Etiquetado: Verano

Over. Gintonic.

 

IMG_20130825_164414Summer is over. NOG.

Leyendo un artículo  en el periódico sobre Callahan y Weston, unos fotógrafos a los que no conocía hasta ahora, escrito por Muñoz Molina a propósito de una exposición en el Círculo de Bellas Artes sobre la obra de estos dos artistas, me acuerdo de que llevo días dándole vueltas a algo realmente interesante sobre lo que escribir, algo que no suene a sacado de la manga para subir la entrada semanal. Entonces interrumpo mi lectura debido a este pensamiento, pero también porque pienso que si yo no voy a escribir así prefiero no escribir. Es sólo un momento porque acto seguido pienso que de todas formas seguiré escribiendo. Si lo hago bien, alguien me leerá y reconocerá, si lo hago mal no me leerá nadie o, en el peor de los casos, acabaré firmando libros de autoayuda en El Corte Inglés.

Pero es que cada vez que cojo el bolígrafo y el cuaderno sólo se me ocurre una frase. Una tan manida como decir te quiero o como escribir sobre la Navidad: se ha acabado el verano. Y como se me ha pasado tan rápido y no he hecho ni la mitad de las cosas que quería hacer –encerrarme para escribir, encontrar la confianza en mí misma, hacer un currículum perfecto en inglés, buscar el trabajo de mi vida e intentar encontrarme a mí misma- he hecho en pocos días cosas sin sentido, cosas raras. Como por ejemplo, ir a misa. No tenía ninguna razón, al menos ninguna consciente, y tampoco ninguna motivación espiritual ni religiosa.

El cura, que ha resultado darme la impresión de ser un estudioso de la Biblia –lo cual es un logro para mí- ha dicho algo de “entrar por la puerta estrecha”. No sé el sentido religioso que eso tiene, de hecho no sé si tiene algún sentido, pero yo lo he interpretado como la puerta estrecha por la que atravesamos todos los que nos atrevemos a soñar. Y los que tenemos esa disposición sabemos que también la tenemos para atravesarla, ya no tanto por valentía sino por terquedad.

Hay una frase de Oscar Wilde, una de mis favoritas, escrita en un monumento dedicado a él en Londres. Es un pequeño trozo de pierda, con extraña forma de ataúd –o de puerta estrecha, ahora que lo pienso- cerca de la National Gallery. La frase dice en inglés “Todos estamos en la mierda pero algunos de nosotros estamos mirando a las estrellas” La traducción es libre y es mía. (We are all in the gutter but some of us are looking at the stars).

*

Entré en un bar de carretera, a las cuatro de la tarde, en un pueblo pequeño, polvoriento y ventoso de la provincia de Albacete. Cinco trabajadores del campo se reunían a charlar y relajarse. Tres pasaban los setenta años, otros dos no tenían más de cuarenta. Bebían sendos copazos de gintonic. Eran las cuatro de la tarde, y todos reían. Los camareros y dueños del bar se unían a ellos.

Los huecos siempre traicionan.

Desde aquella amplia terraza se podía observar la playa, a tan sólo unos pasos desde el portal. La playa, que aún sigue siendo la misma con el paso de los años, no es una playa abarrotada y gigante como las de otras partes de la costa mediterránea española. Es, en cambio, una playa humilde en sus medidas y a la que la gente  va exclusivamente a bañarse. No se ven, afortunadamente, cuerpos aceitosos y musculados y embutidos en silicona artificialmente hasta la extenuación. Al contrario, los bañistas suelen ser familias muy grandes con dos o tres sombrillas y una nevera llena de comida para pasar el día; señoras mayores flotando relajadamente en la orilla; niños haciendo castillos de arena… Hasta se puede leer un libro.

Desde aquella terraza se podían observar todas estas escenas y muchas más, observando a los veraneantes y a los autóctonos recorrer el paseo marítimo de arriba a abajo.

En aquella terraza había unas sillas blancas de plástico, un par de tumbonas plegables y una mesa redonda. Allí se hacía la vida: desde el desayuno -con un periódico y un café los mayores, y la leche con churros los más pequeños- hasta la cena.

Las habitaciones sólo se utilizaban para dormir, y el salón se convirtió en invisible por el uso nulo que se hacía de él: era sólo el preludio de la promesa: la terraza. En ella se soñaba, se jugaba, se inventaba, se reía…

Era, además, el punto de encuentro de familia y amigos, y el punto de partida antes de salir a ningún sitio. Es lo que pasa con los lugares que tienen alma, que hay algo en nuestro interior que siempre nos arrastra a ellos sin saber por qué, incluso a pesar de nuestra negativa a veces, cuando somos conscientes de ese efecto.

Por eso ahora, después de muchos años, siento una punzada en el estómago cuando veo que los nuevos veraneantes de esa casa se pasan el día en el salón. Ahí están, se pase a la hora que se pase: pegados al sofá, intentando encajar todos en una suerte de Tetris para poder ver bien la televisión. Las sillas, en la terraza, están vacías, muy bien colocadas: alineadas mirando a la nada, más objetos que nunca. No contentos con eso, han decidido poner una especie de muro de paja que les otorga privacidad seguramente avergonzados de pasar así el verano, conscientes de su delito.

Es lo que pasa, que hay veces que aunque uno se quiera esconder, los huecos siempre traicionan, y más en una terraza de verano abandonada.

Madrid, un día del mes de Julio.

Justo al final de mi calle hay un Rodilla que parece que ha estado siempre ahí. Al menos yo lo recuerdo siempre ahí. Sentada sobre su bolsa de tela verde está, desde antes de que me marchara a Londres, incluso desde antes de terminar la universidad, una chica que siempre parece igual de joven, pidiendo dinero. Lleva un pañuelo en la cabeza, lo lleva a modo de banda, como se lo ponían las mujeres en los años cincuenta o sesenta para no despeinarse cuando hacía viento. Sus rasgos no son españoles, y es extremadamente bella. Su piel es ligeramente tostada, e incluso sus manos son perfectas. De vez en cuando se coloca el pañuelo, o pone bien la foto de ella con un bebé, que debe ser su hijo, y siempre ha sido el mismo bebé desde hace años. Ella es la única persona que, a pesar de estar casi a la altura de los zapatos de los transeúntes y tener que mirar siempre hacia arriba, no tiene una expresión de inferioridad. Ni siquiera de pena. De hecho mira a la gente que pasa a la cara, y no es una expresión ni demandante ni desafiante, sino de verdadera curiosidad. No se mueve de su sitio, haga frío o estemos a casi cuarenta grados, como ahora. He pensado muchas veces que si yo tuviera una agencia de modelos, o fuera una directora de cine, sin duda cogería a esta chica de la calle y la haría protagonista de una película. Pero a lo mejor ella ni siquiera querría, porque hay algo en su mirada que transmite serenidad, como si esa fuera la vida que quiere llevar, sin que nadie le diga lo que tiene que hacer, sin horarios, la libertad total. Sin tan siquiera tener que pedir nada, abandonándose a la voluntad de los transeúntes, algunos reparando en ella, otros casi tropezando sin verla. En su mirada veo inteligencia, fortaleza y seguridad. ¿Por qué iba a querer formar parte de esta sociedad? ¿Qué hay de bueno en ella? ¿Qué le podría aportar? ¿Por qué iba a querer jugar el mismo juego?

*

Voy con mi padre por la calle. Una madre y su hija dan un paseo. De repente la madre nos para -bueno, para a mi padre- y le pide algo para poder comprar algo de comer.

*

En la sala de espera del médico de la Seguridad Social en Madrid se pueden escuchar conversaciones de todo tipo. Algunas son deprimentes y otras pueden llegar a ser tremendamente cómicas. Yo he tenido que escuchar muchas conversaciones en salas de espera de hospitales públicos y no públicos. Las de los públicos siempre eran más interesantes. A veces también más crudas. En las salas de espera de los hospitales se conoce la verdadera naturaleza humana.

Ayer una señora mayor llegó con su marido. Ella hablaba mucho y muy alto. Él todo lo contrario. Ella se movía mucho, era bastante morena de piel, sonreía todo el rato, intentando darle conversación. Ella le sonreía y le miraba con amor, con esa mirada profunda de los enamorados, pero con la consciencia de “las cosas”, que supongo que sólo te dan los años. Intenté imaginar cuánto tiempo llevarían juntos, sorprendiéndome de que se pudiera conservar esa mirada después de tantos años. De repente sentí que esta pareja octogenaria se lo debía haber pasado estupendamente cuando eran jóvenes. Y ahora también, pero él no conservaba la misma energía, aunque hacía claros esfuerzos.

– Mira, lee esto – le decía ella, enseñándole un panfleto con recomendaciones para el calor-. ¡Por las dos partes!

Tras un silencio, ella volvía a hablar.

– Te he comprado Coca Cola, sin azúcar pero esta vez con cafeína.

A él le costó entenderla, o tal vez no la escuchó bien, y ella se lo repitió. Él tenía el pelo muy blanco y la piel muy pálida. Parecía mucho más mayor que ella.

– ¿Y por qué me la has comprado con cafeína? -preguntó él, suavemente.

– Pues para que te tonifique.

Entonces no pude evitar sonreír. Siempre intentamos que el pasado vuelva, que todo sea como antes. Nos preguntamos por qué no es igual, no lo entendemos. A lo mejor la cafeína puede hacer algo.

Salió la doctora a nombrar a los pacientes. Dijo mi nombre, luego otro, luego otro y luego el del marido de la señora. Ella se sorprendió porque otra paciente, también una señora mayor, se llamaba Dionisia, como su marido que se llamaba Dionisio.

– ¡Anda!, se llama usted como mi marido, Dionisio.

– Uy, no me diga. Pues hola tocayo. Ya no hay mucha gente que se llame Dionisio o Dionisia.

– Bueno, ¿en tu pueblo hay dos, no? -pregunta la señora a su marido.

– Yo cuando ya me hice mayor le pregunté a mi madre, “Madre, ¿pero cómo se le ocurrió a usted ponerme Dionisia?”

– Bueno, nuestro hijo también se llama Dionisio.

– Ah, pues claro qué bien. Como debe ser.

– Yo la verdad que prefiero Dionisio a Dionisia. Dionisia me parece feo, Dionisio sin embargo está bien.

Y en este punto yo no pude evitar reírme. Incluso otras personas en la sala levantaron la mirada para ver la cara de la señora llamada Dionisia. Entonces el marido, en un intento infructuoso de arreglar la situación, participó en la conversación por primera vez:

– Yo creo que es que cuando nacimos separaron a los más feos y dijeron “a este Dionisio y a esta Dionisia”.

Y la verdad es que al matrimonio le hizo bastante gracia, no así a a la señora Dionisia.

– El que es un nombre bonito es Nereida, porque te llamas Nereida, ¿verdad? -me preguntó la señora alegre, con su sonrisa. Y yo me sorprendí, porque normalmente la gente no recuerda mi nombre ni aunque se lo haya repetido cinco veces, y me sorprendió que esta señora, habiéndolo escuchado sólo una vez, aún se acordara.

-Uy, qué nombre más raro. Yo no me acordaría nunca de ese nombre -dijo la señora Dionisia.

Terminé pensando que mi única condición si voy a llegar a ser vieja es ser como esa señora alegre del señor Dionisio. Y si no, paso de ser vieja.

*

Sigo andando con mi padre. Al pasar enfrente de una droguería que solía ser famosa en el barrio por ser una de las más caras y exclusivas, una joven empleada, que reparte papeles que prometen un regalo “sólo por entrar” a la tienda, habla con un hombre mayor.

– Porque tal y como están las cosas… ¿para qué voy a traer una criatura al mundo?- comenta ella.

*

Por fin llegamos a la tienda de la operadora de móviles a la que nos dirgíamos. Hay una nueva empleada. Se nota porque aún no tiene el uniforme, lleva un vestido verde. Es rubia teñida, con el pelo corto. Es tan delgada que se le notan los huesos de los codos y la clavícula y las piernas son como las ramas de un árbol, su mirada algo perdida y a la vez alerta de todo lo que pasa, o al menos eso intenta. Dentro sólo hay una cliente y nosotros. La nueva empleada está encaramada al mostrador pero por fuera, junto a la cliente, e intenta enterarse de todo, aunque nadie le explica nada. Ella no habla, sólo escucha, o eso parece, aunque a veces no puede evitar perder el hilo y mirar hacia la puerta de cristal que da a la calle.

Debe de tener entre treinta y cinco y cuarenta años. Una chapa en el lado derecho de su pecho reza: ” Rosario. Estoy aprendiendo”.