Etiquetado: soledad

Vida de esta chica.

vida de esta chica

Ella “había sido retirada” del mundanal ruido tras su divorcio con Joe DiMaggio y para “descansar” de la presión de trabajo, de su contrato de hierro con la Twenty Century Fox lleno de películas mediocres que se reservaban especialmente para ella. Una vez más arrastrada, esta vez al retiro, disfrazado de decisión propia, de necesidad de reflexión, de recapitulación. Marilyn se muda a Nueva York, a una habitación vacía del hotel Ambassador. No hay nada más deprimente que una estantería de mimbre vacía y una cartulina con el logo del hotel: listado de bebidas, horario de desayunos, teléfono de la recepción.

En Nueva York le esperaban nuevas órdenes y además un fotógrafo que la seguiría a todas partes llamado Ed Feingersh que resultó ser el único que consiguió retratar a la verdadera Marilyn, o mejor dicho, a Norma Jane. En su lujosa habitación vivió y convivió con su representante, con el fotógrafo, con Milton Greene, y con todo aquel que se creía con derecho a opinar sobre las costumbres de esta inestable chica: había que vigilarla.

Le esperaban también más estrenos, más escotes, más Chanel número 5 y más espectáculos. El más bochornoso: ella vestida de pin-up sobre un enorme elefante rosa en el Madison Square Garden. Rodeada de locos fotógrafos de la prensa y de caza-autógrafos. La seguridad de entonces no era la de ahora: comparad con alguna pseudo-estrella de hoy en día y sus hordas de guardaespaldas. Cualquiera que alargase la mano podría trepar por sus piernas, aunque a Marilyn no parece preocuparle mucho.

Días antes de este espectáculo Marilyn acudía a estrenos, nunca le faltaba su amplia sonrisa de portada de revista. Luego llega a su habitación y el fotógrafo contratado para ser su sombra retrata las dudas y las miradas perdidas. “For once in my life let me get what I want, lord knows it will be the first time”, parece que piensa ella.

Un retiro forzado, disfrazado de voluntad en el marco de “pobre Marilyn, mirad lo que la habéis hecho”. Y la certeza de que jamás tuvo al lado a un verdadero amigo que la escondiera de todo, que la protegiera de nadie, de ella misma. Todos querían más dinero, seguir estirándola, apretando el corsé alrededor de su cintura hasta la extenuación. Pechos arriba y bien firmes.

Mientras se prueba el vestuario que llevará cuando se monte en ese pobre elefante teñido de rosa, un grupo de mirones -sus propios asesores- se arremolinan en torno a ella con la buena excusa de supervisar. Todos miran al mismo punto de su anatomía, o tal vez a dos. Ninguno a sus ojos. Afortunadamente el fotógrafo que es su sombra está ahí para captarlo. En las bambalinas por fin está sola, o casi. El fotógrafo que es su sombra está con ella. Marilyn sólo ve una cámara, no ve al hombre que hay detrás. Y ella se comunica con la cámara, con la única que puede hacerlo. Con ella se desnuda. Con ella habla, nos está diciendo algo a todos y no le importan las consecuencias. Nos está diciendo algo muy claro y que penetra más que las palabras. Lo está diciendo de la única forma que sabe, de la única forma que puede: frente a una cámara.

Foto: Ed Feingersh.

Anuncios