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¿Existió?

La encontré en el albergue sólo-para-mujeres en el que decidí pasar las noches de mis cuatro días en Roma. Estaba sentada en la cama, aún era de día, acababa de llegar, me dijo. Una sonrisa de oreja a oreja, y empezó a hacerme preguntas. Al principio preguntas triviales: que si sabía si las maletas se dejaban en el armario bajo llave, que si la habitación quedaba cerrada con llave cuando salíamos, etc. Yo tenía prisa por irme, estaba en Roma. Lo que menos me apetecía era quedarme charlando con una mujer de más de sesenta años acerca de la seguridad del albergue. Entonces me dijo que se había cogido un “early retirement” y que ahora se dedicaba a viajar por el mundo, aunque había establecido su base de operaciones en una ciudad de Marruecos, de la que me deleitó con alabanzas acerca de lo segura que era para ser Marruecos. Entonces empecé a prestarla un poco más de atención.
Para entonces yo llevaba ya dos días en Roma. Roma es una ciudad para estar contento. Porque es una ciudad alegre, que te inspira, un museo gratis (en su mayoría) al aire libre. El arte que más me emociona no siempre está entre cuatro paredes, y en Roma mi nivel de activación estaba al máximo cada minuto. Puedo decir que fui auténticamente una mujer antena los cuatro días que estuve allí.
Cuando llegué a Fiumicino, uno de los aeropuertos de Roma, me las arreglé (aún no sé bien cómo) para llegar al albergue. Sé que me aproveché de las raíces comunes de nuestras lenguas y preguntaba medio en inglés medio en español, cosa que a los italianos no les gusta. Un señor muy simpático me dijo la parada del tranvía donde me tenía que bajar: Trastevere Belli, y desde allí bordear el río caminando durante diez minutos hasta llegar a mi albergue. Llovía un poco, estaba nublado, pero todo era bello. Mantuve mi sonrisa en la cara hasta cometiendo la temeridad de intentar cruzar la calle en Roma.
Todo quedaba por delante. Lo que más me gusta de viajar es ese primer día en el que sabes que todo está por delante. De momento me reuniría con una de mis mejores amigas, y sólo tenía una indicación, que por otra parte era más que suficiente: nos encontraríamos frente al monumento de Vittorio Emmanuele, en Piazza Venezia. Sin móviles, sin wifi, sólo una hora y un lugar. Fue como entrar en la máquina del tiempo y experimentar cómo quedaba la gente en el siglo dieciocho. Para cuando crucé el puente y me dirigía a Piazza Venezia llovía tanto que sabía que encontrarnos iba a ser imposible, aunque una parte de mí esperaba ver a Jeny bajo la lluvia no-matter-what, esperando. Estamos locas y nos gusta vivir la vida como una película de Woody Allen. Después de casi una hora dando vueltas, resguardándome de la lluvia en los soportales, decidí meterme en cualquier cafetería y sucumbir a la globalización y al siglo veintiuno: intentar coger wifi. Tuve que consumir un espresso por el cual me cobraron la respetable cantidad de tres euros con cincuenta, y además a los diez minutos me quitaron la conexión wifi. Afortunadamente me había sobrado para quedar con Jeny allí mismo.
Una tarde llegué a la habitación, muy cansada después de recorrerme Piazza di Spagna, Piazza Navona y Piazza dei Popolo para luego bordear el río y volver a Trastevere, donde estaba mi albergue, mi casa, como yo lo llamaba. Sólo quería tumbarme una hora, antes de volver a salir por la noche. Y allí estaba mi compañera de habitación, sentada en la semi-oscuridad, en una silla junto a su cama. Me preguntó que si aquel bulto junto a la puerta era una maleta, yo le dije que no, que era una papelera. Ella creía, dijo, que era una maleta porque acababa de llegar una chica española a la habitación, que ya se había ido, y que tal vez había dejado su equipaje sin vigilancia. Me dijo yo soy de un pueblo de Ohio, en Estados Unidos. Me he dedicado toda la vida a trabajar en la hostelería y cuando era joven gastaba el dinero en salir y en ropa. Por eso ahora aprovecho este tiempo para viajar. Le pregunté qué había hecho aquel día, si había visitado algo. Sí, he caminado un poco y he comido en un típico restaurante y he hablado con los camareros y los demás clientes y ha sido muy divertido, me dijo. La habitación seguía a oscuras, yo apenas la veía bien, y cada vez se hacía más oscura.
Trastevere son las bambalinas del gran teatro que es Roma. Y como todo el mundo sabe, entre bambalinas ocurre lo más interesante de una obra. Recorriendo sus calles empedradas, observando a la gente, calles jóvenes y turísticas sin haber abandonado la esencia italiana, la suya, la que le dé la gana. Y quién soy yo para definir Trastevere. A quien le interese saber lo que es que vaya a Roma y camine sus calles y observe a la gente. No hay otra forma de conocer un lugar más que adentrándose en las bambalinas de ese lugar, torciendo a la derecha y luego a la izquierda y olvidando los recorridos de la Lonely Planet, aunque sea sólo una tarde.
Y si se tiene la suerte de conocer gente que vive allí, mejor. Que te puedan llevar a un recital del Requiem de Mozart en San Paolo Fuori le Mura, o darte un paseo en moto por el centro de Roma cuando ya es de noche y el Coliseo está iluminado.
La vi acostarse a las siete y media, y me sentí mal porque me dio un poco de pena. Me dio un poco de pena ver que una señora americana de más de sesenta años se acostaba a las siete y media de la tarde, en un albergue en Trastevere. En Trastevere. Se dio la vuelta y se tapó cuando yo llegué de ducharme después de un largo día de caminatas, y me disponía a salir por la noche. Y pensé que a lo mejor no la había dado suficiente conversación. Ella, con una sonrisa en la cara y demasiadas ganas de hablar sobre todo. Demasiadas ganas de hablar sobre todo. Pensé que la edad es como aquello que se ve tras la cerradura de una puerta en el Aventino.
La mañana de mi marcha de Roma yo estaba triste. La señora ya se había levantado y estaba sentada de nuevo en su cama. Yo me preguntaba si tal vez estaba esperando a que su móvil terminase de cargar, pero no vi ningún móvil cerca de ella. Me contó a qué hora salía su vuelo y cómo iba a hacer el viaje de vuelta. Me iré al aeropuerto pronto, porque me gusta observar a la gente en los aeropuertos, me dijo. Tú eres muy inteligente, porque entiendes lo importante que es viajar, y hacerlo a tu edad. Ojalá yo hubiera sido tan inteligente como tú y hubiera sabido lo importante que es viajar, habría empezado mucho antes. Ahora quiero recuperar todo ese tiempo que he perdido. Viaja, viaja todo lo que puedas. Me deseó buen viaje, have a safe trip, con su indomable sonrisa que reconocía (y no le importaba) que nosotras éramos jóvenes y ella ya no.
Cuando volví de lavarme los dientes, ella ya no estaba en la habitación. A mí se me quedó una sensación de pena y de extrañeza: ¿existió?

Una ventana.

Una ventana, hace más de cinco años, un atardecer de verano en Londres mientras sólo era una turista en sus calles, fue lo que me hizo enamorarme de Londres. Fue lo que me hizo soñar con vivir ahí, con vivir así. El sol empezaba a esconderse, la luz estaba ya teñida del característico gris de Londres, sea cual sea la estación del año en la que nos encontremos. Un gris maravilloso que siempre recuerda el fondo, lo que hay cuando se pone el sol. Yo paseaba con mi familia por el barrio de Knightsbridge –para algo éramos turistas- pero podía ser cualquier barrio adinerado del centro, o del oeste.

La fachada del edificio, de ladrillo rojo, parecía una casa de muñecas a tamaño real. Las ventanas blancas, ni tan siquiera un poco ennegrecidas por la polución, pues por esos lares los coches, si los hay, son eléctricos, grandes, caros y se usan poco.

Aquella ventana de grueso marco blanco marfil dejaba intuir la grandiosidad del interior de aquel hogar. ¿Sería de una pareja joven, él bróker y ella ex estudiante de Historia del Arte frustrada por una boda precipitada? ¿O serían los herederos de Lord Huntington, recientemente fallecido, los habitantes de la casa? ¿O tal vez de algún familiar de la reina?

La ventana estaba abierta de par en par pues, aunque no hacía un calor sofocante, también en Londres es necesario abrir las ventanas de vez en cuando. Una luz anaranjada, débil y cálida se proyectaba desde algún punto del interior de la estancia. Era una fiesta. Bueno, más bien una reunión de amigos y champán caro y vestidos de cóctel y pintalabios rojo. Me acordé de Clarissa Dalloway -¿en aquel momento había leído ya el libro?-. La lámpara sería antigua, comprada en una de esas tiendas de antigüedades y decoración de Charing Cross Road, Portobello o Chelsea. Una de esas lámparas cuya tulipa está hecha de pequeños trozos de cristal grueso de varios colores. Amarillo, azul, verde, rojo, naranja. Todos ellos se reflejan en las caras de los invitados a esa fiesta. Hay un joven médico recién licenciado, hijo de un acaudalado propietario de terrenos de Londres, soltero y buscando una buena chica para casarse. También hay un banquero de unos cuarenta años que nunca se ha casado ni tiene ganas de hacerlo, sólo quiere engañar a alguna inocente chica que, empezando su carrera en el mundo de las finanzas, le gustaría que alguien más experimentado la ayudase para avanzar en su carrera… Luego está una joven diseñadora de cucharas de madera cuya tienda, cerca de Hoxton, la mantienen sus trabajadores y jubilados padres. Y también está Holly, o Courtney o Lauren, que trabaja en el departamento de publicidad de los supermercados más famosos de Londres, y que no para de mirar al banquero cuarentón meneando sus pestañas postizas una y otra vez.

Pero una pareja se apoyaba en aquella ventana. Él, sentado, llevaba traje pero se había quitado la chaqueta y subido las mangas. Sostenía su copa de champán y escrutaba con interés la cara de su compañera que, de pie frente a él, sujetaba la suya y también le miraba, con una media sonrisa. Ninguno de los dos sabía muy bien qué hacía allí pero querían aprovechar el champán gratis antes de desaparecer disimuladamente por la puerta de servicio.

Tengo que dejar de enamorarme de las ventanas de Londres, de las gafas de pasta y de las barbas recortadas por el barbero rockabilly del Soho, de los pantalones de pitillo y los zapatos estilo años veinte. Porque como siga enamorándome de todas esas cosas acabaré creyéndomelo, creyendo que todo eso es real, cuando no lo es. Que tras esa ventana duerme un bangladeshí que trabaja doce horas al día, que el dueño de esa barba recortada hace capuchinos en una cafetería de Brick Lane, y que conseguir ese sueño de glamour y paseos con café take away y fiestas con pintalabios rojo y “¡oh! ¿sabíais que apareció Kate Moss en la fiesta? Yo no la vi pero me lo han contado” es sólo, tal vez, para Holly, o Courtney, o Lauren.

 

Lindo haberlo vivido para poderlo contar, o historias del 25.

Ocurrió a la hora de la comida, cuando ya estábamos terminando. Mi abuela lo dijo como dicen las cosas todas las abuelas: como quien no quiere la cosa, y sin intención de hacer daño, pero lo sueltan. Y yo la quiero mucho, que conste, pero hay cosas que las abuelas no se pueden callar. Quizá piensan que si lo dejan así, en el aire, tarde o temprano surtirá  su efecto. Nos estaba contando cómo vino ella a parar aquí, a este pueblo del sur de España. Y nosotros la escuchábamos atentos, aunque hayamos oído la historia un millón de veces, porque nos encanta esa historia.

“…entonces mi madre me dijo que me viniera con mi tía, que estaba aquí sola. Así que vine aquí, y no me quise volver, porque me gustaba más esto. Aquí ya tenía mis amigas, me apunté a clases de costura, tenía mis pretendientes… Eso es lo que te tienes que echar tú, un pretendiente, que te haría falta…”

Al menos mi abuela me concedió el privilegio del condicional.

Entonces viajé a Londres, a los asientos de la primera fila de la planta de arriba del 25, nuestro autobús, nuestro punto de encuentro, nuestro bar, nuestro confesionario, nuestro escaparate, nuestra ruta habitual hacia Brick Lane y Shoreditch y el Wiltons. Primera parada: el Tesco de Whitechapel, para llenarnos el estómago con algo. Porque había veces que sólo habíamos comido humus y pan de pita, o unas tostadas con mantequilla y –con suerte- zumo de naranja. El menú del Tesco: un sándwich, bebida y bolsa de patatas, tres libras. El resto, escaso, para las cervezas que vendrían a continuación. A veces, si no hacíamos la parada previa en el Tesco, sólo con dos ya caminábamos haciendo el hundimiento del Titanic.

Una noche cerramos el Wiltons. Era una de esas noches, y yo ya se lo había avisado, de “make it or break it”, y sabía que esa iba a ser la noche. Había habido función, “El Gran Gatsby” -que nunca llegamos a ver, a pesar de que siempre que la obra terminaba y veíamos salir a toda esa gente disfrazada de los años veinte y bailando charlestón junto a la banda de jazz que tocaba en directo, nos prometíamos que antes de que acabara el mes iríamos a verla-.  Fue sólo uno de los innumerables planes que nunca hicimos. Porque nuestra historia se cimenta con lo que nunca hicimos. O con lo que nos queda por hacer.

Lo de cerrar el Wiltons fue un poco gracias a que uno de los camareros had a crash on ella, crash que no era recíproco. Porque nosotras ya nos habíamos repartido los camareros, por supuesto siempre en nuestra imaginación… Acabamos bailando el tema principal de Pulp Fiction las dos solas, rodeadas sólo por los camareros de aquel mágico sitio. Decidimos abandonar on the top, como convenimos que hay que hacer las cosas, a las cinco de la mañana. A pesar de que todas las cervezas corrieron a cargo de los camareros, aquella noche ninguna mordió la manzana equivocada.

En aquel 25 también, fue cuando llegamos a la conclusión de que nosotras lo que queríamos, básicamente, es que nos dejen en paz. Decidimos llevar por bandera la soledad radical, el rechazo incuso, a perder el tiempo. ¿Que nosotras necesitamos pretendientes? Nah, preferimos un buen libro, o en su caso, una buena serie.

 

El ochenta por ciento de las cosas que me han pasado en Londres ha sido con ella, con Jeny. Nunca hemos sabido lo que somos, y ojalá que vivamos en constante curiosidad por saberlo. Aunque siempre supimos lo que no somos: “Yo no soy guionista y tú no eres psicóloga”, decía.

Su forma de estar en el mundo es desapareciendo. Cuando la buscas ya no está. Y antes de que se la pueda echar de menos vuelve a aparecer. De eso me di cuenta un día, y me enfadé muchísimo con ella. Entonces un día leí en su blog, Artista Sin Mecenas: “He aprendido a huir de lo que amo con cierto aire despreocupado. Y antes de que nadie note mi ausencia, ya todo es recuerdo con banda sonora y aroma esquivo. (…) He ganado y la he jodido. Cuánto y cómo la he jodido y con qué estilo”.

Y a pesar de esto nunca he hecho con ella una “nereidada”, como ella dio en llamar al comportamiento llevado a cabo por mí, consistente en retirar la palabra inmediatamente y eliminar números de teléfono y amigos en Facebook. No podría. Eso sólo lo hago con determinado género. Y desde luego nunca con amigos de verdad.

Al final me daba la sensación de que ella vivía y hace de su vida un guión de cine: el que a ella le gustaría contar y a mí me encantaría leer. “Lindo haberlo vivido para poderlo contar”, como cantaba el argentino Jorge Cafrune, del que no sabía nada hasta ayer, que leí esta frase en el libro que me estoy leyendo. Y pensé que resumía mi vivencia en Londres que está invariablemente unida a ella y a nuestras aventuras.

A ella no la he hecho una entrevista principalmente porque ella está en el norte y yo estoy en el sur, y mis entrevistas no son eso –sería mucho decir- sino que son simplemente conversaciones con gente que me enseña cosas. Y nunca me las preparo, sino que las improviso sobre la marcha. Pregunto más por curiosidad egoísta que por informar de algo que ni tan siquiera yo sé lo que es. 

Así que le pedí que hiciera el Decálogo sobre Cómo Vivir la Vida, según Jeny Severson.

Eso es lo que le pedí… Y esto es lo que me mandó. Que disfruten.

¿Los diez “mandamientos” de cómo vivo mi vida? Me alegra que no me hagas esa pregunta. Tras darle algunas vueltas, los he reconocido como reglas que se enfrentan a lo que podríamos llamar mi Biblia, Corán, Torah, El capital o cualquier otro libro que haya dominado al ser humano, en este caso, a mí. Porque los dictámenes, sean cuales fueren e incluso los míos propios, me aburren y disgustan. Sencillamente, me gusta pensar que vivo la vida como me da la gana, dependiendo de las circunstancias, de mi voluntad y si no para mi bienestar, por mi bien. Con todos sus intentos fallidos. Creo que todo razonamiento comienza con un por qué, y como me supongo y quiero suponer un ser racional, me lo pregunto y respondo. Y ya en la respuesta, es donde me lo curro un poco más. Pero así como nos salimos de la teoría, nos encontramos con el mundo tal y como el hombre ha sistematizado para el hombre. Con sus normas y funcionamiento; inestable, volátil, voluble, hostil, agresivo. Y no apruebo la imposición, pero como soy un ser gregario y pretendo seguir siéndolo, me adapto. Me adapto porque puedo y como estoy en desacuerdo, participo no más que lo necesario. Mi sistema social es la mezcla entre mi carácter y un curioso balance entre libertad y respeto. Así, como lo poco que conozco del mundo es a través de mí, lo trato con equidad y su beneficio se convierte en mi beneficio porque este mundo es mi hogar, y me gusta hacer de mi hogar un lugar mejor donde vivir. Y después esa búsqueda sin prisa de algo más, entre pasión, vicio y disfrute…