Etiquetado: Personal

Algo incierto.

 

Hoy he vuelto a mi antiguo barrio, el último antes de marcharme de Londres el verano pasado: Homerton, Hackney.

 

Vuelvo a mi antiguo barrio y me bajo en la parada en la que me bajé la primera vez, cuando fui a ver aquella casa de película de Almodóvar. Ya veo las bicis y los hipsters, aún gorros de lana. Alguna que otra barba. Más bicis.

 

Vuelvo a mi antiguo barrio. Y echando la vista atrás, recordando, creo que fui feliz esos tres meses. O algo parecido. Era cuando la soledad no era algo que me preocupara. Y si lo hacía, era sólo al final del día, o algunas horas en medio de la tarde.

 

Recuerdo que aún trabajaba en la tienda de ropa. Recuerdo aquellas tardes que ya presagiaban un verano posible hasta en Londres, volviendo desde el Overground hasta mi casa, unos diez minutos. Era esa brisa fresca de las diez de la noche, volviendo tras un duro –o aburrido- día en la tienda, cansada después de cerrar.

 

Me gustaba ese paseo, desde el Overground a mi casa, a veces con un cigarro, otras no. Pensando en las locuras que me diría mi landlady al llegar. A veces, también, rezando por no encontrármela. Aunque casi siempre prefería encontrármela, cruzar con ella algunas palabras locas.

 

Esa brisa en la cara, sólo con una chaqueta vaquera y mi vestido, era todo. Era mucho. Y estaba sola.

 

Victoria Park por la mañana, incluso antes de entrar a trabajar. Hackney Wick.

 

Escribir todas las tardes.

 

Volver de mis clases de arte desde la National Gallery – hasta que dejé de ir porque la profesora nos daba la espalda cuando hablaba: miraba a los cuadros en vez de mirarnos a nosotros, y yo no me enteraba de nada-. Volver de esas clases en varios autobuses me gustaba. A veces hasta cuatro. Pero siempre el último en Cambridge Heath. Y a veces, si tenía tiempo y ganas –aunque tiempo hay siempre, y a veces demasiado- no me quedaba en la misma parada de Cambridge Heath, donde pasaba mi autobús a casa, si no que me iba andando unas cuantas paradas más hacia delante, para ver a la gente.

 

Era un barrio contento, no diría feliz. La gente estaba contenta. Y una vez les critiqué por su cinismo. Por estar pagando rentas desmesuradas con tal de decir que viven en Cambridge Heath, o en Hackney, y ser hipsters de pro –no puedes definirte a ti mismo como hipster si vives en Upton Park-. Pero ahora les comprendo. Es esa brisa, es estar junto al canal, son las tiendas de chinos, de muebles, de espejos. Es estar apartado- a la vez que cerca- de Shoreditch. Es un barrio para pasear.

 

Pero yo seguía, porque no tenía ni tengo el privilegio de vivir en Cambridge Heath, y todos los hipsters abandonaban el 26 antes que yo, que me bajaba en la penúltima parada, pero aún podía decir que vivía en Hackney, en una casa con una señora mayor que decía oler a su padre -muerto- y una italiana fashion stylist. Una casa con paredes de leopardo, cuadros de vírgenes en las paredes, y un váter de purpurina.

 

Recuerdo también que esa misma brisa, y ese mismo sentimiento de contento de la gente por la calle era lo que me hacía coger el 30 a cualquier hora e irme, simplemente, al Tesco. Un Tesco enorme, lleno de hipsters por supuesto pero no sólo hipsters. Y la verdad es que me conformaba con ver las caras de la gente. Lo recuerdo todo a cámara lenta.

 

Porque en los tres meses que viví allí, todo fue despacio, no hubo prisas. Nunca llegué tarde a trabajar, nunca fui corriendo.

 

Paso hoy de nuevo por allí, como digo, en la misma parada que aquella primera vez. El mismo restaurante chino, cerrado. El mismo bar que hace esquina, “The Tiger”.

 

Paso frente a mi antiguo portal, un edificio del Council, el mismo olor a porro sale de dentro. No me atrevo a llamar a mi antigua landlady, por si acaso. No era alguien “lovely”, precisamente. Y ha pasado un año.

 

Era mi tranquilidad y mi yo. Mi soledad elegida y aceptada. Mal llevada a veces. ¿Mal llevada a veces?

 

Mis inseguridades y también mis planes. Mis despreocupaciones.

 

Me pregunto por qué no nos damos cuenta de cuándo un momento es decisivo, nada más que cuando ha pasado. En ese momento yo no era consciente de que iban a ser los momentos que ahora recuerdo con mayor cariño de mi Londres del principio, de mi primera parte. El final de la primera parte.

 

Quiero decir, no me hubiera quedado, no lo hubiera hecho de otra manera, me habría ido igualmente, no borraría nada. Pero llevo días rememorando esos paseos desde el Overground hasta mi casa, después de trabajar, a las diez de la noche, cuando el verano londinense empezaba a despertar la esperanza de algo incierto, con una chaqueta vaquera y mi vestido.

 

Anuncios

El diablo se viste de Primark.

El despertador suena y Ed se sorprende. De pronto tiene una sensación de irrealidad que le dura unos segundos. Como un autómata, apaga el despertador, antes incluso de ser consciente de su sitio y su persona: su cama, su habitación, él. Ed se sorprende de haberse sorprendido cuando el despertador ha sonado. ¿Por qué? Es el mismo sonitono prefigurado de su móvil, el que lleva sonando casi un año, cuando firmó un contrato de tres años con una compañía telefónica inglesa para poder hacerse con un iPhone. No sabe, no ha investigado, en las funciones del iPhone y aún no entiende muy bien la diferencia con su antiguo móvil, de rango mucho menor según algunos. No tiene tiempo para ponerse a leer el libro de instrucciones y por ahora se conforma con saber cómo utilizar la agenda y conectarse a internet.

Anoche Ed tuvo una cita. Hacía tres meses que no tenía una. Demasiado trabajo. Hace dos días volvió a conectarse en aquella website de citas a ciegas, la que viene usando desde hace tiempo. Unos dos años, para ser exactos. Se enorgullece al pensar que ha tenido ya más de cincuenta citas gracias a esa página. Los encuentros con mujeres que ha tenido fuera de ahí, en la “vida real”, como alguna gente la llama, han sido más bien escasos, molestos y propensos al olvido. Porque en esta página todos los que están registrados saben a lo que van, saben lo que quieren, saben lo que piden.

Ed se lo pasó bien anoche. Volvió a las tres de la mañana. Bebió un poco. Bueno, bebió bastante, a juzgar por el dolor de cabeza con el que se ha levantado y la pesadez de cuerpo. Por un momento teme no poder levantarse de la cama.

La chica en cuestión se hacía llamar Kasia en la página web, pero luego resultó llamarse Mary. Cuando Ed vio la foto de una mujer rubia con los ojos verdes, unos treinta años de edad y ese nombre pensó que era rusa, o al menos del este. Mary resultó ser de Walthamstow de toda la vida y “compartía piso”, como ella misma contó, con su madre y cuatro gatos.

Pero Mary resultó ser realmente interesante en contra de todas las expectativas de Ed al principio de la noche. No estaba mal de cuerpo y tenía una sonrisa agradable. Además disfrutaba realmente de todas las bromas que Ed hacía, de todos los chistes de obreros que Ed desplegó. Nunca antes había llegado a contar el del obrero escayolado –lo reservaba para cenas de amigos-, pero anoche se lo contó a Mary y ella se rio a carcajadas.

Mientras Ed se dirige a la ducha piensa que tal vez la vuelva a llamar la semana que viene. No pasaron la noche juntos, eso es verdad, pero se besaron. Si bien es cierto que Mary no besaba muy bien, también lo es que el beso tuvo lugar al final de la noche, cuando acababan de terminar la segunda botella de La Serre Merlot. El propio Ed eligió el vino, y eso pareció sorprender y encantar enormemente a Mary. Ed se reservó la información acerca de que La Serre Merlot era el único vino que conocía porque era con el que trabajaba. Ed es manager de Memphis & Brown en el British Museum. Memphis & Brown es una cadena de cafeterías horteras y con decoración henchida y cursi, ridículamente caro, y que pueblan algunos museos de la ciudad. Su dueño es Steven Memphis. Acerca de Brown nadie sabe nada.

Cuando Ed sale de la ducha ya no piensa en Mary. Piensa en que hoy llega el nuevo General Manager de Memphis & Brown al British Museum. Todo lo que sabe Ed acerca del nuevo General Manager es su nombre, y que está algo gordo, pero eso es lo de menos, por favor.

Para hacerse notar ante la inminente llegada, Ed lleva días acercándose a la cafetería a ver cómo trabajan “los chicos”, como él llama a los camareros de Memphis & Brown. Esto es algo que le aburre tremendamente, sobre todo cuando hay mucha gente. Así que se limita a hacerse ver, a saludar aquí y allá sin esperar respuesta. La mayoría de los camareros ni siquiera le conocen, pues nunca se le suele ver por allí.

Ed es un tipo que prefiere el trabajo de oficina. La supervisión del trabajo de otros no se le da muy bien porque tanto camareros como clientes le ponen nervioso. La cafetería está siempre sucia, “los chicos” nunca sonríen a los clientes y el café estimula el vómito. Pero de eso nadie parece darse cuenta. Y mucho menos los clientes, en su mayoría turistas. Pero suple su rechazo al trabajo de campo escupiendo unas cuantas órdenes que a él le parezcan contundentes. Lo primero es el tono de voz, algo que aprendió en el cursillo “Twentieth Century Managers”, un curso corto por internet ofrecido por la Escuela de Negocios de la ciudad. El tono de voz ha de ser firme y contundente. Esto había que aprendérselo de memoria. Los trabajadores necesitan saber que el manager ha llegado, que ha hecho acto de presencia. Y con un tono de voz débil y grave nadie le haría ni caso. Los trabajadores son gente que necesita un guía, instrucciones, directrices. Y el tono de voz ha de ir acorde con una personalidad segura. Ed hablaba rápido y terminaba cada palabra como si fuese aguda, marcando la sílaba final con la garganta muy abierta. Y pronunciaba las palabras como si las masticase, porque si no, decía, los chicos no se enteran de nada.

Lo segundo, decía el tutor del curso “Twentieth Century Managers”, es acercarse a los trabajadores cuando se les habla y mirarles a los ojos. Un buen manager jamás desviará la mirada de un trabajador porque eso puede ser entendido como un signo de flaqueza por parte del trabajador. Así que Ed se acercaba siempre a la cara de la persona con quien hablaba. Era ya un hábito y no lo hacía sólo en el trabajo sino también en sus relaciones personales. Es cierto que alguna que otra vez había notado que algunos de “los chicos” se retiraba disimuladamente hacia atrás cuando Ed hablaba. Pero qué le importaba a Ed aquella panda. Pobrecillos. Actualmente Ed estaba empezando la segunda parte del cursillo, “Twenty-first Century Managers”, en el que se hacía hincapié en la necesidad de una “imagen depurada”, expresión que Ed aún no entendía pero acerca de la cual estaba trabajando.

Pero tenía que darse prisa. Ed abre el armario y se dispone a ponerse el traje de chaqueta.

Ed vive en un apartamento solo, en el sur. Gana dinero, pero no lo suficiente para esta ciudad. Así que se compra los trajes de chaqueta en Primark. Esto es algo que nadie sabe, ni siquiera sus amigos más cercanos. Ed corta la etiqueta de chaquetas, camisas y pantalones. Y si alguien pregunta Ed dice que le molestan, que es una manía que tiene, la de cortar las etiquetas.

De todas formas sólo se pone traje de chaqueta para trabajar, y al fin y al cabo va a causar la misma impresión que si se lo hubiera comprado en Massimo Dutti. Ese efecto de: aquí estoy yo.

Ed se aprieta el nudo de la corbata frente al espejo, se pone la chaqueta, sonríe a su reflejo y se da dos palmadas en los mofletes. Sí, definitivamente la semana que viene volverá a llamar a Mary.

 

“Esa gente sólo quería pollo y tal vez por eso los odiaba, o por cualquier otra cosa”

Hoy empiezo oficialmente a estar inmersa de nuevo en ese exasperante proceso que es buscar un trabajo en Londres (me refiero, por supuesto, a un trabajo precario). Al menos exasperante para mí. Claro que yo soy una persona bastante propensa a la exasperación. Pero hoy no es día de self- deprecation ni consideraciones filosóficas acerca de mi debilidad mental. Lo tengo que aparcar mientras consigo un nuevo trabajo precario. Cuando lo consiga volveré a sacarlo.

Llevo poco tiempo, sólo dos horas y sólo aplicando por internet, pero ya he completado el interminable proceso en Café Nero y en Pret a Manger. Procesos más o menos normales, preguntas típicas que en los dos sitios han sido prácticamente las mismas, pero que consumen un tiempo increíblemente largo. Si por lo menos pudiera copiar y pegar mis respuestas… Pero claro, una vez se envía la aplicación las respuestas desaparecen en el mar de la desesperación de las aplicaciones europeas, en la base de datos del recruiting team para siempre (o mejor dicho, por un período de seis meses).

Todas hablan del “entusiasmo por trabajar de cara al público”, de provide excellent customer service, de la importancia del trabajo en equipo, de ser self motivated. Mientras, yo hago lo propio y  miento diciendo que me encanta trabajar de cara al público, que tengo verdadera pasión por los clientes, que me encanta regalarles una sonrisa aunque sean unos maleducados porque posiblemente esa sonrisa sea la única que vean en todo el día y  mierdas de ese estilo. Creo el perfil de la camarera perfecta porque claro, si no eres capaz de ser la mejor camarera del mundo ¿cómo vas a ser la mejor profesional en cualquier otro campo cualificado y profesional? En mi perfil, en las respuestas que mando, yo misma me contrataría en cualquier sitio. Sí señores, este trabajo me encanta y ganando 6`31 libras la hora soy más, mucho más que feliz. Al menos permite soñar mucho y salir poco.

Cuando he terminado esas dos aplicaciones he ido a por la última: EAT, el hermano pequeño de los gigantes de comida rápida pseudo-natural-fresca-sana. Estaba completando de nuevo todos los huecos, los mismos de siempre, sí, sí, me encantan los clientes, son la alegría de mi vida. Hasta que llego a la última pregunta del cuestionario. La última. Y es la siguiente: Would you be able to make the Buzz?  Había que ver un vídeo para contestar a la pregunta. Esta aplicación me está llevando más tiempo del que esperaba. Total, todo para hacer cafés y limpiar mierda. Pero bueno, veo el vídeo de marras. En él aparecen trabajadores con su uniforme negro al lado de lo que parecen sus managers o supervisores , vestidos de calle (claro). Se ponen de acuerdo y cuentan hasta tres para soltar un grito que no entiendo (tal vez por la mezcla de acentos).

A continuación aparece un tipo en traje y con ricitos negros engominados con una pizarrita de fondo en lo que parece un curso de formación, él en primer plano. Muy convencido de su empresa y blablablá. Él sí es inglés, lo sé por el acento. Después sale una chica rubia con acento y aspecto del este, y a grito pelado suelta Hot soup! y también Hot pies! frente a una cola interminable, ante las caras entre anonadadas e incrédulas de los clientes, que sólo quieren comer o pensar, que sólo tienen media hora para descansar. Y en el mismo vídeo, a continuación, aparece el genio inventor del tal llamado Buzz, un tipo joven con pinta de estar empezando en “el campo”.  Justifica su brillante idea con una sonrisa de oreja a oreja y unos dientes, además, perfectos y relucientes, inglesito de Oxford. Y él habla y yo le escucho a medias. Porque lo que me estoy imaginando es a él en su casa, solo en su mesa de trabajo, por la noche a la luz de un flexo de Bang and Oluffsen, rompiéndose la cabeza intentando pensar en algo novedoso y genial porque el director de EAT, el señor trajeado y engominado que también aparece en el vídeo, le dijo ayer en su despacho que iban a la cola de los establecimientos de comida rápida en Londres y que como no haga algo para remediarlo se va a la calle. “Para eso te pago inútil, eres el director de márketing, de ventas y de publicidad. Haz algo.” Y él rememora esa reunión en el despacho de su jefe. La rememora esa noche en la soledad de su estudio. Y no ha formado aún una familia pero tiene este estudio en Hoxton, o en Haggerston o en Dalston y es lo único que tiene y lo tiene que mantener, for god´s sake. Entonces piensa que se la suda, que mañana tiene que llevar algo, sea lo que sea y que sea lo que dios quiera. Va a proponer lo primero que se le ocurra, lo más absurdo. Entonces se le ocurre el grito o Buzz. Los trabajadores de EAT ganan el mínimo, necesitan dinero, viven para trabajar. Si nadie se ha quejado por las horas o el trato o el trabajo mal pagado no se van a quejar ahora por tener que hacer el Buzz, ¿verdad?, ¿verdad?

No llego a ver el vídeo entero. Le doy a la equis, lo cual borra toda mi aplicación. Me acuerdo de lo que me dijo Jeny el otro día. “Esa gente sólo quería pollo y tal vez por eso les odiaba, o por cualquier otra cosa”.

Esta gente sólo quiere pollo, o sopa, o un flat White (sea lo que sea eso). Es lo único que quieren. Señores, que me cuelguen en una plaza pública si quieren por negarme a hacer una gilipollez soberana como es el Buzz. Menos mal que Londres es grande. Y está plagado de otros trabajos precarios que sí estoy dispuesta a hacer.

El nudo en la garganta.

Veo un reportaje en el British Vogue acerca del cumpleaños de Alexa Chung, al parecer el nuevo icono de estilo en estos tiempos superficiales e inclinados a lo vintage. Como se puede observar, ella es muy vintage y aprendió a hacerse la raya de los ojos como Brigitte Bardot y todo lo explica en un libro titulado “It”, que le han sacado a la venta a la vista de su tirón mediático en el que además expone todas sus influencias de estilo desde que eligió su chupete, hace ya treinta años.

Como decía, el del British Vogue es un reportaje fotográfico acerca del treinta cumpleaños de esta chica, que fue la semana pasada. Y en él aparece gente de todo tipo, a los cuales no tengo el placer de conocer pero a juzgar por sus barbas y sus trajes estrechos deben ser importantes en Central London y tal vez en el Este también -aunque no más allá de Bromley by Bow-. Una fiesta llena de hipsters, flequillos y labios rojos y el cantante de One Direction, del cual nunca dejará de sorprenderme su apellido y su presencia en general.

Entre tanta foto de Instagram, la única información que puedo colegir es que el vestido de la cumpleañera es de Carven. Y sí, es precioso, por algo ella es un icono de estilo. Plisado por los lados, plateado, con cuello de barco. El vestido ideal cuando vas a celebrar tu treinta cumpleaños en la suite de un nuevo hotel londinense de lujo.

Después de ver las fotos me pregunté si esa chica, Alexa, antes de salir de su casa y montarse en el coche negro con asientos de cuero que la esperaría en la puerta, se miraría al espejo ovalado y retro, fijamente, de arriba a abajo. Ataviada con su vestido de Carven y sus zapatitos. Si pensaría que se dirigía a la suite de un hotel a celebrar su treinta cumpleaños, donde la esperaría gente que ella ni tan siquiera conocía, gente que no sabe ni cuántos años va a cumplir.

Que sí, Vogue puede haber pagado la suite y la tarta y puede hasta que haya pensado la dedicatoria escrita con crema en el pastel, más bien impersonal y sosa (“For the smallest pal, Happy Birthday Chung”).

Supongo que en ese momento miraría de nuevo su vestido y pensaría “es de Carven”, y tal vez se lo recordaría dos o tres veces. Antes de que los ojos se le humedecieran un poco más y el nudo en la garganta se hiciera un poco más grande.

No, antes de que eso ocurriera bajó las escaleras precipitadamente y se montó en el coche. Y aunque estuvo a punto de decirle al chófer que condujera sin rumbo, que pasara de largo el hotel y su fiesta, que siguiera rodando sin dirección fija, adelante, corriendo; no lo hizo. Miró con sus grandes ojos verdes y pintados con eyeliner estilo BB a las farolas de la calle y los tejados picudos y marrones y las puertas blancas de la calle, todas iguales. Pensó que esa era su vida, ese era su trabajo, y eso era lo que tenía que hacer. Y aguantaría con los tacones de Manolo Blahnik toda la noche. Aunque tuviera que hacer varias visitas al baño. El chófer esperaba sus indicaciones, con los ojos clavados en ella a través del retrovisor. Él también pudo ver que los ojos de la chica brillaban más que nunca. “Al hotel……” dijo por fin ella. Y recostó su delgada espalda en el asiento de cuero negro, más cómodo de lo que podía parecer a simple vista.

El nudo en la garganta siempre bajo control: nunca olvidar eso en Londres. Siempre bajo control.

El valor de la gente buena.

Como los trabajos de supervivencia en Londres son todos iguales –que cada uno ponga el adjetivo calificativo que crea más conveniente- el único valor que tienen son las personas que trabajan en ellos.

A lo largo de mi estancia en Londres ha habido ocasiones en las que la gente se ha sorprendido, o ha señalado mi inocencia ante el hecho de que me cueste tanto abandonar un trabajo de este tipo aun sabiendo que era una mierda. “Pero si son todos iguales” me dicen. “Tú tienes que buscar tu propio beneficio”, “En todos va a ser la misma mierda”. Y sí, es verdad hasta cierto punto, puedo reconocer. Por eso con más razón, dado que el trabajo va a ser asqueroso de todas formas, estar rodeada de gente buena, en vez de estarlo de esas especies o especímenes llenos de mala leche que Londres ha creado a lo largo de los años lentos y sucios, tiene para mí mucho valor.

Tal vez sea Londres el mejor sitio para valorar realmente la gente buena que se tiene alrededor, gente con la que se trabaja día a día, y creo que esa es una de las enseñanzas principales de esta ciudad: el valor humano cuando todo lo demás no importa nada.

Pasamos más horas trabajando que en nuestra casa. Para muchos, de hecho, las horas de trabajo son las únicas que tienen para socializarse. Y así el trabajo en Londres cumple una doble función, que resultan ser las esenciales en la vida de un ser humano y que aquí se dan mientras se friega o se doblan camisetas: la de supervivencia y la de socialización.

Aun así he podido comprobar que no todo el mundo sabe apreciar aquí el valor de tener unos buenos compañeros trabajando mano a mano, acostumbrados, pienso, a ver pasar a veinte personas en un mes de las que jamás llegaron a saber ni el nombre. Tal vez han aprendido ya entre esas oleadas de gente sin nombre que va y viene, que todos somos reemplazables y que todo el mundo es prescindible sin importar cuánto tiempo lleve trabajando o lo bien o mal que haga este tipo de trabajo. Total, cualquiera puede fregar o barrer o servir copas o doblar pantalones.

Supongo que todo forma parte de este carrusel que es Londres, donde todo va girando muy deprisa y hay que ser muy avispado o tener mucha suerte para subir y bajar en el momento adecuado. Yo, mientras tanto, prefiero observarlo todo desde un rincón y recordar, como recuerdo, todas y cada una de las personas, compañeros, que he conocido trabajando desde que llegué a Londres. A unos –los menos- hubiera sido mejor no haberles conocido nunca y otros –la mayoría- me han enseñado a apreciar el valor de la gente buena, la que aún no se ha deformado –y espero que nunca lo haga- por el paso del tiempo y las vueltas de este carrusel. Eso sí, Londres siempre será una buena fuente de personajes.

Por eso siempre me costará decir adiós y citaré a Holden Caulfield cuando, al final de su pequeña historia concluye: “Don´t ever tell anybody anything. If you do, you start missing everybody”.

 

Estamos encantados.

IMAG0394_1

M. trabaja seis días a la semana, entre ocho y diez horas, si no más. Cada vez que alguien se pone malo le llaman a él y ahí se planta M en seguida, a veces con una sonrisa y otras… En fin.

Lleva un año y medio trabajando para la empresa de hostelería en cuestión y sigue cobrando el mínimo legal en Reino Unido: seis libras con diecinueve peniques. Cuando ha habido ascensos en la plantilla, como elegir nuevos supervisores, jamás han contado con él. Dice que como tiene una carrera universitaria, los managers saben que tarde o temprano se irá de la empresa. Y esto él te lo cuenta como si fuera la cosa más normal del mundo, como si estuviera leyendo la Constitución en voz alta, como si fuera lo que corresponde, lo justo. Como si no hubiera ni que dudarlo.

Me dice que casi no sale, que no tiene vida social. Claro, me dice, librando sólo los domingos está tan cansado que no tiene ganas de nada. Me lo cuenta en nuestro descanso para comer, de sólo media hora. Llevamos cuatro horas trabajando y aún nos quedan otras cuatro, o seis. Intento que me hable de su vida, de otras cosas. Es imposible, en seguida se desvía del tema y me empieza a hablar de dónde tengo que recoger los sándwiches por la mañana y a dónde llevarlos y los diferentes ingredientes de los que están hechos.

M. estudió una carrera universitaria en España y su sueño es poder trabajar en algo relacionado con su carrera aquí, en Londres. Después de  más de un año viviendo aquí se quiere examinar del First. El First… Trabaja rodeado de españoles, vive con españoles. El único inglés que habla cada día es para decir “Hi” y “Anything else?”

Ha llegado a trabajar diecinueve días seguidos sin un sólo día libre. Y dice que no le importa porque se quiere pedir una semana de vacaciones en octubre y dos en diciembre. Le digo que es su derecho, que no le está haciendo un favor a nadie. “Ya pero tú sabes, si voy a pedir, hay que dar algo a cambio también”. Ahora recuerdo que en nuestro contrato las vacaciones, si nos corresponden, pueden ser rechazadas si a la empresa no le viene bien.

C., después de dos años trabajando ininterrumpidamente para la misma empresa de hostelería, por fin ha conseguido un aumento de treinta peniques en el sueldo y que le dejen todos los fines de semana libres. Me dice que ha llegado a trabajar varias semanas seguidas doce horas cada día. “Por gente que se ponía mala, por falta de personal, por h o por b…” Me lo dice también con una tranquilidad que me asombra y que, reconozco, me asusta.

Después de dos años él, al menos, ha conseguido que le suban el sueldo simbólicamente. Lo que no ha conseguido tampoco es que le asciendan de puesto. También le han dicho lo de la carrera universitaria. El general manager -que aparece en contadas ocasiones, inglés, con pinta sospechosa y desordenada, con pinta de usuario de páginas web de entretenimiento nocturno- es a él, a C., a quien da las órdenes y echa las broncas sin tan siquiera dar los buenos días.

Y por eso dicen que aquí aprecian mucho la forma de trabajar de los españoles. No en vano lo somos toda la plantilla menos dos. Que somos los más trabajadores, dicen con entusiasmo y con sonrisa psicótica. Y a nadie le extraña, nadie se pregunta siquiera por qué.

Estamos encantados de vivir en Londres como si estuviéramos en España. Trabajando diez horas con sólo media hora de descanso. Encantados. Teniendo que aguantar groserías y malas formas que ni siquiera entendemos. Encantados. Nuestras tareas sobrepasan el límite de las estipuladas en nuestro contrato, cuando lo hay. Aunque en realidad ni siquiera nuestras tareas están escritas en nuestro contrato. Encantados. Pasa el tiempo y pasan los años. Estamos encantados.

*

Estoy orgullosa de formar parte del enorme número de jóvenes españoles que se matan a trabajar en Londres por las razones que sean, que como yo digo, siempre van más allá de lo económico o del aprendizaje del inglés. Pensamos en España desde la distancia, pensamos en volver y entonces nos damos cuenta de que lo que nos espera allí tampoco es un paisaje mucho más esperanzador que el que tenemos aquí. Mi único deseo sería que hablásemos más alto y lucháramos más por nuestros derechos aunque para ello nos tuviéramos que preparar un speech el día anterior, diccionario en mano.

PD: esta entrada no está basada en ninguna persona ni historia en particular sino en todos los españoles y sus circunstancias que he ido encontrando a lo largo de mi estancia aquí. Las iniciales son ficticias y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

 

Mujeres valientes (que he conocido a lo largo de mi vida).

Hace unos días hizo un año que llegué a Londres. Intenté hacer eso que odio tanto pero que no paro de hacer (como tantas cosas en mi vida): un balance. Al ver que la parte de ganancias no era todo lo gruesa que me hubiera gustado, lo dejé. Porque acabo de firmar un contrato de tres meses en la habitación en la que estoy viviendo.

En un alarde de originalidad abrí el Facebook, y al ver una foto que una buena amiga subió recientemente –una foto que ya le confesaré a ella más adelante- me vinieron a la cabeza dos palabras: mujeres valientes. Esa foto, o la historia que hay detrás de esa foto, fue lo que me llevó a escribir sobre este tema. Un tema que, para mí, no sé por qué, es tan difícil.

Siempre me ha gustado rodearme de personas interesantes. He tenido la gran suerte de que este hecho se haya dado por pura casualidad, y no porque yo haya ido buscando y seleccionando sólo a la gente que me pareciera interesante. Gente que me aportara aprendizajes, experiencias y formas distintas de ver y vivir la vida.

Muchos de esos ejemplos y esas historias y esas influencias, me las han aportado las mujeres que siempre me han rodeado, o que en alguna parte de mi camino he tenido la suerte de encontrarme. Desde mi madre, la que lo hizo siempre, hasta las amigas más recientes, pasando por las importantes de la adolescencia –por la dificultad de la edad, en especial (lo reconozco) de la mía-.

Últimamente suelo irme a correr. Obviamente, veo tanto a hombres como a mujeres haciendo el mismo ejercicio que yo. Pero me llama la atención -y no sé por qué- la cantidad de mujeres que, como yo, disfrutan paseando o corriendo solas por la calle, caminando lentamente, con expresión de satisfacción en sus caras. Tal vez me impresiona porque yo misma, hace unos años, me veía incapaz de hacer lo que ahora hago: viajar para trabajar en África, venirme a Londres sola… Y buscar (y amar) la soledad. También es que hace unos años, no tantos, ver a una mujer caminando o yendo al cine sin ninguna compañía más que la de ella misma, hubiera sido fruto de comentarios sigilosos y miradas de reojo.

Y otra vez pienso en las dos palabras: mujeres valientes. La s que no están pendientes de una llamada, cuyo bienestar no depende de que esa llamada se produzca. Las que cogen el teléfono y dejan de esperar. Las que en vez de quedarse en casa salen a la calle. Las que en vez de salir a la calle se quedan en casa. Las que viajan solas, las que empiezan un proyecto y las que lo terminan. Las que lo intentan y fallan. Las que lo intentan y triunfan. Las que miran hacia delante y no “caminan como si un séquito de hombres fuera detrás de ellas”, como sugiere un famoso diseñador de moda que hagamos –a mí eso me daría bastante vergüenza, fueran hombres o mujeres los que me siguieran, y me resultaría incómodo-.

Con el tiempo me he dado cuenta de que se puede seguir la moda, vestir “a la última”, gustarte la ropa y las tendencias sin tener que dedicarte el “fashion bussiness”. Que puedo admirar igualmente a Anna Wintour y a Miuccia Prada sin perseguir ser la directora de Vogue América o la directora creativa de una marca de lujo. Que sus enseñanzas se pueden extrapolar a cualquier campo. Que el liderazgo que las mujeres ostentan en campos como la moda es aplicable a cualquier campo, porque la moda es, al fin y al cabo, un negocio. Da igual que el trabajo sea como limpiadora, directora de una multinacional o investigadora. Que lo que importa es el valor y el carácter.

Una mujer valiente no es la que no tiene miedos. Es aquella que, teniéndolos, se enfrenta a ellos y los supera.

Una ventana.

Una ventana, hace más de cinco años, un atardecer de verano en Londres mientras sólo era una turista en sus calles, fue lo que me hizo enamorarme de Londres. Fue lo que me hizo soñar con vivir ahí, con vivir así. El sol empezaba a esconderse, la luz estaba ya teñida del característico gris de Londres, sea cual sea la estación del año en la que nos encontremos. Un gris maravilloso que siempre recuerda el fondo, lo que hay cuando se pone el sol. Yo paseaba con mi familia por el barrio de Knightsbridge –para algo éramos turistas- pero podía ser cualquier barrio adinerado del centro, o del oeste.

La fachada del edificio, de ladrillo rojo, parecía una casa de muñecas a tamaño real. Las ventanas blancas, ni tan siquiera un poco ennegrecidas por la polución, pues por esos lares los coches, si los hay, son eléctricos, grandes, caros y se usan poco.

Aquella ventana de grueso marco blanco marfil dejaba intuir la grandiosidad del interior de aquel hogar. ¿Sería de una pareja joven, él bróker y ella ex estudiante de Historia del Arte frustrada por una boda precipitada? ¿O serían los herederos de Lord Huntington, recientemente fallecido, los habitantes de la casa? ¿O tal vez de algún familiar de la reina?

La ventana estaba abierta de par en par pues, aunque no hacía un calor sofocante, también en Londres es necesario abrir las ventanas de vez en cuando. Una luz anaranjada, débil y cálida se proyectaba desde algún punto del interior de la estancia. Era una fiesta. Bueno, más bien una reunión de amigos y champán caro y vestidos de cóctel y pintalabios rojo. Me acordé de Clarissa Dalloway -¿en aquel momento había leído ya el libro?-. La lámpara sería antigua, comprada en una de esas tiendas de antigüedades y decoración de Charing Cross Road, Portobello o Chelsea. Una de esas lámparas cuya tulipa está hecha de pequeños trozos de cristal grueso de varios colores. Amarillo, azul, verde, rojo, naranja. Todos ellos se reflejan en las caras de los invitados a esa fiesta. Hay un joven médico recién licenciado, hijo de un acaudalado propietario de terrenos de Londres, soltero y buscando una buena chica para casarse. También hay un banquero de unos cuarenta años que nunca se ha casado ni tiene ganas de hacerlo, sólo quiere engañar a alguna inocente chica que, empezando su carrera en el mundo de las finanzas, le gustaría que alguien más experimentado la ayudase para avanzar en su carrera… Luego está una joven diseñadora de cucharas de madera cuya tienda, cerca de Hoxton, la mantienen sus trabajadores y jubilados padres. Y también está Holly, o Courtney o Lauren, que trabaja en el departamento de publicidad de los supermercados más famosos de Londres, y que no para de mirar al banquero cuarentón meneando sus pestañas postizas una y otra vez.

Pero una pareja se apoyaba en aquella ventana. Él, sentado, llevaba traje pero se había quitado la chaqueta y subido las mangas. Sostenía su copa de champán y escrutaba con interés la cara de su compañera que, de pie frente a él, sujetaba la suya y también le miraba, con una media sonrisa. Ninguno de los dos sabía muy bien qué hacía allí pero querían aprovechar el champán gratis antes de desaparecer disimuladamente por la puerta de servicio.

Tengo que dejar de enamorarme de las ventanas de Londres, de las gafas de pasta y de las barbas recortadas por el barbero rockabilly del Soho, de los pantalones de pitillo y los zapatos estilo años veinte. Porque como siga enamorándome de todas esas cosas acabaré creyéndomelo, creyendo que todo eso es real, cuando no lo es. Que tras esa ventana duerme un bangladeshí que trabaja doce horas al día, que el dueño de esa barba recortada hace capuchinos en una cafetería de Brick Lane, y que conseguir ese sueño de glamour y paseos con café take away y fiestas con pintalabios rojo y “¡oh! ¿sabíais que apareció Kate Moss en la fiesta? Yo no la vi pero me lo han contado” es sólo, tal vez, para Holly, o Courtney, o Lauren.

 

Over. Gintonic.

 

IMG_20130825_164414Summer is over. NOG.

Leyendo un artículo  en el periódico sobre Callahan y Weston, unos fotógrafos a los que no conocía hasta ahora, escrito por Muñoz Molina a propósito de una exposición en el Círculo de Bellas Artes sobre la obra de estos dos artistas, me acuerdo de que llevo días dándole vueltas a algo realmente interesante sobre lo que escribir, algo que no suene a sacado de la manga para subir la entrada semanal. Entonces interrumpo mi lectura debido a este pensamiento, pero también porque pienso que si yo no voy a escribir así prefiero no escribir. Es sólo un momento porque acto seguido pienso que de todas formas seguiré escribiendo. Si lo hago bien, alguien me leerá y reconocerá, si lo hago mal no me leerá nadie o, en el peor de los casos, acabaré firmando libros de autoayuda en El Corte Inglés.

Pero es que cada vez que cojo el bolígrafo y el cuaderno sólo se me ocurre una frase. Una tan manida como decir te quiero o como escribir sobre la Navidad: se ha acabado el verano. Y como se me ha pasado tan rápido y no he hecho ni la mitad de las cosas que quería hacer –encerrarme para escribir, encontrar la confianza en mí misma, hacer un currículum perfecto en inglés, buscar el trabajo de mi vida e intentar encontrarme a mí misma- he hecho en pocos días cosas sin sentido, cosas raras. Como por ejemplo, ir a misa. No tenía ninguna razón, al menos ninguna consciente, y tampoco ninguna motivación espiritual ni religiosa.

El cura, que ha resultado darme la impresión de ser un estudioso de la Biblia –lo cual es un logro para mí- ha dicho algo de “entrar por la puerta estrecha”. No sé el sentido religioso que eso tiene, de hecho no sé si tiene algún sentido, pero yo lo he interpretado como la puerta estrecha por la que atravesamos todos los que nos atrevemos a soñar. Y los que tenemos esa disposición sabemos que también la tenemos para atravesarla, ya no tanto por valentía sino por terquedad.

Hay una frase de Oscar Wilde, una de mis favoritas, escrita en un monumento dedicado a él en Londres. Es un pequeño trozo de pierda, con extraña forma de ataúd –o de puerta estrecha, ahora que lo pienso- cerca de la National Gallery. La frase dice en inglés “Todos estamos en la mierda pero algunos de nosotros estamos mirando a las estrellas” La traducción es libre y es mía. (We are all in the gutter but some of us are looking at the stars).

*

Entré en un bar de carretera, a las cuatro de la tarde, en un pueblo pequeño, polvoriento y ventoso de la provincia de Albacete. Cinco trabajadores del campo se reunían a charlar y relajarse. Tres pasaban los setenta años, otros dos no tenían más de cuarenta. Bebían sendos copazos de gintonic. Eran las cuatro de la tarde, y todos reían. Los camareros y dueños del bar se unían a ellos.

Lindo haberlo vivido para poderlo contar, o historias del 25.

Ocurrió a la hora de la comida, cuando ya estábamos terminando. Mi abuela lo dijo como dicen las cosas todas las abuelas: como quien no quiere la cosa, y sin intención de hacer daño, pero lo sueltan. Y yo la quiero mucho, que conste, pero hay cosas que las abuelas no se pueden callar. Quizá piensan que si lo dejan así, en el aire, tarde o temprano surtirá  su efecto. Nos estaba contando cómo vino ella a parar aquí, a este pueblo del sur de España. Y nosotros la escuchábamos atentos, aunque hayamos oído la historia un millón de veces, porque nos encanta esa historia.

“…entonces mi madre me dijo que me viniera con mi tía, que estaba aquí sola. Así que vine aquí, y no me quise volver, porque me gustaba más esto. Aquí ya tenía mis amigas, me apunté a clases de costura, tenía mis pretendientes… Eso es lo que te tienes que echar tú, un pretendiente, que te haría falta…”

Al menos mi abuela me concedió el privilegio del condicional.

Entonces viajé a Londres, a los asientos de la primera fila de la planta de arriba del 25, nuestro autobús, nuestro punto de encuentro, nuestro bar, nuestro confesionario, nuestro escaparate, nuestra ruta habitual hacia Brick Lane y Shoreditch y el Wiltons. Primera parada: el Tesco de Whitechapel, para llenarnos el estómago con algo. Porque había veces que sólo habíamos comido humus y pan de pita, o unas tostadas con mantequilla y –con suerte- zumo de naranja. El menú del Tesco: un sándwich, bebida y bolsa de patatas, tres libras. El resto, escaso, para las cervezas que vendrían a continuación. A veces, si no hacíamos la parada previa en el Tesco, sólo con dos ya caminábamos haciendo el hundimiento del Titanic.

Una noche cerramos el Wiltons. Era una de esas noches, y yo ya se lo había avisado, de “make it or break it”, y sabía que esa iba a ser la noche. Había habido función, “El Gran Gatsby” -que nunca llegamos a ver, a pesar de que siempre que la obra terminaba y veíamos salir a toda esa gente disfrazada de los años veinte y bailando charlestón junto a la banda de jazz que tocaba en directo, nos prometíamos que antes de que acabara el mes iríamos a verla-.  Fue sólo uno de los innumerables planes que nunca hicimos. Porque nuestra historia se cimenta con lo que nunca hicimos. O con lo que nos queda por hacer.

Lo de cerrar el Wiltons fue un poco gracias a que uno de los camareros had a crash on ella, crash que no era recíproco. Porque nosotras ya nos habíamos repartido los camareros, por supuesto siempre en nuestra imaginación… Acabamos bailando el tema principal de Pulp Fiction las dos solas, rodeadas sólo por los camareros de aquel mágico sitio. Decidimos abandonar on the top, como convenimos que hay que hacer las cosas, a las cinco de la mañana. A pesar de que todas las cervezas corrieron a cargo de los camareros, aquella noche ninguna mordió la manzana equivocada.

En aquel 25 también, fue cuando llegamos a la conclusión de que nosotras lo que queríamos, básicamente, es que nos dejen en paz. Decidimos llevar por bandera la soledad radical, el rechazo incuso, a perder el tiempo. ¿Que nosotras necesitamos pretendientes? Nah, preferimos un buen libro, o en su caso, una buena serie.

 

El ochenta por ciento de las cosas que me han pasado en Londres ha sido con ella, con Jeny. Nunca hemos sabido lo que somos, y ojalá que vivamos en constante curiosidad por saberlo. Aunque siempre supimos lo que no somos: “Yo no soy guionista y tú no eres psicóloga”, decía.

Su forma de estar en el mundo es desapareciendo. Cuando la buscas ya no está. Y antes de que se la pueda echar de menos vuelve a aparecer. De eso me di cuenta un día, y me enfadé muchísimo con ella. Entonces un día leí en su blog, Artista Sin Mecenas: “He aprendido a huir de lo que amo con cierto aire despreocupado. Y antes de que nadie note mi ausencia, ya todo es recuerdo con banda sonora y aroma esquivo. (…) He ganado y la he jodido. Cuánto y cómo la he jodido y con qué estilo”.

Y a pesar de esto nunca he hecho con ella una “nereidada”, como ella dio en llamar al comportamiento llevado a cabo por mí, consistente en retirar la palabra inmediatamente y eliminar números de teléfono y amigos en Facebook. No podría. Eso sólo lo hago con determinado género. Y desde luego nunca con amigos de verdad.

Al final me daba la sensación de que ella vivía y hace de su vida un guión de cine: el que a ella le gustaría contar y a mí me encantaría leer. “Lindo haberlo vivido para poderlo contar”, como cantaba el argentino Jorge Cafrune, del que no sabía nada hasta ayer, que leí esta frase en el libro que me estoy leyendo. Y pensé que resumía mi vivencia en Londres que está invariablemente unida a ella y a nuestras aventuras.

A ella no la he hecho una entrevista principalmente porque ella está en el norte y yo estoy en el sur, y mis entrevistas no son eso –sería mucho decir- sino que son simplemente conversaciones con gente que me enseña cosas. Y nunca me las preparo, sino que las improviso sobre la marcha. Pregunto más por curiosidad egoísta que por informar de algo que ni tan siquiera yo sé lo que es. 

Así que le pedí que hiciera el Decálogo sobre Cómo Vivir la Vida, según Jeny Severson.

Eso es lo que le pedí… Y esto es lo que me mandó. Que disfruten.

¿Los diez “mandamientos” de cómo vivo mi vida? Me alegra que no me hagas esa pregunta. Tras darle algunas vueltas, los he reconocido como reglas que se enfrentan a lo que podríamos llamar mi Biblia, Corán, Torah, El capital o cualquier otro libro que haya dominado al ser humano, en este caso, a mí. Porque los dictámenes, sean cuales fueren e incluso los míos propios, me aburren y disgustan. Sencillamente, me gusta pensar que vivo la vida como me da la gana, dependiendo de las circunstancias, de mi voluntad y si no para mi bienestar, por mi bien. Con todos sus intentos fallidos. Creo que todo razonamiento comienza con un por qué, y como me supongo y quiero suponer un ser racional, me lo pregunto y respondo. Y ya en la respuesta, es donde me lo curro un poco más. Pero así como nos salimos de la teoría, nos encontramos con el mundo tal y como el hombre ha sistematizado para el hombre. Con sus normas y funcionamiento; inestable, volátil, voluble, hostil, agresivo. Y no apruebo la imposición, pero como soy un ser gregario y pretendo seguir siéndolo, me adapto. Me adapto porque puedo y como estoy en desacuerdo, participo no más que lo necesario. Mi sistema social es la mezcla entre mi carácter y un curioso balance entre libertad y respeto. Así, como lo poco que conozco del mundo es a través de mí, lo trato con equidad y su beneficio se convierte en mi beneficio porque este mundo es mi hogar, y me gusta hacer de mi hogar un lugar mejor donde vivir. Y después esa búsqueda sin prisa de algo más, entre pasión, vicio y disfrute…