qué diseñadores actuales te inspiran?

Creo que ninguno. Tengo un estilo muy mío y personal, y lo que estoy tratando de hacer ahora es cambiarlo. Estuve trabajando mucho tiempo con un fotógrafo al que le gustaba mucho la idea del minimal, a mi me gustaba también, pero no era mi lenguaje, el que trato de tener con mi público.

¿Prefieres trabajar sola o en colaboración con alguien?

No, yo siempre trabajo sola.

¿A dónde quieres llegar, cual sería para ti tu “top”?

Creo que voy a estar siempre en contínuo cambio y developement with myself.  No tengo un lugar objetivo donde me gustaría trabajar. Bueno, sé que me gustaría trabajar, para empezar, en una gran compañía de stylist. Moverme de un sitio a otro: París, Tokio, Madrid, New York… Una compañía que me dejara desarrollar mi arte, porque al final ser fashion stylist es un arte.

¿Te ves más trabajando sola o para alguien?

Me gustaría ambas cosas, depende. En cuarenta años me veo siendo independiente. Tener una galería de exposición, donde reunir arte, fashion, música, es todo muy cercano. Me gustaría unir fashion y música, y me gustaría poner en marcha una galería de arte donde poder unirlo.

Entonces me veo crecer como stylist, pero al final de mi carrera me veo una artista.

¿Cómo definirías tu arte en una palabra?

Black. Porque al final es un color que siempre he tenido en mi vida. Todos los shooting que hago tienen algo de oscuro. Es mi signature.

¿Para tí, qué es lo más importante en la vida?

Lo primero es ser una persona realizada: tener un trabajo que amo, levantarme todas las mañanas y aunque esté cansada sentirme feliz. Me voy a levantar y estoy haciendo algo que me encanta. Poder hacerlo sin más, sin preocuparme del dinero. Y tener a mi lado gente que me de serenidad y que crea en mí, eso sí muchísimo. Hay momenytos en la vida que a eso no se le da la importancia necesaria. Cuando tienes a alguien a tu lado que te quiere, que en los momentos bajos esa persona te diga: no. Y no porque sea tu amigo, sino porque lo piense de verdad. Que me diga incluso lo que no le gusta. Ese tipo de personas sé que son de las que me puedo fiar siempre.

¿Te ha enseñado algo Londres?

Londres me ha enseñado a creer en mi misma. Definetely, a estar más sola de lo que normalmente estaba, y eso te enseña. Porque al final Londres es una ciudad un poco rara. En el sentido, porque cuando llegas, el primer año, va a ser uno de los más fatales en tu vida. Por ejemplo, al principio me iba siempre a London  Fields. Ahí siempre me siento como si no estuviera en Londres. Cuando iba y veía a toda esta gente hablando, con amigos… me sentía muy sola. Porque aunque conozcas a gente, la mayoría de la gente se va.

Me enseñó a que puedo estar sola, o a saber que aunque piense que estoy sola, no lo estoy.

¿Qué consejo le darías a la gente que quiere venir aquí a vivir?

Si es alguien que quiere trabajar en fashion, no es fácil, hay mucha competencia. Pero poco a poco algo se hace. Pero si vienes aquí a trabajar en una tienda, o de camarera, mejor que no vengas. Londres es una buena ciudad si vas a hacer algo grande. Si quieres hacer algo grande, esta ciudad te dará algo grande.

Londres, 1 de julio de 2013

Cuestiones existenciales

Cuántas veces habré tenido la misma conversación, con distintas personas, con distintas amigas. Amigas todas sin pareja que, la busquen o no, se hacen la misma pregunta. ¿Por qué no encuentro a nadie? La pregunta la podrá disfrazar cada una como quiera, edulcorarla para que no parezca tan catastrófica, o hacerla incluso más cruda con palabras y lamentos. Pero al final, siempre es lo mismo. Por qué no encontramos a nadie.
Somos todas jóvenes, encarrilando nuestras carreras, seguras de nosotras mismas en casi todos los aspectos de la vida. En casi todos, que no en todos, como corresponde a mujeres de tan sólo 25 años. Hemos estudiado una carrera, hemos vivido mucho y bien. Y hemos tenido muchas experiencias. Y también nos hemos enamorado, hace tiempo. Claro que para nosotras, ese tiempo fue cuando teníamos 19 o 20 años, cuando el amor se vive, supongo, de una manera distinta. No lo puedo comparar con el presente porque no me he enamorado de nadie recientemente.
Hemos ido como vagabundos en busca de comida, de cita en cita a cual más absurda. De encuentro en encuentro cada vez más insatisfactorio. Y los hemos olvidado sin ningún esfuerzo. Sabemos cuándo una persona ha valido o no la pena. Sabemos cuándo una cita ha ido bien o ha sido un desastre. También sabemos qué tipo de comentarios, preguntas o proposiciones tenemos que aguantar o no.
Y sin embargo pasa el tiempo y no nos hemos enamorado, ni ha aparecido el hombre que nos enloquezca. Ni siquiera uno que nos remueva momentáneamente. ¿De verdad existen, están ahí, o son como los ovnis que alguna gente dice haber visto y nosotras somos las únicas que no hemos tenido ese placer?
Voy en el metro, en el autobús, y veo a esas parejas con maletas marrones, chaquetas acolchadas de Lacoste y la melena trenzada a la altura de los hombros (ella) y náuticos y calcetines de ejecutivo (él). Y pienso “dios me libre”. O veo a parejas que se juntan los domingos por la tarde en casa de la suegra a hacer pasteles de Mickey, y entonces preferiría quedarme soltera hasta el fin de los tiempos. Porque eso sí, lo bueno de ser soltera en los tiempos que corren es que ya se puede decir con la boca bien grande. Nosotras no nos vamos a quedar “para vestir santos”. Nosotras tenemos nuestra carrera, nuestras ambiciones, y nuestras necesidades. Puede que no sepamos lo que queremos, pero sabemos lo que no queremos. Sabemos lo que no tragamos. Y sabemos sobre todo, y esto es importante, que hay hombres que merecen la pena. Ya no nos creemos ese discurso de “visto uno vistos todos”. O el de “no puedes confiar en ningún hombre más que en tu padre”. No. Encima sabemos que hay hombres que no son superficiales, con los que se puede mantener una conversación y compartir intereses. Hombres capaces de enamorarse más intensamente incluso que cualquiera de nosotras.
Pero aún nos sentamos en la cocina, o en la mesa de un bar, y empezamos a preguntarnos cuál es el problema. Y puede incluso que hablar tanto del tema, darle tantas vueltas, sea peor y lo haga más grande.
Yo creo que ha llegado el momento de cambiar la estrategia. Ya no somos estatuas tras un cristal, intocables, en un pedestal, adorables desde la distancia, reliquias remotas e inalcanzables. Somos de carne y hueso y queremos cosas y necesitamos cosas. La diferencia, para mí, estriba en que durante mucho tiempo han sido los hombres los que se han acercado a las mujeres cuando estaban interesados, o tenían algún interés. Las mujeres nos hemos limitado a mover el abanico o a jugar con la mirada o a bajarnos el escote, lo que sea. Pero, realmente, ¿cuántas mujeres, hoy en día, se atreven a acercarse y presentarse a un hombre por el cual se sienten atraídas?
Sexo en Nueva York no ha sabido transmitir el mensaje porque, al final, la que siempre se quedaba anclada al pasado y esperando que el hombre de su vida viniera a salvarla, es la que acaba felizmente casada y rescatada de los brazos de otro amante sin corazón. Y sin embargo la que hacía con su vida y su cuerpo lo que quería, la ambiciosa y la segura de sí misma hasta extremos ridículos a veces, se queda sola. Preciosa lección. Claro, que las lecturas están abiertas. Esta es tan sólo la mía.
Pero tampoco puedo sentirme identificada con la nueva “apertura pseudo-obligatoria” a la que ahora, al parecer, todas las mujeres que se quieran llamar de su época tenemos que estar ancladas. Esa mujer que pisa fuerte, segura sin dudas de sí misma, triunfadora, encantada de haberse conocido, independiente, que no necesita a nadie más que a ella misma, y que está abierta a todas las experiencias sexuales que se le aparezcan por delante. El otro día leí el perfil de una escritora joven que decía que “folla sin amor”. Y yo la aplaudo, pero a mí qué me importa. Preferiría saber sus gustos, sus intereses, por qué escribe, no sé.
Llegó un momento en el que me dije a mí misma, ¿y por qué me tengo que ceñir a eso? ¿Por qué voy a tener que hacerlo si además luego ni siquiera disfruto, yo, como mujer, como persona, de forma egoísta? ¿Por qué tengo que estar de acuerdo con la idea de ser el entretenimiento de una noche de alguien que no sabe ni cómo me llamo y que una vez terminado ni siquiera va a reparar en si sigo a su lado? ¿Tengo que pedir perdón porque para mí eso sea importante?
Hasta que encuentre la respuesta a estas preguntas, prefiero quedarme sola, y acercarme a los hombres que me gusten y porque yo quiera. Y acercarme sin miedo, sin esperar a que me llamen. Porque precisamente cuando me llamen será cuando yo no vaya.