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Momentos de una voyeur en Londres.

Se viven ciertos momentos, al menos yo los vivo aquí en Londres, en los que se desearía poder hacer una especie de “foto vital” a las escenas que se experimentan en directo. Esa “foto vital” se archivaría en un espacio físico de tal modo que fuera palpable y revisitable, para poder vivirla como la primera vez. Que a diferencia de la memoria, no dejara en el olvido ni un sólo detalle, ni una sola sensación.

1.

Restaurante chino en Chinatown. A mi lado hay una pareja, dos hombres de entre cincuenta y sesenta años, con una gran barriga y calvos por la coronilla. Miro sus manos, por supuesto. Son manos sospechosas, que me estremecen. Manos regordetas y dedos morcillosos con las uñas muy cortas y en forma de media luna, aunque impecablemente limpias y cuidadas.

Los dos resultan ser muy metódicos pinchando y cortando los rollitos de primavera y la ternera con pimienta negra, y utilizan el cuchillo mal afilado con la precisión de un cirujano en una operación de corazón. Tal vez por el exceso de concentración, apenas hablan entre ellos. Y cuando lo hacen se intercambian monosílabos en una lengua que no entiendo.

Sus caras de repente me recuerdan a esos retratos robot que difunde el FBI acerca de cualquier sospechoso de algo. Porque esos retratos intentan esclarecer un rostro pero en realidad todos ellos son bastante parecidos entre sí. Tal vez porque un rostro es algo inescrutable al fin y al cabo. Ninguno de esos retratos robot se parecen a Ramón García, por ejemplo, cuya cara es insustancial y libre de toda sospecha. Yo necesitaría más bien un retrato robot de las manos, por ejemplo. Eso me diría mucho más.

Una de las camareras chinas, la que va vestida de negro -mientras que todas las demás van vestidas de rojo- tiene los párpados muy hinchados y rojos. A mi se me antoja que ha estado toda la noche llorando. Sin embargo su mirada no desprende tristeza sino rabia, un sentimiento mucho más difícil de manejar.

Cuando, antes de cerrar, todos los camareros chinos se sientan a cenar en una mesa grande lo que parecen noodles blancos y una carne no identificada, ella se sienta sola en una mesa individual, las risas de fondo, mirando al vacío e introduciéndose mecánicamente en la boca los palillos de madera con tres o cuatro noodles, como activada por un resorte invisible.

2.

Lleva un abrigo verde oscuro, estrecho por la cintura y que le llega hasta poco más arriba de las rodillas. En su mano sujeta un ramo de flores por los tallos, de tal forma que el ramo queda boca abajo, casi rozando el suelo. Parece que ya lleva cargando con él largo rato y quiere llegar a casa y soltarlo rápido.

Tiene el pelo largo y ondulado por las puntas, de color marrón, tal vez con reflejos de peluquería. Se despide de otras dos amigas con tres besos. Deben de ser francesas. ¿No son los franceses los que se dan tres besos?

Mientras tanto fuma un cigarro de liar, ya apunto de consumirse. Aún así saca el mechero y lo enciende de nuevo para dar las últimas caladas. Y aunque el cigarro está ya muy cerca de su nariz, parece darle igual acercarse tanto el mechero, asegurándose de que los resquicios de tabaco tienen vida suficiente hasta el mismo filtro.

Ella desprende elegancia y seguridad en sí misma. Debe de tener unos treinta años. Los ojos azules y pintados, aunque no de forma exagerada, sólo un ligero toque de smoky eyes. Aunque ciertamente sus manos desentonan con su aspecto en general, ya que son manos anchas o más bien algo hinchadas, con los dedos gorditos. No son dedos gordos, pero no son dedos finos y largos, y lleva las uñas muy cortas y sin pintar, una cosa muy rara en Londres. Por eso sé que no trabaja en nada relacionado con la moda, tipo revista o estudio de un diseñador emergente en East London, aunque vaya impecablemente vestida para un domingo por la tarde. Esas son las personas verdaderamente elegantes, las que llevan la ropa sin lucirla, o al menos no conscientemente. Que no caen en pretensión alguna. La ropa les queda como un guante y punto, no hay más. Es como si dijeran “sí, esto me queda perfectamente bien, qué quieres que haga”. Aunque se trate sólo de un abrigo de paño verde, unas botas altas sin tacón y unos vaqueros.

Cruzando la calle, en la ventana del primer piso de un Youth Hostel, un viajero acaba de llegar a Londres, sin darse cuenta de que las ventanas de su habitación están abiertas de par en par y que, al ser ya de noche, su habitación mortecinamente iluminada se ve perfectamente desde la calle. Le puede ver la chica francesa del abrigo verde a la que estoy observando y por supuesto le veo yo.

Aunque sea un Youth Hostel, este viajero hace tiempo ya que dejó de ser joven. Su barriga redonda y su calvicie en forma de corona romana me dicen que ha ido a parar a ese hostal atraído por el bajo precio derivado de compartir habitación con otras tres personas, seguramente no tan bajo teniendo en cuenta que está en pleno Euston Road, frente al Hotel St. Pancrass y la British Library.

Cuando empieza a quitarse el abrigo y después el jersey, temo que realmente no se haya dado cuenta de que su habitación se ve perfectamente desde la calle abarrotada de coches y gente y vaya a desnudarse, pero no. Afortunadamente se queda en camiseta de manga corta, coge el móvil y escribe o busca algo, tal vez avisando a alguien de que ya ha llegado, o tal vez haciendo tiempo hasta que llegue el siguiente viajero, idealmente una viajera, y esta noche no se sienta tan solo.