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¿Existió?

La encontré en el albergue sólo-para-mujeres en el que decidí pasar las noches de mis cuatro días en Roma. Estaba sentada en la cama, aún era de día, acababa de llegar, me dijo. Una sonrisa de oreja a oreja, y empezó a hacerme preguntas. Al principio preguntas triviales: que si sabía si las maletas se dejaban en el armario bajo llave, que si la habitación quedaba cerrada con llave cuando salíamos, etc. Yo tenía prisa por irme, estaba en Roma. Lo que menos me apetecía era quedarme charlando con una mujer de más de sesenta años acerca de la seguridad del albergue. Entonces me dijo que se había cogido un “early retirement” y que ahora se dedicaba a viajar por el mundo, aunque había establecido su base de operaciones en una ciudad de Marruecos, de la que me deleitó con alabanzas acerca de lo segura que era para ser Marruecos. Entonces empecé a prestarla un poco más de atención.
Para entonces yo llevaba ya dos días en Roma. Roma es una ciudad para estar contento. Porque es una ciudad alegre, que te inspira, un museo gratis (en su mayoría) al aire libre. El arte que más me emociona no siempre está entre cuatro paredes, y en Roma mi nivel de activación estaba al máximo cada minuto. Puedo decir que fui auténticamente una mujer antena los cuatro días que estuve allí.
Cuando llegué a Fiumicino, uno de los aeropuertos de Roma, me las arreglé (aún no sé bien cómo) para llegar al albergue. Sé que me aproveché de las raíces comunes de nuestras lenguas y preguntaba medio en inglés medio en español, cosa que a los italianos no les gusta. Un señor muy simpático me dijo la parada del tranvía donde me tenía que bajar: Trastevere Belli, y desde allí bordear el río caminando durante diez minutos hasta llegar a mi albergue. Llovía un poco, estaba nublado, pero todo era bello. Mantuve mi sonrisa en la cara hasta cometiendo la temeridad de intentar cruzar la calle en Roma.
Todo quedaba por delante. Lo que más me gusta de viajar es ese primer día en el que sabes que todo está por delante. De momento me reuniría con una de mis mejores amigas, y sólo tenía una indicación, que por otra parte era más que suficiente: nos encontraríamos frente al monumento de Vittorio Emmanuele, en Piazza Venezia. Sin móviles, sin wifi, sólo una hora y un lugar. Fue como entrar en la máquina del tiempo y experimentar cómo quedaba la gente en el siglo dieciocho. Para cuando crucé el puente y me dirigía a Piazza Venezia llovía tanto que sabía que encontrarnos iba a ser imposible, aunque una parte de mí esperaba ver a Jeny bajo la lluvia no-matter-what, esperando. Estamos locas y nos gusta vivir la vida como una película de Woody Allen. Después de casi una hora dando vueltas, resguardándome de la lluvia en los soportales, decidí meterme en cualquier cafetería y sucumbir a la globalización y al siglo veintiuno: intentar coger wifi. Tuve que consumir un espresso por el cual me cobraron la respetable cantidad de tres euros con cincuenta, y además a los diez minutos me quitaron la conexión wifi. Afortunadamente me había sobrado para quedar con Jeny allí mismo.
Una tarde llegué a la habitación, muy cansada después de recorrerme Piazza di Spagna, Piazza Navona y Piazza dei Popolo para luego bordear el río y volver a Trastevere, donde estaba mi albergue, mi casa, como yo lo llamaba. Sólo quería tumbarme una hora, antes de volver a salir por la noche. Y allí estaba mi compañera de habitación, sentada en la semi-oscuridad, en una silla junto a su cama. Me preguntó que si aquel bulto junto a la puerta era una maleta, yo le dije que no, que era una papelera. Ella creía, dijo, que era una maleta porque acababa de llegar una chica española a la habitación, que ya se había ido, y que tal vez había dejado su equipaje sin vigilancia. Me dijo yo soy de un pueblo de Ohio, en Estados Unidos. Me he dedicado toda la vida a trabajar en la hostelería y cuando era joven gastaba el dinero en salir y en ropa. Por eso ahora aprovecho este tiempo para viajar. Le pregunté qué había hecho aquel día, si había visitado algo. Sí, he caminado un poco y he comido en un típico restaurante y he hablado con los camareros y los demás clientes y ha sido muy divertido, me dijo. La habitación seguía a oscuras, yo apenas la veía bien, y cada vez se hacía más oscura.
Trastevere son las bambalinas del gran teatro que es Roma. Y como todo el mundo sabe, entre bambalinas ocurre lo más interesante de una obra. Recorriendo sus calles empedradas, observando a la gente, calles jóvenes y turísticas sin haber abandonado la esencia italiana, la suya, la que le dé la gana. Y quién soy yo para definir Trastevere. A quien le interese saber lo que es que vaya a Roma y camine sus calles y observe a la gente. No hay otra forma de conocer un lugar más que adentrándose en las bambalinas de ese lugar, torciendo a la derecha y luego a la izquierda y olvidando los recorridos de la Lonely Planet, aunque sea sólo una tarde.
Y si se tiene la suerte de conocer gente que vive allí, mejor. Que te puedan llevar a un recital del Requiem de Mozart en San Paolo Fuori le Mura, o darte un paseo en moto por el centro de Roma cuando ya es de noche y el Coliseo está iluminado.
La vi acostarse a las siete y media, y me sentí mal porque me dio un poco de pena. Me dio un poco de pena ver que una señora americana de más de sesenta años se acostaba a las siete y media de la tarde, en un albergue en Trastevere. En Trastevere. Se dio la vuelta y se tapó cuando yo llegué de ducharme después de un largo día de caminatas, y me disponía a salir por la noche. Y pensé que a lo mejor no la había dado suficiente conversación. Ella, con una sonrisa en la cara y demasiadas ganas de hablar sobre todo. Demasiadas ganas de hablar sobre todo. Pensé que la edad es como aquello que se ve tras la cerradura de una puerta en el Aventino.
La mañana de mi marcha de Roma yo estaba triste. La señora ya se había levantado y estaba sentada de nuevo en su cama. Yo me preguntaba si tal vez estaba esperando a que su móvil terminase de cargar, pero no vi ningún móvil cerca de ella. Me contó a qué hora salía su vuelo y cómo iba a hacer el viaje de vuelta. Me iré al aeropuerto pronto, porque me gusta observar a la gente en los aeropuertos, me dijo. Tú eres muy inteligente, porque entiendes lo importante que es viajar, y hacerlo a tu edad. Ojalá yo hubiera sido tan inteligente como tú y hubiera sabido lo importante que es viajar, habría empezado mucho antes. Ahora quiero recuperar todo ese tiempo que he perdido. Viaja, viaja todo lo que puedas. Me deseó buen viaje, have a safe trip, con su indomable sonrisa que reconocía (y no le importaba) que nosotras éramos jóvenes y ella ya no.
Cuando volví de lavarme los dientes, ella ya no estaba en la habitación. A mí se me quedó una sensación de pena y de extrañeza: ¿existió?

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Paris, Texas

Mi paso fugaz por La Isla está indefectiblemente ligado a Leila Guerriero, o más específicamente a su libro “Zona de Obras”, casi una biblia para mí desde que lo leí. Y sin el casi, se ha convertido en una de mis biblias. O en mi Biblia.

Ella recoge unas declaraciones de Paul Auster (uno de mis primeros maestros de iniciación a la lectura “adulta” y al deseo de escribir algo), acerca del proceso creativo: “Alguien se convierte en artista, particularmente en escritor, porque no está del todo integrado. Algo está mal entre nosotros, sufrimos por algo, es como si el mundo no fuera suficiente, entonces sientes que tienes que crear cosas e incorporarlas al mundo. Una persona saludable estaría contenta de tomar la vida como viene y disfrutar de la belleza de estar vivo. No se tiene que preocupar de crear nada. Otros, como yo, estamos atormentados, tenemos una enfermedad, y la única manera de soportarla es haciendo arte”.

No sólo me marcó este párrafo porque me viera profundamente reflejada en las palabras de Paul Auster (y sentirte reflejada en algo que dice Paul Auster, es un reflejo casi cegador), sino porque me acordé de mis años en la Facultad de Psicología, ese templo de la Salud Mental con mayúsculas, de los disfraces de cordura, del DSM, los tests y los diagnósticos y de los dioses protectores del equilibrio psicológico que salimos de allí. De la perspectiva crítica a la Psicología que he ido adquiriendo con los años, y que ojalá hubiera cultivado precisamente mientras estudiaba, y no después, ahora. Pero claro, qué espíritu crítico iba a sacar yo en la Universidad, si venía de un sistema educativo en el que está tajantemente prohibido dudar de lo que dicen los profesores. Pocas veces levanté la mano en clase para participar, ni en el colegio ni en la Universidad. Algunos podrán estar orgullosos de ello; los que hicieron posible un ejército de dioses protectores del equilibrio mental con el DSM bajo el brazo. Bienvenidos pequeños profesionales al sistema de salud público.

Pero yo no venía a hablar de esto. Venía a hablar de mi estancia fugaz en La Isla y de que irremediablemente se encuentra unido a este libro de Leila Guerriero, cuando descubrí qué es lo que quería hacer, o más bien cómo se llama lo que llevo haciendo sólo para mí desde hace un tiempo (desde que viví en Londres): crónicas.

*

Silencio. Salvo por el entrechocar de las hojas de las palmeras removidas por el viento. Estoy frente a un volcán dormido que en cualquier momento podría despertar. Ojalá lo hiciera. Los ojos salientes de los penachos de las chimeneas blancas me miran con curiosidad de extraña. Creo que no existe más soledad física en el mundo que la que tengo yo ahora mismo. Sentada en el suelo de esta terraza nadie me puede ver, no hay nadie por encima de mí, salvo el volcán. El sol calienta demasiado para ser tan temprano, hace calor, pero el viento a veces violento engaña. El suelo de la terraza está caliente. Esta casa está en medio del desierto y lejos de todo. El pueblo más cercano está a una hora caminando por una carretera estrecha con farolas cuyos globos están rotos a pedradas. Aquí en temporada baja todo vuelve al cotidiano escenario de desolación y lujo barato. En temporada alta se arreglan cuatro cosas, se podan algunas plantas. Los turistas europeos se conforman con aire acondicionado y piscina. Incluso el mar les importa un pimiento. Nosotros obedecemos.

Ejemplo: la única guagua que pasa lo hace cada veinte minutos o cada más, nunca se sabe. Porque lo único que sabe decirte la gente de aquí (o los trabajadores temporeros de aquí, que no tienen por qué ser de aquí), es que pasan entre “y cuarto, y veinte, o más tarde”. Tampoco hay horarios ni bancos para sentarse a esperar.

La Isla es en primer lugar de turistas. Luego es de camareros, recepcionistas, animadores de hotel y otras profesiones relacionadas con el turismo. Para llegar a su lugar de trabajo más les vale tener un coche.

*

Camino por la carretera, en medio del desierto. Literalmente. No puedo evitar silbar en mi cabeza la canción de “Paris, Texas”, porque me siento totalmente en la primera escena de la famosa película de Wim Wenders, en la que el protagonista atraviesa a pie el desierto, sin rumbo. Yo llevo un rumbo, aunque no sé cuál es. Los colores son marrones, rojos y amarillos. Todo es seco, todo es viento que se te mete por los oídos y te desordena. Camino media hora completamente sola hasta llegar al primer hotel.

Por la tarde, al volver a sentarme frente al volcán, lo observo bajo otra luz: la del atardecer, y me doy cuenta de que hay que dejar pasar el tiempo y cambiar la iluminación para ver las cosas más claramente. Por ejemplo, lo que esta mañana creía que era un hombre sentado, ahora se muestra claramente como una especie de pivote o medidor. En cualquier caso ningún ser humano. Tal vez es la máquina que anuncia cuándo el volcán va a entrar en erupción.

*

De mi fugaz estancia en La Isla, el recuerdo que más vivo conservo es la mirada de una mujer no muy joven y tampoco muy mayor que repartía flyers de un restaurante italiano y barato cuyos propietarios eran de origen árabe. Ella tenía el pelo largo, negro, y recogido sin gracia ninguna en una coleta baja, con una goma gorda y negra. Llevaba casi todos los días unos leggins negros dados de sí y una camiseta blanca (otros días era negra). Unas chanclas también, de dedo, simplemente. Todo en ella era simple excepto su mirada ojerosa, oscura e inocente. Repartía los flyers tímidamente, nada que ver con la profusión de entusiasmo de los relaciones públicas “profesionales” y extremadamente pesados, al uso. Ella era delicada, tanto que no podías rechazar el papelito con los precios del falso restaurante de comida italiana de gerencia árabe. Una tenía la extraña sensación de estar haciendo un favor aceptando ese trozo de papel. Y allí estaba, tarde tras tarde, puntual, de cinco a doce de la noche. Una mirada inamovible e impertérrita. Una sonrisa que no lo era, una sonrisa de Gioconda, tampoco forzada. Una sonrisa posible aunque inexistente.

*

Intento no arrepentirme nunca. Aunque como dice Laila Guerriero “ese es sólo mi deber. Sólo eso”.

Vida de esta chica.

vida de esta chica

Ella “había sido retirada” del mundanal ruido tras su divorcio con Joe DiMaggio y para “descansar” de la presión de trabajo, de su contrato de hierro con la Twenty Century Fox lleno de películas mediocres que se reservaban especialmente para ella. Una vez más arrastrada, esta vez al retiro, disfrazado de decisión propia, de necesidad de reflexión, de recapitulación. Marilyn se muda a Nueva York, a una habitación vacía del hotel Ambassador. No hay nada más deprimente que una estantería de mimbre vacía y una cartulina con el logo del hotel: listado de bebidas, horario de desayunos, teléfono de la recepción.

En Nueva York le esperaban nuevas órdenes y además un fotógrafo que la seguiría a todas partes llamado Ed Feingersh que resultó ser el único que consiguió retratar a la verdadera Marilyn, o mejor dicho, a Norma Jane. En su lujosa habitación vivió y convivió con su representante, con el fotógrafo, con Milton Greene, y con todo aquel que se creía con derecho a opinar sobre las costumbres de esta inestable chica: había que vigilarla.

Le esperaban también más estrenos, más escotes, más Chanel número 5 y más espectáculos. El más bochornoso: ella vestida de pin-up sobre un enorme elefante rosa en el Madison Square Garden. Rodeada de locos fotógrafos de la prensa y de caza-autógrafos. La seguridad de entonces no era la de ahora: comparad con alguna pseudo-estrella de hoy en día y sus hordas de guardaespaldas. Cualquiera que alargase la mano podría trepar por sus piernas, aunque a Marilyn no parece preocuparle mucho.

Días antes de este espectáculo Marilyn acudía a estrenos, nunca le faltaba su amplia sonrisa de portada de revista. Luego llega a su habitación y el fotógrafo contratado para ser su sombra retrata las dudas y las miradas perdidas. “For once in my life let me get what I want, lord knows it will be the first time”, parece que piensa ella.

Un retiro forzado, disfrazado de voluntad en el marco de “pobre Marilyn, mirad lo que la habéis hecho”. Y la certeza de que jamás tuvo al lado a un verdadero amigo que la escondiera de todo, que la protegiera de nadie, de ella misma. Todos querían más dinero, seguir estirándola, apretando el corsé alrededor de su cintura hasta la extenuación. Pechos arriba y bien firmes.

Mientras se prueba el vestuario que llevará cuando se monte en ese pobre elefante teñido de rosa, un grupo de mirones -sus propios asesores- se arremolinan en torno a ella con la buena excusa de supervisar. Todos miran al mismo punto de su anatomía, o tal vez a dos. Ninguno a sus ojos. Afortunadamente el fotógrafo que es su sombra está ahí para captarlo. En las bambalinas por fin está sola, o casi. El fotógrafo que es su sombra está con ella. Marilyn sólo ve una cámara, no ve al hombre que hay detrás. Y ella se comunica con la cámara, con la única que puede hacerlo. Con ella se desnuda. Con ella habla, nos está diciendo algo a todos y no le importan las consecuencias. Nos está diciendo algo muy claro y que penetra más que las palabras. Lo está diciendo de la única forma que sabe, de la única forma que puede: frente a una cámara.

Foto: Ed Feingersh.

Queridas Amigas

 

No sé si mi carta será la última que leáis de la ronda que hemos decidido hacer. Tal vez así sea, porque últimamente voy dejando las cosas –incluso las importantes- para lo último. Además desde hace un tiempo hago eso que siempre he odiado tanto: vivir para trabajar. Trabajo full time en la tienda de ropa, y mis dos únicos días libres de la semana los dedico a trabajar voluntariamente en una asociación de mujeres.

El trabajo en la tienda de ropa, obviamente, lo odio. Bueno, no lo odio, pero en cambio sí siento que las horas que consumo, que consumen mi vida, en la tienda, son un tiempo perdido que nunca recuperaré. Un tiempo precioso. Mientras estoy en la tienda, simplemente, dejo de ser yo. Y lo hago como forma de defensa, porque si fuera yo, no estaría allí trabajando. Y como sabéis, Londres es una ciudad imposible en la que, a no ser que seas un rico heredero, tienes que trabajar. En lo que sea, como es mi caso. Lo que quiero decir con que dejo de ser yo es que noto, físicamente, cómo mi mente se vacía. Cómo me vuelvo eso que tampoco he querido ser nunca: una oveja, o borrego. Se cumplen órdenes, nada se discute, nada se piensa, todo es simple, no hay lugar para la improvisación ni la imaginación.

Por supuesto no me dejo de lado a mí misma, a la verdadera N –ni espero hacerlo nunca- así que cuando salgo por la puerta de la tienda de ropa, me siento liberada: vuelvo a ser yo. Así que, como dice una canción de Ella Baila Sola –ese grupo de nuestra adolescencia- que no sé si recordaréis, yo ya no soy yo, somos dos.

Los miércoles y los viernes, cuando voy a la asociación, estoy un poco más cerca de ser la persona que quiero ser. Aunque, una vez más, encuentro que no es exactamente lo que quiero hacer, aunque me siento muy orgullosa de que me dieran la oportunidad de colaborar con ellas, de que me llamaran nada más terminar la entrevista. Fue gracioso porque –ya me conocéis- yo salí de la entrevista LLORANDO, literalmente, porque estaba segura de que no me cogerían. Y lo que es peor, estaba segura de que yo nunca podría trabajar en una organización seria, de verdad, inglesa. Mientras iba de camino al metro, lamentándome, me llamó mi jefa y me ofreció el puesto. Me puse tan contenta… El puesto consiste en estar en la recepción. Por eso digo que no es exactamente lo que quiero. Obviamente lo tomé como una forma de empezar, de meter la cabeza en el mundo profesional inglés y sobre todo, en el mundo del feminismo y de las asociaciones de mujeres. Y así es, pero la emoción de recién llegada me duró cuatro días: lo que tardé en manejar más o menos la rutina de la recepción que, por otra parte, es bastante simple y aburrida, aunque por supuesto no tanto como en la tienda. Además tiene algo de resolución de problemas e improvisación –de vez en cuando-. Llevo ya casi tres meses, he colaborado con otros departamentos en cositas pequeñas y me he mostrado siempre dispuesta y disponible a hacer lo que sea, incluso aunque sea desde la recepción. Pero me he llevado alguna desilusión con ellas porque últimamente no he sentido que valoren mi esfuerzo, mis ganas y mi disposición. Supongo que esto es la vida: dar pequeños pasos, y cuando crees que has llegado no, aún no. Aún no has llegado. Aún hay que andar más. Como decía Machado en esas clases de Literatura con Carmen: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Os he querido escribir esta parte de mi carta en común porque las cuatro pertenecemos, en este mismo momento, a esa generación que ha tenido que salir de España a buscarse la vida. Y hemos decidido –o nos hemos visto obligadas- a dejar a nuestra familia, amigos, novios, etc, y la comodidad de nuestra vida en Madrid por perseguir nuestros sueños, o simplemente por sobrevivir. Cosa que últimamente en España es hasta difícil. Nosotras hemos tenido el valor de no quedarnos lamentándonos por la situación, de no esperar a enchufes, etc, como sabemos que otras personas sí hacen. Me alegro por todas ellas, pero de nosotras estoy ORGULLOSA. Porque estamos viviendo una experiencia que nunca vamos a olvidar porque nos está formando como personas. Eso que tanto querían conseguir en las Convivencias, por ejemplo -¿os acordáis?-. A mí personalmente las Convivencias sólo me sirvieron para pasar un fin de semana con los compañeros de clase y reírnos un poco –unas veces más y otras menos-. Menos mal que siempre tuvimos la capacidad de pensar independientemente de todo lo que nos dijeran, aunque seguro que algo bueno se nos ha quedado, porque aquí estamos: esforzándonos por nuestro futuro olvidándonos, muchas veces, de nuestro presente.

No sé si os acordáis de esto, pero algunas de las palabras que me han influido más en mi vida las dijo Macu, la profesora de Economía. Aunque fuera una descoordinada a veces se inspiraba en clase. Un día de esos de primavera, con un calor increíble, las ventanas abiertas de par en par y de fondo el ruido de otra clase haciendo gimnasia en el patio, nosotros, por supuesto, no parábamos de hablar. Entonces debimos de sacar de quicio a la pobre Macu –que, ahora que lo pienso, más o menos como nosotras, había estudiado cinco años de Económicas para acabar dando clase en un colegio…- y se hartó. Y Macu era muy graciosa cuando se hartaba, creo recordar. Y nos empezó a decir que a qué esperábamos. Al principio no la entendí muy bien, pero ella siguió hablando, muy tranquilamente, sin alzar la voz. Y todos nos callamos. Nos dijo que a qué esperábamos, que nadie nos iba a obligar a hacer lo que teníamos que hacer en la vida. Que sólo nosotros teníamos en poder de hacer las cosas, de cambiar las cosas. Que los trenes, cuando pasan, hay que saber cuándo montarse, y que nadie –ni ella, ni nuestros padres, ni nadie- nos iba a montar en él. “Vosotros tenéis el poder de vuestro futuro en vuestras manos, de vosotros depende hacer de ello algo bueno o algo malo. ¿A qué esperáis para daros cuenta de lo que tenéis entre las manos? ¿Cuándo os vais a dar cuenta de que tenéis que aprovechar la oportunidad que tenéis AHORA?”

Ahora, recordándolo, recordando estas palabras, me pregunto si se preguntaba esas mismas cosas a ella misma también, porque recuerdo que yo noté que se emocionó. Los ojos le brillaban. Creo que se emocionó. Y la verdad es que yo me emocioné un poco también. Porque me dio qué pensar.

Ahora recuerdo estas palabras, y las recuerdo gracias a vosotras, que me habéis hecho sentarme frente al ordenador y ponerme a hacer algo que no hago desde hace mucho tiempo: recordar cosas bonitas. Traer a la memoria buenos recuerdos. Porque cuando pienso en todo lo que hemos vivido son esas las palabras que lo identifican: buenos recuerdos, buenos momentos. Incluso esas tardes de botellón en Avenida de la Paz, que tanto escandalizarían a nuestros padres, hasta esas tardes, con o sin borrachera, son buenos recuerdos. Porque al fin y al cabo siempre fuimos unas adolescentes sanas y divertidas y responsables y con los pies en el suelo.

Seguro que nunca imaginamos que acabaríamos cada una en una parte de este continente en el que siempre hemos vivido. Yo al menos jamás me podría haber creído, si me lo hubieran contado, que estaría viviendo y trabajando en Londres. A mí, que tanto miedo me ha dado siempre hasta coger el metro sola…

Hay tantos recuerdos, y tantas cosas que hemos vivido juntas y con más gente aunque ahora no tengamos tanto contacto. Por eso quería escribiros esta carta común, porque quiero devolveros el regalo que me acabáis de hacer vosotras a mí: que cuando acabéis de leer esta carta penséis en algún buen recuerdo de nosotras, ya que ahora que estamos lejos hace tanto que no nos vemos, y aunque sea sólo ese recuerdo nos acerque un poco.

Yo, por mi parte, sigo intentando vislumbrar qué es eso que tengo entre las manos, eso que nos dijo Macu que supiéramos valorar, que no esperáramos, que nos subiéramos en el tren. Tengo la sensación de que nosotras ya lo hemos hecho, al menos el primero de los trenes. “We made it”, así que estad orgullosas de tanta clase de matemáticas, economía, geografía, de la selectividad… En realidad todo nos ha hecho lo que somos ahora: mujeres valientes que no se quedan quietas esperando y que van a buscar su futuro, que pelean con uñas y dientes para conseguir su sueño. Y lo hemos hecho.

 

Con cariño,

N

Algo incierto.

 

Hoy he vuelto a mi antiguo barrio, el último antes de marcharme de Londres el verano pasado: Homerton, Hackney.

 

Vuelvo a mi antiguo barrio y me bajo en la parada en la que me bajé la primera vez, cuando fui a ver aquella casa de película de Almodóvar. Ya veo las bicis y los hipsters, aún gorros de lana. Alguna que otra barba. Más bicis.

 

Vuelvo a mi antiguo barrio. Y echando la vista atrás, recordando, creo que fui feliz esos tres meses. O algo parecido. Era cuando la soledad no era algo que me preocupara. Y si lo hacía, era sólo al final del día, o algunas horas en medio de la tarde.

 

Recuerdo que aún trabajaba en la tienda de ropa. Recuerdo aquellas tardes que ya presagiaban un verano posible hasta en Londres, volviendo desde el Overground hasta mi casa, unos diez minutos. Era esa brisa fresca de las diez de la noche, volviendo tras un duro –o aburrido- día en la tienda, cansada después de cerrar.

 

Me gustaba ese paseo, desde el Overground a mi casa, a veces con un cigarro, otras no. Pensando en las locuras que me diría mi landlady al llegar. A veces, también, rezando por no encontrármela. Aunque casi siempre prefería encontrármela, cruzar con ella algunas palabras locas.

 

Esa brisa en la cara, sólo con una chaqueta vaquera y mi vestido, era todo. Era mucho. Y estaba sola.

 

Victoria Park por la mañana, incluso antes de entrar a trabajar. Hackney Wick.

 

Escribir todas las tardes.

 

Volver de mis clases de arte desde la National Gallery – hasta que dejé de ir porque la profesora nos daba la espalda cuando hablaba: miraba a los cuadros en vez de mirarnos a nosotros, y yo no me enteraba de nada-. Volver de esas clases en varios autobuses me gustaba. A veces hasta cuatro. Pero siempre el último en Cambridge Heath. Y a veces, si tenía tiempo y ganas –aunque tiempo hay siempre, y a veces demasiado- no me quedaba en la misma parada de Cambridge Heath, donde pasaba mi autobús a casa, si no que me iba andando unas cuantas paradas más hacia delante, para ver a la gente.

 

Era un barrio contento, no diría feliz. La gente estaba contenta. Y una vez les critiqué por su cinismo. Por estar pagando rentas desmesuradas con tal de decir que viven en Cambridge Heath, o en Hackney, y ser hipsters de pro –no puedes definirte a ti mismo como hipster si vives en Upton Park-. Pero ahora les comprendo. Es esa brisa, es estar junto al canal, son las tiendas de chinos, de muebles, de espejos. Es estar apartado- a la vez que cerca- de Shoreditch. Es un barrio para pasear.

 

Pero yo seguía, porque no tenía ni tengo el privilegio de vivir en Cambridge Heath, y todos los hipsters abandonaban el 26 antes que yo, que me bajaba en la penúltima parada, pero aún podía decir que vivía en Hackney, en una casa con una señora mayor que decía oler a su padre -muerto- y una italiana fashion stylist. Una casa con paredes de leopardo, cuadros de vírgenes en las paredes, y un váter de purpurina.

 

Recuerdo también que esa misma brisa, y ese mismo sentimiento de contento de la gente por la calle era lo que me hacía coger el 30 a cualquier hora e irme, simplemente, al Tesco. Un Tesco enorme, lleno de hipsters por supuesto pero no sólo hipsters. Y la verdad es que me conformaba con ver las caras de la gente. Lo recuerdo todo a cámara lenta.

 

Porque en los tres meses que viví allí, todo fue despacio, no hubo prisas. Nunca llegué tarde a trabajar, nunca fui corriendo.

 

Paso hoy de nuevo por allí, como digo, en la misma parada que aquella primera vez. El mismo restaurante chino, cerrado. El mismo bar que hace esquina, “The Tiger”.

 

Paso frente a mi antiguo portal, un edificio del Council, el mismo olor a porro sale de dentro. No me atrevo a llamar a mi antigua landlady, por si acaso. No era alguien “lovely”, precisamente. Y ha pasado un año.

 

Era mi tranquilidad y mi yo. Mi soledad elegida y aceptada. Mal llevada a veces. ¿Mal llevada a veces?

 

Mis inseguridades y también mis planes. Mis despreocupaciones.

 

Me pregunto por qué no nos damos cuenta de cuándo un momento es decisivo, nada más que cuando ha pasado. En ese momento yo no era consciente de que iban a ser los momentos que ahora recuerdo con mayor cariño de mi Londres del principio, de mi primera parte. El final de la primera parte.

 

Quiero decir, no me hubiera quedado, no lo hubiera hecho de otra manera, me habría ido igualmente, no borraría nada. Pero llevo días rememorando esos paseos desde el Overground hasta mi casa, después de trabajar, a las diez de la noche, cuando el verano londinense empezaba a despertar la esperanza de algo incierto, con una chaqueta vaquera y mi vestido.

 

El diablo se viste de Primark.

El despertador suena y Ed se sorprende. De pronto tiene una sensación de irrealidad que le dura unos segundos. Como un autómata, apaga el despertador, antes incluso de ser consciente de su sitio y su persona: su cama, su habitación, él. Ed se sorprende de haberse sorprendido cuando el despertador ha sonado. ¿Por qué? Es el mismo sonitono prefigurado de su móvil, el que lleva sonando casi un año, cuando firmó un contrato de tres años con una compañía telefónica inglesa para poder hacerse con un iPhone. No sabe, no ha investigado, en las funciones del iPhone y aún no entiende muy bien la diferencia con su antiguo móvil, de rango mucho menor según algunos. No tiene tiempo para ponerse a leer el libro de instrucciones y por ahora se conforma con saber cómo utilizar la agenda y conectarse a internet.

Anoche Ed tuvo una cita. Hacía tres meses que no tenía una. Demasiado trabajo. Hace dos días volvió a conectarse en aquella website de citas a ciegas, la que viene usando desde hace tiempo. Unos dos años, para ser exactos. Se enorgullece al pensar que ha tenido ya más de cincuenta citas gracias a esa página. Los encuentros con mujeres que ha tenido fuera de ahí, en la “vida real”, como alguna gente la llama, han sido más bien escasos, molestos y propensos al olvido. Porque en esta página todos los que están registrados saben a lo que van, saben lo que quieren, saben lo que piden.

Ed se lo pasó bien anoche. Volvió a las tres de la mañana. Bebió un poco. Bueno, bebió bastante, a juzgar por el dolor de cabeza con el que se ha levantado y la pesadez de cuerpo. Por un momento teme no poder levantarse de la cama.

La chica en cuestión se hacía llamar Kasia en la página web, pero luego resultó llamarse Mary. Cuando Ed vio la foto de una mujer rubia con los ojos verdes, unos treinta años de edad y ese nombre pensó que era rusa, o al menos del este. Mary resultó ser de Walthamstow de toda la vida y “compartía piso”, como ella misma contó, con su madre y cuatro gatos.

Pero Mary resultó ser realmente interesante en contra de todas las expectativas de Ed al principio de la noche. No estaba mal de cuerpo y tenía una sonrisa agradable. Además disfrutaba realmente de todas las bromas que Ed hacía, de todos los chistes de obreros que Ed desplegó. Nunca antes había llegado a contar el del obrero escayolado –lo reservaba para cenas de amigos-, pero anoche se lo contó a Mary y ella se rio a carcajadas.

Mientras Ed se dirige a la ducha piensa que tal vez la vuelva a llamar la semana que viene. No pasaron la noche juntos, eso es verdad, pero se besaron. Si bien es cierto que Mary no besaba muy bien, también lo es que el beso tuvo lugar al final de la noche, cuando acababan de terminar la segunda botella de La Serre Merlot. El propio Ed eligió el vino, y eso pareció sorprender y encantar enormemente a Mary. Ed se reservó la información acerca de que La Serre Merlot era el único vino que conocía porque era con el que trabajaba. Ed es manager de Memphis & Brown en el British Museum. Memphis & Brown es una cadena de cafeterías horteras y con decoración henchida y cursi, ridículamente caro, y que pueblan algunos museos de la ciudad. Su dueño es Steven Memphis. Acerca de Brown nadie sabe nada.

Cuando Ed sale de la ducha ya no piensa en Mary. Piensa en que hoy llega el nuevo General Manager de Memphis & Brown al British Museum. Todo lo que sabe Ed acerca del nuevo General Manager es su nombre, y que está algo gordo, pero eso es lo de menos, por favor.

Para hacerse notar ante la inminente llegada, Ed lleva días acercándose a la cafetería a ver cómo trabajan “los chicos”, como él llama a los camareros de Memphis & Brown. Esto es algo que le aburre tremendamente, sobre todo cuando hay mucha gente. Así que se limita a hacerse ver, a saludar aquí y allá sin esperar respuesta. La mayoría de los camareros ni siquiera le conocen, pues nunca se le suele ver por allí.

Ed es un tipo que prefiere el trabajo de oficina. La supervisión del trabajo de otros no se le da muy bien porque tanto camareros como clientes le ponen nervioso. La cafetería está siempre sucia, “los chicos” nunca sonríen a los clientes y el café estimula el vómito. Pero de eso nadie parece darse cuenta. Y mucho menos los clientes, en su mayoría turistas. Pero suple su rechazo al trabajo de campo escupiendo unas cuantas órdenes que a él le parezcan contundentes. Lo primero es el tono de voz, algo que aprendió en el cursillo “Twentieth Century Managers”, un curso corto por internet ofrecido por la Escuela de Negocios de la ciudad. El tono de voz ha de ser firme y contundente. Esto había que aprendérselo de memoria. Los trabajadores necesitan saber que el manager ha llegado, que ha hecho acto de presencia. Y con un tono de voz débil y grave nadie le haría ni caso. Los trabajadores son gente que necesita un guía, instrucciones, directrices. Y el tono de voz ha de ir acorde con una personalidad segura. Ed hablaba rápido y terminaba cada palabra como si fuese aguda, marcando la sílaba final con la garganta muy abierta. Y pronunciaba las palabras como si las masticase, porque si no, decía, los chicos no se enteran de nada.

Lo segundo, decía el tutor del curso “Twentieth Century Managers”, es acercarse a los trabajadores cuando se les habla y mirarles a los ojos. Un buen manager jamás desviará la mirada de un trabajador porque eso puede ser entendido como un signo de flaqueza por parte del trabajador. Así que Ed se acercaba siempre a la cara de la persona con quien hablaba. Era ya un hábito y no lo hacía sólo en el trabajo sino también en sus relaciones personales. Es cierto que alguna que otra vez había notado que algunos de “los chicos” se retiraba disimuladamente hacia atrás cuando Ed hablaba. Pero qué le importaba a Ed aquella panda. Pobrecillos. Actualmente Ed estaba empezando la segunda parte del cursillo, “Twenty-first Century Managers”, en el que se hacía hincapié en la necesidad de una “imagen depurada”, expresión que Ed aún no entendía pero acerca de la cual estaba trabajando.

Pero tenía que darse prisa. Ed abre el armario y se dispone a ponerse el traje de chaqueta.

Ed vive en un apartamento solo, en el sur. Gana dinero, pero no lo suficiente para esta ciudad. Así que se compra los trajes de chaqueta en Primark. Esto es algo que nadie sabe, ni siquiera sus amigos más cercanos. Ed corta la etiqueta de chaquetas, camisas y pantalones. Y si alguien pregunta Ed dice que le molestan, que es una manía que tiene, la de cortar las etiquetas.

De todas formas sólo se pone traje de chaqueta para trabajar, y al fin y al cabo va a causar la misma impresión que si se lo hubiera comprado en Massimo Dutti. Ese efecto de: aquí estoy yo.

Ed se aprieta el nudo de la corbata frente al espejo, se pone la chaqueta, sonríe a su reflejo y se da dos palmadas en los mofletes. Sí, definitivamente la semana que viene volverá a llamar a Mary.

 

“Esa gente sólo quería pollo y tal vez por eso los odiaba, o por cualquier otra cosa”

Hoy empiezo oficialmente a estar inmersa de nuevo en ese exasperante proceso que es buscar un trabajo en Londres (me refiero, por supuesto, a un trabajo precario). Al menos exasperante para mí. Claro que yo soy una persona bastante propensa a la exasperación. Pero hoy no es día de self- deprecation ni consideraciones filosóficas acerca de mi debilidad mental. Lo tengo que aparcar mientras consigo un nuevo trabajo precario. Cuando lo consiga volveré a sacarlo.

Llevo poco tiempo, sólo dos horas y sólo aplicando por internet, pero ya he completado el interminable proceso en Café Nero y en Pret a Manger. Procesos más o menos normales, preguntas típicas que en los dos sitios han sido prácticamente las mismas, pero que consumen un tiempo increíblemente largo. Si por lo menos pudiera copiar y pegar mis respuestas… Pero claro, una vez se envía la aplicación las respuestas desaparecen en el mar de la desesperación de las aplicaciones europeas, en la base de datos del recruiting team para siempre (o mejor dicho, por un período de seis meses).

Todas hablan del “entusiasmo por trabajar de cara al público”, de provide excellent customer service, de la importancia del trabajo en equipo, de ser self motivated. Mientras, yo hago lo propio y  miento diciendo que me encanta trabajar de cara al público, que tengo verdadera pasión por los clientes, que me encanta regalarles una sonrisa aunque sean unos maleducados porque posiblemente esa sonrisa sea la única que vean en todo el día y  mierdas de ese estilo. Creo el perfil de la camarera perfecta porque claro, si no eres capaz de ser la mejor camarera del mundo ¿cómo vas a ser la mejor profesional en cualquier otro campo cualificado y profesional? En mi perfil, en las respuestas que mando, yo misma me contrataría en cualquier sitio. Sí señores, este trabajo me encanta y ganando 6`31 libras la hora soy más, mucho más que feliz. Al menos permite soñar mucho y salir poco.

Cuando he terminado esas dos aplicaciones he ido a por la última: EAT, el hermano pequeño de los gigantes de comida rápida pseudo-natural-fresca-sana. Estaba completando de nuevo todos los huecos, los mismos de siempre, sí, sí, me encantan los clientes, son la alegría de mi vida. Hasta que llego a la última pregunta del cuestionario. La última. Y es la siguiente: Would you be able to make the Buzz?  Había que ver un vídeo para contestar a la pregunta. Esta aplicación me está llevando más tiempo del que esperaba. Total, todo para hacer cafés y limpiar mierda. Pero bueno, veo el vídeo de marras. En él aparecen trabajadores con su uniforme negro al lado de lo que parecen sus managers o supervisores , vestidos de calle (claro). Se ponen de acuerdo y cuentan hasta tres para soltar un grito que no entiendo (tal vez por la mezcla de acentos).

A continuación aparece un tipo en traje y con ricitos negros engominados con una pizarrita de fondo en lo que parece un curso de formación, él en primer plano. Muy convencido de su empresa y blablablá. Él sí es inglés, lo sé por el acento. Después sale una chica rubia con acento y aspecto del este, y a grito pelado suelta Hot soup! y también Hot pies! frente a una cola interminable, ante las caras entre anonadadas e incrédulas de los clientes, que sólo quieren comer o pensar, que sólo tienen media hora para descansar. Y en el mismo vídeo, a continuación, aparece el genio inventor del tal llamado Buzz, un tipo joven con pinta de estar empezando en “el campo”.  Justifica su brillante idea con una sonrisa de oreja a oreja y unos dientes, además, perfectos y relucientes, inglesito de Oxford. Y él habla y yo le escucho a medias. Porque lo que me estoy imaginando es a él en su casa, solo en su mesa de trabajo, por la noche a la luz de un flexo de Bang and Oluffsen, rompiéndose la cabeza intentando pensar en algo novedoso y genial porque el director de EAT, el señor trajeado y engominado que también aparece en el vídeo, le dijo ayer en su despacho que iban a la cola de los establecimientos de comida rápida en Londres y que como no haga algo para remediarlo se va a la calle. “Para eso te pago inútil, eres el director de márketing, de ventas y de publicidad. Haz algo.” Y él rememora esa reunión en el despacho de su jefe. La rememora esa noche en la soledad de su estudio. Y no ha formado aún una familia pero tiene este estudio en Hoxton, o en Haggerston o en Dalston y es lo único que tiene y lo tiene que mantener, for god´s sake. Entonces piensa que se la suda, que mañana tiene que llevar algo, sea lo que sea y que sea lo que dios quiera. Va a proponer lo primero que se le ocurra, lo más absurdo. Entonces se le ocurre el grito o Buzz. Los trabajadores de EAT ganan el mínimo, necesitan dinero, viven para trabajar. Si nadie se ha quejado por las horas o el trato o el trabajo mal pagado no se van a quejar ahora por tener que hacer el Buzz, ¿verdad?, ¿verdad?

No llego a ver el vídeo entero. Le doy a la equis, lo cual borra toda mi aplicación. Me acuerdo de lo que me dijo Jeny el otro día. “Esa gente sólo quería pollo y tal vez por eso les odiaba, o por cualquier otra cosa”.

Esta gente sólo quiere pollo, o sopa, o un flat White (sea lo que sea eso). Es lo único que quieren. Señores, que me cuelguen en una plaza pública si quieren por negarme a hacer una gilipollez soberana como es el Buzz. Menos mal que Londres es grande. Y está plagado de otros trabajos precarios que sí estoy dispuesta a hacer.

El nudo en la garganta.

Veo un reportaje en el British Vogue acerca del cumpleaños de Alexa Chung, al parecer el nuevo icono de estilo en estos tiempos superficiales e inclinados a lo vintage. Como se puede observar, ella es muy vintage y aprendió a hacerse la raya de los ojos como Brigitte Bardot y todo lo explica en un libro titulado “It”, que le han sacado a la venta a la vista de su tirón mediático en el que además expone todas sus influencias de estilo desde que eligió su chupete, hace ya treinta años.

Como decía, el del British Vogue es un reportaje fotográfico acerca del treinta cumpleaños de esta chica, que fue la semana pasada. Y en él aparece gente de todo tipo, a los cuales no tengo el placer de conocer pero a juzgar por sus barbas y sus trajes estrechos deben ser importantes en Central London y tal vez en el Este también -aunque no más allá de Bromley by Bow-. Una fiesta llena de hipsters, flequillos y labios rojos y el cantante de One Direction, del cual nunca dejará de sorprenderme su apellido y su presencia en general.

Entre tanta foto de Instagram, la única información que puedo colegir es que el vestido de la cumpleañera es de Carven. Y sí, es precioso, por algo ella es un icono de estilo. Plisado por los lados, plateado, con cuello de barco. El vestido ideal cuando vas a celebrar tu treinta cumpleaños en la suite de un nuevo hotel londinense de lujo.

Después de ver las fotos me pregunté si esa chica, Alexa, antes de salir de su casa y montarse en el coche negro con asientos de cuero que la esperaría en la puerta, se miraría al espejo ovalado y retro, fijamente, de arriba a abajo. Ataviada con su vestido de Carven y sus zapatitos. Si pensaría que se dirigía a la suite de un hotel a celebrar su treinta cumpleaños, donde la esperaría gente que ella ni tan siquiera conocía, gente que no sabe ni cuántos años va a cumplir.

Que sí, Vogue puede haber pagado la suite y la tarta y puede hasta que haya pensado la dedicatoria escrita con crema en el pastel, más bien impersonal y sosa (“For the smallest pal, Happy Birthday Chung”).

Supongo que en ese momento miraría de nuevo su vestido y pensaría “es de Carven”, y tal vez se lo recordaría dos o tres veces. Antes de que los ojos se le humedecieran un poco más y el nudo en la garganta se hiciera un poco más grande.

No, antes de que eso ocurriera bajó las escaleras precipitadamente y se montó en el coche. Y aunque estuvo a punto de decirle al chófer que condujera sin rumbo, que pasara de largo el hotel y su fiesta, que siguiera rodando sin dirección fija, adelante, corriendo; no lo hizo. Miró con sus grandes ojos verdes y pintados con eyeliner estilo BB a las farolas de la calle y los tejados picudos y marrones y las puertas blancas de la calle, todas iguales. Pensó que esa era su vida, ese era su trabajo, y eso era lo que tenía que hacer. Y aguantaría con los tacones de Manolo Blahnik toda la noche. Aunque tuviera que hacer varias visitas al baño. El chófer esperaba sus indicaciones, con los ojos clavados en ella a través del retrovisor. Él también pudo ver que los ojos de la chica brillaban más que nunca. “Al hotel……” dijo por fin ella. Y recostó su delgada espalda en el asiento de cuero negro, más cómodo de lo que podía parecer a simple vista.

El nudo en la garganta siempre bajo control: nunca olvidar eso en Londres. Siempre bajo control.

Mujeres valientes (que he conocido a lo largo de mi vida).

Hace unos días hizo un año que llegué a Londres. Intenté hacer eso que odio tanto pero que no paro de hacer (como tantas cosas en mi vida): un balance. Al ver que la parte de ganancias no era todo lo gruesa que me hubiera gustado, lo dejé. Porque acabo de firmar un contrato de tres meses en la habitación en la que estoy viviendo.

En un alarde de originalidad abrí el Facebook, y al ver una foto que una buena amiga subió recientemente –una foto que ya le confesaré a ella más adelante- me vinieron a la cabeza dos palabras: mujeres valientes. Esa foto, o la historia que hay detrás de esa foto, fue lo que me llevó a escribir sobre este tema. Un tema que, para mí, no sé por qué, es tan difícil.

Siempre me ha gustado rodearme de personas interesantes. He tenido la gran suerte de que este hecho se haya dado por pura casualidad, y no porque yo haya ido buscando y seleccionando sólo a la gente que me pareciera interesante. Gente que me aportara aprendizajes, experiencias y formas distintas de ver y vivir la vida.

Muchos de esos ejemplos y esas historias y esas influencias, me las han aportado las mujeres que siempre me han rodeado, o que en alguna parte de mi camino he tenido la suerte de encontrarme. Desde mi madre, la que lo hizo siempre, hasta las amigas más recientes, pasando por las importantes de la adolescencia –por la dificultad de la edad, en especial (lo reconozco) de la mía-.

Últimamente suelo irme a correr. Obviamente, veo tanto a hombres como a mujeres haciendo el mismo ejercicio que yo. Pero me llama la atención -y no sé por qué- la cantidad de mujeres que, como yo, disfrutan paseando o corriendo solas por la calle, caminando lentamente, con expresión de satisfacción en sus caras. Tal vez me impresiona porque yo misma, hace unos años, me veía incapaz de hacer lo que ahora hago: viajar para trabajar en África, venirme a Londres sola… Y buscar (y amar) la soledad. También es que hace unos años, no tantos, ver a una mujer caminando o yendo al cine sin ninguna compañía más que la de ella misma, hubiera sido fruto de comentarios sigilosos y miradas de reojo.

Y otra vez pienso en las dos palabras: mujeres valientes. La s que no están pendientes de una llamada, cuyo bienestar no depende de que esa llamada se produzca. Las que cogen el teléfono y dejan de esperar. Las que en vez de quedarse en casa salen a la calle. Las que en vez de salir a la calle se quedan en casa. Las que viajan solas, las que empiezan un proyecto y las que lo terminan. Las que lo intentan y fallan. Las que lo intentan y triunfan. Las que miran hacia delante y no “caminan como si un séquito de hombres fuera detrás de ellas”, como sugiere un famoso diseñador de moda que hagamos –a mí eso me daría bastante vergüenza, fueran hombres o mujeres los que me siguieran, y me resultaría incómodo-.

Con el tiempo me he dado cuenta de que se puede seguir la moda, vestir “a la última”, gustarte la ropa y las tendencias sin tener que dedicarte el “fashion bussiness”. Que puedo admirar igualmente a Anna Wintour y a Miuccia Prada sin perseguir ser la directora de Vogue América o la directora creativa de una marca de lujo. Que sus enseñanzas se pueden extrapolar a cualquier campo. Que el liderazgo que las mujeres ostentan en campos como la moda es aplicable a cualquier campo, porque la moda es, al fin y al cabo, un negocio. Da igual que el trabajo sea como limpiadora, directora de una multinacional o investigadora. Que lo que importa es el valor y el carácter.

Una mujer valiente no es la que no tiene miedos. Es aquella que, teniéndolos, se enfrenta a ellos y los supera.

El arte de sobrevivir.

“It`s not the same, Papi”. I`d tried, but he shook his head.

“Pero of course it is mijita. All your life is a work of art. A painting is not a painting but the way you live each day. A song is not a song but the words you share with the people you love. A book is not a book but the choices you make every day trying to be a decent person”.

Patricia Engel, “It`s not love, It`s just Paris”

Edwidge Danticat es una escritora de origen haitiano que emigró a Nueva York con sus padres cuando ella era aún una niña. En una entrevista publicada en The Atlantic, afirma que todos los inmigrantes son artistas de alguna forma. Para ilustrar su idea elige este fragmento del libro de Patricia Engel cuyo título, por cierto, me encanta. Según palabras de la propia Danticat,

“Esa experiencia de tocar fondo en un lugar completamente desconocido es como tener un lienzo en blanco: empiezas sin nada, pero golpe a golpe te construyes una vida. Este proceso requiere todo lo que el arte requiere: asumir riesgos, esperanza, mucha imaginación. Todas ellas cualidades que cimentan el arte. Tienes que ser capaz de soñar con algo casi imposible e intentar hacerlo realidad”.

Al leer sus palabras pensé en muchas cosas. Pensé primero en lo bonito que es calificar a los proyectos como “casi imposibles” en vez de “imposibles”. Y también en la buena pareja que hacen las cosas “casi imposibles” y la imaginación. Porque cuando se tiene poco dinero, como cuando se llega a Londres a trabajar de lo que sea, necesitas varias cosas sin las cuales no se puede sobrevivir:

–          Mucha imaginación.

–          Aprender a ser un buen actor o actriz.

–          No preocuparse por llegar a fin de mes: asumir que, en el caso de que consigas mantener el tipo hasta fin de mes, nunca te van a sobrar treinta libras, y cuanto antes se asuma, mejor.

Este último punto está relacionado con algo sobre lo que algún día podría escribir un libro: cómo sobrevivir en Londres con 850 libras al mes. Y esas tres cosas vienen antes de empezar a preocuparse por comer bien o encontrar trabajo.

Entonces… ¿Soy una artista? Sí, lo soy. Lo somos. Qué bien me sentí en aquel momento. La vida, al fin y al cabo, es un trabajo artístico. Y hoy en día quedarse en España también lo es. Pertenezco a esa generación, o a ese grupo de gente que no puede estar parada (quieta). Somos conscientes de lo difícil –casi imposible- que es cambiar la situación actual: tenemos un amplio rango de representantes inútiles, mentirosos y ávidos de poder que no se van a apear de él tan fácilmente.

Claro que nosotros no vamos a esperar a que el capitalismo –sin saber lo que abarca esa palabra que creía que sólo existía en los libros de Historia, en el colegio- caiga por su propio peso. Se empieza de nuevo ahora, todos los días a las nueve de la mañana. Y si no se sabe cómo, se inventa. Yo no pongo mi vida en manos de nadie. Si nadie me ofrece una solución está bien, me la buscaré yo sola.

Danticat habla, además, de cómo las personas que se han visto obligadas a emigrar enseñan ese “arte de vivir” a sus hijos, y cómo pasa de generación en generación. Por ello, también apunta a la dificultad de los padres emigrantes para aceptar que sus hijos quieran dedicarse a profesiones más “artísticas”, cuando nunca sabes realmente si vas a tener dinero el mes que viene –en el caso de que seas un buen escritor-. Cómo se aprecia una familia que te apoya, y no sólo eso: también te anima. En ese aspecto yo soy una afortunada.

Supongo que, a pesar de mi enraizada tendencia al pesimismo a la que no renunciaré e incluso me gusta en ciertos momentos, hay que hacer las cosas con entusiasmo, o no se hacen. Esta mañana, en una tienda fotográfica de barrio, con pocos clientes ya, no he visto ni una sonrisa en la dueña de la tienda. Nada menos que tres clientes en su tienda –seguramente esta será la temporada alta para las tiendas fotográficas- y ni una sonrisa. Ni una sola palabra amable. Ni un solo comentario fácil sobre el fin de las vacaciones o el tiempo. No he aguantado más de cinco minutos. He salido de la tienda, más que con enfado, extrañada. ¿Por qué? En lugar de intentar conservar clientela, de trabajar un poco el futuro. Es más fácil no dejar de pensar en la dificultad y en la crisis, supongo. Entendí a la dueña de la tienda, pero sintiéndolo mucho, yo ya no doy mi dinero –escaso y ganado con mucho trabajo, como ella y como todos- a gente que no es capaz ni tan siquiera de ofrecerte algo parecido a una sonrisa, lo mínimo para un buen servicio.

A riesgo de sonar demasiado psicóloga, coach, o sonar a Paolo Coelho, prefiero callarme ya. Como he dicho antes, en estos tiempos, si no se es un buen actor… Ni siquiera te pongas detrás del telón.

La entrevista es de Joe Fassler, publicada en The Atlantic el 27 de agosto de 2013. Puedes leer la entrevista completa aquí:

http://www.theatlantic.com/entertainment/archive/2013/08/all-immigrants-are-artists/279087/