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El diablo se viste de Primark.

El despertador suena y Ed se sorprende. De pronto tiene una sensación de irrealidad que le dura unos segundos. Como un autómata, apaga el despertador, antes incluso de ser consciente de su sitio y su persona: su cama, su habitación, él. Ed se sorprende de haberse sorprendido cuando el despertador ha sonado. ¿Por qué? Es el mismo sonitono prefigurado de su móvil, el que lleva sonando casi un año, cuando firmó un contrato de tres años con una compañía telefónica inglesa para poder hacerse con un iPhone. No sabe, no ha investigado, en las funciones del iPhone y aún no entiende muy bien la diferencia con su antiguo móvil, de rango mucho menor según algunos. No tiene tiempo para ponerse a leer el libro de instrucciones y por ahora se conforma con saber cómo utilizar la agenda y conectarse a internet.

Anoche Ed tuvo una cita. Hacía tres meses que no tenía una. Demasiado trabajo. Hace dos días volvió a conectarse en aquella website de citas a ciegas, la que viene usando desde hace tiempo. Unos dos años, para ser exactos. Se enorgullece al pensar que ha tenido ya más de cincuenta citas gracias a esa página. Los encuentros con mujeres que ha tenido fuera de ahí, en la “vida real”, como alguna gente la llama, han sido más bien escasos, molestos y propensos al olvido. Porque en esta página todos los que están registrados saben a lo que van, saben lo que quieren, saben lo que piden.

Ed se lo pasó bien anoche. Volvió a las tres de la mañana. Bebió un poco. Bueno, bebió bastante, a juzgar por el dolor de cabeza con el que se ha levantado y la pesadez de cuerpo. Por un momento teme no poder levantarse de la cama.

La chica en cuestión se hacía llamar Kasia en la página web, pero luego resultó llamarse Mary. Cuando Ed vio la foto de una mujer rubia con los ojos verdes, unos treinta años de edad y ese nombre pensó que era rusa, o al menos del este. Mary resultó ser de Walthamstow de toda la vida y “compartía piso”, como ella misma contó, con su madre y cuatro gatos.

Pero Mary resultó ser realmente interesante en contra de todas las expectativas de Ed al principio de la noche. No estaba mal de cuerpo y tenía una sonrisa agradable. Además disfrutaba realmente de todas las bromas que Ed hacía, de todos los chistes de obreros que Ed desplegó. Nunca antes había llegado a contar el del obrero escayolado –lo reservaba para cenas de amigos-, pero anoche se lo contó a Mary y ella se rio a carcajadas.

Mientras Ed se dirige a la ducha piensa que tal vez la vuelva a llamar la semana que viene. No pasaron la noche juntos, eso es verdad, pero se besaron. Si bien es cierto que Mary no besaba muy bien, también lo es que el beso tuvo lugar al final de la noche, cuando acababan de terminar la segunda botella de La Serre Merlot. El propio Ed eligió el vino, y eso pareció sorprender y encantar enormemente a Mary. Ed se reservó la información acerca de que La Serre Merlot era el único vino que conocía porque era con el que trabajaba. Ed es manager de Memphis & Brown en el British Museum. Memphis & Brown es una cadena de cafeterías horteras y con decoración henchida y cursi, ridículamente caro, y que pueblan algunos museos de la ciudad. Su dueño es Steven Memphis. Acerca de Brown nadie sabe nada.

Cuando Ed sale de la ducha ya no piensa en Mary. Piensa en que hoy llega el nuevo General Manager de Memphis & Brown al British Museum. Todo lo que sabe Ed acerca del nuevo General Manager es su nombre, y que está algo gordo, pero eso es lo de menos, por favor.

Para hacerse notar ante la inminente llegada, Ed lleva días acercándose a la cafetería a ver cómo trabajan “los chicos”, como él llama a los camareros de Memphis & Brown. Esto es algo que le aburre tremendamente, sobre todo cuando hay mucha gente. Así que se limita a hacerse ver, a saludar aquí y allá sin esperar respuesta. La mayoría de los camareros ni siquiera le conocen, pues nunca se le suele ver por allí.

Ed es un tipo que prefiere el trabajo de oficina. La supervisión del trabajo de otros no se le da muy bien porque tanto camareros como clientes le ponen nervioso. La cafetería está siempre sucia, “los chicos” nunca sonríen a los clientes y el café estimula el vómito. Pero de eso nadie parece darse cuenta. Y mucho menos los clientes, en su mayoría turistas. Pero suple su rechazo al trabajo de campo escupiendo unas cuantas órdenes que a él le parezcan contundentes. Lo primero es el tono de voz, algo que aprendió en el cursillo “Twentieth Century Managers”, un curso corto por internet ofrecido por la Escuela de Negocios de la ciudad. El tono de voz ha de ser firme y contundente. Esto había que aprendérselo de memoria. Los trabajadores necesitan saber que el manager ha llegado, que ha hecho acto de presencia. Y con un tono de voz débil y grave nadie le haría ni caso. Los trabajadores son gente que necesita un guía, instrucciones, directrices. Y el tono de voz ha de ir acorde con una personalidad segura. Ed hablaba rápido y terminaba cada palabra como si fuese aguda, marcando la sílaba final con la garganta muy abierta. Y pronunciaba las palabras como si las masticase, porque si no, decía, los chicos no se enteran de nada.

Lo segundo, decía el tutor del curso “Twentieth Century Managers”, es acercarse a los trabajadores cuando se les habla y mirarles a los ojos. Un buen manager jamás desviará la mirada de un trabajador porque eso puede ser entendido como un signo de flaqueza por parte del trabajador. Así que Ed se acercaba siempre a la cara de la persona con quien hablaba. Era ya un hábito y no lo hacía sólo en el trabajo sino también en sus relaciones personales. Es cierto que alguna que otra vez había notado que algunos de “los chicos” se retiraba disimuladamente hacia atrás cuando Ed hablaba. Pero qué le importaba a Ed aquella panda. Pobrecillos. Actualmente Ed estaba empezando la segunda parte del cursillo, “Twenty-first Century Managers”, en el que se hacía hincapié en la necesidad de una “imagen depurada”, expresión que Ed aún no entendía pero acerca de la cual estaba trabajando.

Pero tenía que darse prisa. Ed abre el armario y se dispone a ponerse el traje de chaqueta.

Ed vive en un apartamento solo, en el sur. Gana dinero, pero no lo suficiente para esta ciudad. Así que se compra los trajes de chaqueta en Primark. Esto es algo que nadie sabe, ni siquiera sus amigos más cercanos. Ed corta la etiqueta de chaquetas, camisas y pantalones. Y si alguien pregunta Ed dice que le molestan, que es una manía que tiene, la de cortar las etiquetas.

De todas formas sólo se pone traje de chaqueta para trabajar, y al fin y al cabo va a causar la misma impresión que si se lo hubiera comprado en Massimo Dutti. Ese efecto de: aquí estoy yo.

Ed se aprieta el nudo de la corbata frente al espejo, se pone la chaqueta, sonríe a su reflejo y se da dos palmadas en los mofletes. Sí, definitivamente la semana que viene volverá a llamar a Mary.

 

Mulholland Drive.

Time, NOG.

– ¿Esto te sirve? -me pregunta mi padre.

Lo que me enseña es una cuartilla con dos números de teléfono y dos nombres, escrita por mí. Seguramente por estas fechas hace un año, antes de irme a Londres por primera vez. El primero es el de la amiga en cuya casa me quedé la primera noche hasta que encontré habitación y el segundo… Es el número de aquel otro “amigo” que tanto tuvo que ver en mi decisión de irme a Londres y no a otro punto del mapa. Como mi estancia allí empieza por una frase suya diciendo “no sé cómo te va a ir en Londres porque estás loca, ¡loca!”, así escrito tal cual, le digo que no, que no me hacen falta, y ahora están rotos, en la basura. De todas formas el número de mi amiga está guardado en mi agenda.

Claro que, si no fuera porque con él di mi primer paseo por Londres el primer día que salí a la calle (el tercero desde que llegué), y porque él me enseñó Londres desde la terraza de Somerset House al atardecer, lo habría roto yo misma.

Es verdad -debe serlo- que la vida no sigue un tiempo lineal (no sigue ningún tiempo que no hayamos inventado), sino que sigue un tiempo circular. Que lo que no llegó en un momento puede -y debe- llegar en otro, porque casualmente mi padre me trae también una felicitación de navidad que me mandó una amiga y que olvidó darme en su momento, es decir, las pasadas navidades.

De repente me acuerdo de esa rarísima película de Lynch que, reconozco, nunca he entendido ni aun habiendo pedido explicaciones a mi alrededor. Cuando no se sabe si se está en el presente, en el pasado o en el futuro. O si el pasado siempre vuelve, o si el futuro no existe, o si yo soy un cerebro en una bañera.

O si, simplemente, todo se repite, todo es un constante dèja vu que nos recuerda…lo que quiera que sea.

 

Lindo haberlo vivido para poderlo contar, o historias del 25.

Ocurrió a la hora de la comida, cuando ya estábamos terminando. Mi abuela lo dijo como dicen las cosas todas las abuelas: como quien no quiere la cosa, y sin intención de hacer daño, pero lo sueltan. Y yo la quiero mucho, que conste, pero hay cosas que las abuelas no se pueden callar. Quizá piensan que si lo dejan así, en el aire, tarde o temprano surtirá  su efecto. Nos estaba contando cómo vino ella a parar aquí, a este pueblo del sur de España. Y nosotros la escuchábamos atentos, aunque hayamos oído la historia un millón de veces, porque nos encanta esa historia.

“…entonces mi madre me dijo que me viniera con mi tía, que estaba aquí sola. Así que vine aquí, y no me quise volver, porque me gustaba más esto. Aquí ya tenía mis amigas, me apunté a clases de costura, tenía mis pretendientes… Eso es lo que te tienes que echar tú, un pretendiente, que te haría falta…”

Al menos mi abuela me concedió el privilegio del condicional.

Entonces viajé a Londres, a los asientos de la primera fila de la planta de arriba del 25, nuestro autobús, nuestro punto de encuentro, nuestro bar, nuestro confesionario, nuestro escaparate, nuestra ruta habitual hacia Brick Lane y Shoreditch y el Wiltons. Primera parada: el Tesco de Whitechapel, para llenarnos el estómago con algo. Porque había veces que sólo habíamos comido humus y pan de pita, o unas tostadas con mantequilla y –con suerte- zumo de naranja. El menú del Tesco: un sándwich, bebida y bolsa de patatas, tres libras. El resto, escaso, para las cervezas que vendrían a continuación. A veces, si no hacíamos la parada previa en el Tesco, sólo con dos ya caminábamos haciendo el hundimiento del Titanic.

Una noche cerramos el Wiltons. Era una de esas noches, y yo ya se lo había avisado, de “make it or break it”, y sabía que esa iba a ser la noche. Había habido función, “El Gran Gatsby” -que nunca llegamos a ver, a pesar de que siempre que la obra terminaba y veíamos salir a toda esa gente disfrazada de los años veinte y bailando charlestón junto a la banda de jazz que tocaba en directo, nos prometíamos que antes de que acabara el mes iríamos a verla-.  Fue sólo uno de los innumerables planes que nunca hicimos. Porque nuestra historia se cimenta con lo que nunca hicimos. O con lo que nos queda por hacer.

Lo de cerrar el Wiltons fue un poco gracias a que uno de los camareros had a crash on ella, crash que no era recíproco. Porque nosotras ya nos habíamos repartido los camareros, por supuesto siempre en nuestra imaginación… Acabamos bailando el tema principal de Pulp Fiction las dos solas, rodeadas sólo por los camareros de aquel mágico sitio. Decidimos abandonar on the top, como convenimos que hay que hacer las cosas, a las cinco de la mañana. A pesar de que todas las cervezas corrieron a cargo de los camareros, aquella noche ninguna mordió la manzana equivocada.

En aquel 25 también, fue cuando llegamos a la conclusión de que nosotras lo que queríamos, básicamente, es que nos dejen en paz. Decidimos llevar por bandera la soledad radical, el rechazo incuso, a perder el tiempo. ¿Que nosotras necesitamos pretendientes? Nah, preferimos un buen libro, o en su caso, una buena serie.

 

El ochenta por ciento de las cosas que me han pasado en Londres ha sido con ella, con Jeny. Nunca hemos sabido lo que somos, y ojalá que vivamos en constante curiosidad por saberlo. Aunque siempre supimos lo que no somos: “Yo no soy guionista y tú no eres psicóloga”, decía.

Su forma de estar en el mundo es desapareciendo. Cuando la buscas ya no está. Y antes de que se la pueda echar de menos vuelve a aparecer. De eso me di cuenta un día, y me enfadé muchísimo con ella. Entonces un día leí en su blog, Artista Sin Mecenas: “He aprendido a huir de lo que amo con cierto aire despreocupado. Y antes de que nadie note mi ausencia, ya todo es recuerdo con banda sonora y aroma esquivo. (…) He ganado y la he jodido. Cuánto y cómo la he jodido y con qué estilo”.

Y a pesar de esto nunca he hecho con ella una “nereidada”, como ella dio en llamar al comportamiento llevado a cabo por mí, consistente en retirar la palabra inmediatamente y eliminar números de teléfono y amigos en Facebook. No podría. Eso sólo lo hago con determinado género. Y desde luego nunca con amigos de verdad.

Al final me daba la sensación de que ella vivía y hace de su vida un guión de cine: el que a ella le gustaría contar y a mí me encantaría leer. “Lindo haberlo vivido para poderlo contar”, como cantaba el argentino Jorge Cafrune, del que no sabía nada hasta ayer, que leí esta frase en el libro que me estoy leyendo. Y pensé que resumía mi vivencia en Londres que está invariablemente unida a ella y a nuestras aventuras.

A ella no la he hecho una entrevista principalmente porque ella está en el norte y yo estoy en el sur, y mis entrevistas no son eso –sería mucho decir- sino que son simplemente conversaciones con gente que me enseña cosas. Y nunca me las preparo, sino que las improviso sobre la marcha. Pregunto más por curiosidad egoísta que por informar de algo que ni tan siquiera yo sé lo que es. 

Así que le pedí que hiciera el Decálogo sobre Cómo Vivir la Vida, según Jeny Severson.

Eso es lo que le pedí… Y esto es lo que me mandó. Que disfruten.

¿Los diez “mandamientos” de cómo vivo mi vida? Me alegra que no me hagas esa pregunta. Tras darle algunas vueltas, los he reconocido como reglas que se enfrentan a lo que podríamos llamar mi Biblia, Corán, Torah, El capital o cualquier otro libro que haya dominado al ser humano, en este caso, a mí. Porque los dictámenes, sean cuales fueren e incluso los míos propios, me aburren y disgustan. Sencillamente, me gusta pensar que vivo la vida como me da la gana, dependiendo de las circunstancias, de mi voluntad y si no para mi bienestar, por mi bien. Con todos sus intentos fallidos. Creo que todo razonamiento comienza con un por qué, y como me supongo y quiero suponer un ser racional, me lo pregunto y respondo. Y ya en la respuesta, es donde me lo curro un poco más. Pero así como nos salimos de la teoría, nos encontramos con el mundo tal y como el hombre ha sistematizado para el hombre. Con sus normas y funcionamiento; inestable, volátil, voluble, hostil, agresivo. Y no apruebo la imposición, pero como soy un ser gregario y pretendo seguir siéndolo, me adapto. Me adapto porque puedo y como estoy en desacuerdo, participo no más que lo necesario. Mi sistema social es la mezcla entre mi carácter y un curioso balance entre libertad y respeto. Así, como lo poco que conozco del mundo es a través de mí, lo trato con equidad y su beneficio se convierte en mi beneficio porque este mundo es mi hogar, y me gusta hacer de mi hogar un lugar mejor donde vivir. Y después esa búsqueda sin prisa de algo más, entre pasión, vicio y disfrute…